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Los rizomas del posmodernismo
en las raices de los Alardes (y II)

Mikel Arriaga (profesor e investigador)

Imposición totalitaria disfrazada de cambio y modernidad.

Volvemos al nuevo planteamiento de sociedad preconizado por el posmodernismo. En la posmodernidad las cosas, las personas y la sociedad ya no son cosas en sí, sino objetos manipulables que requieren interpretación y organización. Muchos factores indican que estamos en vías de alcanzar el punto álgido de la corriente posmodernista, y el ataque a rituales con gran aceptación es uno más de esos factores.

El ser humano es un ente biológico dotado de una carga genética y constitutivo de una cultura adquirida. En el proceso cultural la educación y las experiencias vitales adquieren gran importancia y son los principales resortes emotivos de los sentimientos. El sujeto humano es pues, un aglomerado de materia biológica, educación y cultura delimitada por el momento histórico, y la recopilación de experiencias emotivas a lo largo de su vida. Con todo ello se configuran los sentimientos y la expresión de estos en un ethos concreto. Y este ethos concreto es dependiente de multitud de actos considerados rituales, los cuales reafirman y dan sentido al individuo en la cosmovisión de su realidad. Alterar o privar al individuo de estos rituales afecta a su sentir más íntimo deshumanizando la esencia de la persona, de ahí la importancia de este sentir anclado y engarzado en los rituales que dan sentido al ser humano.

Según Clifford Geertz se debe distinguir entre el sentir “en medio del ritual” y el sentir como producto de “la reflexión acerca de tal experiencia” (Geertz, 1973) (1), lo que permite demostrar que los sentimientos adquiridos durante el proceso vital no son meras “inducciones desde la experiencia” o manifestaciones exteriores de una interioridad inalcanzable, sino expresiones de la previa aceptación de una cultura externa al individuo. De ahí la importancia del ritual, como antes hemos comentado, donde adquieren intensidad los sentimientos, puesto que es dentro del universo simbólico que se les da forma y razón de ser, y donde encuentran pleno sentido. En estos puntos es donde la persona íntegra y equilibrada canaliza una parte de sus sentimientos más íntimos.

De ninguna forma es baladí para el equilibrio individual el compromiso colectivo y la cohesión social necesaria para la convivencia, y no desgajar este tipo de actos rituales de la sociedad donde están anclados. Curiosamente, suele ser hacia lo primero (hacia el individuo) que tienden a actuar y a cercenar los movimientos revolucionarios. Sin sentimientos, y sin racionamiento, en este caso también desvirtuado por presión y tácticas ejercidas desde los medios de comunicación, despojamos al individuo, es decir, a la persona, de su naturaleza y de su esencia, y queda presa de toda corriente artera y falaz, dispuesta a manipular y a que pueda ser dirigida por el ideólogo autocrático de turno. El segundo paso suele ser actuar sobre el compromiso colectivo y la cohesión social. Una acción bien orquestada que suele dejar consecuencias desastrosas en las sociedades, y mucho más aún si son de ámbito más reducido como en un pueblo o ciudad. En cierto modo, pudieran tenerse en cuenta los municipios de Irun y Hondarribia como campo de pruebas para la aplicación de estos mecanismos, sin embargo, desde 1996 ha habido una férrea respuesta de resistencia por parte de los dos municipios que no terminan de controlar y dominar las fuerzas revolucionarias.

Anteriormente hemos comentado algunas de las bases para construir y configurar la identidad humana. Sin embargo, no deja de ser este proceso parcialmente subjetivo y sujeto a ciertas variables del entorno. Aún y todo, la identidad queda definida y anclada mediante la impronta del ethos y de la cosmovisión espaciotemporal impregnada durante la educación por diversos factores aleatorios.

Una vez definidos estos aspectos de la identidad, esta queda marcada como esencia individual inmutable. Digamos, entonces, que la identidad se halla siempre dotada de cierto valor para el sujeto, generalmente distinto del que confiere a los demás sujetos que constituyen su contraparte en el proceso de interacción social. Y ello es así, en primer lugar, porque “aun inconscientemente, la identidad es el valor central en torno al cual cada individuo organiza su relación con el mundo y con los demás sujetos (en este sentido, el «sí mismo» es necesariamente egocéntrico)”. En segundo lugar, porque las mismas nociones de diferenciación, de comparación y de distinción, inherentes al concepto de identidad, implican lógicamente como corolario la búsqueda de una valorización de sí mismo con respecto a los demás. La valorización puede aparecer incluso como uno de los resortes fundamentales de la vida social (aspecto que E. Goffman ha puesto en claro a través de la noción de face) (Lipiansky, 1992: 41) (2). Estos aspectos hay que tenerlos siempre en cuenta a la hora de encarar los diferentes conflictos o problemas que pueden surgir en el ámbito de las sociedades.

El caso que nos ocupa en estos momentos es paradigmático, los Alardes de Irun y Hondarribia. Los Alardes son tótems, muy bien asentados en el Bajo Bidasoa, con cualidades concretas que dotan de esencia al ethos de dos municipios, que les aportan orgullo, alegría y compromiso (tres adjetivos contra los que lucha el posmodernismo). Cimientos antropológicos que han perdurado durante años, que ningún cambio histórico (guerras, alternancia de paradigmas económicos, …) o sociológico han podido truncar (revoluciones, cambios de pensamiento global, modernidades tecnológicas, …). Un caramelito muy goloso para los objetivos posmodernistas. No obstante, lo que parecía asequible o fácil de transformar no lo ha sido tanto, y hemos topado con piedra maciza (harri amarekin topatu dugu!) que dirían los geólogos.

Con todo lo anteriormente citado, y viendo el desarrollo de los acontecimientos, podemos resaltar algunas conclusiones. Una es el carácter intrínsecamente revolucionario de la postura pro-Alarde mixto; aglutinando la mayoría de las características contrasistema y revolucionarias de los movimientos surgidos a finales del siglo XX de parecidas características. Y, por otro lado, podemos afirmar la hipocresía y la contradicción de este movimiento, pero que está muy en consonancia con la ideología posmodernista que estamos tratando en este apartado. Todo ello con la connivencia de los medios de comunicación (consciente o inconsciente) así como con la mayoría de los partidos políticos.

Además de esto, tenemos que dejar claro, y aunque mucha gente lo niegue, que hay gran cantidad de personas que desfilan y abogan por el Alarde mixto, que en realidad no sienten nada por este acto de representación ritual, que lo aborrecen, y que su única motivación por desfilar es propiciar el cambio y desnaturalizar las esencias de este evento ritual antropológico de corte festivo. Una vez conseguido el objetivo, innumerables participantes del Alarde mixto, dejarían de desfilar en él y abandonarían el vínculo que les une con la corriente que abandera el Alarde mixto. Esto no es una opinión o mera suposición, yo mismo (como mucha gente más) los he oído manifestarse en estos términos a no pocos militantes de la causa del Alarde mixto. Mucha gente de Irun y Hondarribia sabe que esto es cierto, bien porque lo han vivido en núcleos cercanos (familia, cuadrillas, amistades, …) o bien porque en realidad, la gente se conoce en estos municipios, y sabe, por ejemplo, quién salía de vacaciones porque pasaba del tema en esas fechas concretas (30 de junio, y 8 de septiembre) antes de que surgiera la polémica actual. Curiosamente, un porcentaje muy alto de estas personas que antes se desvinculaban de la representación ritual de los Alardes, son ahora los y las que copan las posiciones más relevantes y notorias a la hora de cargar contra los Alardes tradicionales, y a la hora de desfilar y posicionarse a favor del Alarde mixto. Curiosa la coherencia de estas personas que en un principio no querían saber nada con este tipo de celebraciones. Pero qué más da, este perfil entronca perfectamente con lo que es la corriente posmodernista. Por ello, abundan mucho este tipo de perfiles, es más, según este tipo de personas, es un perfil correcto, coherente, y favorable a la sociedad, además, está bien visto y es políticamente correcto.

Nuevamente estamos ante otra ruptura, estamos ante la desvirtualización de una visión objetiva (la del Alarde Tradicional), razonada y profunda de unos hechos, simplemente forzada y tergiversada de forma táctica para parecer errónea. Y aunque en el fondo subyazca la manipulación en esta táctica por hacer parecer el Alarde Tradicional como algo caduco y necesario de ser transmutado, está tan bien camuflada y enmascarada, que difícilmente aparece clara ante los ojos de una opinión pública atenazada por unos clichés de lo políticamente correcto que cada vez se hacen más y más opresivos y amenazantes. No cabe disensión, tampoco discusión ni diálogo, ahora solo se señala, se etiqueta y se descarta, o se borra del mapa de manera rápida (y a veces hasta con desprecio). Nuevos cánones de la nueva cultura moderna, nueva perspectiva del ser humano liberado, aunque de vez en cuando nos recuerde a la antigua Unión Soviética.


1.- Geertz, C. (1973). Religion as a Cultural System. En The Interpretation of Cultures, (87-125). Nueva York: Basic Books.

2.- LIPIANSKY, Edmond Marc, 1992, ldentité et communication, París, Presses Universitaires de France.

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