Seguridad y Comunidad (y II). Una comunidad capaz de cuidarse sin cerrarse

Pello Sasian

Reivindicar la comunidad no significa idealizarla. La comunidad genera solidaridad, vínculos y pertenencia, pero también puede ejercer presión sobre quienes la forman. Si queremos pensar la seguridad desde el cuidado comunitario, debemos preguntarnos también cómo puede una comunidad proteger sin imponer y unir sin exigir uniformidad.

En el primer artículo proponíamos entender la seguridad como parte del cuidado comunitario. Una sociedad democrática necesita instituciones capaces de proteger y, llegado el caso, de ejercer legítimamente la coerción. Precisamente por eso exigimos que ese poder esté sometido a la ley, a la proporcionalidad y al control.

Pero existe otra dimensión menos visible que también merece nuestra atención: la propia sociedad tiene capacidad para coaccionar.

No siempre es necesario recurrir a la violencia o a una prohibición. Puede bastar con señalar a quien sostiene una opinión, aislarlo, estigmatizarlo o hacerle sentir que determinadas posiciones le sitúan fuera de aquello que socialmente se considera aceptable.

La comunidad es una extraordinaria fuente de solidaridad. Genera vínculos, cooperación y sentido de pertenencia. Una buena parte de lo que valoramos de nuestra sociedad procede precisamente de esa capacidad comunitaria.

El problema comienza cuando una parte pretende convertirse en la comunidad, apropiándose de sus símbolos, de sus espacios o incluso de la capacidad para determinar quién pertenece plenamente a ella.

Entonces la pertenencia puede empezar a exigir conformidad.

La presión ambiental, la presencia dominante de determinados símbolos, las redes sociales y asociativas o la delimitación entre quienes son considerados «de los nuestros» y quienes quedan fuera pueden crear un entorno en el que algunas personas terminan autocensurándose. Formalmente continúan siendo libres; socialmente, ejercer esa libertad puede tener un coste.

Aquí aparece una distinción fundamental: una comunidad fuerte no es lo mismo que una comunidad hegemonizada.

La primera genera vínculos entre diferentes. La segunda convierte una determinada manera de entender la comunidad en la medida de pertenencia de todos.

Esta cuestión adquiere especial importancia en el espacio público. Calles, plazas y fiestas son lugares donde una sociedad se encuentra y expresa sus diferentes sensibilidades. Precisamente por eso, nadie debería considerar que le pertenecen más que a los demás.

Una sociedad viva necesita manifestaciones, fiestas populares, txosnas, actividades culturales, iniciativas solidarias y expresiones políticas. El problema no está en su existencia, sino en confundir presencia con apropiación. Una causa, por legítima que sea, no concede un derecho superior sobre aquello que compartimos.

También la comunidad necesita, por tanto, aprender a limitar su propia capacidad.

Tener derecho a hacer algo no significa poder hacerlo siempre y de cualquier manera sin considerar cómo afecta a los demás. No se trata de debilitar la comunidad, sino precisamente de hacerla más democrática.

Una comunidad plural necesita espacio para la discrepancia, para quien participa y para quien no participa, para quien muestra determinados símbolos y para quien no desea mostrar ninguno.

Una comunidad democrática debería fortalecer el sentido de pertenencia sin exigir adhesión a una determinada manera de entenderla.

Quizá esa sea la diferencia esencial entre comunidad y hegemonía. La comunidad se pregunta cómo podemos vivir juntos siendo diferentes; la hegemonía pretende decidir qué debemos compartir para poder formar parte plenamente de ella.

Pero entonces aparece una pregunta todavía más profunda. Si una comunidad plural no puede mantenerse unida mediante la imposición, la presión o la uniformidad, ¿qué puede mantener unida a una sociedad formada por personas diferentes?

Una posible respuesta es la confianza.

Confianza en que si somos vulnerables alguien nos ayudará; en que si sufrimos una amenaza alguien nos protegerá; en que las instituciones actuarán conforme a reglas conocidas; en que podremos expresar una opinión diferente sin quedar señalados; y en que los conflictos podrán afrontarse sin convertir necesariamente al otro en enemigo.

La confianza no supone imaginar una comunidad perfecta. El trigo seguirá creciendo junto a la cizaña. El conflicto, el egoísmo, el abuso y la voluntad de imponerse no desaparecerán. Precisamente por eso necesitamos normas, instituciones y límites.

Pero una sociedad tampoco puede mantenerse unida únicamente mediante ellos.

La confianza se construye mediante experiencias cotidianas de cooperación, instituciones fiables y responsabilidades compartidas.

Aquí pueden adquirir un sentido actual algunas palabras de nuestra propia tradición comunitaria: auzotasuna, auzolana y gizabidea. No como evocación nostálgica de una sociedad idealizada, sino como expresión de una idea todavía necesaria: la libertad necesita vínculos y responsabilidades hacia los demás.

Auzotasuna nos recuerda que convivimos con personas que no hemos elegido. Auzolana expresa nuestra capacidad para cooperar en aquello que afecta al conjunto. Y gizabidea incorpora una exigencia personal: respeto, responsabilidad y reconocimiento de la dignidad del otro.

Pero recuperar esa tradición tampoco significa trasladar a la ciudadanía las obligaciones que corresponden a las instituciones. El auzolan nunca debería justificar la retirada institucional. Del mismo modo, disponer de buenos servicios públicos tampoco debería llevarnos a pensar que podemos delegar enteramente la convivencia en profesionales y administraciones.

Necesitamos instituciones que asuman sus responsabilidades y ciudadanos dispuestos a asumir las suyas.

Una comunidad fuerte no es aquella en la que todos piensan igual ni aquella en la que desaparecen los conflictos. Es aquella que dispone de suficientes vínculos para seguir reconociendo como parte de ella a quien piensa diferente y de suficientes instituciones para proteger a quien lo necesita.

Ahí se encuentra quizá el paso del miedo a la confianza.

El miedo busca seguridad levantando fronteras entre «nosotros» y «ellos». La confianza permite reconocer que existen comportamientos que deben ser combatidos y límites que deben hacerse respetar, sin convertir por ello a grupos enteros en enemigos.

Si exigimos al Estado y a la policía que limiten su capacidad coercitiva para proteger nuestra libertad, debemos reconocer también que la propia comunidad necesita límites para no terminar oprimiendo, en nombre del conjunto, a quienes forman parte de ella.

Compartir una comunidad significa dejar espacio para que el otro pueda ser diferente sin dejar por ello de ser uno de los nuestros.

Quizá ahí puedan encontrarse finalmente seguridad y comunidad: instituciones capaces de proteger sin excederse y una comunidad suficientemente fuerte para cuidar, pero también suficientemente plural para no apropiarse de aquello que pertenece a todos.

Una comunidad capaz de cuidarse sin cerrarse.

Quizá eso sea, finalmente, una sociedad segura.

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