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El carlismo de Teo

Imanol Lizarralde

Ya señalé hace ya casi dos años en este blog la teoría histórica que hacía al MLNV heredero del integrismo del siglo XIX (“Así escriben la historia”, 2011-09-17). El ex militante de ETA Eduardo “Teo” Uriarte, saca a relucir una variable de la misma, aludiendo al triunfo de Bildu y al alcaldable de este partido por Donostia, Juan Carlos Izagirre (Te con Juan Carlos”, El País):

“Resulta simpático este personaje, Juan Carlos, que gana las lecciones en Donostia, la capital más cosmopolita de las vascas, reclamando la separación de su aldea, mandándole a hacer gárgaras al Rey, rechazando el TAV, y quejándose de toda la cultura capitalina porque tiene poco euskera. Díganme la verdad: qué mal lo ha tenido que hacer el resto de los partidos como para haber desenterrado a la aldeanería carlista en pleno siglo XXI”.

Las afirmaciones de Uriarte resultan netamente anacrónicas porque el territorio de Gipuzkoa, así como su capital, son áreas donde no existe el tipo de sociedad tradicional que reclama como fundamento del carlismo. También se olvida de un factor fundamental del carlismo: la religión católica. El laicismo del MLNV constituye una tremenda religión política de sustitución, donde los valores políticos, frecuentemente antireligiosos, son absolutos. Los valores del MLNV son anti-valores, son negaciones, negaban el parlamento vasco, niegan las infraestructuras, niegan al TAV, niegan la situación de escasa presencia del euskara… El carlismo institucional tampoco se distinguió por su amor por el euskara; ese era una denuncia que lanzaba Sabino Arana contra los carlistas: que en las escuelas carlistas, durante la guerra, se usaba la institución del “anillo” como medio de castigar a los niños euskaldunes.

El paralelismo entre épocas modernas y pasadas puede ser, como en este caso, un ejercicio periodístico falaz. Hay un factor esencial que es la existencia de valores comunes, humanistas y cristianos, entre liberales y carlistas. Eso determinó en el siglo XIX que la división política no se convirtiera en un eje de comunidades enfrentadas. Y el nacionalismo vasco encarnó tanto a liberales como a carlistas, por medio de su propia afirmación de los valores cristiano-humanistas y de la comunidad de entendimiento de lo vasco. El MLNV niega la comunidad de valores, de intangibles, para el común de la sociedad vasca, tanto en la perspectiva del humanismo práctico (niega los derechos individuales o que las personas tengan un valor transcendente) como en la del vasquismo (su “abertzalismo” está subordinado a una determinada concepción de la izquierda). Y propone sus propios valores.

Hay otra comparación entre los carlistas y los miembros de ETA y del MLNV que Eduardo Uriarte elaboró hace mucho tiempo, cuando todavía militaba en ETA y estaba en la cárcel, junto con su compañero de fatigas Mario Onaindia. Es el libro “1833. La insurrección de los vascos”, publicado por la editorial Hórdago en 1978. Esta comparación ya no pone a los carlistas como reaccionarios y aldeanos, sino como verdaderos predecesores de la “Guerra Popular” al estilo maoísta, en cuanto a una guerra donde la población se implicó de forma masiva, como fue la de 1833. Recuerdo la lectura de este libro, notable en muchos aspectos, donde se puede percibir la afición a los temas militares que caracterizaba a Eduardo Uriarte cuando estaba en la cárcel, tal como comentaba en sus memorias su compañero Mario Onaindia. Y es de destacar que fuera publicado tras las primeras elecciones democráticas, en medio de la mayor campaña de lucha armada de ETApm, organización con la que estaba relacionado y que entró en la democracia con un saldo de decenas de muertes.

La querencia de Teo Uriarte por el carlismo no era algo inusual, sino que constituía uno de los rasgos de ETA en su etapa de fundación y que más tarde se recrudecería. Federico Krutwig, en su Vasconia, ya citaba al carlismo como un precedente revolucionario de ETA:

“El vasquismo actual le da un profundo sentido sociológico a aquella estrofa del Gernikako Arbola que dice: eman ta zabal zazu munduan fruktua! No es en vano el que dos ideologías aparentemente tan opuestas como son el carlismo y el comunismo, entonen ambas con igual fervor este himno de la libertad, mientras que el aranismo, solamente podía ver en él una insigne necedad. (…) Así de la síntesis de dos ideas contradictorias en la apariencia, surge una realidad fiel al himno del bardo. Son en este sentido los txapelgorris los verdaderos predecesores de los movimientos de libertad social ”.

En suma, los militantes de ETA posteriores a la V Asamblea (entre ellos el propio Uriarte) veían al carlismo como un precedente del comunismo vasco. ¿En qué residía esa compatibilidad? Para aquellos militantes de ETA, los carlistas tenían la ventaja respecto a los nacionalistas: abogaban por el uso de la violencia y habían puesto en práctica dos largas guerras. Será José Luis Zalbide, prologuista del libro de Teo Uriarte, el que, recogiendo el contenido del mismo sintetiza ese valor político para los militantes de ETA:

“Cuando los jóvenes patriotas actuales hemos empezado a preocuparnos por nuestro pasado histórico nos hemos encontrado con dos puertas cerradas; por razones distintas tanto la historiografía española como la vasca no daban ninguna respuesta a nuestros por qués. Se popularizó la interpretación de que el carlismo había sido una causa ajena a los vascos (como decían los anteriores nacionalistas) y contrarrevolucionaria (como decían los progresistas españoles) (…) La juventud vasca de 1960 se veía a sí misma en los guerrilleros de 130 años atrás, lo mismo que veía su propia imagen ideal cuando miraba a Cuba, Argelia o Vietnam”  (La insurrección de los vascos, Hórdago, 1978, San Sebastián, p. 8).

El rechazo nacionalista venía acompañado por la experiencia del nacionalismo respecto al carlismo en la guerra de 1936, donde el alineamiento del requeté con el franquismo rompió con las relaciones que tenían ambos movimientos, encaminándolos por caminos diametralmente diferentes, el uno hacia la constitución del espacio democrático en Europa por medio de su homologación con la democracia cristiana, y el otro como sostén de la dictadura (la evolución al “movimiento socialista autogestionario” fue cosa de los años 70 del siglo XX). Uriarte enlazaba en su libro a Zumalakarregi con las guerras anticoloniales desde la comprensión de la mecánica de la Guerra Popular aplicada por los Movimientos de Liberación en el Tercer Mundo y aplicada también por ETA, un auto constituido Movimiento de Liberación Nacional, en el Primer Mundo.

¿Cuál de las dos posturas de Uriarte es la auténtica? Dialécticamente se puede decir que las dos posturas son congruentes: la una reivindicaba el aspecto revolucionario del carlismo y la otra (la de ahora) remarca el aspecto reaccionario del mismo. La primera se daba en una circunstancia insurreccional y la segunda en el momento en el que el MLNV va a acceder, tras muchos años, a responsabilidades institucionales. La crítica de Uriarte tiene la intencionalidad de unir al MLNV con el nacionalismo institucional pues afirma que el del MLNV, “es un carlismo como el anterior, pero que ha aprendido mucho. Si Ibarratxe seducía con su plan porque nos iba a traer la paz, ahora, por qué no, la trae Bildu él mismo” y remarcando su aspecto de “orden”: “Este tipo de fuerzas políticas nos tranquilizan a los pequeños burgueses, porque nos ofrecen tranquilidad”.  

Hay una ironía nada velada al calificar de “tranquilizadora” la accesión Bildu y al hacer alusión a “los pequeños burgueses”. ¿Quién sino el podría decirlo, haciendo un guiño desde la izquierda, ocultando así el carácter revolucionario del MLNV que la que Uriarte hacía apología guerrillera? En estos momentos, sacando a la luz el aspecto aldeano y reaccionario del mismo Uriarte hace un favor al MLNV, apelando a los deficientes imaginarios históricos que pueblan una opinión pública española.

La actitud de ETA frente al carlismo era, también, consciente: servía para descalificar como pacifista y ovejuno al nacionalismo vasco; y para reivindicar la implicación armada por parte de la población, con el precedente histórico de las guerras carlistas.  En una disputa que ETAm tuvo con el Partido Carlista, la organización armada, queriendo dejar las cosas claras, dijo lo siguiente:

“Luchar contra el sistema liberal-capitalista, hoy, es progresista; pero en medio de la estructura economico-social vasca en que se desarrolló la segunda guerra carlista era completamente reaccionaria pues la burguesía, quiérase o no, era la clase más progresista de la época” (Documentos Y, vol. 16, Zutik, num. 65, Agosto 1975, p. 87).

ETA, pues, no ponía en duda el carácter popular de la guerra carlista: “(…) en Euskalerria se produce un enfrentamiento entre la burguesía mercantilista de las ciudades (Bilbao, Donostia) y los jauntxos y caquiques “vascongados y navarros” que dominan el campo. Son dos clases antagónicas, modo de producción ya sin salida económica, pero defendida por una leyes (los fueros) y un pueblo que en defensa de sus libertades se enfrenta a los liberales” ETA (“ETAk Euskal Herriari” LUCHA DE CLASES Y LUCHA ARMADA EN EUSKADI, Mayo-Junio 1978, p. 2).

El “modo de producción” que defendían las clases populares vascas no tenía salida económica y su lucha no tenía, por tanto, desde una perspectiva revolucionaria, otro valor que anunciar el modelo progresista de guerra de liberación que ETA quería poner en práctica. Pero ETA ve positivo el desarrollo del capitalismo y la destrucción de la sociedad tradicional vasca pues  ETA niega la continuidad de la lucha del Pueblo Vasco por sus instituciones y libertades milenarias. Calificando de carlista a Bildu, el arte del ocultamiento dialéctico sirve para que el antiguo fervoroso partidario de la guerrilla carlista, pluma antinacionalista antes y ahora, pueda afirmar lo aparente como lo real, ocultando la verdadera naturaleza del MLNV.

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