Pello Sasiain
Durante unos días, Gipuzkoa se convirtió en algo más que un territorio en fiesta. Lo que se celebraba en Sevilla, en Donostia y en cada rincón donde latía el sentimiento txuri-urdin no era únicamente un título largamente esperado. Era la confirmación de que una manera de hacer, de formar y de entender el deporte —y quizá también la vida— puede abrirse paso en un contexto dominado por la prisa y la lógica del resultado inmediato.
La victoria de la Real Sociedad no es solo un éxito deportivo. Es, sobre todo, la validación de un modelo propio. Un modelo que no nace de una consigna publicitaria, sino de una práctica sostenida en el tiempo y de un discurso que el propio club ha sabido formular con claridad. En Zubieta, se repite como principio rector que el objetivo es “formar personas a la vez que futbolistas”. No es una frase ornamental: es una declaración de intenciones que condiciona toda la estructura formativa.
Esa idea introduce una diferencia fundamental. Si el centro del proceso es la persona, el tiempo cambia de significado. Por eso, frente a la tendencia dominante en el fútbol contemporáneo, Gipuzkoa ha optado por retrasar la especialización y reducir la presión competitiva en edades tempranas. El desarrollo no se concibe como una carrera, sino como un proceso. Y en ese proceso, como también se subraya desde dentro del club, cada jugador es entendido como un itinerario propio, no como una pieza intercambiable.
Esta filosofía tiene consecuencias visibles. En Zubieta, como señalan distintos análisis, “la prioridad nunca ha sido ganar a cualquier precio”, sino educar a través del juego, integrando valores en cada etapa formativa. El resultado, en este sentido, no desaparece, pero queda subordinado a algo más profundo: la coherencia del camino.
Pero lo que hace verdaderamente singular este modelo es que no se agota en el club. Forma parte de un ecosistema más amplio, donde la coordinación entre clubes, estructuras formativas y federación permite sostener una dirección compartida. Desde dentro del propio entorno se insiste en que todo esto solo es posible en “una provincia implicada con el deporte”, donde familias, entrenadores y organizaciones participan de una misma cultura. No hay fragmentación, sino continuidad.
El modelo, además, se despliega en distintos niveles que se refuerzan mutuamente. Tiene una raíz inmediata en Donostia, donde la Real Sociedad articula su identidad cotidiana; se sostiene en Gipuzkoa, como territorio densamente implicado en la práctica deportiva y en la formación de base; y se inscribe, finalmente, en una cultura más amplia, la de Euskadi, donde valores como la comunidad, el arraigo o la continuidad forman parte de una tradición reconocible. Esta triple escala —ciudad, territorio, país— permite entender que el éxito no es fruto de una estructura aislada, sino de una red coherente donde lo local no se opone a lo colectivo, sino que lo hace posible.
En ese marco, la cantera deja de ser un recurso y pasa a ser una consecuencia. Que muchos de los protagonistas del éxito hayan crecido en ese entorno —o se hayan incorporado a él en edades tempranas— no es casualidad. Es la expresión natural de un sistema que cree en el arraigo y en la proximidad como condiciones de posibilidad.
Incluso en la dimensión cultural, la Real Sociedad aparece como algo más que un equipo. Voces como la de Iñaki Gabilondo han subrayado su carácter de “emblema de la idiosincrasia guipuzcoana”, destacando una estructura “sana” y relativamente ajena al ruido que domina otros contextos futbolísticos. La identidad, en este caso, no es un discurso añadido: es una forma de funcionamiento reconocible.
También desde dentro del vestuario se refuerza esta lógica. Se insiste en el valor del trabajo cotidiano, en la necesidad de abstraerse del ruido externo y en una concepción del éxito donde el colectivo prevalece sobre la individualidad. De nuevo, el modelo no se define tanto por lo que proclama como por lo que sostiene en el tiempo.
Y por eso la celebración no se agotó en un estadio ni en una ciudad. Se extendió en cada rincón de Gipuzkoa y en cada lugar donde ese sentimiento había echado raíces: en plazas, barrios y pueblos donde el triunfo se vivió como propio. Porque cuando un modelo es compartido, también lo es su victoria.
El triunfo, por tanto, no es un punto de llegada, sino una evidencia. Demuestra que es posible competir al máximo nivel sin renunciar a una identidad propia. Que la paciencia puede ser más eficaz que la prisa. Que la formación integral no es un lujo, sino una base sólida. Y que una comunidad, cuando se articula con sentido, puede generar resultados extraordinarios.
En un tiempo en el que muchos modelos necesitan amplificarse constantemente para justificarse, lo sucedido invita a mirar en otra dirección. No hacia lo excepcional, sino hacia lo coherente. Porque lo verdaderamente difícil no es ganar un título, sino hacerlo sin dejar de ser lo que se es.
Y eso, precisamente, es lo que convierte esta victoria en algo más que un logro deportivo: la convierte en el triunfo de un modelo.
Hace 4 meses la Real estaba en puestos de descenso. Con el mismo modelo de Zubieta, los mismos jugadores, y un entrenador de casa. La diferencia ha sido Matarazzo, que no es de casa.
En cuanto a lo de formar personas, cuando recuerdo la acción de Aramburu que cayó lesionado fuera del cambio y se movió para entrar en él y que el árbitro tuviera que parar el partido, pues permitidme que ponga en duda que en la Real hayan valores éticos mejores que los que puedan haber en otros clubes. La ética en el fútbol, en general, es más bien escasa.
En nuestro mundo globalizado, la gente está deseosa de construir identidades, y la Real es, con su triunfo, una buena herramienta para ello. La victoria tiene muchos padres, ya se sabe.
Pero algunos no tragamos con el discurso de los valores y de la gestión ejemplar. Parece que la copa es una consecuencia lógica de una serie de cosas que se han hecho muy bien, y resulta que sin la decisión puntual de prescindir de un entrenador de casa para fichar a uno americano, vete tú a saber dónde estaría ahora el equipo.