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El caso vasco y la economía de cooperación

Joxan Rekondo

Durante años, hemos practicado un modelo de cooperación entre el sector público y el privado, con la finalidad compartida de empujar el progreso del país. El ejercicio del autogobierno político, junto con el arraigo territorial de la inmensa mayoría de las empresas, el fuerte peso de la economía social y una sociedad civil fuerte, han hecho que hayamos sido capaces de generar un tejido empresarial enraizado, entretejido con un sector cooperativo sin paralelo en el mundo, razonablemente protegidos ambos de la presión de intereses comerciales volátiles.

En este marco, es clave que el rol que ha de cumplir la empresa social (en todas sus modalidades inclusivo-participativas), porque la generación y extensión de la Economía de Cooperación únicamente se puede sostener a partir de que su ejemplo empresarial contagie su entorno y se reproduzca sin cesar. De esta guisa, la Economía de Cooperación irá ganando transcendencia siempre que la cooperación, a partir del contraste en la experimentación práctica, vaya afianzándose paulatinamente en el sistema de valores y sea capaz de consolidar buenos empleos.

Por lo tanto, el desarrollo de una Economía de Cooperación sería imposible haciendo abstracción de la identidad de la sociedad en la que se inserta y a la que presta servicio, y únicamente sería sostenible sobre la base de una cultura de cooperación entre los diferentes agentes económicos y sociales, públicos y privados. Hay que combinar, por lo tanto, las ideas y la mentalidad de inclusión y participación en la empresa, entre la empresa y la sociedad, y entre la empresa, la sociedad y el Gobierno.

La mención a la capacidad generativa de economía que podría tener una comunidad se refiere, en primer lugar, a la existencia de un ‘nosotros’ como sujeto comunitario, y después a la aptitud de la que disponemos los que formamos parte de ese sujeto para crear un espacio socioeconómico y controlar su desarrollo de forma abierta al mundo, pero aferrados a la perspectiva del bien de las personas y el beneficio de la comunidad a la que nos sentimos vinculados.

A la vez, la fortaleza del relato de pertenencia vasco (del ‘nosotros’ como sujeto comunitario) se habrá de mostrar en la capacidad de cooperación e interacción de los agentes (sean de titularidad privada, pública o del llamado Tercer Sector) que inciden en la marcha de la economía, puestos al servicio de crear valor comunal, en forma de bienes o servicios. El despliegue material de esta capacidad ha sido y es el factor clave que hay que cuidar para mantener la autonomía estratégica en el ámbito económico vasco.

¿Cómo poner a todos esos agentes de dispar naturaleza alineados con el propósito de buscar el bien común? Esto, desde luego, obligará a precisar tal propósito común y lograr que penetre en la visión de todas las agencias, se necesitarán activar liderazgos compartidos, y se deberán reforzar las capacidades de las instituciones de gobernanza y a estrechar sus interrelaciones colaborativas con los agentes económicos.

Desde la perspectiva de la Economía de Cooperación, el trípode que impulsaría la economía podría componerse de unas instituciones públicas ejercen una función de Tracción en el ámbito de la estrategia de país, que busca afrontar la Competitividad exigida por el mercado en un marco de Cooperación que implique a empresas e instituciones comunitarias en una acción común que supere la dicotomía público-privada.

El esquema puede evocar al ‘Caso Vasco’, que se ha resaltado en algunas escuelas de negocios como modelo singular de desarrollo socioeconómico. La referencia original al ‘Caso Vasco’ se halla en el discurso en el que Agirre descarga los primeros veinte años de gestión del primer Gobierno vasco ante el Congreso Mundial de 1956, queriendo significar que somos un pueblo con una tradición democrática y social arraigada, pero que se renueva cada día para incorporarse al mundo que viene. El ‘Caso Vasco’ de la era moderna siguió esa línea de conducta.  Se definió como la apuesta de país por la economía productiva que gobierno y sociedad vascos realizaron a partir de 1980 con el rumbo fijado en dirección hacia el Desarrollo Humano Sostenible.  Es decir, un itinerario en el que el desarrollo económico buscaba la promoción humana en una relación de equilibrio con el medio ambiente.

En conclusión, la Economía de Cooperación y el Caso Vasco apuntan al carácter crucial de un factor que apenas se valora. Es el factor ético-cultural, el sentido de pertenencia que dota a la comunidad de perspectiva histórica. Un factor que, si es acompañado de una realidad socioeconómica inclusiva, puede contribuir a la cohesión y solidaridad, y al compromiso social que impulsa a participar en la acción en común.

La iniciativa para el emprendimiento, y la responsabilidad consiguiente, provienen -podría decir Arizmendiarrieta- de la fuerza que “fluye de la idiosincrasia de nuestro pueblo y se anida en lo más entrañable de sus hombres”. Si carecen de ese enraizamiento cultural comunitario, las propuestas de implantación de guías y técnicas, estrategias o modelos organizativos novedosos no van a aportar gran cosa y su durabilidad será efímera.

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