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Cuando los mitos se vuelven lanzas (1)

José Díaz herrera Los Mitos del Nacionalismo Vasco

José Díaz herrera Los Mitos del Nacionalismo Vasco

José Díaz Herrera y Los Mitos del Nacionalismo Vasco

Agindu bezala “Los Mitos del Nacionalismo Vasco y las mentiras de José Díaz Herrera”-ren lehen kapituluan, 2006-ean Goiz Argin Jon Mimentza zenduak argitaratutako artikulua berrargitaratuko dugu. Liburu honi egindako kritika gal ez dadin.
Artikuluaren luzera dela eta banatu egin dugu blog batetako eremu batean hobeto egokitu dadin. Espero dugu artikulua zuen gustuko izatea.

El tinerfeño José Diaz Herrera ha publicado un libro titulado “Los mitos del nacionalismo vasco” (Ed. Planeta)  que ha sido presentado en varios sitios, y cuenta con gran apoyo mediático. Según el propio autor como “otros historiadores se limitan a contar lo que les dicen los nacionalistas sin hacer ninguna comprobación”, él ha recorrido tanto la documentación clasificada del FBI, CIA, y el Departamento de Estado Norteamericano, como archivos italianos, ingleses o a los archivos familiares vascos y a los boletines de ETA con lo que ha confeccionado un libro de casi 900 páginas. Se le ha presentado desde los aledaños del PP como un libro riguroso, ponderado y que todo el que tenga curiosidad por el tema del nacionalismo vasco, debe leerlo.

José Díaz Herrera

El prologuista, César Vidal, da el tono del libro: “el papel del nacionalismo vasco en la oposición a Franco fue mínimo -algo no tan sorprendente si se tiene en cuenta el escaso peso de esas fuerzas políticas cuando no su práctica inexistencia a lo largo de cuatro décadas- hasta que en los años sesenta la aparición de ETA volvió a otorgarle un papel trágicamente notable en la vida nacional”. Como el papel del nacionalismo vasco fue  mínimo, Diaz Herrera se ha molestado por nada y le dedica casi en exclusiva 500 páginas al PNV, a los gudaris, al Lehendakari Aguirre, y a los servicios vascos de información. Otras 300 páginas a alear indistintamente PNV y ETA, siguiendo patrones conocidos del franquismo y del PP y del PSOE. Y en las 100 restantes se explaya en lo mal que gestionan los nacionalistas el Concierto, además de las consabidas xenofobia, racismo y demás lindezas. No se olvida, tampoco, de sacar a pasear varias veces a Sabino Arana, eso sí, cargando tintas y aislándolo de su contexto, porque sino no tiene la sal y la gracia que le quiere dar a su libro.

Si nos atenemos a ciertas formalidades el libro deja de ser riguroso por goleada,  pues contiene innumerables errores en bailes de números y fechas y que dan lugar a sucesos increíbles. Por ejemplo, datando la muerte de Eustaquio Mendizabal, Txikia, el 19 de abril de 1973, “que antes de morir voló el Club Marítimo de Neguri, en noviembre de 1973”  (pág.613). Me temo que tal suceso no es verosímil ni para el que escribe un libro de 900 páginas. Existen errores de apreciación geográfica, refiriéndose a las ‘Provincias Vascongadas’ como “ese mayorazgo de apenas 10.000 kilómetros cuadrados, la mitad de la superficie de Extremadura” (pág 838). Lejos de la mitad, dejémoslo en casi la sexta parte de Extremadura. Hay errores que denotan la falta absoluta de cariño del autor a corregir ciertos fallos antes de publicar nada, porque al nombrar los siete herrialdes que componen Euskal Herria, sustituye ‘Benafarroa’ por ‘Bembane’, (pág.826) un pueblo ignoto del sur mozambiqueño. O cuando cambia las adscripciones políticas: a Mikel Isasi Gabilondo le pone del PSOE cuando es del PNV (pág.801). O cuando “la suma de votos de PP-PSOE (el 50,8)” debería poner 40,8 referida a las elecciones del 13 de mayo del 2001 (pág.786). Se denotan también cambios de criterios no justificados: en la pág 757 se dice: “al desaparecer las Juntas Generales de cada territorio…”y en la página siguiente en referencia al segundo Concierto Económico de 1887 dice “los representantes de las Juntas Generales de las tres provincias…” ¿En qué quedamos? Hay también algún error cultural al admitir que en Bizkaia había hulla, cuanto todo el mundo sabe que había hierro pero no carbón. Se da la paradoja, por esa desidia de no corregir errores, que Jose María de Urquijo e Ybarra, fundador de la Gaceta del Norte, fusilado el 5 de setiembre de 1936 en Polloe, tiene “una entrevista con Pio XII”, que fue Papa a partir de marzo de 1939 (pág 156). Otra perla: según el autor, en 1893 hubo en San Sebastián un movimiento anti-Sagasta, “manipulado por el PNV” (partido fundado en 1895) que costó tres muertos (págs 718-719). Y así sucesivamente en otros  casos. Algunos de estos sucesos no están documentados y estoy persuadido que, en la gran mayoría de los casos, son errores premeditados que hacen que la lectura del libro no sea fácil pues inducen al lector a la duda sistemática. Si además se encuentra uno con frases como “¿o que aún hay vascos que se creen descendientes del nieto de Noé y que Dios habló en euskera en el paraíso terrenal?” (contraportada) le hace preguntar a uno, ¿con cuántas paparruchadas mas me voy a encontrar en las 900 páginas del libro?

A este respecto, el libro empieza bien. Como quien no dice nada el autor deja caer en la página 26, la motivación que le ha llevado a escribir el libro. El licenciado y máster José Diaz Herrera, valiéndose de la superchería hitleriana de atribuir todos los males de Alemania a los judíos, escribe, sin que le tiemble la pluma: “Los nacionalistas han sido los causantes de gran parte de las calamidades y desgracias ocurridas en España en los siglos XIX y XX, donde el rencor, las ansias de revancha y el odio a lo español han sido los elementos aglutinadores entre diferentes generaciones de vascos ofuscados en los mismos planes secesionistas”.

Es decir, José Diaz nos responsabiliza a los vascos, de ser los culpables del desastre de Trafalgar de 1805, de la invasión napoleónica de España, de la pérdida del imperio español en América, del ‘desastre del 98’ con la pérdida de Cuba y otras posesiones españolas, del desastre de Annual, de los mutuos crímenes entre la derecha e la izquierda durante la II República, del Alzamiento Nacional del 36 y consiguiente Guerra Civil, de las luchas intestinas entre republicanos españoles, de los cuarenta años de franquismo y, me temo, que también de la muerte de Kennedy. Muchas cosas para un partido como el PNV nacido en julio de 1895.

Con tal punto de vista, en la que la culpabilidad está graciosamente asignada de antemano, el linchamiento de la víctima, los vascos, está asegurado, al menos en el estilo torvo que lo va a hacer.

El autor comienza con un tema delicado, poco estudiado, y en la que sucedieron cosas cuanto menos curiosas, por cuanto no había antecedentes: La guerra de la Convención (1793-95). Esta guerra fue declarada, debido a la ejecución del rey Luis XVI, al gobierno de la Convención francés por las monarquías europeas de la época, entre ellas la de España. En cuanto a los vascos se refiere, los franceses ocuparon partes y zonas del territorio vasco en Gipuzkoa y Bizkaia y también la zona norte de Navarra. Eran épocas en las que las ideas de la Ilustración habían triunfado en la revolución francesa, y tenían bastantes seguidores en el País Vasco, donde el brazo de la Inquisición llegaba muy mitigado y los libros ilustrados, que eran prohibidos en el resto de la Corona, en Gipuzkoa era común encontrarlas en las bibliotecas privadas, y en menor medida, también en Bizkaia. Estas ideas causaron un impacto tremendo tanto en la sociedad vasca como en la española. Muchos prohombres vascos consideraron las ideas ilustradas con naturalidad, pues, sin hacer análisis previo, las consideraban semejantes a los usos sociales vascos (la nobleza universal significaba de hecho la no existencia de estamentos en el seno de la sociedad vasca) y por lo tanto lo veían con visión continuidora de lo vasco. Sin embargo, en la sociedad castellana, esas ideas eran perseguidas, pues atentaban a los intereses del estamento superior y se produjo la escisión: unos lo vieron como ideales liberadores y otros como atentatorias a su condición social. La invasión napoleónica de España en1808 puso de manifiesto tres escisiones: los liberales españoles que recibieron con los brazos abiertos la Constitución de Bayona pues contó con la aprobación del rey de España (Fernando VII); los liberales españoles que no aceptaban esta situación (¿rebeldes?); y por fin los reaccionarios españoles que consideraban esos ideales contrarios a la tradición, y por tanto, a su condición nobiliaria. La nobleza, como no era un todo homogéneo, estaba presente en los tres campos de la escisión. En esta situación surgió, de dos de los tres sectores, la guerra contra Napoleón. De esto que sucedió en la España de 1808, algo parecido ocurrió en Euskadi quince años antes, en 1793. Con el avance de las fuerzas francesas, las autoridades de Donostia (o al menos algunas de ellas) entregaron la ciudad -militarizada- a los franceses, quizás porque simpatizaran con ellos. Y manifestaron su deseo -inaudito incluso para aquél tiempo- de convertir a Gipuzkoa en una república bajo la protección de Francia (con sus usos y costumbres salvaguardados) a sabiendas de cómo acabaron las repúblicas vascas allende el Bidasoa, borradas de un plumazo, en julio-agosto de 1789 por el jacobinismo francés. ¿Intereses? ¿Ambiciones personales? ¿Ingenuos? ¿Traidores? ¿Miedo?. Vaya usted a saber. Pero también es verdad que otro sector de la sociedad gipuzkoana, reunidos en Junta en Arrasate-Mondragón se opuso al sector entreguista. La situación se estabilizó provisionalmente con la paz de Basilea de 1795. Y la sangre no llegó al río, al menos en Euskadi, pues los entreguistas ocuparon cargos políticos en años posteriores en Gipuzkoa. Pero la sociedad vasca estaba ya tocada, confusa, y dividida ante los acontecimientos desplegados por los revolucionarios franceses. Lo mismo que la sociedad española, aunque ésta mucho más dañada, pues un sector de los llamado despectivamente “afrancesados” tuvo que morir en el exilio a partir de 1814. El pintor Goya es representante de este éxodo. El rey emblema -que lo mismo sirve para una causa como para su contraria- Fernando VII, siempre por encima del bien y del mal, no corrió la misma suerte que Goya, aunque estaba en el mismo bando. Llama poderosamente la atención que tanto los liberales de la Constitución de Cádiz de 1812, como los muchos liberales del entorno de Fernando VII tuvieran las mismas raices jacobinas que los perdedores ‘afrancesados’, caso único en Europa. Obvio decir que lo vascos no participaron en absoluto en ese primer exilio de una mitad de españoles. La guerra napoleónica y el posterior exilio es sólo la primera de una serie de calamidades que inmediatamente después cayeron sobre la sociedad española en el siglo XIX. Calamidades que el autor denomina en su conjunto ‘suicidio de España’, suicidio cuyos causantes fueron ‘los nacionalistas vascos’. Que el lector ponga su calificativo a tamaño desvarío.

Más adelante, en el apartado sobre la forma en la que se logró el Estatuto vasco de 1936, incide en la ilegalidad del proceso, en la última sesión plenaria del Congreso en Madrid: “El acto que se va a celebrar es manifiestamente ilegal. De los 473 diputados de que se compone la Cámara, los 205 de la Confederación Española de Derechas Autónomas y de Renovación Española están ausentes, lo mismo que muchos de los casi doscientos socialistas, comunistas y republicanos. En el hemiciclo se encuentra apenas medio centenar de padres de la patria……. El texto a votar –aprobado por aclamación sin que ninguno de los diputados conociera su contenido- no ha pasado los trámites reglamentarios de su presentación ante la cámara y su estudio en Comisión” (pág.50). E insiste “el problema que plantea el Estatuto de Elgueta (el de 1936) es que para su aprobación, lo mismo que para su modificación posterior, se necesitaban los  votos de los dos tercios de la cámara, es decir, 315 diputados, una cifra que sólo se hubiera podido alcanzar resucitando a los muertos y abriendo de par en par las cárceles franquistas y republicanas… y al no existir el quórum necesario, en el hemiciclo, el Estatuto fue una ley manifiestamente ilegal y su cumplimento no vincula a nadie” (pág 51)

Desde luego la situación era especial, pues la guerra civil había abierto la espita de los odios, venganzas y revanchas entre españoles. Los dos bandos en que estaba dividida España se tenían muchas ganas.

La situación del 36 fue especial pero no singular. Hay legalidad y hay legitimidad. Y las dos son verdades relativas  y no absolutas. Porque hubo otra situación anterior similar a la que nadie presta atención. Me refiero a la Constitución de Cádiz de 1812. ‘Los padres de la patria’ que se reunieron en Cádiz, ¿lo eran como consecuencia de unas elecciones o se arrogaron una representación popular que no tenían? Toda España estaba dominada, entonces, por los franceses, excepto -pintorescamente- la ciudad de Cádiz, que estaba sitiada. Gobernaba en España el rey José Bonaparte al amparo de la Constitución de Bayona, con el beneplácito y refrendo del anterior rey de España Fernando VII y apoyado por un sector social nada desdeñable de la sociedad española de la época. Todo legal. Sin embargo, para otros españoles -reacios a la causa del rey José- parecía más legítimo apoyar la constitución realizada por un grupo de amigos reunidos en Cádiz, con la ‘soberanía del pueblo’ como el fetiche que ‘legalizara’ su rebelde actitud. Porque de soberanía no tenían nada: ‘legislaban’ para toda España (incluido todo su imperio) desde un salón ubicado en la islita de san León -hoy desaparecida- de Cádiz. Muchísimo menos territorio y población que Bizkaia, que fue el territorio en el que de facto se aplicó el Estatuto de 1936.

Respecto al Lehendakari Jose Antonio Aguirre, el canario Jose Díaz, hace acopio de todos los epítetos que los franquistas le dedicaron, añadiendo algunos nuevos de propia cosecha: lehendakari (presidente) ochomesino, Napoleonchu, sus ansias de poder acaban de cavar la tumba a la República, megalómano, el hombre que facilitó parte de los medios para que Franco ganara la guerra, pretendía heredar el imperio económico de Neguri, presidente  provisional y accidental de la provincia de Vizcaya, nazi,  aliado de Hitler,  orgulloso, emperador de los vascos, etc.,

Respecto a su gobierno, el autor emplea términos como Gobierno vasco de ficción,  republiquetta vaticana, republiquetta de pacotilla, gobierno sietemesino etc.

Y su acción de gobierno le hace -a los ojos del autor-  desde luego responsable no sólo de los muertos de las ofensivas republicanas de Brunete y Belchite, sino de la misma victoria de Franco pues “su gran “hazaña militar” fue entregar toda la industria siderometalúrgica vizcaina intacta a los sublevados. En el momento en que el 60 por ciento de la producción de hierro y acero estuvo bajo control franquista, el destino de las armas se volcó rápidamente del lado de sus adversarios” (pág 77). La caída de Bilbao no fue tan importante como indica el autor, ni el ‘el destino de las armas se volcó tan rápidamente’: a pesar del desbarajuste de la República española, la victoria franquista tardó en llegar diecinueve meses más. Sin duda que el autor preferiría ver, después de la caída de Bilbao, una Bizkaia arruinada con sus industrias desarboladas y a sus gente viviendo ¿de qué?. Prefiere promover un estado de calamidad social que reconocer su frustración de no poder responsabilizar a los vascos de la destrucción de su propio país. Se pierde una guerra y el lehendakari Aguirre apoyado por los nacionalistas, se marcha del país dejándola en condiciones que las gentes que se quedaban pudieran seguir viviendo desde el día siguiente. Los nacionalistas al oponerse a la destrucción de su propio país, con la excusa de que esas industrias iban casi íntegras al bando enemigo, realizaron un acto de civilización. Bizkaia ni era Rusia ni tampoco esa España de los odios. Las razones militaristas que argüían los dinamiteros no evitaban que la guerra se estuviera perdiendo por otras razones. Y es que en la guerra, tampoco vale todo.

Uno no sabe ubicar la meliflua personalidad de José Díaz: el libro lo presentan varias personalidades del Partido Popular; en algunos párrafos parece familiarizado con la literatura marxista; hay críticas a Zapatero como si se los hubiera copiado de declaraciones de políticos ‘populares’, a veces aparece como de derechas y otras se duele por los republicanos; hay cosas que dice en el que no situa muy bien al PP; en unos episodios parece franquista, en otros antifranquista, en fin un lío, pero llama la atención su punto de crueldad en el tema de la liberación de los presos franquistas de las cárceles vascas. Aguirre junto a la política de defender las industrias vascas de su destrucción, tomó la decisión de liberar los presos un poco antes de la caída de Bilbao, no fueran a ser víctimas de matanzas inútiles de última hora, como las de los barcos-prisión, en manos de anarquistas, socialistas o comunistas. Y dice: “Jose Antonio Aguirre Lecube prefiere actuar así a entregarlos a los montañeses, que necesitaban mano de obra para abrir trincheras. Es la primera traición de Aguirre a la República” (pág.192).

En el tema de los gudaris, con gran suficiencia académica, José Díaz dice “… la conquista de Vizcaya se convirtió en un paseo militar para las tropas del general José Solchaga” (pág.77) o “los valerosos gudaris, expertos en correr grandes maratones delante del enemigo…” (pág 277).  Aquí habría que matizar y hacer unos pocos números para ver lo relativo de las situaciones, que ‘correr grandes maratones delante del enemigo’ se deben a muchas razones sin necesidad de incluir la humana cobardia o miedo. En efecto, si tomamos como referencia ‘el maratón de los gudaris’ digamos que Vizcaya (2.200 kilómetros cuadrados) fue conquistada tras 60 días de ofensiva del enemigo. Cantabria (5300 kilómetros cuadrados) aguantó apenas 10 dias de ofensiva, lo que da un ‘maratón republicano’ catorce veces más rápido. Si nos fijamos en la provincia del Sahara español (1975) -que oficialmente era territorio nacional como Ceuta, Melilla o Asturias y tenían representación en las Cortes españolas-, el ejército español cumplió su obligación de garante de la unidad de España escapándose lo más rápidamente posible del territorio. Considerando que los legionarios españoles tuvieron un tiempo de evacuación de 6 meses para un territorio desértico de 250.000 kilómetros cuadrados, ante la ofensiva de un abigarrado ejército de 300.000 desheredados y desarmados marroquíes, el ‘maratón de los legionarios españoles’ ante tal enemigo fue treinta y tres veces más rápido. Se desmembra un tercio del territorio nacional y no pasa nada. Aplique el autor, también, su ciencia académica para calcular también ‘el maratón del ejército francés’ en 1940 y de otros ejércitos europeos.

Me asombran los amigos de José Diaz Herrera, que le consideran hombre informado, ponderado y científico, cuando pienso que ni él mismo se entiende. En efecto, pretende pasar lo que todo el mundo conoce como ‘la Guerra Civil española’, como ‘una guerra civil entre vascos’:  escribe en la pág.174, sin pelos en la lengua: “Declarada la Guerra Civil entre vascos…” ; “Aguirre se inventó que su nación había sido “invadida” por tropas extranjeras cuando los únicos que luchaban en uno y otro bando eran sólo vascos: unos…amaban a España y otros llevaban casi cuarenta años deseando su aniquilación…” ( pág.77). “ Los requetés, esos valerosos soldados vascos que se habían levantado contra los otros vascos, los separatistas,…” (pág. 722). Pero héte aquí, que en un ataque de cordura inesperado, él mismo desmiente lo anterior criticando precisamente el decreto franquista del 23 de junio de 1937, y reconoce lo que todo el mundo sabe: “Obviamente no fue así. Por el contrario, el que se alzó en armas contra la República, el poder entonces constituido, fue un sector del ejército, acaudillado desde Navarra por el general Emilio Mola y desde Canarias y Marruecos por Francisco Franco” (pág. 775).

Del episodio del bombardeo de Gernika recoge desde la trinchera franquista que “nacionalistas y republicanos que hicieron del bombardeo de Gernika un símbolo de la crueldad de sus enemigos estaban dispuestos a actuar de igual manera y a cometer atrocidades similares”(pág. 92). Esto de la atribución de ‘actuar de igual manera’ y ‘atrocidades similares’ está bien siempre que se indique en qué consiste la similitud y donde se actuó de igual manera.  El autor no lo hace. Porque quien hizo de Gernika ‘símbolo de crueldad de sus enemigos’ fue Franco quien durante cuarenta años hurtó, con su propaganda, la verdad histórica atribuyendo el frío y premeditado bombardeo alemán -tres horas y media bombardeando y ametrallando a gentes que huían del infierno- a quienes nada hicieron por destruirlo e inventó la falacia de los dinamiteros ‘rojo-separatistas’. ¿Cuándo y dónde actuó el enemigo de igual manera, Sr Díaz?

A lo largo de todo el libro es continua la intervención del autor en involucrar a los nacionalistas vascos en los crímenes cometidos por socialistas, anarquistas y comunistas. Es verdad que estuvieron juntos en el mismo bando republicano, pero no estuvieron mezclados, cada partido mantenía sus milicias, de ahí que las responsabilidades de cada cual eran bastante nítidas. Frases de este tenor ‘fueron fusilados por socialistas y nacionalistas’, ‘los dirigentes del PNV ordenan: hay que darles matarile’, ‘el PNV no sólo no estuvo a la altura de las circunstancias sino que sus dirigentes provinciales fueron los responsables políticos de las matanzas y asesinatos masivos de sus opositores’ (pág.150), ‘al PNV no le interesa que sea oido por el Papa y ordenan que se le detenga antes de llegar a San Sebastián’, ‘luego se supo que el Sindicato de Trabajadores Vascos había reclamado para sí el honor de enviarle al otro mundo’, ‘ los nacionalistas toleran y a veces participan en el cruel y sádico exterminio de sus compañeros de clase’, etc. están distribuidas por todo el libro. Sin duda, José Díaz se hace eco del inmisericorde lenguaje de Aznar de atribuir responsabilidades gratuitas al PNV en los atentados y secuestros de ETA.

Con la caída de Bilbao y la entrega a los italianos de lo que quedaba del ejército vasco en Santoña, en agosto de 1937, terminaba la actuación vasca en defensa de la legalidad republicana en la península. Los nacionalistas, en su conjunto, eran reacios, desde luego, a seguir con la guerra fuera del territorio vasco.

Pero la Segunda Guerra Mundial estaba a la vuelta de la esquina. La República Española en el exilio, por su parte, se convirtió en chasco y fraude político porque sus dirigentes dejaron de pedalear, y cayeron en luchas intestinas y peleas de campanario  sin utilidad alguna. El lehendakari Aguirre, por el contrario, siguió pedaleando y cosechó éxitos memorables aunque los esfuerzos de tantos vascos en el exilio no tuvieron la recompensa que soñaron de una Euskadi libre. Tampoco otros, que también hicieron terribles sacrificios, consiguieron sus expectativas, como los polacos. Lo que deja un cierto  sabor amargo en quienes en aquellos esfuerzos participaron.

Hay varios aspectos a destacar de este nuevo periodo de 1940-1960. José Díaz Herrara, quiere ganar puntos, vivir a cuenta de los vascos y ser original. No se cómo saldrá de este envite.

Todo interesado en estos sucesos sabe que el Lehendakari Aguirre, fue a visitar a su familia en Bélgica, en Le Panne, cerca de la frontera con Francia, cuando quedó aislado por la ofensiva alemana y  no pudo volver, en mayo de 1940. Desapareció en Bélgica y sus comunicaciones al exterior fueron muy escasas. Sólo un núcleo muy restringido de amigos sabía de su existencia. Nadie más. Pero José Díaz inventa que “aprovechando el viaje, pretende entrevistarse con los nazis” para crear, supuestamente, un protectorado nazi en Euskadi. Y titula un capítulo de su libro, que trata de esta parte de su vida, como Un nazi rumbo a Nueva York. Utiliza como apoyo el diario que Aguirre escribió de su peripecia y que se publicó a mediados de los noventa del siglo pasado. De frases del diario que sólo expresan el valor narrativo del momento, José Díaz deduce entrevistas de Aguirre con personajes nazis de los que no da nombres. Vamos, nada que ver entre la frase que entresaca del diario con sus deducciones.¡Hasta le atribuye al lehendakari una petición de entrevista a Canaris, quien se niega a recibirle porque no quiere desairar a Franco apoyando a sus enemigos! (pág.321).

De toda la documentación que el autor aduce haber tenido acceso, hace omisión o, simplemente, no conoce el Mensaje de Navidad (Gabon) de 1940 del Lehendakari. Escrito desde la clandestinidad, en Bélgica, lo envía al exterior. En ella marca la línea de actuación de él y la de su gobierno en el exilio. En un momento en el que todo el mundo pensaba en la inevitable victoria nazi en Europa -incluido el embajador americano en Gran Bretaña, el padre del presidente Kennedy- cuando la Unión Soviética estaba en paz con los nazis desde 1939 y Estados Unidos no había entrado en guerra todavía, cuando, en una palabra, únicamente la Gran Bretaña es el único país que se enfrenta a los nazis,  Aguirre, hace lo contrario de lo que los demás esperaban: proclama la línea de combatir al nazismo, y aliarse en la lucha con la Gran Bretaña. 

Y lo hace desde una posición personal muy comprometida, pues correría el mismo destino que Companys, el presidente catalán, si la Gestapo le detuviera. Apostó, movido por su fuerte convicción democrática, contra todo pronóstico, al caballo ganador. Y fue un todo un éxito porque además de ganar, fue apoyado por la  inmensa mayoría de los vascos, así los exiliados como los asentados en otras partes del mundo, desde Sudamérica hasta Filipinas.

Tanto el Mensaje de Navidad indicado como la trayectoria política posterior del Lehendakari desmiente con claridad la falacia que, por original, José Díaz inventa. Todo lo que presenta en su libro sobre el ‘Aguirre nazi’ es, en efecto, auténticamente de juzgado de guardia.

No podía faltar, tampoco, el aspecto esperpéntico del buscavidas que reescribe la historia. Dice en la pág.494: “Veamos porqué el PNV impidió, entre otras cosas, la muerte de Hitler, poco antes del hundimiento de Alemania”. Sin comentarios.

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