Imanol Lizarralde

Cuando en octubre de 1936 el Lehendakari José Antonio Agirre inauguró el primer Gobierno Vasco de la historia, era un proyecto que venia de mucho antes de la guerra y no obedecía a su coyuntura. El Lehendakari Agirre y el ministro socialista Indalecio Prieto estaban negociando de antes el Estatuto que finalmente se aprobó.

Se trataba el último sprint de una carrera iniciada ya a principios de la República y que comenzó, para los nacionalistas, con otros socios de viaje: los carlistas y los monárquicos que apoyaron a Agirre en el Estatuto de Estella de 1931; los mismos futuros golpistas que combatiría el recién constituido Gobierno Vasco.

Digamos primero que el grupo que menos le interesaba la guerra en el 36 fue el PNV. Precisamente por el proceso iniciado de forma consciente en 1931: por el proyecto estatutario que tenían en mente los dirigentes del PNV (los llamados por Lezo de Urreiztieta «hombres de Deusto» al haber pasado por las aulas de esa universidad que permitió que las elites de Euskal Herria no tuvieran que emigrar a otros sitios).

Más allá de las polémicas periodísticas entre radicales y moderados, todas las fracciones del nacionalismo, desde Elías Gallastegi hasta Engracio de Aranzadi, bregaron para que este proyecto llegara a su fin: los Yagis -la fracción radical- del nacionalismo, lo cuenta Urreiztieta, trabajaron y votaron a favor de la consulta del estatuto en 1933.

En aquellos tiempos, las tendencias nacionalistas actuaban como una familia unida, aunque con disputas. Y a pesar de su independentismo radical, cuando el Lehendakari Agirre llamó a Urreiztieta, y el Gobierno éste arriesgó su vida innumerables veces trayendo alimentos y armas para Euzkadi.

El Gobierno Vasco constituyó una prolongación del esfuerzo civil previo que los nacionalistas habían realizado durante la República: recordemos que ya habían creado Euzko Ikastola Batza, la Asociación de Escuelas Vascas, en las que se formarían las primeras andereños y maestras de andereños de la post-guerra.

Metidos en estas veredas, contactando con todo el arco político vasco y español, con derechas e izquierdas (carlistas, monárquicos, el partido radical -uno de cuyos gobernadores permitió la celebración de la consulta estatutaria- y los socialistas), los nacionalistas no querían la guerra ni estaban preparados para ella. Las vacilaciones del PNV respecto al conflicto son totalmente comprensibles: era casi el único partido que no estaba contagiado de la furia fratricida que corroyó a ambos bandos.

Y la postura del PNV fue pragmática, como se vio en sus conversaciones con las derechas y las izquierdas: querían el Estatuto, el cumplimiento del «programa mínimo» soñado por Sabino Arana, un instrumento institucional que permitiera a los vascos proteger y mantener su identidad.

Para los dirigentes del PNV, la guerra fue una eventualidad catastrófica, ya que interrumpía de raíz el gran movimiento social creado entre los vascos en busca de su autonomía. El primer Gobierno Vasco presidido por el Lehendakari Agirre, en plena guerra, quiso prolongar el esfuerzo civil de los nacionalistas inaugurando la primera Universidad, el primer periódico íntegramente en euskara, la primera Sanidad… Y además organizó un ejército vasco, creó moneda propia, pasaportes, etc.

A pesar de las limitadas atribuciones del Estatuto de 1936, por las circunstancias de la guerra, el Lehendakari pudo asumir casi plenos poderes, mientras que la Generalitat de Lluis Companys, sobre todo después de mayo de 1937, estaba sujeta a la férula del Gobierno de la República.

El Lehendakari Agirre hizo dos cosas más: dejar en el territorio ocupado una red de Servicios de Información que abarcó las cuatro provincias y que sirvió, junto con la organización de los nacionalistas encarcelados, para recoger información de guerra vital de cara a la Guerra europea que se veía venir. Así como para mantener la comunicación entre el Gobierno Vasco y las zonas ocupadas y para ejercer de red de solidaridad y de ayuda para presos, refugiados y exiliados.

El Lehendakari Agirre quiso también implantar entre los vascos la memoria de esos breves momentos de guerra y de autogobierno como un hito histórico de libertad vasca. Y vaya que lo consiguió. Traigo a colación una anécdota familiar. Nuestro bisabuelo, venido en barco a Donostia, después de que cayera Bilbao, fue interrogado por un locutor de radio. Y respondió: «Ahora que he visto con mis ojos la libertad de mi pueblo, puedo morir tranquilo».

Eso era lo que pretendió Agirre: que mientras se prolongara la siniestra noche del franquismo, en el pueblo permaneciera vivo el recuerdo de su breve libertad y la esperanza de que tal libertad le sería restituida, como así ocurrió con el Estatuto de Gernika. Ese recuerdo renovado en los ritos y acciones de la resistencia, y el mantenimiento de una organización vibrante en el interior, sostuvo e incluso acrecentó magma social que permitió al nacionalismo no desaparecer en el fanquismo como ocurrió con el carlismo.

¿Qué tiene que ver todo esto con la vindicación que hacen del Lehendakari Agirre los dirigentes de Bildu? El legado del Lehendakari Agirre también comprende dos aspectos del mito de los gudaris: el de la lucha desigual contra un enemigo poderoso e implacable; y el haber mantenido las manos limpias de sangre inocente. Todos sabemos porque a Otegi le conviene subrayar lo primero y obviar lo segundo.

La lucha de los gudaris tuvo primordialmente valor no por que combatía al fascismo sino porque defendía al Gobierno Vasco, la primera institución nacional de nuestro pueblo en cientos de años, guardando las garantías cívicas de los ciudadanos, incluyendo las de los enemigos. Arnaldo Otegi nos ofrece un frente anti. Como en España hay pelea, los vascos tenemos que crear una Covadonga antifascista. El furor miliciano de Otegi nos trae los ecos del «no pasarán» y «Ay Carmela», lo peor de las columnas milicianas que desfilaban con el puño en alto y fusil al hombro.

La perspectiva “antifascista” de Otegi es militarista, mientras que el Lehendakari Agirre vindicaba primordialmente una construcción civil. La trayectoria de una Izquierda Abertzale que aun ahora da por buena su lucha político-militar no es compatible con la defensa de los derechos humanos y de la razón moral que el Lehendakari Agirre puso en el frontispicio de la ejecutoria de su Gobierno.

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7 comentarios en «El legado del primer Gobierno Vasco»

  1. Muy buen artículo. El enfoque es acertadísimo. Agirre es patrimonio del pueblo vasco, en la medida en que no soporta un legado con un contenido explícito. El militarismo no es vasco, diría el más de una ocasión. Por eso, no podemos permitir que los que todavía evocan su trayectoria ‘militar’ como el origen de su tradición política lo utilicen para disfrazar su pretensión hegemonista.

  2. Me dicen que hay un problema de comprensión en mi comentario. Es verdad. ‘En la medida que no soporta la apropiación partidista de un legado con un contenido explícito’, quería decir.

  3. Sr.Lizarealde BILDU,el aliado del PNV,en Madrid,y en Pamplona,tiene todo el derecho del mundo a proponer el nombre del lendakari para el aeropuerto.
    Posiblemente Vd este en contra no porque se le denomine así al aeropuerto sino porque lo ha propuesto Otegi.
    Le recuerdo que Agirre no es lendakari del pnv,sino del estatuto,que no estaban las derechas,pero si una amplia representación,marxista y hasta estalinista.
    Tal vez para algunos,hubiera sido mejor la aprobacion del primer estatuto ,Estella,el cual no fue defendido,por los navarros,las instituciones navarras y por las izquierdas de España.
    Companys no es una compañía recomendable para Agirre,porque fue culpable de miles de asesinatos de inocentes,las víctimas en este caso se cuentan por miles.
    Entre julio y septiembre de 1.936,en Guipúzcoa hubo unos 500 asesinatos de gente inocente,perpetrados por personas que colaboraron con Agirre.
    Quinientos asesinatos en tres meses,ETA mato a ochocientos en decenas de años.

  4. Arnaldo Otegi fue uno de los secuestradores de Luis Abaitua, hijo de otro Luis Abaitua, del Araba Buru Batzar, fusilado por los franquistas. Que un personaje de esa talla moral reivindique al Lehendakari Agirre me parece un escándalo. El Lehendakari no merece eso.

    Si, es verdad, las milicias anarquistas, comunistas y socialistas asesinaron a mucha gente al principio del alzamiento. El Lehendakari Agirre hizo todo lo posible por evitarlo. Incluso mando un ministro al gobierno de la República, Manuel Irujo, para impedir esos desmanes. Ser aliados no es lo mismo que ser cómplice. Es lo que das a entender.

    Por la comparación que haces parece que dices que ETA mató poco. Los que tuvieron que soportar esos asesinatos seguramente no estarán de acuerdo contigo.

  5. Bat, creo que tus objeciones no responden realmente a la tesis central del artículo de Lizarralde. Precisamente porque Agirre no fue el lehendakari de un partido, sino el de un Gobierno Vasco plural, tiene sentido destacar lo que aquel Gobierno representó: la voluntad de construir una comunidad política e institucional por encima de las diferencias ideológicas.

    Naturalmente que en la zona republicana se cometieron asesinatos y atrocidades, también en Gipuzkoa. Pero reconocerlo no convierte a Agirre ni al Gobierno Vasco en responsables de los crímenes cometidos por personas o fuerzas que después formaron parte del mismo campo político o militar. Para valorar su legado hay que mirar también qué principios defendió y cómo trató de actuar aquel Gobierno en unas circunstancias extremas.

    Y ahí creo que Lizarralde acierta en el centro de la cuestión: el legado fundamental de Agirre no fue la guerra que tuvo que librar, ni una determinada épica antifascista, sino la construcción civil e institucional que quiso representar, el pluralismo de aquel Gobierno y una determinada exigencia ética en el ejercicio del poder.

    Por eso reducir el artículo a si Otegi propone o no poner el nombre de Agirre a un aeropuerto deja sin responder su argumento principal. La cuestión interesante que plantea Lizarralde es otra: qué significa reivindicar hoy el legado político y ético de Agirre.

  6. El artículo de Lizarralde es muy bueno,se explica porque está muy bien documentado y es muy leído.
    Contestando,tengo que decir que según la legislación Otegi tiene todo el derecho del mundo a reinsertarse en la sociedad,por eso se ha luchado desde la democracia.
    En ningún momento he querido decir que Agirre fuera cómplice de los asesinatos,está claro que Agirre no tiene el historial de Companys,un asesino.
    Ahora bien,tengo que manifestar que para algunos vascos Agirre nunca se tenía que haber aliado,con partidos que cometieron asesinatos indiscriminados de inocentes civiles.Ni Agirre ni Irujo defenderían esas tropelías,estoy seguro desde mi punto de vista.
    Pero es muy respetable lo que opinan que no se tenía que haber aliado con esos sátrapas,tienen sus motivos .
    El legado político de Agirre,democristiano,hoy en día el PNV,no lo es,el legado de Agirre es defender la ideología del humanismo cristiano,cuestión esta que no se hace,se le honra como primer lendakari de la autonomía de Euzkadi,y su legado en contra del falangismo pero fue un aliado de estalinistas y anarquistas,que son igual de demócratas que el llamado Caudillo.

  7. La aportación anterior pone pendiente del moderador,no es ofensivo para nadie,ni mala educación,es demócrata ejerciendo la libertad de expresión.

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