El cauce central no se mantiene solo

Pello Sasiain

Existe una cierta tendencia a explicar el desarrollo de la sociedad vasca como si el espacio democrático, plural y social sobre el que hoy convivimos hubiera sido construido por todos de la misma manera. Como si, más allá de nuestras diferencias, todos hubiéramos contribuido a fortalecer un mismo cauce.

No ha sido así.

El cauce central no es el resultado inevitable de nuestra historia ni una realidad que haya surgido espontáneamente. Ha sido una construcción trabajosa, alimentada por personas, organizaciones, instituciones y experiencias sociales que, desde posiciones diferentes, entendieron que una sociedad plural necesitaba un terreno compartido sobre el que convivir, discrepar, competir y acordar.

Conviene aclarar también qué entendemos por cauce central. No hablamos de un centro ideológico, ni de una posición equidistante entre proyectos políticos. Tampoco de rebajar las propias convicciones para encontrarnos todos en un punto intermedio. Hablamos de algo anterior y más profundo: del espacio común en el que proyectos diferentes aceptan convivir sin que ninguno pretenda convertir su particular visión de país en condición previa para caminar juntos.

Ese cauce ha tenido constructores, pero también resistencias y adversarios. Las estrategias basadas en la imposición, la violencia, la lógica de frentes o la pretensión hegemonista no contribuyeron a ensancharlo. Lo estrecharon. Reconocerlo no significa repartir ahora certificados de legitimidad democrática, sino comprender nuestra historia. Si concluimos que todos contribuimos de la misma manera, terminaremos sin entender qué comportamientos fortalecen una sociedad plural y cuáles la debilitan.

Pero sería un error convertir esta reflexión únicamente en una mirada hacia atrás.

CUANDO EL PARTIDO SUSTITUYE AL CAUCE

Existe hoy otro riesgo. Personas y organizaciones que han contribuido históricamente a construir ese espacio compartido pueden sentirse tentadas a abandonarlo cuando cambia su posición en las relaciones de poder.

La lógica partidista tiene sus propias exigencias. Hay elecciones, mayorías, gobiernos, oposición y competencia por representar a la sociedad. Todo ello forma parte de la democracia. El problema comienza cuando esa lógica termina ocupándolo todo.

Entonces dejamos de preguntarnos qué fortalece el espacio común y empezamos a preguntarnos únicamente qué fortalece nuestra posición.

No son necesariamente la misma cosa.

Una iniciativa puede resultar beneficiosa para el cauce central y no producir una rentabilidad partidista inmediata. Del mismo modo, una estrategia puede resultar electoralmente rentable y, sin embargo, contribuir a polarizar, dividir o debilitar los espacios de cooperación.

Por eso quienes han entendido la importancia del cauce central deberían evitar una tentación especialmente peligrosa: confundir el fortalecimiento del propio partido con el fortalecimiento de la sociedad que se pretende representar.

Los partidos son necesarios. Pero el cauce es más ancho que cualquiera de ellos.

MIRAR HACIA ABAJO

Quizá por eso necesitamos cambiar parcialmente la mirada.

Estamos demasiado acostumbrados a observar la sociedad desde arriba: parlamentos, gobiernos, encuestas, elecciones, pactos entre partidos. Son importantes, pero debajo de esa superficie existe una realidad mucho más extensa.

Hay asociaciones, empresas, cooperativas, iniciativas culturales, experiencias educativas, movimientos vinculados al euskera, redes de cuidados, organizaciones sociales, proyectos municipales y multitud de relaciones comunitarias que diariamente producen algo políticamente muy valioso: confianza, cooperación y capacidad para hacer cosas juntos entre diferentes.

Muchas de esas experiencias no se consideran a sí mismas políticas. Y probablemente sea bueno que no lo hagan. Su importancia está precisamente en que construyen comunidad desde espacios distintos.

Ahí deberíamos dirigir una parte importante de nuestra atención.

Buscar esas iniciativas, conocerlas, relacionarlas, ayudarlas a crecer y favorecer que aparezcan otras nuevas. No para subordinarlas a una estrategia partidista, sino precisamente para lo contrario: para fortalecer una sociedad capaz de conservar espacios propios y generar desde abajo un terreno común.

El cauce central no debería ser únicamente un discurso. Tiene que convertirse en una práctica social.

LA COMODIDAD DE LA ABSTENCIÓN

Pero existe también un riesgo en el extremo contrario.

Hay sectores de nuestra sociedad que disfrutan de una posición económica, profesional o social razonablemente buena y que han optado por distanciarse de la política. Participan en su profesión, en actividades culturales o sociales, quizá incluso en iniciativas comunitarias, pero consideran la política partidista un terreno ajeno, incómodo o poco atractivo.

Esa posición puede entenderse. Pero no es inocua.

Una sociedad democrática no puede sostenerse únicamente gracias a una buena sociedad civil. Necesita también instituciones, partidos, representantes públicos y ciudadanos dispuestos a participar en ellos.

La política democrática forma parte del cauce central.

Abandonarla no hace desaparecer las relaciones de poder. Simplemente permite que sean otros quienes las ocupen.

Por eso resulta insuficiente reclamar a los partidos que abandonen sus tentaciones hegemonistas si, simultáneamente, una parte de la sociedad más preparada, autónoma y capaz decide retirarse de la política.

Necesitamos una sociedad fuerte frente a la política, pero también una sociedad presente en la política.

PRODUCIR CONTINUAMENTE EL CAUCE

Tal vez este sea el principal desafío.

El cauce central no es una herencia que podamos limitarnos a administrar. Tampoco una fotografía de una determinada correlación electoral. Mucho menos la propiedad de quienes en cada momento ocupan una posición central en las instituciones.

El cauce central hay que producirlo continuamente.

Se produce cuando personas diferentes cooperan para resolver un problema común. Cuando una asociación mantiene abiertas sus puertas a quienes piensan distinto. Cuando una institución evita utilizar su mayoría para excluir. Cuando una empresa entiende que forma parte de una comunidad. Cuando un ayuntamiento consigue que gobierno y oposición colaboren en cuestiones fundamentales. Cuando organizaciones con historias diferentes son capaces de compartir proyectos sin renunciar a su identidad.

Y también cuando la política convierte esas energías sociales en instituciones, acuerdos y políticas públicas capaces de darles continuidad.

Necesitamos ambas direcciones: de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo.

Pero quizá durante demasiado tiempo hemos confiado en que bastaba con la segunda.

UNA TAREA COMPARTIDA, PERO NO INDIFERENCIADA

Decir que necesitamos una tarea compartida no significa afirmar que todos hemos hecho lo mismo ni que todas las estrategias sean equivalentes.

Precisamente porque queremos ampliar el espacio compartido debemos distinguir entre aquello que lo fortalece y aquello que lo debilita.

Entre cooperación y hegemonismo.

Entre pluralismo y lógica de bloques.

Entre competencia democrática y apropiación partidista de la sociedad.

Entre autonomía social y abstención política.

La cuestión fundamental, por tanto, quizá ya no sea preguntarnos únicamente quién ocupa hoy el cauce central, sino algo bastante más exigente:

¿Qué estamos haciendo para ensancharlo?

Responder a esa pregunta obliga a mirar menos hacia nosotros mismos y mucho más hacia la sociedad. A descubrir las energías que ya existen, conectarlas y generar nuevas iniciativas. A reclamar una política que ayude a fortalecerlas sin pretender controlarlas. Y también a pedir a quienes han decidido mantenerse al margen que comprendan que la democracia necesita su implicación.

Porque el cauce central no pertenece a nadie.

Pero tampoco se mantiene solo.

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4 comentarios en «El cauce central no se mantiene solo»

  1. Muy buen artículo Pello

    Apuntaría un riesgo más para el cauce central vasco. Entender que desarrollo está subordinado a la evolución que se está produciendo en la política española.

    Una canción que todos conocemos, Otsagabia, reprocha a los carlismos y a los requetés que priorizaran las disputas por el signo del régimen español, mientras abandonaban la causa vasconavarra.

    En Madrid, se está librando una auténtica guerra. Unos hablan del golpismo de los otros, y los otros de la traición merecedora de cárcel de los unos. Nos gustaría un escenario de mayor estabilidad allá, para acometer mejor nuestros propósitos aquí.

    Pero, es lo que hay. Nos toca invertir el escenario perverso del Otsagabia. Tenemos que defender nuestro cauce central de los juegos de tronos madrileños, sin hipotecarlo ante el crecimiento del antagonismo en España.

  2. Eskerrik asko Joxan.

    Estoy de acuerdo. Y creo que lo que planteas ayuda a precisar una cuestión que me parece importante.

    Últimamente, buenas gentes están expresando preocupaciones que en buena medida comparto: la calidad democrática, los límites del poder, la responsabilidad de los partidos o determinadas dinámicas de polarización.

    Pero creo que hay una cuestión previa a decidir dónde ponemos el acento: dónde enraizamos la política y, por tanto, cuál es el suelo desde el que la hacemos.

    Ahí encaja muy bien lo que dices de Otsagabia. Podemos y debemos preocuparnos por lo que ocurre en Madrid, en Ceuta, en Europa, en Ucrania o en Palestina. Pero una cosa es nuestra área de preocupación y otra nuestra área de influencia y responsabilidad.

    Y nuestra responsabilidad principal está aquí: en evitar que el creciente antagonismo de la política española acabe determinando también nuestro espacio político y termine hipotecando el cauce central vasco.

    No se trata de desentendernos de lo que ocurre fuera, sino de saber desde dónde lo miramos y desde dónde actuamos. Porque quizá uno de los riesgos que tenemos por delante sea precisamente acabar haciendo nuestra política sobre un suelo que no es el nuestro.

  3. Cuidar el cauce central consiste también en andar con cuidado para no trasladar a Euskadi dinámicas de polarización que hoy vemos crecer fuera. Tenemos que seguir mejorando lo que hemos construido. El cauce central no está garantizado: hay que seguir construyéndolo y cuidándolo. Y eso quiere decir también cuidar y ayudar a todos los agentes políticos y sociales que lo hacen posible, criticándolos cuando haga falta.

  4. Gracias, Jon. Estoy de acuerdo, especialmente con esa idea de que cuidar no significa dejar de criticar.

    Quizá añadiría un matiz. Cuidar a los agentes políticos y sociales que han contribuido a construir el cauce central no puede significar identificar el cauce solo con ellos. Precisamente porque han sido importantes en su construcción, debemos exigirles también que sepan distinguir entre lo que fortalece su propia posición y lo que fortalece el espacio común.

    El cauce central es más ancho que cualquiera de sus constructores y, si queremos que siga vivo, tendrá que ser capaz también de incorporar nuevas personas, experiencias y sensibilidades. Cuidar lo construido, sí; pero, sobre todo, seguir ensanchándolo.

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