Pedro de Zubiri
El rector de la Universidad del País Vasco (EHU-UPV), José Ramón Bengoetxea, ha decretado el “cierre virtual” del campus de Gasteiz como respuesta a un acto político calificado de extrema derecha. La medida se presenta como preventiva, profiláctica, para proteger el espacio universitario frente a una supuesta amenaza al marco democrático.
Sin embargo, el aspecto fundamental no es el acto concreto, que en sí mismo resulta irrelevante, sino el principio que se invoca para justificar la decisión.
Bengoetxea parece ampararse en la paradoja de la tolerancia, formulada por Karl Popper en «La sociedad abierta y sus enemigos»: una sociedad abierta no puede tolerar ilimitadamente a quienes buscan destruirla.
El problema surge en su aplicación. Esta solo procede cuando existe una amenaza real y activa contra el sistema plural y democrático. No basta la discrepancia ni la incomodidad ideológica. La paradoja popperiana es defensiva; no un instrumento para preservar posiciones hegemónicas.
Nuestra crítica es clara: la medida no responde a una amenaza efectiva, sino a la existencia de una opción política que cuestiona el relato dominante. No se protege el pluralismo; se protege una posición concreta de poder ideológico.
Cuando la defensa del pluralismo se convierte en exclusión selectiva, la paradoja se invierte: se utiliza la tolerancia para justificar la intolerancia.
La universidad debería ser el espacio del contraste y la confrontación argumentada. Cuando se reacciona preventivamente ante el desacuerdo, el mensaje es que la crítica debe neutralizarse. Eso es reactivo y ajeno al espíritu académico.
El debate sobre la llamada “extrema derecha” se ha convertido en piedra de toque de la posición ideológica dominante.
Las instituciones europeas recomiendan combatir discursos que atenten contra la democracia. Correcto. Pero el problema surge cuando el término “extremo” se aplica con asimetría.
Si todo lo situado a la derecha de la ecuación, puede cancelarse, mientras no existe una categoría operativa equivalente para la extrema izquierda, el terreno deja de ser neutral. Se consolida así una clasificación moral unilateral.
En EUZKADI, para algunos, simplemente no existe la izquierda y mucho menos la izquierda extrema.
La asimetría no nace del debate crítico, sino de la PERVERSION INTELECTUAL.
Ahí resuena la advertencia de Miguel de Unamuno en la Universidad de Salamanca: “venceréis, pero no convenceréis”. La universidad no está para vencer posiciones incómodas, sino para refutarlas con argumentos.
Y también la advertencia de Martin Niemöller con su célebre “Primero se llevaron…”. La erosión de la libertad no comienza con la prohibición general, sino con la indiferencia ante la restricción selectiva.
Cuando la hegemonía se convierte en exclusión sistemática del discrepante, adquiere rasgos estructurales de totalitarismo: en su versión cultural y administrativa, basada en señalamiento, deslegitimación, cancelación y control real del espacio público.
La universidad deja entonces de ser un ámbito de libertad intelectual para transformarse en un sistema efectivo de adoctrinamiento real para el MLNV, donde se condiciona qué puede expresarse y qué no, qué puede debatirse y qué debe ser neutralizado.
Si se renuncia al riesgo del debate en nombre de una supuesta pureza ideológica «de clase», la institución deja de ser universidad.
Hoy, lamentablemente, la reacción sustituye a la argumentación, lo que se clausura no es un campus: es el espacio, el templo mismo del pensamiento crítico.
No me puedo creer que ese cartel esté en la EHU-UPV. Una apología del mayor asesino del siglo XX (superando incluso numéricamente al cruel Hitler) debería estar prohibida, y más todavía en una universidad.
Lo que de verdad no se puede ya no creer sino dejar de asombrar es que se largue un artículo tan largo como incoherente y ambiguo destinado a … defender que un partido marginal en EH neofascista y falangista con aromas de franquismo profundo monte una perfomance en la universidad pública vasca conseguida tras décadas y décadas de dictadura donde el que quería un título universitario tenía que ir a la España celtibérica, ya sea Salamanca, Zaragoza o Valladolid.
Es de vergüenza ajena que en nombre de la libertad de expresión y pluralidad se dé cancha a éstos grupos de trumpistas irredentos que en su programa proclaman que su primera medida sería cargarse las autonomías del estado, con especial énfasis en la catalana y vasca.
Si ilustres jeltzales que en la guerra civil combatieron a los padrinos ideológicos de éstos fascistas de nuevo cuño levantaran la cabeza la volverían a meter con vergüenza en donde estaban.
Así va todo en el paisito, se empieza pactando con el PP para mantener poltronas y se acaba haciendo el caldo gordo a los ultraderecha joseantoniana y de las JONS
Que nos sea leve