Posteado por: aberriberri | enero 23, 2019

La jerarquía católica en vasconia ante la violencia reciente (3): Mons. Setién y Mons. Sebastián, dos perspectivas ético-políticas ante la violencia y el nacionalismo

Mikel Aramburu-Zudaire, Profesor de Filosofía y miembro de Solasbide-Pax Romana

Retomo, al comenzar este epígrafe, el capítulo ya citado del libro de Haranburu Altuna (2016, pp.523-47) para añadir algo más sobre Setién. En primer lugar, de su estilo al escribir he podido confirmar que, como dice Haranburu, resulta complejo, propio de un intelectual con una técnica «casuista jesuítica» y que denota poca inteligencia emocional. En efecto, en lo personal se le ha solido tachar a Setién de frío y distante con la gente pero no entro en ello, pues no le he conocido ni tratado y algunos de los presentes pueden opinar mejor que yo al respecto. En cuanto a sus verdades «políticas», Haranburu señala tres, precisamente las que han provocado más polémica: la idea de pueblo vasco, concepción étnico-cultural, romántica, fiel a la tesis de José Miguel de Barandiaran, el patriarca moderno de la cultura vasca; la idea de un supuesto conflicto vasco con España, posible justificación de la violencia; y la idea de la autodeterminación como un derecho (a decidir) o una aspiración.

Además, Haranburu destaca la división habida siempre en la Iglesia vasca ante ETA, desde las posturas de Herria 2000 Eliza o la denominada Coordinadora de Sacerdotes de Euskal Herria, pasando por el discurso del propio Mons. Setién, hasta el de otro obispo, con quien tuvo sus diferencias el mismo Setién, y en el que me voy a centrar a continuación, pues me toca como navarro y porque en toda esta cuestión, como en el resto de temas que nos afectan como país, Navarra siempre ha mantenido y mantiene su especificidad histórica singular. Se trata del arzobispo emérito de Pamplona-Tudela y hoy cardenal Mons. Fernando Sebastián, si no vasco de cuna sí prelado en Vasconia (1993-2007) en años clave de la etapa final del terrorismo etarra. Su condena del mismo ha sido siempre inequívoca y explícita, como se puede apreciar en el epílogo que escribió para un libro genérico y antológico de textos condenatorios de ETA emanados del magisterio oficial de la Iglesia en sus diversos niveles, incluida la Iglesia vasca, hasta finales del siglo XX[i]. El mismo obispo Setién figura en este libro con más de sesenta textos íntegros en los que condena sin titubeos la violencia etarra.

Sin embargo, las diferencias de criterio ya aludidas que se dieron entre los obispos Setién y Sebastián -sobre todo cuando Setién pasó a ser dimisionario pues anteriormente, además de las periódicas cartas pastorales de Cuaresma-Pascua, habían firmado algún texto o nota conjunta sobre la violencia de ETA, por ejemplo al comenzar la tregua de 1998[ii]– se concentran precisamente en torno al citado epílogo de Sebastián en el libro sobre la Iglesia ante la violencia etarra y que titula “La conciencia cristiana ante el terrorismo de ETA” (Serrano Oceja, 2001, pp.791-818). En respuesta a éste, el prelado guipuzcoano desarrolla con detalle, casi punto por punto, sus reflexiones críticas en un trabajo titulado “Iglesia y Terrorismo. Anotaciones a un Epílogo”, que forma parte de otro libro suyo (Setién, 2003, pp.63-100). Además de lo que recoge al respecto Haranburu Altuna en el capítulo comentado antes (2016, pp.523-547), en el análisis directo del trabajo de Setién se ve mejor el esfuerzo de filigrana intelectual para defender su postura que quiere ser ética y que disiente en puntos esenciales de lo expresado por su hermano en el episcopado.

Setién parte, en la introducción, de que en el texto de Sebastián hay “algo más” que un mero juicio cristiano y eclesial de la actividad de ETA, pues trata de juzgar moralmente la actuación de personas, grupos, organizaciones y de las mismas instituciones políticas y son precisamente las personas de “sentimientos nacionalistas” e “instituciones nacionalistas” las que están en su punto de mira. Yo pienso, en todo caso, que en las dos posturas, como se puede apreciar, hay ese “algo más” que no es sino el resultado de las propias filias y fobias políticas de cada cual aunque ambos las quieran revestir exclusivamente de juicio ético-moral. Quizá hubiera sido más honrado reconocerlo así y plantear un juicio desde la legitimidad de sus distintas posturas ético-políticas. Para mí no dejan de ser dos veces autorizadas de pastores de la Iglesia que han tratado, se presupone con buena fe, de orientar e iluminar las conciencias de sus fieles y somos nosotros/as, como creyentes, quienes hemos de saber discernir en fidelidad al Evangelio y a nuestras también legítimas y diversas posturas personales. Es doctrina tradicional de la Iglesia que, en toda materia opinable, el juicio de la misma no obliga ni está por encima de la conciencia individual bien formada. El mismo Setién expone en su “lectura razonable” de la Instrucción pastoral de la CEE ya aludida: «la elaboración de un juicio moral puede dar origen (…) a razonables diferencias incluso entre Obispos que están de acuerdo en una condena del terrorismo “firme y sin fisuras” (…y) sin que ello haya de implicar una ruptura de la necesaria comunión eclesial». Invoca así la “prudencia” secular de la Iglesia en el ámbito del juicio moral para no coartar indebidamente el ejercicio de la libertad de las personas y no imponer cargas morales indebidas a las conciencias en nombre de Dios (Setién, 2003, pp.103-105).

Veamos a continuación cómo Setién va perfilando todo su planteamiento crítico en torno al epílogo de Sebastián (y de paso conocer el de éste con quien se contrasta), que podemos resumir en los siguientes puntos tal como él los desarrolla:

  • En primer lugar hay que situarse ante los hechos: ETA no es todo el MLNV ni todo el “entorno” de éste es ETA. Tampoco responde a la verdad histórica de los hechos reducir todo el nacionalismo “radical” sólo al que hace suyos el recurso a la violencia y el objetivo político de la revolución socialista y que tiene poco que ver con el nacionalismo de Sabino Arana. “Radical” es la palabra clave utilizada por Setién para referirse al independentista, reivindicando así el sentido etimológico del término como aquello que va a la raíz, separándolo del uso vulgar que equivaldría a “extremista”. Esa identificación de la “radicalidad” del nacionalismo vasco con ETA y su violencia que hace Sebastián puede ser un modo, consciente o no, de poner esa violencia al servicio del proyecto nacional o nacionalista “español”. De tal visión unitaria del nacionalismo vasco parece deducirse que todo él llevaría consigo el germen de una violencia inevitable, lo cual no es justo ni se ajusta a la verdad.
  • En segundo lugar, para formular un juicio moral libre y responsable, que es lo que dice pretender Sebastián, se ha de hablar de injusta “colaboración” y “complicidad” que apoyan la existencia y actividades de ETA. Para Setién, la doctrina moral más elemental distingue múltiples formas de colaborar y distinto juicio moral o grado de gravedad (no es lícita la mera transposición entre “coincidir” y “colaborar”). Debe haber libertad moral de opinar sobre la independencia del País Vasco y no confundir juicio “histórico-político” con juicio “ético-moral” respecto al derecho a la autodeterminación.
  • En tercer lugar, y en cuanto al llamado “nacionalismo democrático”, no se debe oponer al “radical” como si éste no pudiera ser demócrata. Un Estado moderno plurinacional puede tener cabida en un hipotético Estado vasco y también en el español. Además, el diálogo y la consulta popular no son procedimientos éticamente rechazables, ni se debe confundir la exigencia ética de luchar contra el terrorismo con la “política” de formar un “frente común” antiterrorista.
  • En cuarto lugar, sobre los partidos constitucionalistas, sólo es éticamente aceptable que la sociedad y todos los partidos deliberen y decidan la fórmula política más adecuada para dar una salida consensuada y justa a la situación conflictiva del País Vasco.
  • En quinto lugar, para el uso de la lengua vasca sí es éticamente aceptable, según él, la existencia de intencionalidad política en proyectos destinados a la recuperación y consolidación del euskera en libertad individual y social. Por tanto, favorecer el vivir en vasco (euskaraz bizi) no es una injusta manipulación lingüística, siempre que se respeten los derechos de las identidades y de toda la ciudadanía.
  • En sexto lugar, la concepción de la singularidad de Navarra de la que habla Sebastián no la comparte Setién porque no es acertada una visión del nacionalismo hecha desde Navarra que identifique aquél con la violencia y la falta de democracia. Tampoco ha de excluirse éticamente la legitimidad de cualquier cambio político en el futuro de Navarra, siempre que sea fruto de una evolución libre y democrática y aunque una mayoría social suficiente reconozca legítima la situación actual. En cualquier caso, han de respetarse las opciones políticas libres y democráticas de la ciudadanía navarra sin interferencias éticas.
  • Por último, sobre la intervención de la Iglesia, Setién se centra en lo que Sebastián dirige a los miembros de ETA y a los nacionalistas. De nuevo, cree que se confunden conceptos, en particular lo de “radicales” o lo de la “idolatría” supuestamente racista de “los de aquí” o la invocación al nacionalismo vasco para que legitime “su sinceridad democrática”. Sin embargo, Setién concluye que si se hubiera tenido en cuenta la clave de interpretación de la situación que se vivía en el País Vasco, el resultado del texto de Sebastián habría sido diferente. El mismo epílogo de éste, al final, la resume así: «la paz y la justicia no llegarán del todo mientras no haya una voluntad política eficaz de encontrar respuesta razonable a las pretensiones más o menos independentistas de la mitad nacionalista de la población vasca (no es igual en Navarra)».

[i] Serrano Oceja, 2001; un resumen del epílogo de Mons. Sebastián en https://www.interrogantes.net/fernando-sebastian-la-iglesia-frente-al-terrorismo-de-eta-18-viii-02/).

[ii] https://elpais.com/diario/1998/09/19/espana/906156012_850215.html


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