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Derecho a y para la vida, 68 aniversario de los DDHH

José Manuel Bujanda Arizmendi

“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Art. 1 de los DDHH

Hace 68 años, 10 de diciembre de 1948, que se adoptó, en París, La Declaración Universal de los Derechos Humanos (DDHH), un documento no obligatorio ni vinculante para los Estados pero que sentó las bases para la creación de las dos convenciones Internacionales de la ONU, El Pacto Internacional de derechos Civiles y Políticos y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, sociales y culturales. Una auténtica promesa de justicia para todos, como se recoge en su primer artículo: “Todos los seres humanos nacen iguales y  libres en dignidad y derechos”. Ya que puede leerse en más de 330 idiomas es quizás uno de los documentos más traducido del mundo, pero también sin quizás, el más vulnerado, pisado y violado también del mundo. Consta de un preámbulo  y 30 artículos, que recogen derechos de carácter político, social, económico y cultural. Los artículos 1 y 2 recogen principios básicos en los que se sustentan los derechos: Libertad, igualdad, fraternidad y no discriminación. Los artículos 3 al 11 recogen derechos de carácter personal.  Del 12 al 17 los del individuo en relación con la Comunidad. Del 18 al 21 los  de pensamiento, conciencia, religión y libertades políticas. Del 22 al 27 los derechos económicos, sociales y culturales. Del 18 al 30 repasan las condiciones y límites con que deben ejercerse dichos derechos.

Sí, es el documento más traducido y también, sin quizá, el documento más adulterado y burlado. Un perfecto espejo ante el cual se reflejan inmensas dosis de hipocresía y cinismo. Una magnífica oportunidad para llenarse la boca de palabras vacías. Porque entre el continuo vaciamiento que muchas palabras y logros trabajosamente conseguidos están sufriendo es quizá el término de DDHH el más vaciado, junto con los de democracia, libertad, igualdad, fraternidad y solidaridad (y piedad añadiría). A este proceso de adulteración a la baja, acentuado en las últimas décadas, ha venido a sumarse la asimilación de que han sido objeto por parte de sociedades que los han incorporado a su bagaje de supuestos logros, haciéndoles formar parte, cual celofán maquillado, como elemento justificador-conservador de un sistema que sin embargo no hace posible su pleno disfrute. Los DDHH, ofrecen, despojados de las trampas y medias verdades, una actitud contestataria, una posibilidad de cambio hacia una sociedad mejor. Aunque también es cierto que hablar de DDHH, y solo hablar, significa una burla para millones de personas que padecen en sus carnes su ausencia más flagrante…si el reflexionar al respecto no va acompañado de una actitud militante en aras a su consecución.

En este sentido, cualquier simplificación en materia del vivir humano tiene siempre el riesgo de falsear la realidad. Así, no resulta difícil establecer categorías de resistencias y de obstáculos contra la vivencia efectiva de los DDHH: monopolios obscenos de riquezas y de medios y fuentes de producción, poderes, fuerzas y realidades que deberían pertenecer a todos los seres humanos y que sin embargo están concentrados impúdicamente en determinados pocos grupos o estados. Monopolios generadores de ingentes bolsas de pobreza, miseria y desesperación en cientos de millones de seres humanos para los cuales la lucha por la vida, simplemente por mantenerse vivos, se convierte en un auténtico calvario sin fin. La vida es lo más preciado, sí, también la libertad y seguridad, pues sin vida no hay libertad ni seguridad. Pero, ¿qué vida, de qué tipo de vida estamos hablando? El derecho a la vida consiste, en vivir, sí, pero también consiste en satisfacer todas aquellas necesidades del ser humano. Tener derecho a la vida es también tener acceso real a todas esas cosas con las que se construye la vida de cada uno. Es tener acceso real a todas esas cosas que hacen de la vida una verdadera vida, digna y justa. El derecho a la vida abre paso a una serie de derechos para la vida: derecho a la posesión de bienes propios, al trabajo como fuente de esos bienes y  a la educación como medio de ejecutar un trabajo remunerado. Habrá que recordar que tales derechos son expresiones fundamentales de ese derecho a vivir.

“La facultad de soñar” nos permite sumergirnos con cierta dulzura en esas regiones oníricas y beber de sus fuentes, trastocar y mejorar virtualmente la razón humana, su gusto más secreto y su ideal más claro y ambicioso. Nos permite recrear en nuestra imaginación ciudades espléndidas, ventiladas, regadas por aguas limpias, pobladas por ciudadanos cuyo cuerpo no se viera estropeado por las marcas de la miseria, la servidumbre, ni la hinchazón de la riqueza impúdica, imaginar a los escolares recitando con voz justa las lecciones del buen saber, mujeres moviéndose con dignidad social y con una calma llena de fuerza vital, huertos con hermosas frutas y campos con cosechas ricas y abundantes. Nos permite desear que a todos los pueblos, naciones y estados les llegue la paz con su inmensa majestad, que el viajero más humilde pudiera errar, perderse y viajar, de un país, de un continente a otro, sin formalidades vejatorias, sin peligros por doquier, seguro de un mínimo de legalidad, que todo funcionara sin inconvenientes, que en el mar se trazara la estela de hermosos navíos y frecuentaran las rutas numerosos vehículos. Soñar con un mundo bien ordenado en el que todos los ciudadanos tuvieran un trabajo digno y en el que los pueblos, naciones y estados se respetasen. Todo esto, y algunas cosas más, podrían llegar a cumplirse si las personas pusiéramos a su servicio parte de la energía que gastamos en trabajos estúpidos. Soñar que toda iniquidad fuera nota falsa en la armonía y solidaridad de la humanidad.

Dicho lo dicho, obligada reflexión. “La actuación de la UE con los refugiados es vergonzosa” se lamenta Francesca Friz-Prguda responsable de Acnur en España. “Estupor y dolor” le manifiesta el Lehendakari Urkullu en una carta fechada el 8 de enero de este año al presidente de la Comisión Europea Jean Claude Junker. Comparto ambas opiniones. Mi Europa, de ser, es la de Adenauer, Monnet, Shuman, Gasperi, José Antonio Aguirre, Landaburu y Manuel de Irujo. Mi Europa tiene alma, es humana, integradora y solidaria con personas y culturas. Mi Europa es la de la Libertad y de los DDH. Europa necesita ser más Europa. Inadmisible, desprecio personal rotundo a las iniciativas obscenas contra Schegen de quienes actúan con brutal egoísmo ante la tremenda vergüenza colectiva que nos asola con el drama humanitario de los refugiados. Insoportable vergüenza letal ante casi los 4.000 ahogados en el mediterráneo y los millones de refugiados-personas que deambulan en calles y montes del viejo continente.

La Historia es una triste y larga relación de injusticias y violencias, pero también de lucha, amor, solidaridad y dignidad entre las personas, en definitiva la historia también es una sucesión de superación ética desde los propios criterios morales y la fuerza política. Y este proceso liberador no está cerrado en modo alguno pues hoy mismo la Historia sigue sembrada de víctimas caídas por esta causa. Termino con su Art. 2, y no hay escapatoria alguna: “Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”. Que los vientos nos sean favorables a todos y todas: salud y trabajo, libertad e igualdad, y fraternidad. Y solidaridad, y piedad, para con los miles de refugiados que despavoridos escapan del horror y se ahogan en el Mediterráneo “civilizado”. Y no perder nunca la capacidad de avergonzarnos por ello. Como diría Ana Belén: “que la guerra no nos sea indiferente”.

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