Mikel Arriaga (Profesor e investigador)
Seguimos desgranando la problemática en cuestión, iniciada por Abotsanitz y Bildu, aportando la visión de otros autores de renombre antes citados.
Michel Foucault: normalización, gubernamentalidad y administración del disenso
Si Bourdieu permite comprender la dimensión de legitimidad y clasificación, Michel Foucault ofrece herramientas fundamentales para pensar la cancelación ritual como una forma de normalización política. Foucault mostró que el poder moderno no opera exclusivamente a través de la prohibición o la sanción jurídica, sino mediante mecanismos más sutiles de vigilancia, clasificación, administración y producción de subjetividad. (4) En este sentido, el poder no solo reprime; también ordena el campo de lo posible, establece criterios de inteligibilidad y produce sujetos reconocibles dentro de marcos institucionales determinados.
Desde esta perspectiva, los conflictos sobre rituales simbólicos no se reducen a enfrentamientos culturales espontáneos, sino que forman parte de procesos más amplios de gubernamentalidad. La cuestión central no es únicamente qué tradición debe preservarse o transformarse, sino qué sujetos son reconocidos como interlocutores válidos en la definición institucional de la igualdad, de la convivencia o de la memoria colectiva.
El documento de Hondarribiko Emakumeak*** resulta particularmente significativo a este respecto. La asociación sostiene que fue excluida desde las primeras fases de la creación de la Mesa de Igualdad, que el diagnóstico se realizó “a sus espaldas”, que el borrador fue diseñado sin su participación y que el acceso posterior al proceso participativo abierto a la ciudadanía tuvo un carácter más bien formal o correctivo. Desde una lectura foucaultiana, esto puede interpretarse como un ejemplo de inclusión diferencial: se admite la posibilidad de hablar, pero se restringe el derecho a codeterminar el marco desde el que se decide qué voces cuentan.
Esta lógica es característica del poder contemporáneo. No se trata necesariamente de silenciar de forma directa, sino de ordenar jerárquicamente la participación. Algunos sujetos son reconocidos como productores legítimos de norma; otros quedan relegados a la posición de meros opinantes o afectados. En este sentido, la cancelación puede adoptar la forma de una neutralización administrativa del disenso, donde el conflicto se gestiona a través de informes, procedimientos, criterios técnicos de representatividad o delimitaciones competenciales que presentan como objetiva una selección política de interlocutores.
El propio documento subraya esta percepción cuando cuestiona que el Ayuntamiento pueda “delimitar la participación según perfil determinado, definir el contenido y escoger a los participantes”, amparándose en una justificación considerada “objetiva y razonable”. De nuevo, el interés analítico aquí no es dirimir jurídicamente si tal exclusión fue o no legítima, sino observar cómo el lenguaje institucional de la razonabilidad puede operar como una forma de disciplinamiento de la pluralidad.
Foucault ayuda a mostrar, por tanto, que la cancelación ritual no siempre se presenta como una prohibición frontal. A menudo adopta la forma de una gestión técnica de la diferencia, donde determinadas posiciones son toleradas en tanto no alteren la arquitectura normativa del proceso. En este sentido, el poder se ejerce no solo sobre los cuerpos o las conductas, sino también sobre la visibilidad, la inteligibilidad y la autorizabilidad política de los sujetos.
La queja de Hondarribiko Emakumeak puede leerse precisamente en estos términos: la asociación no denuncia únicamente una exclusión procedimental, sino una situación en la que la institución define de antemano qué sujetos son adecuados para producir el marco de la igualdad y cuáles quedan situados en una posición marginal o reactiva.
Desde Foucault, esto no constituye un mero problema técnico, sino una forma de gobernar: una práctica mediante la cual el poder ordena el campo de lo decible, de lo visible y de lo participable. La cancelación ritual aflora como una técnica contemporánea de normalización política, donde el conflicto se administra delimitando quién puede intervenir con autoridad y bajo qué condiciones.
Byung-Chul Han: positividad, transparencia y expulsión de la alteridad
La obra de Byung-Chul Han permite introducir una dimensión especialmente útil para comprender por qué determinados conflictos rituales se intensifican en sociedades formalmente pluralistas. Han ha argumentado que las sociedades contemporáneas tienden a organizarse no tanto en torno a la negatividad del conflicto abierto, sino en torno a una lógica de positividad, transparencia y optimización, donde lo diferente es aceptado solo mientras permanezca funcionalmente integrable. (5)
Esta tesis resulta especialmente sugerente para el análisis de la cancelación de rituales simbólicos por razones de género. En muchos contextos, la pluralidad es celebrada discursivamente, pero solo en la medida en que no introduzca una diferencia conflictiva de verdad. Cuando una práctica ritual, o las mujeres que la sostienen, encarnan una sensibilidad que no puede ser fácilmente absorbida por el relato moral dominante, esa diferencia deja de ser tratada como diversidad y pasa a ser interpretada como obstáculo, anomalía o residuo.
En este sentido, la cancelación no necesita expresarse como censura brutal. Puede adoptar la forma de una expulsión suave de lo distinto, es decir, de un proceso por el cual ciertas posturas quedan simbólicamente fuera del consenso legítimo sin necesidad de una represión explícita. La exclusión opera mediante el etiquetado, la sospecha, la superioridad moral o la presentación de ciertas posiciones como incompatibles con el horizonte ético aceptable. Caso concreto que ocurre actualmente en Hondarribia con el Alarde; precisamente, esta expulsión suave se está aplicando de facto sobre el Alarde Tradicional.
El documento de Hondarribiko Emakumeak expresa con claridad esta percepción al afirmar que “la participación está condicionada a una determinada ideología” y que su exclusión no deriva de una falta de compromiso con la igualdad, sino de no ajustarse al marco interpretativo considerado correcto. Desde Han, esto puede leerse como síntoma de una cultura política donde la pluralidad se tolera solo si no desafía los límites morales predefinidos del reconocimiento institucional.
La utilidad de esta perspectiva radica en que permite comprender la cancelación ritual no únicamente como imposición, sino también como incapacidad estructural para habitar el desacuerdo profundo. En sociedades crecientemente moralizadas o con profunda implantación del sesgo de lo “políticamente correcto”, la diferencia ya no se tramita siempre como disenso legítimo, sino como algo que debe ser depurado para preservar la consistencia afectiva del consenso. Este sería el caso de Hondarribia, donde se aplica el cliché de lo políticamente correcto y se utiliza ad hoc en el caso del Alarde, concretamente sobre el Alarde Tradicional. A nadie se le ocurriría, por ejemplo, aplicar el mismo criterio para reclamar pruebas de traineras mixtas.
Clifford Geertz: el ritual como texto social y conflicto hermenéutico
Desde una perspectiva antropológica, Clifford Geertz aporta un marco decisivo para evitar una reducción instrumental o jurídica del problema. Para Geertz, la cultura debe entenderse como una “trama de significados” tejida por los propios seres humanos, y el trabajo analítico consiste en interpretar esas estructuras simbólicas mediante una descripción densa. (6) Para Geertz, los rituales son “textos sociales” cuya función no es simplemente organizar comportamientos, sino producir y dramatizar sentido colectivo. Los rituales, en este sentido, no son simples actos repetitivos ni supervivencias folclóricas, sino textos sociales en los que una comunidad se representa a sí misma, dramatiza sus valores y organiza la inteligibilidad de su experiencia colectiva.
Esto implica que un conflicto ritual no puede reducirse a una cuestión de inclusión formal. Lo que está en juego es una disputa sobre el significado mismo del símbolo. Una misma práctica puede ser vivida por unos actores como memoria, continuidad y pertenencia, y por otros como exclusión, jerarquía o violencia histórica. El problema no es solo que existan interpretaciones diferentes, sino que cada una de ellas aspira a convertirse en la lectura moralmente legítima del ritual.
Aplicado al conflicto aquí analizado, este enfoque obliga a reconocer que el Alarde —como otros rituales semejantes— no puede comprenderse solo desde la lógica normativa de la inclusión o exclusión. Su persistencia y su conflictividad se explican porque se trata de un objeto semánticamente denso, cargado de memoria, afecto, pertenencia, corporalidad, relato histórico y posición comunitaria. Precisamente por ello, el conflicto en torno a él no es solo político, sino también hermenéutico. La cancelación, en este sentido, puede entenderse como una forma de clausura hermenéutica: no solo se cuestiona una práctica, sino que se intenta fijar e imponer de manera unilateral su significado válido.
La cuestión central pasa a ser entonces: ¿quién tiene derecho a interpretar el ritual y con qué consecuencias? Para algunas posturas, el ritual puede representar continuidad histórica, identidad local, memoria encarnada o pertenencia intergeneracional. Para otras, puede simbolizar jerarquías de género, exclusión o una resistencia a la democratización de la tradición. El conflicto no surge simplemente porque existan dos posiciones, sino porque ambas aspiran a ocupar el lugar de la interpretación moralmente válida del símbolo. ¿Y por qué no dar cabida a las dos posturas o interpretaciones? ¿Hay algún impedimento para hacer dos Alardes? ¿Por qué el Gobierno Municipal de Hondarribia no facilita la expresión de ambas posturas?
Desde esta óptica, la cancelación de un ritual no consiste solo en modificar una práctica, sino en imponer una lectura hegemónica de su significado. Lo que se neutraliza no es únicamente un comportamiento, sino una forma de habitar el mundo simbólico. De ahí que los conflictos rituales resulten tan difíciles de resolver mediante soluciones puramente administrativas: lo que está en juego no es solo una regla de participación, sino el estatuto mismo del significado compartido.
Es por ello que la coparticipación en diferentes momentos de dos posturas diferentes, y también divergentes, sería la única solución válida ajustada a derecho para admitir y respetar ambas posturas y visiones del ritual. Es la admisión de dos Alardes la solución que valida ambas posturas, promueve la cohesión y la convivencia social, como ocurre de facto en el municipio hermano de Irún. Seguramente esa sea la solución correcta y duradera.
(***) Texto leído ante la corporación en el pleno municipal: https://drive.google.com/file/d/1kwCC36zCZRMA_MIJnRVnN356fSPxaiuV/view
- (4) Michel Foucault, Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión (Madrid: Siglo XXI, varias eds.).
- (5) Byung-Chul Han, La expulsión de lo distinto (Barcelona: Herder, varias eds.).
- (6) Clifford Geertz, La interpretación de las culturas (Barcelona: Gedisa, varias eds.).