Seguridad y Comunidad (I). Euskadi: la seguridad como cuidado comunitario

Pello Sasiain

Euskadi es, en muchos aspectos, una sociedad mayoritariamente solidaria. Tenemos una importante tradición comunitaria, un amplio tejido asociativo y unos servicios públicos desarrollados. Quizá podamos partir de esa realidad para abordar también uno de los debates que más preocupan hoy a nuestras sociedades: la seguridad.

No se trata de idealizar nuestra sociedad. También entre nosotros existen desigualdades, conflictos, comportamientos insolidarios y personas que pueden sentirse desprotegidas. Pero la fortaleza del tejido asociativo, la cooperación, las numerosas iniciativas sociales y comunitarias y la importancia concedida a los servicios públicos permiten afirmar que contamos con una base sólida desde la que abordar también la seguridad.

Cuando hablamos de seguridad, sin embargo, el debate suele quedar atrapado entre dos imágenes enfrentadas. Para unos, la policía representa fundamentalmente control y coerción. Para otros, la actuación policial constituye la única vía para protegernos frente a quienes amenazan nuestra seguridad.

Aunque parezcan posiciones opuestas, ambas comparten una misma lógica: sitúan a la policía en el centro y tienden a organizar el problema alrededor de la existencia de un enemigo. Para unos, el enemigo es la propia policía; para otros, son aquellos frente a quienes la policía debe protegernos.

Quizá podamos plantear la cuestión de otra manera: ¿qué necesita una sociedad para que personas diferentes puedan desarrollar su vida, ejercer su libertad y afrontar los conflictos sin miedo?

Desde esta perspectiva, la seguridad deja de ser fundamentalmente una cuestión policial y pasa a formar parte de algo más amplio: el cuidado comunitario.

No es una idea completamente ajena a nuestra propia tradición. Incluso el nombre de nuestra policía contiene una intuición que merece ser recuperada. La actual Ertzaintza enlaza históricamente con la Ertzaña creada por el primer Gobierno Vasco en 1936. El nombre Ertzaña, propuesto por Lauaxeta, procedía de erri-zaina: el guardián, quien vela por el pueblo.

Hay algo significativo en esa denominación. Zain remite a guardar, vigilar, velar. Y esa idea nos permite mirar la función policial desde una perspectiva que no la sitúa frente a la comunidad, sino a su servicio. No se trata de atribuir a una palabra nacida en 1936 un significado que entonces no tenía, sino de recuperar una intuición: la autoridad policial encuentra su sentido en aquello que protege.

Podemos, por tanto, preguntarnos si una sociedad como la vasca, que ha desarrollado una importante cultura de solidaridad y protección social, no debería incorporar también la seguridad a esa misma lógica del cuidado.

Una sociedad segura no es simplemente aquella que dispone de muchos policías. La seguridad empieza mucho antes: en unos buenos servicios públicos, en la atención a las situaciones de vulnerabilidad, en la educación, en la prevención, en unos barrios vivos y en la capacidad para detectar los conflictos antes de que se agraven.

Cuando el conflicto aparece, todavía existe un amplio espacio para la mediación. Pero hay situaciones en las que alguien necesita protección y otras en las que es necesario intervenir y establecer límites. Podemos hablar, por tanto, de una secuencia: prevenir, mediar, proteger e intervenir. El error consiste tanto en utilizar siempre la última herramienta como en negarse a utilizarla cuando resulta necesaria.

Porque ninguna concepción comunitaria de la seguridad debería olvidar una realidad elemental: el trigo crece junto a la cizaña.

Incluso en la comunidad mejor organizada convivirán la solidaridad y el egoísmo, el cuidado y la agresión, la voluntad de cooperar y la voluntad de imponerse a los demás. No todos los conflictos son consecuencia de una carencia social ni todos pueden resolverse mediante educación, prevención o mediación.

Reconocerlo no significa desconfiar de la comunidad, sino evitar idealizarla. Siempre habrá comportamientos que lesionen los derechos de otros y frente a los cuales será necesario establecer límites.

Por eso una sociedad democrática necesita también capacidad de coerción.

No deberíamos evitar esta palabra cuando hablamos de la policía. La posibilidad de detener, impedir una conducta, hacer cumplir una resolución o, en determinadas circunstancias, utilizar proporcionalmente la fuerza forma parte de su propia razón de ser. La cuestión democrática no consiste en negar esa capacidad, sino en determinar quién puede ejercerla, para qué, en qué circunstancias y bajo qué controles.

La imagen del trigo y la cizaña contiene aquí una segunda enseñanza. Reconocer la existencia de la cizaña no significa que podamos arrancarla de cualquier manera. En nuestro empeño por combatir aquello que amenaza la convivencia podemos terminar dañando también aquello que pretendemos proteger.

Por eso la coerción democrática necesita límites. Una policía democrática no renuncia a la capacidad de intervenir, pero la ejerce sometida a la ley, a la proporcionalidad, a la profesionalidad y al control. Su legitimidad no procede solamente de su capacidad para actuar, sino también de su capacidad para limitarse.

Entendida así, la policía no debería ser ni el enemigo de la comunidad ni la fuerza que protege a «los nuestros» frente a «los otros». Es una institución necesaria dentro de una red mucho más amplia de protección y cuidado.

Esta perspectiva permite evitar dos errores simétricos. El primero consiste en policializar problemas que necesitan fundamentalmente respuestas sociales. El segundo, en convertir cualquier problema de seguridad en una cuestión exclusivamente social, dejando desprotegidas a quienes sufren sus consecuencias.

Cuidar significa acompañar, prevenir y mediar. Pero cuidar significa también proteger y, cuando resulta necesario, establecer límites.

Una comunidad incapaz de establecer límites tampoco cuida.

Quizá ahí encontremos un camino propio para abordar la seguridad en Euskadi. No se trata de elegir entre comunidad y policía, entre políticas sociales y seguridad, entre cuidado y autoridad. Se trata de integrar cada instrumento en una concepción más amplia de la convivencia.

Una sociedad solidaria debe ser también una sociedad capaz de proteger.

Y una sociedad segura no será aquella en la que desaparezcan el conflicto, las normas o la coerción. Será aquella capaz de prevenir cuando sea posible, mediar cuando sea necesario, proteger a quien lo necesita e intervenir cuando no exista otra alternativa, sometiendo siempre el ejercicio de la fuerza a límites democráticos.

Tal vez podamos recuperar para ello aquella vieja intuición contenida en erri-zaina: la seguridad como una forma de velar por la comunidad.

Porque también en materia de seguridad, proteger es cuidar.

Gai honetako beste sarrerak / Otras entradas relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *