Ander Muruzabal Nafar Herria blogean

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 “El patriotismo es el exacto contrario al nacionalismo. El nacionalismo es su traición”. Emmanuel Macron

El discurso del Presidente francés, Emmanuel Macron, en los actos de conmemoración del Armisticio ha provocado una curiosa reacción de la prensa española que ha utilizado hasta la saciedad sus palabras para fustigar al independentismo catalán y a sus líderes. No seré yo quien interprete las palabras de Macron, solo él sabrá cuál es su concepto de patria y de nación y a la vista de su nacionalidad mucho me temo que estén perfectamente en las antípodas de mi propio pensamiento.

Pero está claro que ambos conceptos se confunden y muchas veces se utilizan exactamente en el sentido contrario a lo que significan realmente, por eso cuando se habla de patria y nación, de patriotismo y nacionalismo creo que la explicación de Orwell sobre ambos términos es más que clarificadora:

“No hay que confundir el nacionalismo con el patriotismo. Ambas palabras suelen usarse de manera tan vaga que cualquier definición es susceptible de ser cuestionada, pero hay que establecer una distinción entre ambas, porque implican dos ideas diferentes e incluso opuestas. Con patriotismo me refiero a la devoción hacia un lugar particular y un estilo de vida particular, que uno cree que son los mejores del mundo, pero que no tiene ningún deseo de imponer en los demás. El patriotismo es, por su naturaleza, defensivo, tanto militar como culturalmente. Por otro lado, el nacionalismo es inseparable del deseo de poder. El propósito constante de todo nacionalista es obtener más poder y más prestigio, no para él mismo, sino para la nación o la unidad en la que haya decidido hundir su propia individualidad”.

Si aceptamos la clarificación orwelliana y la damos por buena habrá que convenir que el problema de Europa no son los patriotismos periféricos; el catalán, el vasco, el escoces, el flamenco o el corso… defensivos tanto militar como culturalmente sino el nacionalismo imperialista y uniformador; el alemán, el francés, el ruso, el italiano, el español o el británico…

Las guerras que asolaron a Europa durante el S. XX no fueron consecuencia del patriotismo defensivo de los pueblos europeos, que lo único que hicieron fue sufrirlas, sino del nacionalismo expansivo de los “Imperios”; el Imperio donde no se ponía el sol, la Gran Italia, el Reich, la URSS, la Grandeur, el Imperio Británico en su lucha por acaparar más poder y más prestigio para la nación donde decidieron hundir su propia individualidad.

Una Europa política nunca será viable desde un pacto entre potencias con intereses geoestratégicos y económicos distintos que llevan en su ADN histórico la uniformización en torno a una sola cultura dominante sino si la construimos desde abajo desde el reconocimiento a la diversidad cultural y nacional de los pueblos que la componen, la Europa política solo puede ser consecuencia de la unidad entre entidades soberanas mucho más pequeñas y con un interés geoestratégico y económico común.

El Brexit con sus indeseadas consecuencias para escoceses e irlandeses que se van a ver empujados fuera de la Unión contra su propio deseo expresado democráticamente en las urnas o el hecho de que el Acuerdo para un Brexit ordenado haya estado a punto de naufragar por un trozo de roca, en litigio entre dos potencias “imperiales” hace 300 años, de más que dudosa economía y que solo importa a los “piratas” del S. XXI para ponerla fuera del foco de la fiscalidad europea, no son más que síntomas del verdadero mal de Europa; el nacionalismo expansivo.

Los poderes piramidales, jerárquicos y centralizados van camino de la estantería de la historia en una sociedad que ya hace tiempo que tomo el camino del trabajo colaborativo y en red.

Y no, Sr. Casado, España no fue a América para agrandarla, fue a colonizarla y expoliarla… Afortunadamente la época de la “pica en Flandes” paso a la historia, aunque algunos la añoren…

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