Pello Sasian
La vieja copla del Paloteado de Monteagudo —«Hay muchos en España que trabajan con malicia porque sea la Navarra como las demás provincias»— no es solo un eco del pasado. Es un recordatorio incómodo: cada vez que en Euskadi se abre un debate sobre instituciones propias, aparece la tentación de diluir su singularidad en un relato generalista que no entiende nuestra historia política. Y eso es exactamente lo que está en juego en la discusión abierta tras los hechos de Loiu.
El artículo de Agus Hernán e Iratxe Urizar plantea cuestiones legítimas sobre derechos humanos y proporcionalidad. Nadie discute eso. Pero reducir el debate a un problema de “modelo de seguridad” es, sencillamente, insuficiente. Porque aquí no se está discutiendo solo una actuación policial: se está discutiendo la legitimidad de una institución que forma parte del patrimonio político del autogobierno vasco. Y eso exige una responsabilidad discursiva que no siempre se ejerce.
La crítica es necesaria. La deslegitimación, no. Esa es la línea roja. Y conviene decirlo sin rodeos: cuando la crítica a un caso concreto se convierte en un cuestionamiento global de la Ertzaintza, el problema ya no es la policía, sino el marco institucional que algunos parecen dispuestos a erosionar. Como recuerda el texto, «la convivencia democrática no se sostiene únicamente sobre los derechos y las libertades. También requiere instituciones legítimas». Esa frase no es un matiz: es el núcleo del asunto.
Porque no es la primera vez que ocurre. Durante décadas, una parte del entramado político vasco utilizó a la Ertzaintza como símbolo negativo, no por sus actuaciones, sino por lo que representaba: la institucionalización del autogobierno. Esa actitud tuvo consecuencias. Y hoy, cuando se vuelve a deslizar la idea de que cada error policial es prueba de un fallo estructural, conviene recordar esa historia para no repetirla.
El riesgo no es la crítica. El riesgo real es importar una cultura política basada en la sospecha permanente, donde toda institución se interpreta como un aparato opresivo y toda autoridad como ilegítima por definición. Ese marco mental —muy extendido en el debate político español— es profundamente corrosivo. Y en Euskadi, donde para una parte mayoritaria de la ciudadanía las instituciones de autogobierno se apoyan en «unos derechos históricos anteriores» previos a la arquitectura constitucional, ese riesgo es doblemente grave: porque no solo erosiona la confianza democrática, sino también la legitimidad histórica de un proyecto colectivo construido durante generaciones.
Por eso este debate exige claridad: defender los derechos humanos no es incompatible con defender la legitimidad de las instituciones propias. Al contrario: una democracia sólida necesita ambas cosas. Lo que debilita la convivencia no es exigir responsabilidades, sino convertir cada polémica en un ataque estructural al autogobierno.
La conclusión es directa: sin crítica no hay democracia, pero sin instituciones reconocidas como propias tampoco. Y quienes hoy cuestionan globalmente a la Ertzaintza deberían preguntarse si están contribuyendo a mejorar la convivencia o a alimentar una desconfianza que, una vez instalada, es muy difícil revertir. Porque, como advierte el texto, «lo que resulta mucho más difícil reconstruir es la confianza una vez que esta se rompe».
Este debate no va solo de Loiu. Va de qué cultura política queremos: una que corrige errores o una que erosiona lo común. Y esa elección importa.
Memoriaren zentzurik sakonena ere erakusten dute: maitasunetik gogoratzea, mina hitz bihurtzea eta sufrimendutik etorkizunerako konpromisoa eraikitzea.
Azken bertsoan dioen bezala, «nik lan egingo dut inoiz berriro ez dadin gerta», memoria ez da iraganera begira geratzen den ariketa bat; etorkizunari egiten zaion promesa da. Horregatik, biktimen memoria zaintzea ez da haien duintasuna aitortzea bakarrik, baizik eta gure gizartearen oinarri etikoak sendotzea ere.
Horrelako hitzek gogorarazten digute benetako bakea ez dela indarkeriaren amaiera hutsa, baizik eta pertsona guztien duintasuna erdigunean jartzen duen bizikidetza eraikitzea.
Aita, joan zinen kolpetik
ume moko nintzenean
geroztik nabil hutsune
hura estali nahiean
konturatzerako gizon
egin naiz ustekabean
baina ume berdina naiz
oroitzen zaitudanean
larrosa kanpo santura
eramaten dudanean
edo Itoiz-en kantu bat
entzuten dudan unean
baita alabak «aitatxo!»
ohiukatzen didanean.
Uztailaren hamalaua
gaur hogeitabostgarrenez
lekukoa hartu nizun
baina zure lekua ez
askok bizirik diraugu
beste batzuk ez tamalez
onartzea tokatzen da
bizitzaren lege denez
urte bat ere Mandubi
bete genuela jendez
maitasunezko oasi
bat izan zen nire ustez
sufritu nuen zu gertu
sentitzeko une batez.
Leku kuttuntzat dut orain
mandubi gaineko benta
gaurko egunez urtero
handik egingo dut buelta
nahiz eta indarrez hustu
itzultzen bainaiz beteta
ordenatzen ditut barne
gatazkak pedalkolpeka
euskadin jazo da aita
sekulako aldaketa
ixildu da bonba hotsa
desagertu tiroketa
nik lan egingo dut inoiz
berriro ez dadin gerta.