Joxan Rekondo
1. Por lo que parece, un breve debate sobre el legado del lehendakari Agirre ha abierto paso a la aproximación del núcleo duro de lo que fue el mundo de ETA al aguirrismo con el que rompió desde su mismo origen. No estaría nada mal si de verdad supone una completa rectificación de su trayectoria pasada. No obstante, convendría iluminarles el camino de retorno para que no se pierdan en lo meramente episódico y puedan acceder de pleno al auténtico legado del pensamiento y acción del primer lehendakari.
Eso es lo que intentó el lehendakari Pradales en la respuesta a la cuestión parlamentaria que le planteó el portavoz de EH Bildu, al explicar sintéticamente el significado de las instituciones que se inscriben en la línea del legado de Agirre y su Gobierno. Pello Otxandiano, en su réplica, propuso bautizar el aeropuerto de Loiu con el nombre de Jose Antonio Agirre, como queriendo mostrar de forma irrebatible la adhesión de la fuerza política que representa a la figura de aquel lehendakari. Gesto grandilocuente que contrasta con la total ausencia de mención, a lo largo de toda la legislatura, a la memoria y enseñanzas de la generación que puso los cimientos de las instituciones nacionales.
Ahora bien, ¿podría decirse que es seria la propuesta de Otxandiano? Me atrevería a decir que, en este preciso momento, no lo es. El tono propagandístico con el que fue formulada es lo primero que hace sospechar de su autenticidad. Además, se puede plantear una objeción muy concreta en relación con la propuesta en sí misma. Es cierto que el gobierno de Pradales ha abierto una importante vía de participación que le puede llevar a la comunidad vasca a influir en la gestión de la infraestructura, pero el titular del aeropuerto de Loiu sigue siendo el Estado (AENA). Para los que creemos que Agirre simboliza la búsqueda del más completo autogobierno nacional, no se correspondería con su legado que se designara con su nombre una instalación que no compete plenamente a la autoridad vasca.
Ahora mismo, tampoco el acuerdo que estableciera tal denominación respondería al ejercicio de una voluntad nacional vasca. En estas condiciones, si el gobierno del Estado acordara nombrar el aeropuerto de Loiu con el nombre del primer lehendakari, la situación generada podría describirse como lo hace el rico refranero euskaldun: ‘izena haundia, baina izana ttikia’.
Sin duda, la cosa cambiaría si fuera transferida la gestión de Loiu al Gobierno Vasco, cuando el aeropuerto simbolizara la capacidad de los vascos para autoorganizarse. Entonces sí. El reconocimiento debido, en el ámbito más formal, al lehendakari Agirre podría materializarse, si así se decidiera por el organismo vasco competente, dando su nombre a esa instalación aeroportuaria.
2. En todo caso, seguro que al primer lehendakari no le satisfaría que su legado se dilucidara únicamente en el ámbito de lo puramente nominal e iconográfico. Habría que evitar toda apelación al nombre del lehendakari Agirre como si se tratara de un significante vacío, un mero envoltorio que nuestro populismo local pudiera rellenar con ideas y contenidos que contradecirían abiertamente su herencia.
No hay que olvidar que el populismo vasco se desenvuelve como pez en el agua en escenarios binarios que fragmentan a la sociedad en dos campos, el pueblo (del que se atribuyen la representación total) y sus enemigos (al que arrojan a los discrepantes). Bajo ese planteamiento, aunque sin plomo de por medio, persiste la misma lógica frentista, de guerra cultural, que ha cultivado la izquierda abertzale desde hace 50 años. “Una trayectoria de lucha que hay que reivindicar y cuidar”, dice la última ponencia de Sortu (Herri Gogoa).
Es en este contexto donde hay que situar el empeño de Otegi en vaciar el mensaje integrador de Agirre e insertarlo en una estrategia polarizadora. Hay envidia de la agitada polarización española. Sin embargo, de la experiencia y las manifestaciones de Agirre no se puede concluir la convocatoria a “levantar un muro de esperanza”, que ha realizado recientemente Otegi. Agirre le replicaría de forma contundente: “¿Es que hemos de estar pensando siempre en la espada salvadora, que haga de muro de contención de aquello que no nos agrada?… No confiemos en el muro… Solo las actuaciones positivas valen”. El texto del lehendakari no es de tiempos apacibles. Lo formula en plena guerra mundial y desde el exilio, en 1942.
Cuando convierte el muro sea un factor de esperanza, Otegi busca imponer una política del miedo. En medio de un ambiente de temor, quien controla el muro es dueño de la esperanza. Y es evidente quien se dispondría a ejercer como guardián plenipotenciario del muro. La trayectoria histórica que Sortu reivindica nos enseña perfectamente cómo los muros que suelen proyectar acarrean como inmediata consecuencia la imposición y persecución de toda disidencia intramuros.
3. No me cabe duda de que Agirre hoy sería el principal adversario de la pretensión hegemonista de este populismo. Y lo sería por su firme convicción democrática. Para él, la democracia significa más una búsqueda (de desarrollo e integración social) permanente que una muralla a levantar ante los que la amenazan.
La convocatoria a la Esperanza era reiterativa en todos y cada uno de los mensajes que dirige al pueblo vasco. Pero, para Agirre, no habría esperanza sin que las personas asumiéramos la responsabilidad y el compromiso necesarios para desarrollar una acción positiva transformadora. Apelar a la Esperanza sin esa actitud sería promover un optimismo vano y sin fundamento.
En condiciones de libertad, la mejor defensa de la democracia necesitaría promover cultura y virtudes democráticas en las personas, asociar y movilizar demócratas, y no cavar trincheras para resolver las diferencias políticas. De ahí que Agirre repudiara identificarse con las posiciones ‘anti’, porque muestran una grave falta de confianza en las posiciones positivas propias. “Soy partidario de los ‘pros’”, decía, a la vez que denunciaba que “con los ‘antis’ se va a un terreno generalmente de confusión interesada en el que se introducen toda clase de elementos turbios entre ellos los enemigos de la libertad”. En este punto, parece que el legado de Agirre nos está transmitiendo las orientaciones necesarias para evitar las turbiedades que hoy nos amenazan.
Buen artículo, Agirre entendía que las instituciones no eran un decorado simbólico, sino la expresión concreta de la capacidad de un pueblo para gobernarse. Por eso el verdadero homenaje no consiste únicamente en colocar su nombre sobre una infraestructura, sino en fortalecer las instituciones propias que él contribuyó a fundar.
La metáfora del muro desplaza la esperanza desde la acción positiva hacia la confrontación. Cuando la esperanza depende de la existencia de un muro, inevitablemente depende también de quien lo administra y decide quién queda dentro y quién fuera.
Quizá por eso Agirre desconfiaba de las políticas construidas contra alguien. «Soy partidario de los ‘pros'», afirmaba, porque sabía que una comunidad se fortalece más por aquello que es capaz de construir que por aquello a lo que se opone. Esa sigue siendo probablemente la diferencia más profunda entre su legado y quienes hoy pretenden apropiarse únicamente de su nombre.