Imanol Lizarralde

Quizá sea el escultor Jorge Oteiza uno de los últimos hombre vascos cuya mente estaba totalmente ocupada en el sueño de una Euskadi ideal. Digamos en principio la mala fama que tienen los artistas en Euskadi, a los que se mira de forma un poco socarrona como si fueran seres un poco patéticos. Los catalanes aman a sus artistas con el amor con el que las viejas adoraban a los santos.

Pero ni siquiera el excéntrico Dalí, vestido en su traje más estrafalario, pudo jamás superar a la estampa de Oteiza, tratando de secuestrar un avión en Buenos Aires para participar en la guerra de Euskadi, o entrando con una pistola en la mano en el Hospital de Navarra, para llevarse a su amada mujer Itziar.

Oteiza ha roto todos los esquemas del artista protesta y de la escuela del pánico y ante él, un genial provocador como Fernando Arrabal nos parece tímido y callado. Y además esto lo ha avalado con una obra portentosa, con una vida sacerdotal, de entrega absoluta a la escultura y a otras artes, como la escritura. Su fuerza teórica y reflexiva todavía está por explotar y queda para tiempos en los que la reflexión no sea mero cruce de flechas entre banderías.

A nosotros como vascos nos interesa el Oteiza interesado por la identidad vasca. Resulta lamentable que la reflexión que iba desarrollándose acerca de la identidad y la cultura vascas durante los años 60 haya sido engullida por el estrépito del debate político. En ese sentido, resulta admirable que los únicos que hayan hablado de una forma libre y poética acerca de la identidad vasca fuesen los propios escultores.

Del encuentro con la prehistoria vasca y el arte rupestre nace la concepción de Oteiza acerca de la identidad nacional. Es la propia investigación de su disciplina escultórica, metida en el debate de las vanguardias, del sentido del arte y de su retorno a formas primitivas, la que lleva a Oteiza a interesarse de forma más profunda acerca de su pueblo. Y el veía como signo de su renacimiento la escuela escultórica que surgió de forma inopinada tras la guerra civil, la que protagonizaron el, Eduardo Chillida y Remigio Mendiburu, entre otros.

El decía que en 100 kilómetros cuadrados, en el triángulo entre Orio, San Sebastián y Usurbil, se había asentado la escuela escultórica más importante del siglo XX, la escuela vasca. Más importante que la escuela inglesa constituida por el gran Henry Moore y Barbara Hepworth. Tal cosa no hubiera sido posible, piensa Oteiza, sin la pre existencia de una naturaleza, un paisaje industrial y un estilo milenario determinado, el estilo vasco.

La escultura tal como la ejercieron esos artífices era, para Oteiza, la plasmación de la sensibilidad vasca en una coyuntura en la que el arte nuevamente tenía un papel dentro de la sociedad, en este caso el papel de representar la continuidad entre los nuevos escultores y el arte neolítico de la cornisa cantábrica, desde Altamira a Lascaux, pasando por Ekain y Santimamiñe.

Partiendo de Heidegger, y viniendo del romanticismo, Oteiza plantea la cualidad existencial del arte de cura para el hombre de las lacras de la alienación espiritual que supuso su inmersión en el hormigueante mundo tecnológico. También por ello Oteiza relativiza el arte, dice que sirve para curar, para alentar una determinada sensibilidad en el hombre, pero que una vez cumplida esa función puede desaparecer.

Es lo que dice que pasó en el neolítico. Oteiza observa el viaje de las formas desde el funcionalismo animista de cazador que pinta su presa para dirigir mejor su intención, pasando a través de la conciencia de la fuerza autónoma del ejercicio del arte y, por tanto, la capacidad humana de jugar con las formas pictóricas, hasta la fiesta cosmológica de Lascaux, donde se representa la vida comunitaria traspasada por el ritual, el mito, el juego y la opulencia formal de la maestría de una disciplina.

Con el pequeño y anómalo cromlech cantábrico, y en su inusitada abundancia, se localiza históricamente el fin del arte rupestre y un cambio de poblamiento por parte del hombre primitivo de las cuevas a los valles. En la interpretación de Oteiza, en su teoría cíclica del arte, de su nacimiento, muerte y resurrección, encuentra en aquellos protovascos la conclusión de una reflexión metafísica de la cual el cromlech sería una cifra simbólica en la que el universo, que antes abrumaba con su entidad astronómica, se conviertía en algo portátil, a la medida y al alcance del hombre. De ahí nace un nuevo sentido de libertad y una conciencia que explican la continuidad de lo vasco a través de los siglos.

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7 comentarios en «Jorge Oteiza (I)»

  1. Jorge Oteiza

    En el sueño de la noche

    Ejercicios espirituales en un túnel… Donostia, 1983.

    No me he perdido esta vez. Buscaba con prisa a Chaho, tenía que resumirle algo sobre nosotros y no he empezado bien, vengo nervioso y en desorden. Pero ya hace rato que no digo nada, es Chaho que me está hablando así. Y me pregunta por Zumalakarregi, si no ha vuelto ya (estaba hace unos momentos). La obsesión de Chaho es con Zumalakarregi. Yo quisiera indicarle que algo es como nuestra noche real de fantasmas, de ejército fantasma, de Universidad fantasma de la reencantación (todavía en fantasma) de Zumalakarregi, de la reencantación vasca de Navarra… Chaho con movimiento breve y repentino de su cabeza la levanta y me mira fijamente, con un gesto de la mano me contiene, extiende la misma mano señalando un punto en la noche y los dos volvemos la cabeza, y en la misma dirección vemos los dos Pamplona.

    En este momento de estatua observo la cabeza de Chaho, que no está en ninguno de sus retratos. Pero yo he visto antes esta cabeza muchas veces: no tiene más que 25 años y una violenta prisa que no tiene tiempo de retrato, esa antigua prisa que, porque hay que seguir, no queremos oír nunca (Veo que se rompe en este instante la noche blanca y muy antigua que tiene la mascarilla muerta de Ignacio de Loyola, veo en este instante que tiene los ojos abiertos, ¿o es con el rostro de Zumalakarregui con el que ahora está Chaho mirando?) Chaho adivina y conspira lo que pienso y habla, ha movido negativamente la cabeza: Solamente mueren los hombres y los pueblos que no han existido nunca.

    Pamplona duerme porque ha creído en España y en Francia. Hemos despertado encadenados porque solamente un pueblo libre por sí mismo, como el nuestro, ha podido y se ha dejado morir confiado. Dormimos de fueros como el guerrero desarmado y despertamos a medias con una espada prestada en la mano en causas ajenas. Areoia, erioa, al enemigo, a muerte, me ha entendido Zumalakarregi, pero lo que no ha entendido todavía es que el verdadero enemigo lo lleva dentro de sí mismo, que nuestra guerra civil es en nuestra conciencia…

    Solamente tarda, parece que va a dejarse morir para enterrar los fantasmas que lleva dentro. No está dormido, solamente tarda, porque ya tiene un sueño (¿sueño? ¿ensoñación? no me atrevo a interrumpirle, me parece que su voz se está yendo) Ahora duerme Pamplona porque tiene el mismo sueño (¿ensoñación?). Ahora vuelve Eneko Arista, su reino de Pamplona independiente, su sueño de todos los vascos políticamente navarros, ahora despertamos todos, capital Pamplona, en la ofensiva nuestro primer estado vasco. (Siempre es hoy para este hombre: Ilunabar!, en la noche, en nuestra noche, iluminada, le oigo o nos decimos, vieja invocación, como un agur preaitórico y lunar que lo mismo sirve al encontrarnos que al separarnos, pero velando, en el sueño de la noche).

  2. Genial, Imanol. Un artículo maravilloso sobre un ser humano, un espíritu, un vasco, tan poliédrico y a la vez tan homogéneo. Pocos han sabido representar -quizá ninguno- como él la relación del vasco con su entorno natural, su particularidad y su profunda espiritualidad. Pasión y compromiso. Vaya generación de escultores, de artistas, de hombres y mujeres!. Sólidos como el granito, inquietos como el viento…Cada frase merece ser releida y repensada. Y el apunte de oteizatar un corolario estupendo!.

  3. Estimado Edu:

    Es así como tu dices. Oteiza es uno de los grandes visionarios de la historia vasca reciente por que su reflexión va mucho más allá que el ámbito de reflexión de nuestro tiempo y, sin embargo, aporta una vía de actuación para el día de hoy. El pretendia una educación estética que abarcara la escultura, el bertsolarismo, el analisis de la filosofía del euskara y de su estética peculiar.

    Nos deja su reflexión, inagotable por que todavía no hemos hecho más que empezar. Tanto la genética histórica, la filología y la arqueología están dando pie a que sus reflexiones sigan de actualidad y sean una luz para aquellos interesados en la cultura vasca.

    Al Oteizatarra: las reflexiones de Oteiza sobre la historia son de una intuición y una capacidad de sugestión increíbles. Su reflexión acerca de Chaho y Zumalakarregi es muy profunda y quizá incida en ella más adelante.

    Como oteiziano de pro me alegro de vuestras reflexiones y pienso que es un territorio que en el que los nacionalistas debemos profundizar.

    Un saludo.

  4. «duermo con los brazos en alto pero no me rindo/moriré de rabia no de viejo/el ecuestre dolor de la pelea»

    «La muerte no existe es un cambio de sitio/vivo mi vida y mi muerte en preindoeuropeo/vivo mi origen cazador en murovisual»

    Jorge Oteiza, «Itziar Elegia y otros poemas»

    —–

    Gran artículo. Espero ansioso nuevas entregas de la serie Jorge Oteiza. Saludos de un nuevo seguidor de Aberriberri.

  5. Estimado Oteizatar:

    Oteiza es un poeta enorme y un enorme crítico artístico.

    «La muerte no existe es un cambio de sitio».

    La vieja concepción tradicional vasca de la muerte, una concepción seguramente precristiana y compatible con la cristiana, que se basa en el estilo vasco de afrontar lo desconocido y la identidad del hombre.

    Para Oteiza el vasco superó en el neolítico el problema de la angustia. Espero poder explayarme sobre eso y sobre otras cosas.

    Un caluroso saludo.

  6. Aupa Imanol

    Gure aberriaren haritza behar bezala zaintzeko, zeintzuk diren gure haritzaren sustraiak gogora araztea komeni zaigu.

    Ildo horretatik bat dator zure artikulua eta bere edukinarengatik zorionak ematen dizkizut benetan.

  7. Tal vez lo más interesante de Oteiza sean otros lados oscuros que no se cuentan, pero que nos acercan al hombre capaz de reaccionar de volverse contra sus contradicciones y contra los mitos. Suena bien eso de ir armado al Hospital a «rescatar» a su amada Itziar… pero habría que saber dónde estaba él cuando la trasladaron al hospital, qué hacía, qué pensaba de la muerte real y cercana… Ese es el Oteiza que nos hace humanos. En alguna ocasión dijo que los mitos no eran más que adornos de un Hombre a medio hacer.

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