José Manuel Bujanda Arizmendi

En esta sociedad nuestra, basada muy muy teóricamente en la práctica de la pura libertad individual y social, no es ciertamente posible, no es real ni mucho menos, que todos los ciudadanos/as participen en total igualdad de todos los bienes de la naturaleza y de los producidos por el ser humano. Las desigualdades personales, la diversidad de las oportunidades que la vida ofrece, las relaciones de todas clases  que entretejen la vida social, son generadoras de diferencias inevitables, y a veces sangrentes y sonrojantes. Diferencias que, en muy principio al menos, no tienen por qué ser consideradas necesariamente injustas ni contrarias a la solidaridad que debe existir en una sociedad coherente con la dignidad de las personas. Desigualdades que, en todo caso, no han de impedir la satisfacción real y práctica de los derechos humanos de todas las personas, ya que sin ella carecería de sentido hablar de dignidad humana.

Se trata de impulsar e implementar el respeto a las personas distintas a uno/a mismo/a, el reconocimiento de su valor y de su dignidad, su derecho a ser diferentes en sus formas de pensar, de sentir y de actuar, y en los mismos efectos económicos que de esas diferencias puedan legítimamente surgir. El derecho a la libertad que vindicamos ha de llevar también al reconocimiento de que el otro la otra, los otros y las otras, puedan disponer y disfrutar de la misma libertad que para nosotros vindicamos. Y ello aunque de su legítimo ejercicio se sigan consecuencias que desde nuestro punto de vista puedan ser consideradas como perjudiciales a los, supuestos, intereses y, supuestamente, contrarias a nuestros criterios y apreciaciones.

Hay que insistir en la necesidad de educar para la tolerancia, educar para saber convivir con quienes son distintos de uno/a mismo/a, aún cuando el respeto de su libertad legítima puede ser vista como un potencial riesgo no controlado o como un peligro no contratado a lo no conocido. Porque la posible reacción adecuada ante la percepción de la libertad del “otro” como un posible riesgo para “mi” no debe desembocar en la intolerancia defensiva sino la consolidación de los propios valores, convicciones o incluso intereses que cada uno/a habrá de desarrollar desde la afirmación del propio derecho a ser uno mismo desde sí mismo. Tolerancia, respeto y pluralidad como principio de enriquecimiento personal y también social. Y para ello habremos e tratar de superar esta visión del “otro”, individual y social, visto como riesgo, no sólo, a partir de la tolerancia, sino también por el valor de la solidaridad, equidad y de la igualdad. Deberíamos ser capaces de descubrir nosotros mismos, como educadores, la necesidad de una exigencia natural íntima para con la solidaridad humana que ha de englobar  y cobijar al conjunto de la humanidad y ello a pesar de experiencias reales y muy graves de insolidaridad, experiencias que lamentablemente también se dan en niveles muy próximos e inmediatos de nuestra vida cotidiana. Es imprescindible mantener viva la conciencia exigente a la solidaridad entre as personas, entre los alumnos y alumnas.

La sociedad es un espacio en el que se lucha para que cada persona “lucha” para salir adelante y para hacer reales y operativos sus propios intereses que deben desarrollarse dentro de la aceptación de las reglas de juego que serán las que deben de asegurar un “buen funcionamiento”. Un llamado buen funcionamiento que de principio no elimina las posibles tensiones entre aquellas personas que estando en el mismo campo de actuación buscan intereses que, en ocasiones, pueden ser coincidentes, pero que a veces también, y en algunos niveles divergentes, contrapuestos incluso excluyentes. Tensiones que vistas con perspectiva

global y de futuro puede ser valorada positivamente como fuente de avance y de progreso colectivo. Pero por ello no debe de ignorarse, en ningún de los casos, el costo social o personal en quienes salen perdedores en este tensionamiento competitivo. Tensionamiento competitivo en el que intervienen las habilidades personales, los recursos propios, el influjo de los grupos, el ejercicio del poder y que originan formas de relación socia, dependencias y dominación. Las diferencias de objetivos, de intereses y de estrategias de eficacia fijados para alcanzarlos puede producir situaciones de injusticias personales y colectivas y ello a pesar de las medidas correctivas que a este sistema se introducen por medio del ejercicio de autoridad pública, es decir por las políticas económicas, sociales, educativas y culturales de la Administración pública.

Si la sociedad en la que vivimos es así y si hemos de educar a quienes van de vivir en ella, con el fin de que sean más plenamente autosuficientes y preparados la primera pregunta que s demos de plantear los educadores es la de saber si efectivamente lo tenemos en cuenta y, en tal caso, qué repercusiones tiene ello en nuestros planteamientos educativos. Dicho de otra manera, ¿cómo tratamos de educar para una sociedad en la que el ejercicio de las libertades públicas en los diversos ámbitos de la vida social da necesariamente a esa sociedad un carácter “tensional y competitivo” que es intrínseco a ella y a las secuelas de injusticia que puede acarrear consigo? Se impone la necesidad de ayudar a quienes tratamos de educar en la comprensión de cómo es y cómo actúa esta sociedad en la que ellos/ellas les ha tocado vivir, es decir deberíamos intentar poder ofrecerles una visión global de la sociedad y de los mecanismos con los que ella funciona. La educación para una sociedad hecha de tensiones nos postula no solammente conocerla sino también criticarla en cuanto a sus postulados operativos, en cuanto a sus mecanismos de actuación y en cuanto a sus efectos reales. Se trata en definitiva de ofrecer un conocimiento crítico, valorativo, a partir de una referencia objetiva que, para quien tiene una visión personalista de la sociedad, no puede ser otra que la dignidad de la persona, de toda persona, porque la sociedad es para la persona y no a la inversa. ¿O no?

El conocimiento crítico de la realidad debe ser la base de un uso responsable de la libertad y libertades que el sistema en el que vivimos nos puede y debe de garantizar. Se trata de dignidad, justicia, equidad y solidaridad. Se trata de capacitarse para competir y competir mejor, poner en acción las propias capacidades e idear estrategias adecuadas para la vida en un contexto en el que la libertad es de, y para, todos y todas. Eduquemos pues a nuestros jóvenes para el futuro. Eduquemos el futuro, porque el futuro también es perfectamente educable. ¿Estamos seguros que estamos acertando del todo?

La educación para la democracia entendida como una sociedad que asegura los cauces de actuación político-social libre y participativa, es fundamental en la educación para una sociedad que alberga tensiones inherentes a su conflictividad. Así, la educación debe incluir como parte integrante muy fundamental la educación en el respeto y en la defensa de los derechos más fundamentales de la persona, tales como el derecho a la vida y a su integridad, y el derecho a la libertad por encima de cualquier criterio de eficacia o de intento de justificación ideológica.

En resumen, habrá que incluir la educación para la participación solidaria en la lucha contra las situaciones injustas y el respeto a la libertad de la persona, cuestiones ambas ellas que a lo largo del proceso educativo han de ser, en todo caso, esmeradamente tratadas. Sea   pues.

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3 comentarios en «Educando el futuro»

  1. Visto en prensa:
    «La sentencia del ‘caso De Miguel’ involucra a la antigua cúpula del PNV alavés en una trama de corrupción. El apoyo de Podemos ha dado oxígeno al Ejecutivo vasco para terminar la legislatura»

    Foto: Oxigenador recibe felicitación https://t.co/UdPr9m10J5

  2. El PNV, «campeón de España» en donaciones anónimas desde 1987 hasta su prohibición en 2007, con expediente sancionador abierto por Tribunal de Cuentas por financiación ilegal a través de maraña de sociedades, rechaza una investigación interna tras la sentencia del caso De Miguel.

  3. Sin embargo, las donaciones anónimas de la izquierda abertzale vía pistola en mano del impuesto revolucionario, esas que realmente hacían pupa y que estaban fuera de toda ley, esas escapan tu ángulo de visión, Sebas, ¿por qué será? Comprendo que lo tuyo es acarrear las boñigas de las alforjas de Igor Meltxor y Baltasar, vuestro periodista independiente, que tiene mesa en la salda de parlamentarios de Bildu en Gasteiz.

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