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EL TERROR DEL HOMO SOVIETICUS (1): el terror en el interior

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Jon Urtubi

Según la oficialidad política, Vladimir Putin es un líder de extrema derecha. Un fiel descendiente de los Romanov. Claro que, prescindiendo del hecho de que zares como Pedro el Grande o Catalina II, llegaron, en su deriva anti eslava, la que consideraban la cultura del vulgo, a instaurar el idioma francés como lengua oficial de la corte, dejando patente su marcada proyección occidentalista. Así que Putin es un nuevo Zar (proviene de la palabra Czar, equivalente al Caesar latino). Pero los hechos desmienten una lectura epidérmica de las cosas, a aquellos autores interesados en salvaguardar el prestigio de la izquierda a costa de negar la evidencia de los hechos.

Es conocido que Vladimir Putin, Coronel y Director de la KGB en la ciudad alemana de Dresde durante la guerra fría, era el cargo mandado por el Kremlin para vigilar que la temible STASSI alemana circulara por los carriles establecidos por Moscú. Putin vivió la caída del muro y la reunificación alemana y europea, como la mayor humillación de su vida. Ese hecho, como dicen sus biógrafos, marcó su vida.

Putin es un claro ejemplo del homo sovieticus, tan bien retratado por la escritora y premio nobel de literatura, Svetlana Alexievich. Un hombre formado en la KGB, intrigante, frío y calculador, los que le conocen hablan del alto control que tiene de sí mismo y sus grandes dotes de observación y de asumir el papel que exija la circunstancia. El sovietismo de Putin, no debe buscarse en su defensa más o menos explícita de los postulados ortodoxos del marxismo-leninismo sino en unos hechos que evidencian la naturaleza política que los propician. Putin, es el homo sovieticus por antonomasia, donde la violencia es empleada para crear el terror de grandes masas de gentes, lo que no resta un ápice al carácter minucioso y calculado de la misma.

Los hechos, una vez más, muestran lo contrario a lo que nos conmina la ideología. Putin es un fascista y un nazi. Pero Putin apela a la “desnazificación de Ucrania” como el elemento fundamental que justifica la invasión. Al mismo tiempo, todas las personas que se atreven a mostrar su desacuerdo con la “campaña de desnazificación” son acusadas en Rusia de “colaboración con el fascismo”. Los países que apoyan internacionalmente a Rusia son China, aunque le viene muy mal una guerra en una fase en la que lucha por convertirse en la primera potencia económica, Cuba, Venezuela, Corea del Norte, Nicaragua, Irán o Siria, además de Rusia. O sea todo el eje anti OTAN donde no se atisba el menor indicio de fascismo, si como tal, hay que entender el polo extremo de la derecha política.

En este primer capítulo, trataremos como Putin se ha hecho con el control político absoluto en el interior, en Rusia, ejecutando acciones del manual de la KGB que domina a la perfección. Proporcionando información falsa a la ciudadanía, creando campañas de desprestigio, como la que se llevó a cabo sobre el fiscal general anti corrupción Yuri Skutarov, haciéndolo dimitir por aparecer manteniendo relaciones sexuales con prostitutas en un video doméstico filtrado a la prensa. Putin se ha afanado en todos estos años en limpiar el país de la disidencia, propiciando un país totalmente domesticado frente a cualquier atisbo de occidentalización, entendiendo por tal, cualquier desarrollo de las instituciones democráticas y de los medios de comunicación hacia parámetros de una sociedad libre. El terror, se ha ejercitado sobre cientos de personas anónimas, aunque aquí, citemos a algunas pocas, las más representativas.

Alexander Litvinenko era teniente del FSB (la anterior KGB), había tenido trato directo con Putin como Director del servicio secreto. Sacó a la luz la corrupción política y económica que existía en el servicio secreto por lo que fue enviado a la cárcel. Se marchó a a vivir a Londres y allá entró en contacto con el servicio secreto inglés. El ex espía del FSB fue envenenado en la capital inglesa en 2006.

Elena Politovskaya la carimática periodista del diario opositor “Novaya Gazeta” fue un verdadero símbolo de lucha contra Putin. Se atrevió a publicar las prácticas del Ejército ruso en Chechenia y en el Cáucaso como crímenes de guerra. Se convirtió en la persona que representó la lucha de la prensa libre contra el poder autoritario del Kremlin. Fue asesinada en 2006 de cuatro disparos cuando salía de su casa.

Sergei Magnitski fue un magnate que apoyó a Vladímir Putin, pero con el paso de los años acabó denunciando la corrupción política y económica de las altas esferas rusas. Demostró que 230 millones de dólares en impuestos de la empresa a la que pertenecía fueron desviados a funcionarios rusos particulares. Esto molestó al Kremlin y detuvieron al abogado en 2008. Se le mantuvo en prisión hasta cumplir el año límite legal según la legislación rusa. Pero antes de liberarlo fue torturado y golpeado de manera salvaje. Magnitski falleció el 16 de noviembre de 2009 a los 37 años a causa de las heridas craneales provocadas.

Boris Berezovsky fue un oligarca y magnate ruso que ascendió durante el mandato de Yeltsin. Cuando Putin llegó al poder, se negó a secundar la agenda política de este por lo que se le investigó por el FSB y se le condenó por corrupción y fue enviado a la cárcel. Desde Londres, donde se exilió formó parte del llamado “clan de Londres” de oposición al régimen de Putin.  Apareció muerto en su bañera en 2013, oficialmente suicidado, aunque antes había sobrevivido a un coche bomba que mató a su chofer. Se da la rocambolesca circunstancia de que el propio FSB acusó a Berezovsky de ser el instigador de los asesinatos de Litvinenko y Politovskaya. Forma de actuación que recuerda demasiado a la lucha de contra inteligencia desarrollada por Moscú durante décadas.

El carismático Boris Mentsov, que llegó a ser ministro y vicepresidente de Rusia, fundó una coalición pro occidental y abiertamente democrática, por una política de acercamiento a la Unión Europea. Hombre de gran proyección política y carisma, se opuso en 2014 a la entonces guerra de Ucrania, en la que se disputaban los territorios del Donbass. Fue asesinado a tiros en 2015 a pocos metros del Kremlin, en el centro de Moscú.

Nikolai Glushkov, fue también un alto financiero ruso que destapó como muchas de las grandes empresas rusas eran una tapadera de espionaje internacional. Fue juzgado y condenado en Rusia por corrupción. En 2018, el oligarca ruso apareció estrangulado. No se logró dar con ningún culpable, pero la policía inglesa decretó en 2021 que el caso está siendo investigado como asesinato.

Por último, el abogado y político ruso, Aleksei Navalny, fundador de una gran ONG que persigue la investigación de la corrupción política en Rusia, es considerado el actual líder de la oposición en Rusia, siguiendo la estela dejada por Mentsov. Fue envenenado en Siberia en 2020, y tratado y recuperado en Alemania. Anunció su vuelta a Rusia, donde fue acusado de haber violado una sentencia por fraude contra él.

Los objetivos del Kremlin han sido muy claros. Acabar con la oposición en los medios de comunicación (caso Politovskaya). Acabar con todo aquel dispuesto a denunciar las prácticas de la FSB contra su propio pueblo (caso Litvinenko). Acabar con toda iniciativa de oposición política con visas de tener éxito en un futuro próximo (casos Mentsov y Navalny). Y acabar con todos los oligarcas rusos disidentes que no se plieguen al Kremlin y que denuncien la corrupción económica de la administración rusa (casos Magnitski, Berezovsky y Glushkov).

Va a resultar que este es un mundo donde medio mundo acusa de fascista al otro medio. Pero, lo que se ve en Rusia es la aplicación milimétrica del viejo manual soviético, donde los niveles de sojuzgamiento de la conciencia se consiguen por medio de la extensión del terror aleccionador en la población. Y, sin cerrar nunca la puerta a que la administración de Putin tenga ninguna responsabilidad en toda la ola de crímenes cometidos durante estos últimos años. Y es que como escribe el londinense Mark Galeotti director de la Mayak Intelligence: “los miembros del FSB siempre han negado cualquier implicación de los servicios con todos esos crímenes, pero siempre lo han hecho esbozando una enigmática media sonrisa”. Y dejando su significado al libre albedrío del interlocutor. Todo el que conoció el vasallaje soviético, la conoce.

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