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A vueltas con los impuestos

Gabriel Otalora

Parece que la Comisión Europea es favorable a multar al gobierno de Rajoy (y por tanto, a todos los que estamos atados a su vera), por saltarse el objetivo de déficit en 2015 bajando los impuestos y aflojando el ajuste del gasto. Además, su gobierno se permitió engordar el presupuesto en diez mil millones que la UE recuerda con insistencia que hay que eliminar. En la campaña electoral se siguió vendiendo como golosina la bajada de impuestos sin aclarar a qué servicios públicos van a afectar los recortes. El problema -para nosotros- es que el Colegio de Comisarios europeo no es de los que se emociona con las promesas electorales.

Ay, los impuestos… Veo un paralelismo con el Producto Interior Bruto (PIB) en el sentido de que lo más importante no es el porcentaje de subida o bajada del PIB o de los impuestos, sino su proporcionalidad. Es decir, en lo que afectan esas variaciones a la población. El chiste de los sociólogos lo aclara todo: cuando yo me como casi todo el pollo y usted solo una alita, verdad es que nos hemos comido el pollo entre los dos.

Hagamos un poco de historia: las primeras figuras impositivas se las debemos a los romanos, que utilizaban los “tributos” para referirse a la distribución y reparto de bienes que debían hacerse entre las comunidades originarias de Roma. No es menos cierto que los que tenían ciudadanía romana no pagaban impuestos excepto con carácter extraordinario. No sé a usted, pero a mí me recuerda esto al selecto club de personas físicas y jurídicas que actualmente no pagan legalmente impuestos, o lo hacen muy por debajo del resto. Pero es que incluso en Roma la mejora de servicios públicos y la concesión de la ciudadanía romana a todos los habitantes de Imperio, hizo necesaria la creación de nuevos ingresos y el aumento de los existentes.

Escrito así, parece coherente que la mayor parte del Imperio acabase por pagar impuestos, pues era algo que repercutía en el bien de todos. Y de ahí viene el impuesto universal del emperador Diocleciano, que gravaba la riqueza a partir de cierto patrimonio, considerando a las personas y a la tierra como elementos básicos de la producción de aquél entonces. Luego se derivaría en tributos sobre comercios así como sobre bienes y rentas por la cesión de tierras públicas. Pero volvieron los privilegios en la época feudal, con desigualdades tributarias muy injustas. Frente a los desenfrenos feudales, la Carta Magna inglesa dio respuesta a la exigencia de garantías parlamentarias ante los desaforados incrementos impositivos que los reyes utilizaban para sufragar sus guerras. En el siglo XVI, ya se implantaría el gravamen a todos los ciudadanos, con gran impacto en las constituciones liberales del siglo XIX.

Creo que de todo lo anterior, lo más importante es que la organización fiscal fue un elemento decisivo en la caída de imperios, de estructuras feudales y en las revoluciones liberales. Es decir, la distribución y el reparto de bienes (vuelvo a recordarlo). Y lo reitero ante la actual circulación libérrima de capitales, muy por encima su peso a la economía real, que está ocasionando graves desajustes fiscales que a su vez ocasionan injusticias que no queremos ni escuchar: en los Estados Unidos de América, por ejemplo, un 10% de los hogares pasa hambre: son 49 millones de norteamericanos. Un millón y medio de neoyorquinos están por debajo del nivel de la pobreza y 1,3 millones viven en situación de “emergencia alimentaria”.

La historia de los impuestos nos enseña que no debemos ser codiciosos contra nuestro propio bienestar común. Si la carga impositiva más importante recae casi toda en las clases medias (nóminas e IVA, principalmente) se tensiona la estructura sociopolítica al limitarse los recursos para los servicios esenciales de educación, pensiones y sanidad de todos, mientras que el pináculo de la riqueza se queda fuera de toda exigencia fiscal, incluidos los billones escondidos en paraísos fiscales. Esto no se podrá sostener durante mucho tiempo, ni tampoco melonadas como la de ofrecernos la bajada de impuestos sin mayores concreciones, claro.

Nuestra realidad vasca es algo diferente, afortunadamente. Pero se la mira con recelo, como si el Concierto fuese algo insolidario e injusto en lugar de un derecho que funciona muy bien incorporando además el derecho subjetivo por ley de las prestaciones sociales. La crisis financiera ya nos ha enseñado qué tipo de prácticas no hacen sostenible a la economía. Y que los sistemas que privilegian al capital especulativo sobre la economía real deben perder protagonismo por el bien común en favor de un avance en la defensa de la equidad fiscal. En esto, los vascos somos un modelo a seguir (y a mejorar) frente a la envidia cochina de los de siempre.

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