Pello Sasiain
Durante unos días, Gipuzkoa se convirtió en algo más que un territorio en fiesta. Lo que se celebraba en Sevilla, en Donostia y en cada rincón donde latía el sentimiento txuri-urdin no era únicamente un título largamente esperado. Era la confirmación de que una manera de hacer, de formar y de entender el deporte —y quizá también la vida— puede abrirse paso en un contexto dominado por la prisa y la lógica del resultado inmediato.
La victoria de la Real Sociedad no es solo un éxito deportivo. Es, sobre todo, la validación de un modelo propio. Un modelo que no nace de una consigna publicitaria, sino de una práctica sostenida en el tiempo y de un discurso que el propio club ha sabido formular con claridad. En Zubieta, se repite como principio rector que el objetivo es “formar personas a la vez que futbolistas”. No es una frase ornamental: es una declaración de intenciones que condiciona toda la estructura formativa.
Esa idea introduce una diferencia fundamental. Si el centro del proceso es la persona, el tiempo cambia de significado. Por eso, frente a la tendencia dominante en el fútbol contemporáneo, Gipuzkoa ha optado por retrasar la especialización y reducir la presión competitiva en edades tempranas. El desarrollo no se concibe como una carrera, sino como un proceso. Y en ese proceso, como también se subraya desde dentro del club, cada jugador es entendido como un itinerario propio, no como una pieza intercambiable.
Esta filosofía tiene consecuencias visibles. En Zubieta, como señalan distintos análisis, “la prioridad nunca ha sido ganar a cualquier precio”, sino educar a través del juego, integrando valores en cada etapa formativa. El resultado, en este sentido, no desaparece, pero queda subordinado a algo más profundo: la coherencia del camino.
Pero lo que hace verdaderamente singular este modelo es que no se agota en el club. Forma parte de un ecosistema más amplio, donde la coordinación entre clubes, estructuras formativas y federación permite sostener una dirección compartida. Desde dentro del propio entorno se insiste en que todo esto solo es posible en “una provincia implicada con el deporte”, donde familias, entrenadores y organizaciones participan de una misma cultura. No hay fragmentación, sino continuidad.
El modelo, además, se despliega en distintos niveles que se refuerzan mutuamente. Tiene una raíz inmediata en Donostia, donde la Real Sociedad articula su identidad cotidiana; se sostiene en Gipuzkoa, como territorio densamente implicado en la práctica deportiva y en la formación de base; y se inscribe, finalmente, en una cultura más amplia, la de Euskadi, donde valores como la comunidad, el arraigo o la continuidad forman parte de una tradición reconocible. Esta triple escala —ciudad, territorio, país— permite entender que el éxito no es fruto de una estructura aislada, sino de una red coherente donde lo local no se opone a lo colectivo, sino que lo hace posible.
En ese marco, la cantera deja de ser un recurso y pasa a ser una consecuencia. Que muchos de los protagonistas del éxito hayan crecido en ese entorno —o se hayan incorporado a él en edades tempranas— no es casualidad. Es la expresión natural de un sistema que cree en el arraigo y en la proximidad como condiciones de posibilidad.
Incluso en la dimensión cultural, la Real Sociedad aparece como algo más que un equipo. Voces como la de Iñaki Gabilondo han subrayado su carácter de “emblema de la idiosincrasia guipuzcoana”, destacando una estructura “sana” y relativamente ajena al ruido que domina otros contextos futbolísticos. La identidad, en este caso, no es un discurso añadido: es una forma de funcionamiento reconocible.
También desde dentro del vestuario se refuerza esta lógica. Se insiste en el valor del trabajo cotidiano, en la necesidad de abstraerse del ruido externo y en una concepción del éxito donde el colectivo prevalece sobre la individualidad. De nuevo, el modelo no se define tanto por lo que proclama como por lo que sostiene en el tiempo.
Y por eso la celebración no se agotó en un estadio ni en una ciudad. Se extendió en cada rincón de Gipuzkoa y en cada lugar donde ese sentimiento había echado raíces: en plazas, barrios y pueblos donde el triunfo se vivió como propio. Porque cuando un modelo es compartido, también lo es su victoria.
El triunfo, por tanto, no es un punto de llegada, sino una evidencia. Demuestra que es posible competir al máximo nivel sin renunciar a una identidad propia. Que la paciencia puede ser más eficaz que la prisa. Que la formación integral no es un lujo, sino una base sólida. Y que una comunidad, cuando se articula con sentido, puede generar resultados extraordinarios.
En un tiempo en el que muchos modelos necesitan amplificarse constantemente para justificarse, lo sucedido invita a mirar en otra dirección. No hacia lo excepcional, sino hacia lo coherente. Porque lo verdaderamente difícil no es ganar un título, sino hacerlo sin dejar de ser lo que se es.
Y eso, precisamente, es lo que convierte esta victoria en algo más que un logro deportivo: la convierte en el triunfo de un modelo.
Hace 4 meses la Real estaba en puestos de descenso. Con el mismo modelo de Zubieta, los mismos jugadores, y un entrenador de casa. La diferencia ha sido Matarazzo, que no es de casa.
En cuanto a lo de formar personas, cuando recuerdo la acción de Aramburu que cayó lesionado fuera del cambio y se movió para entrar en él y que el árbitro tuviera que parar el partido, pues permitidme que ponga en duda que en la Real hayan valores éticos mejores que los que puedan haber en otros clubes. La ética en el fútbol, en general, es más bien escasa.
En nuestro mundo globalizado, la gente está deseosa de construir identidades, y la Real es, con su triunfo, una buena herramienta para ello. La victoria tiene muchos padres, ya se sabe.
Pero algunos no tragamos con el discurso de los valores y de la gestión ejemplar. Parece que la copa es una consecuencia lógica de una serie de cosas que se han hecho muy bien, y resulta que sin la decisión puntual de prescindir de un entrenador de casa para fichar a uno americano, vete tú a saber dónde estaría ahora el equipo.
Puede que tengas razón en que una decisión puntual —como la llegada de Matarazzo— cambia dinámicas. Pasa siempre en el fútbol.
Pero eso no invalida el modelo. Al contrario: lo interesante es que ese cambio funciona porque hay una base previa que lo sostiene.
Sobre los valores, tampoco creo que nadie diga que la Real Sociedad sea “más ética” en cada acción concreta. El fútbol tiene grises en todas partes.
La diferencia es otra: hay una adhesión —muchas veces discreta, incluso invisible— a ciertos principios (formación, continuidad, comunidad) que orientan el conjunto, aunque luego haya contradicciones puntuales.
Y eso no garantiza ganar.
Pero sí crea un marco donde, cuando se acierta en decisiones clave, el resultado tiene más posibilidades de aparecer y sostenerse.
Creo que el artículo acierta en lo esencial. Más allá de decisiones puntuales o momentos concretos, la fuerza de la Real Sociedad —como la de muchas experiencias del comunitarismo vasco— está en algo menos visible pero más determinante: una adhesión real a ciertos valores.
No como discurso, sino como práctica: formación, arraigo, continuidad, sentido de comunidad. Eso es lo que da estabilidad cuando las cosas van mal y lo que permite aprovechar mejor cuando van bien.
No garantiza ganar, pero sí explica por qué algunos proyectos se sostienen y otros no. Y en ese sentido, los valores no son un adorno: son parte de la estructura.
Coincido en general con el artículo.
Aunque quiero matizar ciertas cosas:
Lo primero como Athleticzale (soy bizkaitarra, aunque se que en Gipuzkoa y en otros sitios también tenemos nuestros seguidores), daros la enhorabuena x el título copero.
La real (aunque ahora no como a principios de decada), lleva haciendo las cosas muy bien en los últimos años con muchos canteranos y fichajes de fuera hechos con acierto.
También creo ke el Athletic lo está haciendo muy bien con su autolimitacion. Ambos clubs de cantera, aunque con filosofías distintas igualmente respetables.
En cuanto a lo comunitario coincido en qué en una sociedad en la que se tienen muchas diferencias, tener unos puntos de unión siempre son positivos (aunque sin obligación de ningún tipo ni siquiera moral x supuesto).Nosotros ya lo vivimos y de qué manera hace dos años, ahora os ha tocado a vosotros.
Dicho esto no podemos pensar que vizcaínos, guipuzcoanos o vascos en general somos perfectos ni que en aquellas cosas en las que hacemos bien las cosas, lo hacemos siempre bien. El Athletic no todo lo hace bien ni como club, ni como afición (x mucho que se hable de señorío…creo que con razón pero sin cumplirse siempre) y la Real Sociedad lo mismo.
Yo que defiendo ferozmente la libertad individual (que no libertinaje ni atomismo), pero también con cierta visión de comunidad (que no secta), considero que de vez en cuando es positivo que haya una cierta alegría colectiva como cuando gano el Athletic (muchísima gente estuvo en la gabarra sin importarle un pimiento el fútbol, ni siquiera sabiendo que es un fuera de juego) o como cuando os a tocado ahora a los realistas.
Lo dicho coincido en parte con lo expuesto pero sabiendo que en todas partes se hacen cosas bien y también mal (incluido aquí, en nuestro país).
Además esto del futbol es cíclico, mirar Zaragoza, Valencia, Sevilla, la propia Real al principio de temporada o el Athletic este año comparado con los dos años anteriores.
Los vascos y cada uno de sus territorios (con sus peculiaridades),debemos de estar orgullosos de las cosas que hacemos bien (sin caer en ninguna superioridad moral, porque en todos los sitios hay cosas que se hacen bien y mal) y aprender (que no necesariamente imitar) de otros cuando lo hacen mejor que nosotros o lo hacemos directamente mal.
Lo dicho Zorionak de parte de un hincha rojiblanco.
En cuanto al comentario de Stimmt:
Decir que efectivamente en un mundo globalizado (con su parte positiva y con su parte no tan positiva), pero inevitablemente globalizado, de vez en cuando es positivo (aunque con matices y de pendiendo de cómo se haga (en mi comentario anterior, algo he querido decir) que surjan alegrías colectivas o comunitarias de este tipo.
Algunos pensamos que lo ideal y también práctico (los resultado suelen ser positivos), es mezclar lo local y lo global (GLOCAL) sacando jugo de ambos aspectos positivos y minimizando su impacto no tan positivo.
El Athletic y la Real Sociedad son un buen ejemplo de esto último
Local (uso de la cantera) y global (abiertos al mundo, ambos tenemos (especialmente los zurigorri, pero también los txuriurdin) peñas y seguidores fuera de nuestros territorios y de nuestro país).
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Una errata:
Antes he puesto que la Real Sociedad esta haciendo las cosas bien no como a principios de década. Ha sido un error al escribir, me refería a no a un nivel tan alto, aunque ahora también muy bien, pero a principios de década la Real estaba a un nivel todavía mejor.
Lo de la Real Sociedad no es un caso aislado, sino parte de una forma de hacer más amplia dentro del fútbol vasco. Un contexto donde, con matices, también el Athletic Club ha sostenido históricamente una lógica similar: poner límites al mercado para reforzar una identidad y una base propia.
Y aquí es donde el contraste con modelos como los de la Premier League se vuelve más claro. Mientras en muchos clubes globalizados el talento se compra, se mueve y se sustituye con rapidez, en el fútbol vasco hay una apuesta más exigente: generarlo, cuidarlo y hacerlo crecer dentro de un ecosistema concreto.
A menudo se dice que esto responde a una falta de recursos. Pero esa lectura se queda corta. No es solo una limitación, es también una decisión sostenida en el tiempo. Porque incluso pudiendo abrirse más al mercado, estos clubes han optado por mantener ciertos principios: formación, arraigo, continuidad.
Por eso el argumento va más allá del resultado puntual.
No se trata de que este modelo garantice ganar —no lo hace—, sino de que construye una forma distinta de competir.
Lo expondré de otra forma.
El sentido comunitario que un triunfo así genera, es en principio bueno. Pero con matices, porque por un lado sólo alcanza a quienes se sienten de la Real. ¿Qué pasa con los guipuzcoanos que se sienten sólo del Eibar, o del Touring, o del Real Unión, o del Athletic, que los hay? Pues que no participan de ese sentimiento. O muy poco.
Por otro lado, ese sentimiento es directamente proporcional a los resultados deportivos. ¿Se gana? Entonces se refuerza el sentimiento. ¿No se gana? Pues se debilita.
Y aquí entramos en el debate sobre los valores ligados a la importancia de la victoria. La Real juega con mucha gente de casa. Pero también mucha gente de casa se queda por el camino. Si no ofrecen el rendimiento deseado, pues a la calle. El ejemplo más reciente es el del entrenador, que era de casa. A la calle, y que venga un americano. Era lo que había que hacer, pero son valores ligados a la cultura del descarte. Para mí, son discutibles.
Y si para ganar hay que usar artimañas, pues se usan. Ahí está el ejemplo comentado de Aramburu arrastrándose hacia el campo para que el árbitro tuviera que parar el partido. O también, ¿qué le decía Marrero a Sorloth antes del penaltý para descentrarle? Yo soy guipuzcoano y no me identifico con esos «valores». Pero se han usado para alcanzar la victoria y no he leído ninguna reflexión crítica.
En el artículo el autor estima que «Era la confirmación de que una manera de hacer, de formar y de entender el deporte —y quizá también la vida—». Bueno, pues entonces tendremos la sociedad que nos merecemos: que ensalza a los vencedores rescatando los aspectos que nos gustan de la victoria, y escondiendo todo lo demás, que para mí es mucho.
El Mallorca perdió la copa contra el Athletic a penalties. Si bien los penalties no son una lotería, tienen su parte de fortuna. Estuvo muy cerca de ganar la copa con un presupuesto mucho menor que el de la Real. ¿Podemos entonces considerar que el modelo del Mallorca, de entender el deporte, y quizás la vida, como dice el autor, es comparable o mejor que el de la Real? No lo creo.
Utilizar los méritos deportivos con un enfoque identitario no es nuevo. Es como decía en el primer comentario, una reacción lógica y creo que necesaria a la modernidad líquida que describe Zygmunt Bauman.
Pero conviene no caer en la arrogancia (sí, creo que se le puede llamar así) de pensar que nuestro equipo (en este caso la Real) representa unos valores que son mejores que los que pueden representar otros equipos. Y menos si hablamos de fútbol.
Gracias por el comentario, porque introduces matices necesarios.
Estoy de acuerdo en varias cosas: el sentimiento comunitario no es total ni homogéneo, no todos los guipuzcoanos se identifican con la Real Sociedad, y el fútbol —también aquí— tiene zonas grises, decisiones duras y comportamientos discutibles. Negarlo sería ingenuo.
Pero creo que mi planteamiento va por otro lado. No intento decir que la Real represente “mejores valores” en un sentido moral absoluto, ni que todo lo que hace sea ejemplar. Sería exagerado.
Lo que trato de señalar es algo más estructural: que existen modelos donde ciertos valores —formación, arraigo, continuidad— no son solo discurso, sino que orientan de forma sostenida cómo se organiza el club. Y eso es distinto a decir que cada acción concreta sea ética o que no haya contradicciones.
Sobre la “cultura del descarte”, tienes razón en que existe: el fútbol profesional la tiene por definición. Pero incluso ahí hay grados. No es lo mismo un modelo basado en sustituir constantemente desde el mercado que otro que intenta, dentro de esos límites, desarrollar y sostener procesos propios.
Además, hay un elemento de fondo que me parece relevante. En el fútbol actual existe una tendencia clara hacia la concentración de grandes masas de aficionados en clubes globales como el Real Madrid. Es un fenómeno lógico en un contexto globalizado.
Sin embargo, hay territorios —como Gipuzkoa— donde esa lógica no se ha impuesto del todo. Donde clubes como la Real Sociedad o el Athletic Club siguen articulando una identidad local fuerte y sostenida en el tiempo.
Y eso no es menor. Porque indica que no estamos solo ante una cuestión deportiva, sino ante una forma distinta de relación entre club, comunidad y pertenencia.
Por eso mi argumento no va de que unos valores sean “mejores” que otros, ni de que el resultado valide automáticamente un modelo. El Mallorca, por ejemplo, pudo ganar perfectamente, y eso no cambiaría lo esencial.
Lo que planteo es algo más matizado:
que hay modelos más dependientes del corto plazo y del mercado,
y otros que intentan construir más continuidad desde dentro.
No es una cuestión de superioridad moral, sino de enfoque.
Y en un contexto tan globalizado, que existan modelos capaces de sostener algo propio —con todas sus contradicciones— me parece, al menos, digno de ser señalado.
Sin animo de iniciar debate fútbolistico:
El Athletic ganó x penaltis, contra un equipo que había ganado por penaltis a la Real en semis y el Athletic antes había ganado al Barcelona en cuartos y al Atlético en semis los dos partidos (copa impresionante y totalmente merecida).
En lo de distinto y no superior, estoy de acuerdo, no es lo mismo distinto que superior, pero siempre teniendo en cuenta que los modelos de ambos clubs tienen sus lagunas, imperfecciones…y que esto del futbol es cíclico. Y no solo en el fútbol, todas las sociedades, familias, personas tienen sus épocas mejores y peores, aún sabiendo que hay principios (Que con alteraciones), perduran en el tiempo.
Eso si sabiendo cómo dice Stimmt, que aquí no atamos los perros con longanizas, Stimmt no se siente identificado con la actitud de Aramburu y marrero (ni idea de lo que pasó, pero lo digo x lo que Stimmt expone), y yo tampoco me siento identificado cuando en San Mames veo simulaciones, perdidas de tiempo, protestas injustificadas al árbitro o cánticos de a segunda en san mames (no suele ser habitual, pero se ha hecho) y todo ello históricamente (x los valores del club y de la afición), ha estado muy mal visto. X desgracia esto no es rugby, pero incluso en el rugby seguro que hay cosas mejorables.
Con esto no estoy diciendo que no se este orgulloso de lo que se hace bien, es muy normal, ya que encima cuesta mucho hacer bien las cosas con modelos como los de ambos clubs, pero sabiendo que no somos perfectos y que además vendrán o han venido malos tiempos (en un comentario anterior ya lo he expuesto) y que también en otros lados tienen cosas que hacen bien.
Por último estoy de acuerdo con Goirizelaia cuando dice que es una apuesta, más que una falta de recursos la apuesta x la cantera, y eso hace que el apoyo popular pueda ser mayor (ejemplo gente a la que no le gusta el fútbol y siente al club), pero eso también hace que algunas veces se pueda caer en el amiguismo o se tomen malas decisiones y luego se use como excusa x el uso de la cantera cuando nadie te obliga a hacerlo. Y que quede claro que defiendo la política de mi club, pero sabiendo que tiene sus contradicciones y su lado negativo también.
También coincido con Stimmt en qué en el fútbol, la clave es que la pelotita entre por qué si no entra, cambia todo.
Eso si una buenas decisiones y tener ideas claras y proyectos estratégicos también ayuda.
Lo mismo que en los negocios, si no se vende el producto que se comercializa…aún así hacer una buena gestión y acertar con lo que se hace siempre ayuda.
En relación con el comentario de Pello: Todos los modelos buscan ganar y buscan estabilidad. Todos. Ningún modelo busca la inestabilidad. Pero si los resultados no acompañan, pocos son los que tienen paciencia. El entrenador de casa de la Real no comió el turrón y se fichó a uno de fuera que vino a la Real como hubiera ido al Crystal Palace o al Glascow Rangers. Porque es un profesional y va donde le pagan. Gracias a que la Real ha apostado por el cambio y no por la estabilidad en esta temporada, se ha llevado la copa.
La estabilidad en fútbol sólo se da si los resultados acompañan. En cualquier equipo.
Por otra parte indicas que hay territorios «donde clubes como la Real Sociedad o el Athletic Club siguen articulando una identidad local fuerte y sostenida en el tiempo.» Pero ése también es un fenómeno global, y está ligado a una búsqueda de identidad en un contexto de modernidad líquida, en el que nada parece estable. No pasa aquí más que en otros sitios.Vete a Marsella y verás que el Olympique de Marsella lo acapara todo aunque lleven muchos años sin ganar nada. Véte a Dortmund. A Glascow con el Celtic y los Rangers, que bajaron de categoría por chanchullos pero llenaban el campo. A Lisboa con el Benfica que ya no se come un rosco en Europa. A Lens, en el norte de Francia. Qué decir de los clubes argentinos. El Betis en segunda llenaba el campo. ¿Hablamos de Osasuna? ¿Y el Rayo Vallecano, que se mantiene con una fuerte identidad cuando tiene la competencia del Madrid y del Atlético?
Hay muchísimos ejemplos de clubes con una fortísima identidad aunque deportivamente sean bastante irrelevantes. Esa tendencia hacia clubes globales se da más bien donde no hay una historia que articule una identidad.
Pero por otro lado la Real es a su vez, a nivel de Gipuzkoa, el pez grande que quiere dominar su territorio. Porque la Real es, como bien se indica en su escudo, de San Sebastián. Y en la versión original del Txuri urdin, no se nombraba a Gipuzkoa. Esa construcción de identidad de la Real en Gipuzkoa se ha hecho a costa de las identidades locales de otros clubes históricos como Eibar, Touring o Real Unión. Es decir, que ha actuado en un territorio que no era originalmente el suyo igual que otros equipos más grandes en otros territorios.
Cuando Pedro Aurtenetxe, presidente del Athletic en los 80, dijo que en Euskadi no había sitio para dos equipos de élite y que por historia, quien debía representar al fútbol vasco era el Athletic, hubo una gran reacción en contra desde la Real, y yo participé de esa reacción. Pero es que la Real ha hecho lo mismo en Gipuzkoa. Quizás debía ser así, pero agradecería un poco de autocrítica.
En todo caso, el sentimiento de identidad que se da ahora en Gipuzkoa con la Real pasa en muchísimos otros sitios, porque la condición humana es la misma. Y es el sentido de toda mi argumentación: que ahora que se ha ganado una copa todo parece explicarse por un modelo que es mejor que otros, por un sentido de pertenencia que no se da tanto en otros sitios, cuando la realidad para mí es otra: somos como los demás, con nuestras virtudes y defectos; la Real también ha crecido a costa de otras identidades locales; está bien que quienes son de la Real estén muy contentos, y ya está.
El triunfo tiene muchos padres y no hay un modelo propio mejor, contrariamente a lo que sugiere el título de la entrada.
Coincido en algo importante: en el fútbol nadie está al margen del resultado. La estabilidad nunca es absoluta y las decisiones, como el cambio de entrenador, forman parte del juego. La Real Sociedad no es una excepción. Ahora bien, que exista esa lógica no significa que todos los modelos sean iguales en cómo la gestionan.
Mi planteamiento no es que haya clubes “puros” frente a otros “pragmáticos”, sino que hay diferencias de grado. No es lo mismo un modelo que pivota constantemente sobre el mercado que otro que, incluso introduciendo cambios, se apoya en una base más estable de formación y continuidad. El cambio de entrenador no niega eso; en cierto modo, funciona porque esa base existe.
Sobre la identidad, estoy de acuerdo en que no es un fenómeno exclusivo del fútbol vasco. Hay ejemplos muy claros en muchos lugares; los que citas son buenos. Pero eso no invalida el argumento, sino que lo sitúa mejor: lo interesante no es que exista identidad (que es universal), sino cómo se construye y sobre qué se sostiene en cada caso.
En Gipuzkoa, esa construcción ha tenido sus tensiones, como señalas, y seguramente admite autocrítica. La Real no ha crecido en el vacío. Pero al mismo tiempo, ha logrado articular una red y una identificación que, con sus contradicciones, hoy es compartida por mucha gente. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez.
Además, hay un elemento que creo que a veces se minusvalora: el impacto social de todo esto. Más allá del análisis deportivo, lo que se ha visto estas semanas en Gipuzkoa apunta a algo difícil de reducir solo al resultado. En la forma de celebrar, en la convivencia en la calle, en la identificación compartida, ha habido una expresión de comunidad poco habitual.
Esa “efervescencia compartida” no es fácil de producir hoy, en un contexto más fragmentado y polarizado. Y probablemente tampoco surge solo por ganar un título. Más bien parece apoyarse en algo previo: en una percepción de cercanía, de arraigo, de continuidad, que permite que esa identificación se active de forma amplia cuando se dan las condiciones.
Dicho esto, tampoco creo que haya que idealizarlo. Como bien se ha apuntado, este tipo de momentos también dicen algo sobre nuestras carencias colectivas: lo excepcional que resulta hoy encontrarse en un espacio común sin demasiadas mediaciones. Pero precisamente por eso resulta interesante.
Y ahí es donde conecto con el argumento de fondo del artículo: que los valores no son solo una cuestión interna de funcionamiento, sino también una forma de generar vínculo, pertenencia y continuidad más allá del marcador. Luego cada uno se sentirá más o menos interpelado -eso es inevitable-, pero el fenómeno, como tal, creo que es difícil de explicar únicamente por una decisión puntual o por la victoria.
En el fondo, no se trata de decir que este modelo sea “mejor” en términos absolutos, ni que el resultado lo valide automáticamente. Se trata de señalar que hay formas de organizar un club donde los valores (formación, arraigo, continuidad) tienen un peso estructural mayor, y que eso influye en cómo se compite y en cómo se sostiene un proyecto en el tiempo.
El triunfo, como dices, tiene muchos padres.
Pero no todos los factores influyen del mismo modo ni con la misma profundidad.
Algunos explican el momento, una decisión, un acierto puntual.
Otros ayudan a entender por qué ese momento es posible y por qué no se desmorona al siguiente.
Y es en ese plano, más estructural que circunstancial, donde creo que el caso merece ser observado.
Tras la euforia, la depresión ⤵️⤵️⤵️
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