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La Historia en sus Matrioscas

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José Manuel Bujanda Arizmendi

La aparición del lenguaje facilitó la comunicación entre los seres humanos. Este hecho nos dó una ventaja adaptativa sobre el resto de especies, facilitando la organización y el desarrollo de las pequeñas sociedades de cazadores y recolectores primitivos. Posibilitó comunicar ideas, pensamientos y emociones. La sociedad más próxima y quizás más necesaria al hombre y a la mujer es, o ha sido al menos, la familia.

En los albores de la historia de la humanidad, encontramos al ser humano encerrado en grupos familiares que asumen la protección y gobernación de todos sus componentes y aseguran su descendencia. Los primitivos griegos, Aqueos, Jonios y Eolios, eran pastores seminómadas y su entorno más próximo era el “Clan” patriarcal, “Pater”, por cuanto todos eran descendientes de un mismo antepasado y rendían culto al mismo dios. Varios “Clanes” unidos entre sí formaban un grupo familiar más extenso, las fraternidades o “fratrias”. Por razones de defensa, y/o de conquista, las fraternidades se unían para formar la “Tribu”, la cual también tenía el mismo dios y el mismo grito de guerra. La voz de la sangre, la comunidad de cultura y la identidad de la divinidad eran los vínculos que unían a los miembros del grupo e inspiraban su organización y la sumisión a la autoridad patriarcal.

Pero llegó un momento en el que las tribus sintieron necesidad de asociarse para formar la “Civitas” o “Polis”, la antigua ciudad soberana, el estado antiguo, era la exigencia impuesta por la necesidad de lograr un bien común a varias tribus. Necesidad que desbordaba los límites familiares, que comenzaba a ver un bien común a varios grupos y que exigía la integración de esos grupos en una unión superior, una nueva realidad: la mencionada “Civitas”, cuyo contenido es el “Demos” o “Pueblo” y cuyos miembros son los “Ciudadanos”. En los primitivos grupos familiares tan sólo teníamos padres, hijos, hermanos, parientes y no existía el concepto de ciudadanía sinónimo de participación de diversas personas en la vida pública de la ciudad. Esta ciudadanía no era todavía perfecta, porque una gran parte de ese “Demos”, los “Esclavos” no eran considerados ni como personas ni como ciudadanos, sino como simples animales e instrumentos de trabajo. Pero llegó el día en que con el devenir del tiempo se consiguió la proclamación de la historia de la ciudadanía, extendiéndola a todos los seres humanos.

El nacimiento de la “Ciudad” no significó la destrucción de los grupos familiares, al contrario, se tuvo que conciliar las exigencias del bien común de la “Ciudad” con las exigencias y derechos de las “Tribus” que en esa “Ciudad” se integraban. En la época de Solón, la ciudad de Atenas estaba compuesta por cuatro tribus, cada una de las cuales estaba formada por tres “Fratrías” y cada “Fratría” comprendía varios “Clanes”. Estas entidades familiares estaban reconocidas y jugaban un papel decisivo en la marcha de los asuntos públicos. Los “Estados” modernos de Europa surgieron de la unión de “Reinos” y entidades anteriormente soberanas y libres, fueron en su origen áreas de mercado unitario con moneda y ejército propio, zona de producción, consumo y fronteras o aduanas. Ese “Estado” tan indiscutible, eficaz y creador en muchos aspectos, tan destructor en otros, es el que se nos aparece cuestionado hoy en día por viejas fisuras mal cerradas que parecían solapadas para siempre…y por otras nuevas que el desarrollo económico y tecnológico ha producido. Un “Estado” a menudo con muchas dificultades para respetar las libertades, fueros y derechos de las diversas partes integradas en él a menudo por la fuerza de las armas.

Un futuro llamado Unión Europea que superando por imposible que parezca hoy por hoy las dificultades extremas de la mano del “Brexit” Británico, y euroescépticos de diferente pelaje y condición, se debe orientar hacia la consecución de un marco superior al que los “Estados”  pudieran lograr por sí solos respetando e integrando en ese todo la diversidad de sus diversas partes, conciliando lo pequeño en lo grande y lo particular en lo global. Un mañana, europeo, en el que “Ciudadanos” y “Pueblos”, “Estados” y “Naciones”, seamos capaces de ser diferentes, defender puntos de vista distintos sin quebrar el respeto mutuo ni la convivencia. Iguales en dignidad, derecho y obligaciones. Desde el nacionalismo vasco tenemos la esperanza de que la evolución democrática de la historia política de las clásicas soberanías cerradas navegue en el futuro por nuevos caminos de reajuste, adecuación y superación propia hacia relaciones más amables y de soberanías compartidas, negociadas y pactadas.

Es y debe ser la apuesta de los vascos, la apuesta de Euskadi, la apuesta de un nacionalismo vasco abierto, acogedor, integrador, solidario y moderno. Así apostaron con visión profética nuestros mayores el siglo pasado como el primer Lehendakari de Euskadi José Antonio Aguirre, el navarro de Estella Manuel de Irujo Irujo, Landáburu y otros muchos nacionalistas vascos progresistas y europeístas. “Matrioscas” de la historia que parecidas a las muñecas rusas descubrieron hacia fuera y hacia dentro, que es posible articular el futuro de una manera progresiva donde todas partes se necesitan y encajan en un todo compartido.

Ya lo dijo Arthur Conan Doyle: “Si se elimina lo imposible, lo que queda, por improbable que sea, debe ser la verdad”. A pesar de Donald Trump.

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