José Manuel Bujanda Arizmendi

Cuando el devenir de la Historia camina imparable y con cada vez más fuerza por la vía de constituir ámbitos económicos por encima de los estados e incluso de los continentes, parecería que la pretensión de los nacionalismos en general, me refiero a los defensivos, supondría, aparente contradicción, generar unidades políticas por debajo de la unidad del estado. Y a día de hoy, en las últimas realidades hay ciertamente pocas experiencias respecto a la funcionalidad y viabilidad práctica de esa falta de ajuste entre esas deseadas y pequeñas esferas políticas y las grandes económicas imperantes. Pero mientras, siempre hay quien tira por la calle de en medio, lo tiene claro, y afirma que todo es mucho más sencillo y que en el fondo lo único real y simple que late en la disección intelectual y política entre el Estado actual y la nación deseada es un discurso caduco llano y algo aldeano, un sentimiento primitivo de folklóricos y de bucólicas añoranzas, cuando no de rural levantamiento de piedra de fin de semana, o de coro parroquial. Pero no todo ha sido, ni es, tan sencillo.

El Estado ha sido el ámbito político que ha dominado la escena mundial durante los últimos tiempos, ámbito que ha sido escenario y soporte de la revolución industrial y las colonizaciones, el ámbito determinado que ha soportado y se ha recuperado de la barbarie de cruentas guerras y que ha albergado en su seno el desarrollo cultural y tecnológico más grande de todos los tiempos con decisivas e históricas aportaciones al arte, a la cultura y al saber humano en general. El Estado sido testigo del refinamiento de la vida burguesa, testigo del movimiento obrero y de sus reivindicaciones esenciales. Pues bien, ese ámbito, ese Estado autor del más complejo mecanismo de administración, tan creador en muchos aspectos y tan destructor en otros, sigue siendo hoy todavía cuestionado en muchos sitios por una antigua y mal cerrada fisura: la nación.La nación como un ámbito que por devenires de la historia, algunos ciertamente caprichosos, no ha desarrollado las características necesarias que la harían llegar a ser un ámbito diferente, éste con la consideración y características de estado. Y que por ello, por haberse quedado en el camino, ha sido minusvalorado en su importancia.

La historia fijó en su momento convencionalmente unos límites estatales que parecían definitivos e inamovibles, y que se codificaron inmediatamente con el halo de lo inevitable e indiscutible, con el halo de que lo convenido estaba pre-escrito desde el comienzo de los tiempos. Estas unidades estatales cumplieron unas funciones y respondieron a unos retos que, tal vez incluso, fueron las adecuadas y oportunas a las exigencias de su momento. Y hoy, cuando ya no está tan claro que las cumplan, y cuando late la sospecha de que han podido perder parte de su carácter sacro, siguen siendo al menos motivo de evaluación y reflexión. Y ahora, comienzos del siglo XXI, resulta que no sabemos exactamente cuál es la referencia adecuada y oportuna por la que apostar. Una referencia de convivencia que fuera capaz de afrontar las nuevas exigencias sociopolíticas derivadas de la intensificación de la intercomunicación entre las personas, naciones y estados con el consiguiente empequeñecimiento de un mundo llamado Tierra. Nos falta quizás, a los nacionalistas en general, una propuesta histórica de convivencia que, trascendiendo la simple coexistencia, pudiera convertirse en un valor y en una referencia socialmente vigente y atractiva para un contexto de intensa actividad transfronteriza y supra-estatal.

La cuestión consistiría enencontrar formas de encaje que respetaran las personalidades de las unidades nacionales integradas. Pero resulta que este momento histórico no nos propone ningún marco de referencia inequívoco hacia cuya realización podamos aspirar los que creemos que lo global no existe sin lo local y que lo pequeño es lo que da el cuajo necesario y sentido a lo grande. Tal vez se trate de ser inteligentes y acompasarnos a que la Historia vaya quitando paulatinamente lo que dio antaño y que lo que fue una creación pueda perecer cuando cambien las circunstancias que le dieron nacimiento. Porque lo histórico, aunque a veces por eso de lo cotidiano nos lo lleguemos a creer, no es ni eterno ni permanente.

Y una reflexión que se refiere al Estado español y las naciones que se encuentran en su seno. Uno tiene la convicción que el Estado plurinacional es el mejor aval para la profundización de la democracia. La historia nos ha enseñado que los avances en el reconocimiento de la diversidad de las naciones y la mayor calidad de la democracia han sido siempre procesos parejos. Estimo así que las mayorías políticas y sociales en la sociedad-nación vasca y la cooperación para conseguir un pacto con el Estado desde el reconocimiento de su pluralidad son las vías para conformar la apuesta por un autogobierno que determine para las instituciones vascas el ámbito competencial necesario para desarrollar la identidad vasca en el mundo abierto que se va conformando. Un autogobierno que contemple garantías jurídicas y sistemas de arbitraje bilaterales sobre el cumplimiento de este pacto. Mientras,proseguirá, aunque con variaciones, el desencaje político entre la nación vasca y el Estado.

Nacionalismos imperialistas y ofensivos y por el contrario, nacionalismos defensivos, incluso de supervivencia. Cuestión de evidente actualidad, cuestión imperecedera añadiría. Por otro lado la definición de nación ha conocido múltiples respuestas desde que en 1882 Renan pronunciase su célebre conferencia en la Sorbona, a quien tuviera interés le recomiendo un reciente libro de Anthony D. Smith Nacionalismo que incluye un amplio catálogo de esas variantes, así como el libro de Stéphane Dion La Política de la claridad, conjunto de conferencias en que se examina la relación entre Quebeq y Canadá. Ocurre que uno de los problemas del estado moderno es su identificación con este concepto de estado-nación. El nacionalismo estatal centralizador, el estado-nación nacionalista ha generado en los pueblos y naciones más pequeñas una reacción liberadora que, a la inversa del centralismo, va hacia el policentrismo.

El estado-nación ya no engloba necesariamente el sentimiento patriótico del conjunto y de las partes de ese estado, y surge así sentimiento de nación, nacionalismo de pueblos, patrias chicas y naciones pequeñas que se encuentran precisamente dentro del mismo estado-nación. La nación no es un absoluto preexistente, es cultura, lengua y literatura, tradiciones y peculiaridades, memoria histórica y proyección integradora de futuro y fundamentalmente voluntad de su ciudadanía. Es sabido que en la formación de la nación la economía ha desempeñado un papel importante, pero frecuentemente se ha simplificado demasiado afirmando con excesiva rotundidad, que es la única causa del hecho nacional. Pero este tipo de argumentación soslaya interesadamente cualquier otro análisis más complejo y poliédrico. Lo cierto es que en la génesis y características de una nación también existen otros factores con un peso específico muy notable, como pueden ser la historia, la lengua, la cultura, las instituciones, las relaciones históricas y de producción. Nación como relación social que se modifica constantemente y que se reviste de significados muy diferentes según las condiciones históricas en que se desenvuelve.

Nación en la que existen factores que de una manera compleja generan el fenómeno nacionalista como explicitación operativa del sentimiento nacional consciente. No existe por lo tanto, un solo carácter fundamental, decisivo, inmutable o eterno que identifique a una nación. El perfil de la nación cambia conforme va desarrollándose la Historia, es un producto dinámico y cambiante. “Nación como elemento humanizador de la abstracción estatal, como resguardo integrador de la diversidad”, como gustaba afirmar Pi y Margall. La nación tuvo en el siglo XVII un significado muy diferente a lo que después ha adquirió, se refería a “la vinculación de cada persona a la tierra donde nació y a las gentes que en ella vieron luz primera” Así, Galicia, Castilla, Aragón, Vizcaya, Cataluña, Extremadura… eran tierras donde se nacía y quienes en ellas nacieran era de nación, esto es, de nacimiento. Porque pertenecer a una nación significaba haber nacido en una tierra y formar parte de las gentes que lo habitan. Tierras y gentes consideradas por muchos como naturales que los diferencian y hacen inconfundibles como paisaje, clima, cultivos, usos y costumbres y muy principalmente, la lengua. Este elemento lingüístico como parte importante de una nación es reconocida por el mismo Cervantes cuando en el Quijote afirma: “Todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscarlos extranjeros para declarar la alteza de sus conceptos y siendo esto así razón sería se extendiese esta costumbre por todas las naciones y que no desestimase el poeta alemán porque escribiese en su lengua, ni el castellano ni aún el vizcaíno que escribe en la suya”. Es evidente, como afirma J.L. Abellán en su Historia Crítica de Pensamiento Español, que para Cervantes ya había en la España de entonces varias lenguas nacionales y varias naciones. Sea pues.

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