Andreotti y la desmemoria colectiva

Iñaki Anasagasti bere blogean

andreottiDecía José Saramago que se empieza con el olvido y se termina en la indiferencia. Sobre esto leí en un libro, escrito por Giulio Andreotti, aquel viejo zorro de la política italiana decir que un proceso judicial puede ser más sutil que un asesinato.

Siempre me llamó la atención esta personalidad democristiana, siete veces primer ministro y más de una veintena de ocasiones ministro de Finanzas, Tesoro, Defensa, Industria o Asuntos Exteriores así como encausado por una poco clara acusación de conexión con la mafia. La última vez que le vi, en Atenas, en un congreso de la democracia cristiana europea, seguía con atención los debates, tomaba notas e intervenía. Tras tumbarnos una enmienda sobre la regionalización de Europa fui donde él y le hablé de la reunión de Roma de 1946 donde el PNV había sido invitado y le mostré cortésmente nuestra contrariedad por su voto. Me miró con sus ojos achinados, respiró y se excusó. ”Recuerdo aquella reunión de 1946 que fue fundamental, pero no pensé desgraciadamente en ustedes al votar, que salvaron los principios de la DC, sino pensaba en la Liga Norte”. El hecho  no es óbice para  destacar su figura que presidió Italia de una manera casi total durante cuatro décadas. Retirado de la primera línea y como senador vitalicio tuve la suerte de verle en reuniones de la Unión Interparlamentaria y en otras de signo europeo. Con su creciente joroba, no se podía dejar de reconocer que semejante personalidad era un fuera de serie a la hora de zurcir acuerdos. Maquiavelo lo hubiera elegido como retrato de otro Príncipe.

Escribió un libro “De prima Re Publica” sobre la historia de la República italiana, desde el referéndum sobre la monarquía en 1946 hasta nuestros días. Y es que en 1946, sólo el PNV y un partido suizo acudimos al Congreso de la naciente DCI en Roma tras la guerra donde emergió con fuerza la figura del europeísta Alcide de Gasperi, siendo Andreotti su secretario. Y fue también en aquella oportunidad en la que no triunfaron las presiones de la embajada franquista en Roma y el  ex diputado alavés Francisco Javier de Landaburu fue el invitado más importante de aquel partido que iniciaba una singladura de gobierno. El libro pues, es muy interesante.

“Mi libro -dice Andreotti-, traduce una preocupación personal por el hecho de que muchos de los nuevos políticos saben poco o nada de lo que hicimos nosotros en el pasado. Hay una tendencia a cancelar todo lo que significa “viejo sistema” o “viejo régimen”, lo que permite a los políticos de hoy poder decir “nosotros somos estupendos” y “nuestros predecesores no hicieron más que barbaridades”.

“Italia tiene una serie de problemas justamente porque ha crecido rápidamente, y es verdad que si un defecto puede achacársele es el no haber entendido que una sociedad que crecía de manera tan rápida a nivel económico, en calidad de vida, tenía necesidad de construir ese progreso sobre una base moral más fuerte. Considero que la crítica de Pier Paolo Passolini a la DC, acusándonos de materialistas, y recordándonos que “non in solo pane vivit homo”, fue válida. Aquello merecía una reflexión que no hicimos entonces porque lo consideramos un ataque político”.

“Yo el poder no lo concibo como un cargo público, como un mandato político. El poder lo entiendo en términos de influencia sobre la opinión pública. Indro Montanelli, por ejemplo, tuvo más poder que un ministro. Bajo esta perspectiva, pienso que el poder no desgasta si uno sabe comunicarse con la gente. Naturalmente, si se contempla el poder como ejercicio de un mandato, como un cargo público, sí que puede desgastar, incluso interiormente. Dicho esto me parece que una cierta profesionalidad política siempre cuenta, porque hoy estamos asistiendo precisamente a una gran falta de preparación para la vida pública e incluso del gusto de hacer política”.

Seguiría transcribiendo pensamientos de un político a tiempo completo que seguramente con el tiempo tendrá el debido reconocimiento. Con el viejo zorro no pudo ni la peletería a la que le llevaron las reyertas de su país tras el hundimiento del Muro y el fin de la política de bloques, ni los odios africanos hacia un tipo inteligente con las ideas claras al que he recordado viendo el pésimo espectáculo de un Boris Johnson, político exitoso en esta sociedad del espectáculo, la antítesis de Andreotti, al que nunca le ha importado mentir, frivolizar, mal usar el poder. En estos días se nos daba una de las pautas que siempre ha utilizado para salir flotando en todas sus crisis, su fórmula cínica y mágica que no es otra que “la desmemoria colectiva”. El tipo sabe bien que la gente se olvida de todo, tiene memoria de pez y en tiempos de crisis la falta de seriedad y de rigor se sustituye por el pan y el circo, el enamoramiento de la superficialidad, la infantilización de la política, la manipulación de la realidad, la exageración y sobre todo la falta de formación histórica de la clase política. Sobre todo esto. A pesar de que se nos diga que hay que escuchar fuera, cuando no se escucha dentro. Falta de cultura de país y de sentimiento de partido humanista.

El sábado 15 de enero falleció en su Araia natal Félix Ormazabal. Don Eduardo, el párroco de San Pedro, en su sentida homilía destacó de él los dos amores de su vida, además de su familia. Araia y el pueblo vasco con su propia identidad. Cura social muy comprometido en sus primeros años, el mundo rural fue su pasión y entrega además de haber sido Consejero de Agricultura y Diputado General de Araba. En su tiempo nació Artium y el proyecto de la Catedral, entre mil actividades y programas. También fue parlamentario donde le conocí en 1980. Fue asimismo presidente del Araba Buru Batzar. Escuchándole al sacerdote recordé a los presidentes de las ejecutivas alavesas del EAJ-PNV desde 1976. Mikel Estabillo, muerto en fatal accidente, José Mari Gerenabarrena, visitador incansable de todos los pueblos y con una gran cultura histórica, Xabier Agirre, resistente junto a Joseba Azkarraga, Patxi Ormazabal y Mikel Estabillo bajo la férula de Luis Mari Sánchez Iñigo, asimismo recientemente fallecido. Todos esos presidentes ya no están con nosotros y me da que sin haber dejado nada escrito y sin que nadie se tome el trabajo de contar  la verdad  de estos casi cincuenta años ni decir como estaba Araba en 1975 y como está ahora. Un trabajo casi desde cero, de poner en pie, desde el punto de vista institucional y democrático, la actual realidad. Somos un pueblo ágrafo y de ahí nos viene que las librerías estén llenas de títulos con historias manipuladas. Si a esto se le añade una resistencia de nuestras  instituciones, a las que hay que casi mendigar cuatro duros, porque no son ellas las promotoras de esa recuperación para editar la historia silenciada, el resultante no es muy halagador.

Animaría a los chavales a leer e interesarse por la historia con el fin de  lograr una mayor perspectiva de las cosas. Se entendería mejor las claves de la política y el por qué hemos durado tanto superando a grupos que basan su atractivo y sus posibilidades en la “desmemoria colectiva” de Johnson a los que nos les importa nada ignorar, tergiversar, silenciar o manipular lo realizado por hormigas tipo Ormazabal, Xabier Agirre, Sánchez Iñigo, Periko Arrrizabalaga basándolo todo en el desconocimiento de la historia de   unas generaciones a las que nadie  les ha enseñado qué ocurrió de verdad en Europa, en el estado español, en Euzkadi  y en Araba en estas décadas fundamentales.

Decía Julio Caro Baroja que “para liquidar a los pueblos se comienza por despojarles de su memoria, se destruye su cultura y su historia y alguien les escribe libros, les da otra cultura y les inventa otra historia… luego el pueblo comienza a olvidar lentamente lo que es y lo que era». Pero no solo lo decía  él. Václav Havel insistía en que ”sin memoria no hay continuidad histórica y así no es posible mantener una identidad”.

Algo de todo esto creo nos está pasando si seguimos creyendo que estas son batallitas del abuelo Cebolleta y no aprendemos de gentes con experiencia como Andreotti que se lamentaba del desconocimiento absoluto de lo hecho y no haber crecido asentados en una base moral más fuerte. Como decía sabiamente el viejo zorro, ”no solo de pan vive el hombre”.

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