Jon de Urbia
El voto de la eurodiputada del PNV Oihane Agirregoitia contra la resolución del Parlamento Europeo sobre Ceuta merece una explicación política seria. La resolución fue aprobada con 339 votos a favor, 225 en contra y 16 abstenciones: un 58,45 % de los votos emitidos frente a un 38,79 % en contra. No fue una resolución marginal, sino una posición mayoritaria de la Eurocámara sobre la defensa de una frontera exterior de la Unión Europea.
El contenido aprobado difícilmente puede considerarse baladí: el Parlamento Europeo reafirma que Ceuta y Melilla son ciudades Europeas, exige el respeto a la integridad territorial de los Estados miembros, denuncia la instrumentalización de la inmigración como posible «herramienta de guerra híbrida», reclama el fortalecimiento de las fronteras exteriores y pide el retorno rápido y efectivo, dentro de la legalidad europea e internacional, de quienes no tienen derecho a permanecer en territorio comunitario.
También reclama a Marruecos una cooperación efectiva en materia de control fronterizo, lucha contra las mafias y readmisión.
Frente a esta posición, Oihane Agirregoitia votó NO. Y lo hizo apartándose de la posición mayoritaria de Renew Europe, el grupo liberal europeo al que pertenece el PNV.
Su voto terminó coincidiendo con el espacio político que rechazó la resolución desde la izquierda europea, incluidos socialistas, verdes y la izquierda radical, lo cual significa algo políticamente mucho más concreto: en una votación de enorme importancia sobre fronteras, soberanía y seguridad europea, su voto se situó fuera del cauce de Renew y junto a posiciones propias del espacio político más radical de la izquierda extrema anti sistema.
Lo verdaderamente preocupante es que esta decisión no parece responder a una posición propia sólidamente documentada, sino a una actitud indocumentada y, sobre todo, acomplejada.
El PNV no necesita mimetizarse con la izquierda abertzale para defender una política migratoria garantista, ni necesita renunciar a sus posiciones europeístas para mantener sus señas de identidad. Sin embargo, en esta votación, el mimetismo con las posiciones del PSOE y del MLNV, resulta difícil de ignorar: cuando llega la hora de pronunciarse sobre Ceuta, la frontera exterior europea y la integridad territorial de un Estado miembro, Agirregoitia termina encontrándose políticamente en un espacio que no es el de su propio grupo europeo.
Las consecuencias políticas no serán menores.
Una representante vasca que rompe con Renew Europe y se alinea en esta cuestión con la izquierda radical contribuye a aislar políticamente a Euzkadi, de la misma manera que las posiciones del Gobierno español han terminado aislándolo en Europa.
El problema no es discrepar; el problema es elegir como compañía política a quienes están en las antípodas del espacio europeo que el propio PNV contribuyó a construir.
Resulta difícil comprender a la eurodiputada del PNV…
¿Qué parte de esa defensa de Ceuta, de las fronteras europeas, de la cooperación con Marruecos o del cumplimiento de las obligaciones de retorno hacía imposible votar a favor? Agirregoitia tiene la posibilidad de intentar explicarlo, pero especialmente SUS VOTANTES, tenemos derecho a exigir una explicación.
Este voto constituye un error político de consecuencias incalculables y profundamente desafortunadas. No porque una eurodiputada deba votar siempre con su grupo, sino porque el abandono del cauce liberal de Renew Europe para coincidir con posiciones de la extrema izquierda en una cuestión tan sensible revela una deriva que debería preocupar al PNV.
El problema último de este voto es que olvida también una dimensión esencial: el Derecho internacional no ampara únicamente las legítimas aspiraciones de los pueblos que algunos siempre prefieren reivindicar; también protege los derechos, la seguridad y la dignidad de quienes viven en Ceuta, ciudadanos europeos que no pueden convertirse en una pieza secundaria de ningún conflicto geopolítico ni en víctimas de la instrumentalización migratoria.
Esa falta de sensibilidad hacia los derechos de la población ceutí resulta especialmente decepcionante para el nacionalismo jeltzale histórico, que siempre ha pretendido defender los derechos de los pueblos desde una concepción democrática, humanista y europea.
Queda una pregunta para Oihane Agirregoitia: si para ocupar un escaño europeo hay que renunciar a la personalidad política propia y acabar votando siempre, junto a quienes representan posiciones tan alejadas de la tradición jeltzale, quizá el problema no sea el tamaño del escaño, sino que el puesto le queda demasiado grande.
Esta es una crítica metafísica: en lugar de analizar con precisión qué se votó, qué razones pudieron justificar ese voto y en qué aspectos concretos pudo equivocarse Oihane Agirregoitia, transforma una decisión parlamentaria en una descalificación de su identidad política. Ya no se critica el voto, sino que se cuestiona si la eurodiputada pertenece realmente a la tradición jeltzale y si el cargo «le queda demasiado grande».
Una crítica planteada en esos términos no fortalece el campo amigo ni ayuda a corregir posibles errores. Lo debilita y lo destruye desde dentro, porque sustituye la discrepancia política por la expulsión simbólica: quien no coincide en una votación deja de ser considerado uno de los nuestros.
Agirregoitia debe explicar su voto y sus votantes tienen pleno derecho a pedírselo. Pero exigir explicaciones no equivale a dictar una sentencia sobre toda su trayectoria, su capacidad o su identidad política. La crítica útil debe ser concreta, proporcionada y orientada a rectificar; de lo contrario, deja de ser una crítica y se convierte en una impugnación personal.