Trabajo y desarrollo humano integral en Euskadi (II)

Pello Sasiain

Democracia económica y gizabidea

En este contexto, el valor del trabajo adquiere una dimensión distinta. El trabajo no debería entenderse solo como una mercancía intercambiada por un salario, sino como una actividad mediante la cual la persona desarrolla capacidades, contribuye al bien común y participa activamente en la construcción de la sociedad.

En este sentido, la tradición cooperativa vasca inspirada por José María Arizmendiarrieta entendió el trabajo no únicamente como medio de subsistencia, sino como proceso de realización humana. El ser humano no nace plenamente hecho, sino que se desarrolla mediante la educación, la participación comunitaria y un trabajo que le permita desplegar responsabilidad, capacidad creadora y compromiso con los demás.

Por eso el horizonte no podía limitarse a formar simplemente trabajadores asalariados, sino personas capaces de convertirse en protagonistas activos de la vida económica y comunitaria. No solo trabajadores, sino también cooperativistas; no solo receptores de salario, sino sujetos capaces de participar, emprender y corresponsabilizarse del desarrollo colectivo. Ahí reside uno de los matices más importantes del humanismo social vasco.

En este contexto, el papel de las empresas merece una reflexión más profunda. La empresa no es únicamente una unidad de generación de beneficio económico. Es también una institución social que participa en la creación de comunidad, estabilidad y arraigo. La tradición vasca del cooperativismo entendió precisamente esa dimensión: vincular actividad económica, responsabilidad compartida y participación.

La tradición económica moderna ha tendido con frecuencia a invertir la relación entre trabajo y capital, subordinando progresivamente la vida laboral, familiar y comunitaria a las exigencias de rentabilidad financiera y acumulación económica. Sin embargo, desde una perspectiva humanista inspirada en el gizabidea, el capital no debería constituir un fin en sí mismo, sino una herramienta al servicio del trabajo, de la comunidad y del desarrollo humano.

Porque el trabajo no es únicamente un coste de producción. Es una expresión de la capacidad creadora y participativa de la persona dentro de la sociedad. El capital resulta necesario para organizar, innovar e impulsar la actividad económica, pero pierde legitimidad cuando termina debilitando las condiciones humanas y comunitarias que debería contribuir a fortalecer.

La tradición vasca de la economía social y cooperativa apuntó precisamente hacia esa lógica: poner la actividad económica al servicio de las personas y no reducir las personas a simples instrumentos de la actividad económica. No se trata de negar la importancia de la empresa, de la inversión o de la productividad, sino de recordar que toda economía sana necesita mantener subordinada la lógica del capital a las necesidades del trabajo, de la comunidad y del bien común.

Por eso la plenitud del gizabidea debería aspirar también a una verdadera democracia económica. No únicamente a redistribuir riqueza una vez generada, sino a ampliar la participación, la corresponsabilidad y la capacidad de decisión de las personas dentro de la propia vida económica y comunitaria.

Porque una sociedad verdaderamente humana no se mide solo por cómo protege frente a la pobreza. También por la capacidad que ofrece a sus miembros para desarrollar plenamente su libertad, sus capacidades y su participación activa en la construcción del bien común.

Eso exige políticas de vivienda más eficaces, mejoras en productividad, fortalecimiento del tejido económico y adaptación a las nuevas transformaciones tecnológicas. Pero también exige recuperar una convicción básica: una economía sana no puede sostenerse sobre generaciones enteras sin acceso real a seguridad material, autonomía y capacidad de participación social.

Porque cuando las personas quedan reducidas únicamente a receptoras de salario y consumidoras pasivas, el problema deja de ser solamente económico. Se convierte en una crisis de sentido social, de autonomía y de continuidad comunitaria.

Ninguna sociedad puede sostenerse indefinidamente si renuncia a desarrollar la capacidad de iniciativa, participación y corresponsabilidad de sus miembros en la construcción del bien común.

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