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Misiva a los firmantes de la Carta ante el supuesto peligro que representa Munilla

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Jesus Mari Ezcabarte

Escudo tomado de la página web de Jose Ignacio Munilla

La famosa misiva de unos párrocos y coadjutores guipuzcoanos acerca del nombramiento del Señor Munilla como Obispo de San Sebastián, aparte de consideraciones personales sobre el personaje en cuestión, en las cuales no voy a entrar por desconocimiento de la labor que desempeñó en su periplo de Zumarraga, expresa que la tradición pastoral de la diócesis guipuzcoana parece estar en peligro con la llegada del nuevo prelado. Una línea pastoral y un estilo eclesial como citan expresamente los firmantes; “en fidelidad al espíritu del Concilio Vaticano II”. El Concilio Vaticano II si por algo destacó, entre otras muchas cuestiones, es por velar de una forma especial por el respeto a la conciencia personal del cristiano y por adaptar en su día, una Iglesia anquilosada a las demandas de la sociedad moderna. Los firmantes de la tan mediática misiva dicen ser defensores de una ortodoxia conciliar vaticana liderada en su día por el inolvidable Juan XXIII.

Yo interpelo desde aquí, a las conciencias de los firmantes de la misiva, sobre un extremo: si en su labor pastoral, que tan cristianamente han realizado, realmente se han destacado en la defensa de esa orientación vaticanista, de la que ellos se muestran tan especialmente celosos, o por el contrario han mostrado una actitud dubitativa, contradictoria en ese caso, con quien se presenta ante la opinión pública como celoso guardián de los valores propios de una Iglesia moderna.

Apelo a mi derecho al disenso, derecho que los firmantes de la misiva observarán, estoy convencido de ello, más celosamente que yo, para, “en fidelidad al espíritu del Concilio Vaticano II”, pedir una argumentación racional convincente sobre el hecho de que los firmantes de la misiva han seguido los preceptos de la Iglesia con tamaña rigurosidad a lo largo de estos escabrosos años en la sociedad guipuzcoana. Y preguntarles sobre si han sido particularmente celosos en la defensa a ultranza de valores como el respeto a la libre conciencia de cada cristiano, la promoción del debate en el seno de la Iglesia, la no estigmatización del disidente, o el honrado contraste intelectual de pareceres. E interpelarles si en el ámbito de los Derechos Humanos, estandarte de una Iglesia Moderna, hemos hecho “todo bien”en fidelidad al espíritu del Concilio Vaticano II” cuando hemos tenido que tener delante pueblo a pueblo a aquellos que miraban para otro lado cuando las aceras de los mismos han amanecido manchadas de la sangre de nuestros hermanos.

Que nadie se llame a equivoco. No me expreso aquí, desde la tradicional injusta posición de los medios españoles ante el papel en su día, del magnífico Obispo Setién cuyo legado ético quedó imborrable por su clarividencia intelectual y magisterio. Lo mismo cabe decir respecto a la inmensa mayoría de sacerdotes y párrocos de la diócesis, que ante las injustas acusaciones de “mirar para otro lado” realizadas desde los medios de comunicación españoles, siempre han estado cercanas a las víctimas de la violencia.

El que escribe, se expresa únicamente desde el que se revela ante la crítica injusta hacia una persona de aquellos que por lo visto, han sido especiales defensores de los valores del Vaticano II, máxima que yo pretendo poner a debate por medio de esta misiva, en la medida que la aceptación de la pluralidad de la feligresía, el libre intercambio de opiniones o el disenso político, elementos todos ellos característicos de esos valores no me parece que hayan sido los puntos fuertes de esta diócesis.

Reclamo de los firmantes de la misiva “en fidelidad al espíritu del Concilio Vaticano II”, una actitud reflexiva y autocrítica, para que en un autoexamen, que estoy yo obligado a llevar a cabo antes de exigírselo a nadie, sean capaces de discernir sobre si realmente han sido los seguidores de la luz de Dios en la sociedad, y ante aquellos quienes niegan la dignidad a sus semejantes. Para que una vez, que ese autoexamen sea llevado a cabo, reconozcamos la mínima autoridad moral exigible a aquellos que pretenden prejuzgar la labor pastoral de alguien que ni siquiera ha comenzado a  realizarla.

¡Qué dura realidad la de la Iglesia y los feligreses donostiarras y guipuzcoanos! Pueblo a pueblo, sufriendo el embate de la violencia durante años y años -aquí incluyo a los firmantes de la misiva-. Tantos años conviviendo con la infinita compañía del Gran Hermano -la policía del pensamiento de la inolvidable novela “1984”, de George Orwell-, participando de las actividades pastorales con la certeza, -equivocada muchas veces- y sellada en nuestro inconsciente de que los seguidores de la violencia y la persecución política nos estaban observando por una mirilla.

Tanto tiempo teniendo que soportar actitudes totalitarias. Tanto tiempo teniendo que aguantar la justificación o la contextualización del crimen. Tanto tiempo teniendo que usar palabras ya gastadas por el uso, para describir lo que el lenguaje se muestra insuficiente de expresar. Tanto silencio en los pueblos. El silencio. Constante propia de las sociedades totalitarias, que brota de la falta de fe de quienes sufrimos el miedo existencial más arraigado en nuestras conciencias domesticadas por la coacción en sus múltiples facetas. Es natural. Todos los cristianos somos víctimas inocentes de ello y ninguno de nosotros nos merecíamos lo que le ha tocado vivir a nuestro querido pueblo.

La pretensión inalcanzable de búsqueda de la complacencia con nuestros maltratadores. La repetición constante, año tras año, desde hace más de 30 años, que “la paz está al caer”. La especial proliferación en el empleo de eufemismos linguísticos presuntamente pacificadores. La dolorosa apuesta de bastantes sacerdotes de la Iglesia guipuzcoana por la genuflexión ante aquellos que jamás se han destacado por la defensa de los Derechos Humanos, o los que la han comenzado a hacer desde hace dos días como si hubieran descubierto la pólvora, cuando dentro de la Iglesia guipuzcoana ha habido una tradición intachable en la defensa de los mismos –basta el ejemplo del “fichaje” de Jonan Fernández como el gran ejemplo moral en un lugar tan querido como Arantzazu, santo y seña de nuestra querida Iglesia guipuzcoana-. El orillamiento de la cultura del disenso –aspecto conciliar donde los haya-, en relación a posicionamientos de la Iglesia guipuzcoana con excesiva frecuencia de una especial predilección hacia el movimiento Elkarri, sin que haya cabido el mínimo discernimiento ético al respecto, ni libertad para llevarlo a cabo. Eso sí, todo callando y como “si no pasara nada”. Y todo ello siendo una Iglesia en fidelidad al espíritu del Concilio Vaticano II”, como señalan los firmantes.

Parece ser que siendo una Iglesia guipuzcoana “en fidelidad al espíritu del Concilio Vaticano II”, siendo una Iglesia basada en los pilares de la escucha, el valor del disenso, el análisis riguroso y sobre todas las cosas; el respeto a la libertad de conciencia de cada feligrés, veríamos ahora en cuestión todo aquello que tanto nos costó construir. Una Iglesia que los firmantes de la misiva parecen representar y ver en peligro con la llegada de Munilla y que, desde la cautela y la mera precaución intelectual deberíamos proyectar como un ideal a alcanzar, no sea que cayéramos en el error de pensar que somos los apologetas de la tolerancia o pretender representar los valores del Concilio Vaticano II mejor que nadie como parece derivarse del texto que firman los autores  de tan polémica misiva.

Todo ello no ha significado, más que el diseño del disfraz de nuestra falta de coraje moral para llamar a las cosas por su nombre, con la esperanza de que nadie descubriera la realidad de nuestra falta de fe y compromiso personal con el evangelio y el Concilio Vaticano II. Todo ello no ha sido más que el puro reflejo de una realidad insoslayable, que por constante en el tiempo no ha dejado de serlo ni con Setién, ni con Uriarte ni ahora con Munilla: lo difícil que es ser creyente en Gipuzkoa y predicarlo hacia el exterior. Ojalá tengamos el coraje suficiente para hacerlo. Aprovechando lo bueno de la Iglesia gipuzcoana, que es mucho y lo bueno que este nuevo Obispo pueda ofrecer. Sin prejuicios y ateniéndonos a su labor pastoral que todavía no ha comenzado.

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