Posteado por: aberriberri | enero 24, 2019

La jerarquía católica en vasconia ante la violencia reciente (y 4): Mons. Sebastián, visión y propuestas desde navarra para un tiempo de paz sin ETA

Mikel Aramburu-Zudaire, Profesor de Filosofía y miembro de Solasbide-Pax Romana

Para concluir mi exposición, me voy a centrar ahora en otros textos de Mons. Sebastián, en particular las llamadas Cartas desde la fe que, periódicamente, escribía como parte esencial de su magisterio pastoral diocesano. Una de esas cartas sobresale en el tema que nos ocupa al reflexionar en torno a un posible final de ETA y cómo habría que actuar después. La publicó en 1999, precisamente durante la tregua de la banda armada en los años del primer gobierno del presidente Aznar, y su título es elocuente: “Hagamos la paz entre todos y para todos” (Sebastián, 2003a, pp.656-665; también hay versión en euskera del mismo año 2003b, pp.153-164). Hay quien dice que la hizo por puro interés político, pues con la siguiente tregua de ETA, en tiempos del presidente Zapatero, no dio a luz ningún documento similar. En todo caso, yo quiero insistir en la literalidad del texto sin entrar en sus intenciones, pues incluso él mismo afirma que su móvil es estrictamente moral y no político. Sus palabras ciertamente resultan proféticas por el momento histórico, hace casi 20 años, y por su mismo contenido. También Mons. Sebastián es un intelectual y en bastantes aspectos comparte perfil personal e itinerario académico y eclesiástico con Setién. Como éste, ha sido profesor universitario y rector, y resulta algo frío en el trato personal, incluso autoritario, tal vez por timidez o inseguridad como Setién. Así, parece que manifestó, al comienzo de su gobierno en las diócesis navarras, que había llegado para poner orden en ellas. Pero insisto, no voy a entrar en intenciones ni en perfiles psicológicos ni si logró o no o en qué grado sus objetivos, lo que me importa en este momento es esa carta en la que, opino, estuvo inspirado por el Espíritu.

A lo largo de diez puntos hace un alegato apasionado y muy evangélico -que recuerda algo al estilo del papa Francisco-, en el que sobresale un valor repetido varias veces en el texto: «magnanimidad». Dice que estamos ante una «época nueva» a realizar entre todos, con grandeza de miras, frente a prejuicios, falsas generalizaciones, resentimientos, acusaciones, malentendidos, caricaturas de hechos, personas e instituciones. Es una hora de Dios, de gracia y renovación (un auténtico kairós o tiempo propicio), la paz es posible ahora mismo -apremia D. Fernando- con actitudes de tolerancia y respeto a la libertad. Las diferencias de unos y otros, según el arzobispo, no son un peligro ni una amenaza para nadie sino una riqueza para todos. Y desde un NO rotundo a la violencia, pide la renuncia definitiva de la misma y entona un ¡BASTA YA!, muy acorde con el grito social dominante en aquellos años tras el cruel asesinato del joven Miguel Ángel Blanco, concejal del PP, en 1997.

Sebastián solicita asimismo un marco de convivencia que reconozca derechos y legítimas pretensiones culturales y políticas, y no tener miedo a hablar (¿negociar?), a escuchar razonamientos y concepciones de quienes piensan diferente. Hay que creer en la humanidad de los demás, poner de relieve los puntos de encuentro, hacer sitio a los otros. También que los violentos reconozcan que se han equivocado y han hecho mal violando los derechos básicos de sus víctimas, y que los demás facilitemos los pasos en esa línea a quienes los quieran dar. En el texto sí se mencionan con claridad a las víctimas del terrorismo, tal como apunta el prof. Galo Bilbao en su mencionado libro (2009), que han de estar presentes e intervenir en el proceso, según el arzobispo, pues no sólo los presos sufren las consecuencias de los conflictos. Las primeras víctimas son los muertos, mutilados, viudas, huérfanos, familias heridas, que demandan una atención preferente, comprensión, ayuda personal y también material, consuelo. Vemos, pues, que no hay equidistancia ni complicidad. Y sigue diciendo que quienes causaron el sufrimiento alguna vez deben expresar, de una forma u otra, su arrepentimiento y pedir perdón, para que se cree un clima nuevo con palabras y gestos de reconciliación (recuerda aquí la parábola del llamado hijo pródigo a partir de un documento del papa san Juan Pablo II). Bien sabemos que el perdón no sólo es una cuestión de origen religioso sino que tiene humanamente un profundo sentido y sentido liberador, pero no se puede exigir ni imponer sino desear que brote y rogar como un don para que sea así, sincera y libremente, tanto pedido como otorgado.

Por otro lado, Sebastián incluso se inclina a pensar que la aplicación prudente y generosa de los recursos permitidos por la ley para aliviar la situación de presos y exiliados de ETA, pensando sobre todo en sus familias, podría facilitar la rectificación de ETA y el cese definitivo de su actividad. Y concluye: «hay que intentarlo». Desde luego este posicionamiento resulta muy actual y más urgente si cabe, máxime cuando la misma banda terrorista ha desaparecido. Y prosigue: cuando la violencia desaparezca se podrán ver los problemas de fondo y abordar cuestiones políticas todavía sin solución aceptable para todos. Así, ante las reivindicaciones nacionalistas habrá que buscar una respuesta justa, equilibrada y pacificadora para que no queden latentes las causas profundas del terrorismo que nace, en gran parte, de la frustración del nacionalismo, la cual es vivida subjetivamente como injusticia. Llama la atención esta última afirmación, y más viniendo de Mons. Sebastián nada sospechoso de connivencia o simpatía hacia ningún nacionalismo periférico, con lo que parece comprender incluso hasta la justificación que suele hacer la izquierda abertzale de la violencia en base al victimismo de aquella supuesta frustración histórica. Después añade que el primer paso lo ha de dar la ciudadanía vasca y en proporción distinta la navarra, pues se ha de tener en cuenta, una vez más, la especificidad del viejo reino. Aquí entraríamos en un debate más jurídico, político, incluso filosófico, de qué se entiende o cómo se compaginan ciudadanía (¿española?) y nacionalidad (¿vasca?) o si se tienen que identificar dentro del ya, para muchos, caduco y decimonónico concepto de estado-nación.

Finalmente, Mons. Sebastián, como tal intelectual que es, ve en todo demasiado simplismo y actitudes apasionadas, radicales, poco matizadas, y esto por desgracia no ha cambiado mucho hoy en día o hasta se ha agudizado. Espera, por eso, que nacionalistas y no nacionalistas (¿el español con tal sentimiento de identidad o pertenencia no es también nacionalista?) se sienten a la mesa y elaboren un proyecto de convivencia política aceptable por todos, lo cual es urgente en la Comunidad Autónoma Vasca -y muy reciente con el debate que se está dando por el nuevo Estatuto de Autonomía-, y luego se logre un acuerdo sólido con el Parlamento español (como el lehendakari Ibarretxe intentó sin éxito…). Hay, en fin, un penúltimo punto en el documento que no puedo dejar de subrayar aquí por la actualidad que, desgraciadamente, sigue teniendo en la Comunidad Foral: es el que dedica a la lengua vasca.

Tras afirmar que la paz requiere aceptar con naturalidad el componente cultural vasco de Navarra y que el bilingüismo encuentre sus perfiles justos y verdaderos, sin caer en el error de confundir lo substancial con lo contingente y advenedizo, propone ponernos todos de acuerdo en la valoración y estima de la lengua vasca como parte importante del patrimonio cultural del pueblo navarro. Para ello ha de recibir cordialmente el tratamiento legal, social y económico que le corresponde y renunciar a utilizarla como instrumento de lucha política, dejando que las leyes lingüísticas y la libre decisión de la ciudadanía marquen el ritmo de su evolución como «lengua viva», verdadero instrumento de expresión y comunicación, es decir, no mera pieza de museo o del pasado a conservar inerte. Eso sí, habrá que evitar todo lo que tenga apariencia de presión excesiva mantenida artificialmente «que ofende a muchos ciudadanos navarros», pues las imposiciones tarde o temprano producen rechazos. Ahí parece quedar apuntada la necesidad que vemos algunos de un gran pacto sociopolítico, suprapartidista, aún pendiente, en torno a las dos lenguas propias de Navarra y con especial protección a la minoritaria y minorizada, el euskera.

Y termino mi comunicación con las mismas palabras finales de este importante documento del cardenal Sebastián, que creo no ha sido suficientemente difundido, conocido y valorado. Con ellas, a modo de conclusión, queda resumido el espíritu para ese nuevo tiempo de paz sin ETA en el que ya estamos inmersos y al que es llamada no sólo la jerarquía sino la Iglesia entera, el Pueblo de Dios que peregrina por los territorios y pueblos de Vasconia, junto con todas las personas de buena voluntad (2003a, p.665):

No me queda sino pedir a todos, a los que estén de acuerdo conmigo y a los que no lo estén, que cada uno haga cuanto esté en su mano para desterrar definitivamente la violencia de nuestra tierra, para arrancar de raíz las causas de esta violencia que vuelve periódicamente sobre nosotros como una maldición. Si alguien tiene otras cosas que decir y proponer que lo haga. Bienvenido sea. Pero sin insultar, sin despreciar, sin interpretar mal los buenos deseos de los demás. Dejemos que el diálogo y el tiempo vayan aclarando las ideas y purificando los sentimientos. Podemos hacerlo. Tenemos que hacerlo. Con la ayuda de Dios, para bien de todos los hijos de esta tierra bendita. “Bienaventurados los que buscan la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9).

 

BIBLIOGRAFÍA

Aramburu Zudaire, M. (2018). España, una meditación política: Cataluña y Euskadi. Revista Stultifera, 1 (1), 45-59.

Arregi, J. (2015). El terror de ETA. La narrativa de las víctimas. Madrid: Editorial Tecnos.

Bilbao, G. (2009). Sacrificadas a los ídolos: las víctimas del terrorismo en el discurso de los Obispos vasconavarros (1968-2006). Bilbao: Instituto Diocesano de Teología y Pastoral / Editorial Desclée De Brouwer.

Haranburu Altuna, L. (2016). El crepúsculo de Dios: historia cultural del cristianismo en Vasconia. Bilbao: Ediciones Atxular Atea / Fundación Popular de Estudios Vascos.

Pagola, J. A. (1992). Una ética para la paz: los obispos del País Vasco (1968-92). Donostia-San Sebastián: Idatz Editorial Diocesana.

Sebastián, F. (2003a). La Verdad del Evangelio: cartas a los españoles perplejos en materia de cristianismo. Salamanca: Ediciones Sígueme.

˗˗˗˗˗˗˗ (2003b). Bizitza Sinesmenaren haritik: sinesmenean oinarritutako gutunak”. Iruñea-Pamplona: Iruña eta Tutera Artzapezpikutza / Verbo Divino.

Serrano Oceja, J. F. (Ed. lit.). (2001). La Iglesia frente al terrorismo de ETA. Madrid: BAC Editorial.

Setién, J. M. (1998). Obras completas. Vol. 1. Dios: política-paz. Donostia-San Sebastián: Idatz Editorial Diocesana.

˗˗˗˗˗˗˗ (2003). De la ética y el nacionalismo. Donostia-San Sebastián: Erein Argitaletxea.

˗˗˗˗˗˗˗ (2004). Unidad de España y juicio ético. Donostia-San Sebastián: Erein Argitaletxea.

˗˗˗˗˗˗˗ (2007). Un obispo vasco ante ETA. Barcelona: Crítica.


Responses

  1. Gran serie de artículos.

    La seriedad ética, la altura intelectual y el coraje moral de Setién quedan totalmente retratados. También el hecho de que la Iglesia vasca dio testimonio de los valores y denunció las violaciones de derechos humanos, evitando las trampas de la españolidad -ya que para algunos próceres de la iglesia española y para algunos constitucionalistas, la única forma de ser ético es reconocerse español.

    Setién estuvo agudo al delimitar el nacionalismo vasco, con su historia y su doctrina, con el nuevo tipo de sentido de nación de la izquierda abertzale. No le importó recibir los insultos, las calumnias y el boicot de españolistas y gentes de la izquierda abertzale.

    Fue un gran obispo, en la línea de grandes curas vascos, como Arizmendiarrieta, José Miguel Barandiaran, Antonio Zavala, Manuel Lekuona etc. Gracias a ellos vive Euskadi. Gracias a Setién la iglesia vasca dio un testimonio ético irreprochable en tiempos muy tumultuosos.


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