Cincuenta sombras del terrorismo de ETA

Pedro Ereña Etxeberria

Estamos en plena batalla, la batalla por el relato de los años más negros de nuestra historia reciente.

No debe bastarnos con recordar que ETA mató; deberíamos recordar también, qué ocurrió alrededor de sus asesinatos, qué se defendió, qué puentes se quisieron conservar y hasta dónde llegó el relativismo moral de algunos dirigentes políticos.

 El 22 de febrero del 2000, ETA asesinó en Vitoria-Gasteiz a Fernando Buesa y al ertzaina Jorge Díez Elorza, su escolta. Al día siguiente, con la sociedad vasca conmocionada,…alguien declaró:

«El camino recorrido durante el último año y medio (durante la tregua) ha arrojado frutos y valores positivos». Y defendió no «romper puentes» con Euskal Herritarrok y preservar «los frutos del camino recorrido en el Pacto de Lizarra». 

Al día siguiente, otra voz política pronunció:

 «En tiempo de desolación, no hacer mudanza», y defendió mantener el «diálogo sin exclusiones», considerando el asesinato un ataque contra lo construido en Lizarra. 

Omito la autoría… que las busque el lector, que acuda a las hemerotecas y compruebe quién pronunció aquellas incalificables palabras, en qué fecha y qué acababa de suceder.

Los cuerpos de Buesa y de su escolta todavía estaban calientes; sus familias estaban viviendo el horror y la prioridad política expresada entonces era preservar los frutos de un proceso y no romper los puentes construidos con el espacio político del MLNV.

Ese dato me da pie, para entender hasta donde llego el olvido y abandono del principio moral mas basico de la actividad politica; la subordinacion de la accion politica al desarrollo de la dignidad humana, legado que nos llego por medio de Agirre, Irujo y Ajuriagerra.

 Lizarra no fue simplemente un intento fallido de alcanzar la paz; fue un experimento político que subordinó al nacionalismo democrático a un espacio político el del MLNV mientras ETA socializada el sufrimiento.

Se sustituyo ‘defender la dignidad humana ante cualquier cosa’ por ‘alcanzar la paz’.

Se toleró, que una estrategia política terminara difuminando una frontera moral que debía haber sido infranqueable.

ETA rompió la tregua, volvió a matar y Lizarra fracasó. Y al final no tuvimos ni paz ni dignidad.

¿Aprendimos realmente la lección?

El terrorismo tuvo muchas sombras: la del asesino, la del que justificó o la de quienes desde la autoría ideológica, utilizaban el terror.

Todas esas responsabilidades forman parte de nuestra historia y por ello, habría que recordar también el clima político que permitió que determinados discursos relativizaran lo que estaba sucediendo.

Más de veinte años después, ¿cómo puede extrañarnos que muchos jóvenes desconozcan quiénes fueron Fernando Buesa, Jorge Díez o Montxo Doral?

Para quienes nos reconocemos en la tradición Nacional Vasca, Euzkadi no necesita repetir Lizarra para avanzar. Podemos dialogar, podemos pactar, podemos construir mayorías y auto determinar nuestro futuro permanentemente, pero jamás podemos volver a subordinar la ética a la estrategia de un modelo totalitario de control social con una hoja de ruta pre-establecida.

La incorporación democrática de quienes han abandonado el pasado violento es una cuestión importante ; la amnesia sobre ese pasado es una cuestión fundamental, y no son equivalentes.

No afirmo que estemos ante una nueva Lizarra; afirmo que Lizarra es un precedente que obliga a mirar con extrema atención cualquier nuevo entendimiento político con el espacio heredero del MLNV.

Cambiar los nombres, las siglas o el lenguaje no cambia la historia. Antes de aceptar cualquier nuevo acuerdo habría que preguntar qué se ha rectificado, qué se ha reconocido, qué se ha condenado y qué lugar ocupan las víctimas.

Desde mi perspectiva, el pueblo vasco, su sociedad civil, no pueden volver a recorrer un camino, con sus mismas piedras.

La construcción nacional vasca no necesita relativismo moral.

Necesita democracia, memoria y principios.

Necesita recordar que ninguna mayoría, ningún acuerdo y ningún proyecto político pueden estar por encima de la dignidad de las personas.

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11 comentarios en «Cincuenta sombras del terrorismo de ETA»

  1. Sabes que te digo Pedro Eraña,me acabo de encontrar con un cargo sicialista en 35 años,con escolta y diabluras ,en 25 años,por lo menos,la vida imposible le hicieron.
    Bueno pues para el BULDU,es un aliado demócrata,está de acuerdo con que sean sus máximos aliados.
    Que perdona y olvida,y que estamos en democracia.
    Osea que atera kontuak.
    También era contrario a Lizarra,como tú,pero ha cambiado.

  2. Comparto buena parte de la preocupación que plantea el artículo, especialmente la necesidad de no olvidar, de mantener clara la frontera moral frente a la violencia y de preguntarnos críticamente por algunos errores cometidos durante aquellos años. Pero su lectura me suscita también algunas reflexiones complementarias.

    Quizá, además de preguntarnos qué hicimos mal y qué no debemos repetir, deberíamos preguntarnos también qué hicimos bien y qué terminó prevaleciendo.

    Porque la tradición democrática vasca no fue solamente una tradición que en determinados momentos pudo equivocarse en su estrategia o dejarse llevar por expectativas que después se demostraron erróneas. Fue también una tradición que resistió durante décadas, mantuvo las instituciones, defendió el autogobierno y contribuyó decisivamente, junto con muchos otros sectores de nuestra sociedad, a que la violencia terminara siendo política y socialmente derrotada.

    Por eso creo que no basta con extraer una lección de Lizarra. También debemos recordar desde dónde se construyó finalmente la salida: desde la defensa de la vida y los derechos humanos, las instituciones democráticas, la resistencia cívica, las víctimas, la Ertzaintza, los movimientos pacifistas y una sociedad plural que se negó a aceptar que ETA pudiera decidir mediante la violencia el futuro de este país.

    También matizaría la contraposición entre paz y dignidad. Buscar la paz nunca fue indigno. Otra cuestión es que determinadas estrategias, condiciones o expectativas pudieran resultar equivocadas. Precisamente la paz que finalmente hemos podido construir solo podía asentarse sobre la dignidad, la libertad, la memoria y la desaparición de cualquier forma de coacción.

    Y hay otra cuestión que me parece importante: quizá deberíamos procurar que el MLNV, incluso cuando analizamos críticamente su pasado, no continúe ocupando el centro de nuestro relato. La tradición democrática vasca no puede definirse permanentemente en función de lo que haga, diga o rectifique la izquierda abertzale. Tiene una trayectoria, unos principios y un proyecto propios.

    La superación de la violencia tampoco exigía levantar una frontera política permanente, sino una frontera democrática y moral muy clara: todos pueden participar en democracia, pero ninguna violencia puede proporcionar legitimidad, ventaja política ni derecho de tutela sobre la sociedad.

    De ahí que, mirando hacia adelante, la cuestión no sea únicamente impedir que se repita Lizarra o vigilar la evolución de quienes proceden del MLNV. Tenemos también que ser capaces de formular una vía propia: unión democrática, acuerdos transversales, autogobierno, memoria crítica y construcción nacional abierta.

    Una unión, además, en la que la pluralidad no sea una concesión táctica, sino un principio estratégico.

    Porque, al final, aquella tradición democrática no fue simplemente superviviente de una derrota. En un sentido mucho más profundo, terminó prevaleciendo: ETA no consiguió imponer su proyecto ni tutelar el futuro de la sociedad vasca, y hoy podemos decidir nuestras diferencias mediante la política y convivir desde la pluralidad.

    Por eso, junto a la pregunta que plantea el artículo —qué no debemos repetir—, añadiría otras dos: ¿qué principios nos permitieron superar aquella etapa y cómo los actualizamos para construir el futuro?

    Tal vez ahí esté una de las claves para no seguir interpretando nuestro presente únicamente desde el conflicto anterior y empezar a construir un marco nuevo.

  3. Bueno en este aspecto Pello,la mayoría de los vascos y vascas estabamos por los derechos humanos contra la violencia.
    Ahora bien,ahora también estamos los vsscos-as,la mayoría,a favor de la violencia en Ucrania,la guerra,una guerra muy cara,que nos está costando un riñón.Suemore hay guerras y hay que tomar partido,como en la guerra de Palestina,o estás con Hamás o estás con Israel.od vascos desde 1.939 que ganó Franco,no hemos tenido guerras entre nosotros,las guerras son en otro lado .

  4. Bat, yo me refería a otra cuestión. No estaba hablando de las guerras que se producen en otros lugares, sino de la violencia política que durante décadas condicionó la convivencia entre nosotros y de qué podemos aprender de aquella experiencia.

    Y precisamente una de esas lecciones es que no siempre tenemos que aceptar la obligación de elegir entre dos bloques enfrentados. Ni entonces todo se reducía a estar con unos o con otros, ni creo que deba ser así ahora.

    Mi reflexión iba en otra dirección: qué principios permitieron a la sociedad vasca superar aquella etapa y cómo podemos actualizarlos para construir nuestro propio futuro desde la libertad, la pluralidad y la convivencia democrática.

  5. Bueno aquella etapa se supero con persecución policial,vía judicial sumario 18/98,pacto de Lizarra,y caserío Txillarre de Elgoibar.
    A la mayoria de la sociedad ETA,no le hacía ningún caso.

  6. Bat, estoy de acuerdo en que la acción policial y judicial fue fundamental, y también tuvieron su importancia otros procesos políticos. Pero creo que reducir el final de ETA a esos factores deja fuera una parte importante de lo ocurrido.

    ETA no fue solamente una organización armada que había que desarticular policialmente. Fue también la vanguardia de un movimiento político y social más amplio, el MLNV, con una estrategia que pretendía condicionar mediante la violencia el rumbo político de la sociedad vasca.

    Por eso, su derrota tampoco fue solamente policial. Fue también política y social. Fracasó la pretensión de que la violencia otorgara una posición de vanguardia, una legitimidad especial o un derecho de tutela sobre el futuro del país.

    Y ahí sí tuvo mucho que ver esa mayoría social que tú dices que «no le hacía ningún caso». Precisamente porque la sociedad vasca continuó votando, construyendo instituciones, desarrollando el autogobierno, movilizándose contra la violencia y manteniendo su pluralidad, ETA no consiguió imponer su proyecto.

    La policía y la justicia derrotaron a la organización armada; pero la democracia, las instituciones y la resistencia de una sociedad plural derrotaron también su pretensión de dirigir políticamente este país. Esa segunda derrota me parece tan importante como la primera.

  7. Bueno eso es una apreciación de Vd.la mía difiere el.mivimiento MVLN,por mi parte lo veo muy fuerte,en implantación social y en votos también.
    Como ejemplo,le va a ganar al PNV,en varias ciudades villas pueblos y capitales.
    También va a tener más votos en más de un territorio,al norte y al sur de los Pirineos.

  8. Bat, no niego en absoluto que hoy la izquierda abertzale tenga una importante implantación social y electoral, ni que pueda superar al PNV en determinados lugares. Pero eso no contradice lo que digo.

    Cuando hablo de derrota no estoy hablando de una derrota electoral. Estoy hablando de la derrota de una estrategia y de una pretensión histórica. ETA no fue solamente una organización armada; fue la vanguardia de un movimiento político y social que pretendió alcanzar mediante la violencia y la ruptura unos determinados objetivos políticos y condicionar desde esa posición el futuro de la sociedad vasca.

    Eso fue derrotado. ETA desapareció sin conseguir imponer su proyecto y sin obtener mediante la violencia ninguna legitimidad especial ni derecho de tutela sobre este país.

    Y Euskadi ha continuado avanzando por otra vía. Yo la llamaría la vía Agirre: democracia, instituciones, negociación, autogobierno, respeto a la pluralidad y construcción nacional paso a paso. Una vía que no necesitaba una vanguardia armada ni la ruptura para avanzar.

    Hoy las reformas y los avances políticos se negocian desde las instituciones, con el PNV y con las demás fuerzas democráticas; no con el Ejército ni con aquellos “poderes fácticos” que durante tantos años se presentaban como el obstáculo que había que derribar. Quien quiera transformar este país necesita votos, mayorías, acuerdos e instituciones.

    Y resulta también significativo que hayan tenido que guardar buena parte de sus antiguos referentes y recurrir a símbolos, figuras y tradiciones políticas que no proceden de su propia trayectoria.

    Por eso, tener hoy muchos votos no convierte retrospectivamente aquella estrategia en vencedora. Sería como salir a ganar la Bandera de La Concha, no conseguirlo, terminar disputando otra regata y proclamar que, como esa sí puedes ganarla, nunca fuiste derrotado.

    Claro que hoy pueden ganar elecciones, gobernar instituciones e influir incluso decisivamente en la política del Estado. Pero pueden hacerlo precisamente porque compiten en el terreno democrático e institucional.

    Y ahí está la paradoja: quienes pretendieron superar aquella vía mediante la ruptura han terminado necesitando transitar por ella para tener capacidad política real.

    Por eso sigo hablando de derrota. No electoral, desde luego, sino histórica y estratégica: la ruptura no prevaleció. Prevaleció la vía democrática e institucional, la vía Agirre.

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