Pello Sasiain
Alberto Surio ha utilizado recientemente una expresión sugerente para describir la realidad vasca: el «paraguas protector». Frente a la polarización española, frente a la confrontación permanente que domina la política estatal, Euskadi habría conservado una cierta cultura de los acuerdos, de la responsabilidad compartida y de la estabilidad institucional.
La imagen es acertada. Sin embargo, quizá merezca la pena preguntarse de dónde surge realmente ese paraguas.
Porque existe una diferencia fundamental entre entender que el paraguas protector es obra principalmente de las instituciones y entender que es el resultado de una larga tradición social y comunitaria que posteriormente se proyecta en las instituciones.
La tradición política vasca más fecunda nunca fue estatista. No concibió la sociedad como una realidad subordinada al poder político. Al contrario. Históricamente, la comunidad organizada, las familias, los municipios, las cofradías, las cooperativas, las asociaciones, las cajas de ahorro, las ikastolas o el tejido empresarial precedieron muchas veces a la propia intervención institucional.
La lógica fue siempre subsidiaria: lo que puede hacer la sociedad no debe ser absorbido por el poder político.
Desde esta perspectiva, el verdadero paraguas vasco no es solamente la suma de Gobierno Vasco, diputaciones y ayuntamientos. Es la alianza entre una sociedad viva y unas instituciones que la acompañan y fortalecen.
Por eso el éxito histórico de Euskadi no puede explicarse únicamente por la existencia de un autogobierno propio. También debe explicarse por la fortaleza de una sociedad capaz de generar confianza, cooperación y proyectos colectivos.
Esta cuestión ayuda a entender algunas diferencias estratégicas que atraviesan hoy el nacionalismo vasco.
El modelo que ha predominado en el nacionalismo personalista (humanista) ha tendido a considerar que la construcción nacional debe apoyarse en el fortalecimiento simultáneo de la sociedad y de las instituciones propias. La nación se construye ampliando espacios de autogobierno, pero también fortaleciendo la comunidad real que los sostiene.
Por el contrario, parte de la tradición política de la izquierda soberanista ha otorgado históricamente mayor importancia a los procesos de ruptura política que a los procesos de construcción social gradual. Desde esa lógica, la transformación del marco estatal aparece como condición previa para la emancipación nacional.
Quizá por eso algunas de sus decisiones recientes resultan difíciles de comprender si se observan únicamente desde la realidad vasca. En ocasiones parece que la prioridad estratégica no es tanto reforzar el ecosistema social e institucional vasco como contribuir a la deslegitimación del llamado Régimen del 78 español.
La hipótesis sería sencilla: si la ruptura horizontal del sistema político español se considera más probable desde Madrid que desde Euskadi, entonces la polarización española puede convertirse en un elemento funcional para la estrategia soberanista.
Sin embargo, esa lógica contiene una paradoja.
La sociedad vasca no parece demandar hoy más confrontación. Más bien reclama estabilidad, vivienda accesible, seguridad, cohesión social, oportunidades para los jóvenes y capacidad para afrontar conjuntamente los desafíos del futuro.
Dicho de otra manera: la mayoría social vasca parece valorar más la construcción que la ruptura.
Quizá ahí resida una de las claves del momento actual. El debate no es únicamente entre independencia o autonomía, ni entre PNV y EH Bildu. El debate de fondo es si la nación debe ponerse al servicio de una estrategia política o si la política debe ponerse al servicio de una comunidad nacional previamente existente.
La tradición vasca más profunda parece apuntar hacia lo segundo.
Porque el país no nace del poder. El poder nace del país.
Y el paraguas protector de Euskadi no es únicamente institucional. Es, sobre todo, una forma de entender la relación entre sociedad, comunidad e instituciones que hunde sus raíces en una larga tradición de auzotasuna, gizabidea y responsabilidad compartida.
Quizá sea ahí donde Euskadi siga conservando su principal singularidad política.