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La injusticia con el Sahara Occidental

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Jon Inchaurraga

Las causas políticas, como las modas, van y vienen según el foco mediático que lo alumbra. Si con los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008 nos acordamos del sufrimiento de los tibetanos y de la opresión que vivía el Pueblo chino, hoy que Marruecos incendia El Aiaun nos acordamos de los saharauis. Aquel pueblo que Marruecos colonizó gracias a la pasividad de España y de la comunidad internacional y del que no se quiere desprender ni por las buenas, ni tampoco por las malas.

A decir verdad, tampoco tiene muchas trabas para ello. La explotación de los fosfatos que hacen empresas de estados como Estados Unidos, Francia o los acuerdos comerciales de España con el estado alauí convierten lo que hubieran sido condenas internacionales en “simples lamentos” y que corra el tiempo. Por esto mismo está ilegalizado Batasuna en el Estado español. Esta actitud da a entender que según quién sea la víctima, el castigo es diferente. Así como cuando un expresidente de un Gobierno democrático reconoce que podía haber volado la cúpula de ETA y tiene remordimientos por no haberlo hecho. Queda claro que el fin y los medios son delictivos según quien los emplee.

Era 1976 y la democracia está a punto de desembarcar en el Estado español. En Tinduf, donde se refugian los cientos de saharauis que huyeron de la represión marroquí, un joven Felipe González loaba la lucha del Sahara Occidental y prometía acompañar a este pueblo hasta la victoria final.  De hecho, el expresidente del Gobierno español comprometía al PSOE con esta causa y también se “comprometía con la Historia”. Sabía el sevillano que el Pueblo saharaui había recibido muchas promesas “no cumplidas”. Lo que no previó es que algunas iban a ser las de su propio partido.  Una organización que está en el Gobierno del Estado que, teóricamente, administra el Sahara Occidental y que, ante estos últimos actos bárbaros que varios periodistas tildan de “genocidio étnico”, no hace más que lamentarlos. Lo grave es que quien afirmó esto, es la Ministra de Exteriores Trinidad Jiménez que en el año 2003 lucía una pegatina con el lema “Sahara libre” en la fiesta de los niños saharauis en Madrid. Es lo que hacen las carteras ministeriales que hacen olvidar lo que uno defendía en la oposición. En 1976 el Partido Socialista también sostenía la autodeterminación de los pueblos y la unidad de Euskadi Sur, así como la “construcción de una Euskadi socialista y libre al servicio de los trabajadores”. Así como desechaban la creación de “leyes antiterroristas”, ya que producían “lo contrario a lo pretendido”.

Con los años, las promesas y bellas palabras se las llevo el viento. Sin embargo, el caso del Sahara no es flagrante únicamente desde el punto de vista ético; sino también desde el diplomático. La continua expulsión y detención de ciudadanos españoles en tierra saharaui no tiene respuesta desde el Gobierno español más allá del “no olvidaremos” tras el asesinato de un ciudadano español en El Aiaun. Lo más grave es que dentro de poco volveremos a escuchar al Rey Juan Carlos loar la monarquía alauí y ofrecer a España como valedor del estado marroquí ante la UE. El Rey de España es, además, la persona que dejó ocurrir la Marcha Verde y que ha sido incapaz de enfrentarse con solvencia a los problemas que le han venido durante su mandato (Descolonización del Sahara Occidental, 23-F, Terrorismo de Estado, Territorialización, Guerra de Irak…). Algo que demuestra su inoperancia política que no va más allá de los ágapes y festejos patrios.

El  conflicto del Sahara Occidental no es más que otro de los fracasos de la política internacional del que España es responsable en la medida de su descolonización desastrosa. Es otro ejemplo de que el mundo no es justo porque quienes tienen la posibilidad de hacerlo no quieren que se haga Justicia. ¿Qué hace la comunidad internacional ante las continuas violaciones de los Derechos Humanos en el Sáhara Occidental? ¿Qué ayuda reciben los refugiados de Tinduf? ¿Qué sanciones Marruecos?

La solución al conflicto del Sáhara Occidental es clara: ejercer el Derecho de autodeterminación por parte del Pueblo saharaui. Aun así, no es tan simple por la continua ocupación de marroquíes en la zona, lo que desembocaría en un conflicto entre quienes son originarios del Sahara y viven exiliados y quienes colonizan la tierra. De todos modos, ese no es el gran problema. La brecha surge cuando Marruecos sabe vender sus materias primas a estados como Francia, Estados Unidos o España que miran hacia a otro lado mientras los saharauis quedan olvidados en sus campos de tierra de Tinduf y en su tierra ocupada.

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