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Orwell, Gran Hermano en 2020

Koldo San Sebastian bere blogean

La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír.

En 1984 muchos decidimos que había llegado el momento  de leer -o de releer- la famosa novela de Orwell 1984. Toca hacerlo de nuevo.  Ocupa el número 22 del Inventario y, además, parece oportuna su lectura  en 2020,  en plena cuarentena del coronavirus. Como dice la profesora Jean Seaton, directora de la Fundación Orwell, el libro es también un manual para tiempos difíciles.


La novela popularizó los conceptos del omnipresente y vigilante Gran Hermano (Big Brother), de la notoria habitación 101, de la ubicua policía del Pensamiento y de la neolengua, adaptación del idioma inglés en la que se reduce y se transforma el léxico con fines represivos, basándose en el principio de que lo que no forma parte de la lengua, no puede ser pensado.

Un libro publicado el 8 de junio de 1949, escrito en un paisaje golpeado por una guerra total en un país hambriento, agotado y gris, se siente ahora mucho más relevante que nunca antes, porque “1984” también nos arma. Con su desconcertante comienzo, (“Era un luminoso y frío día de abril, y el reloj daba la una de la tarde”), define las características típicas de la tiranía moderna.

La lectura de 1984, la claustrofóbica fábula del totalitarismo, en 2020 sigue produciendo impacto. En primer lugar, porque reconocemos lo que describe: El doble pensamiento, mantener dos ideas contradictorias al mismo tiempo; La Policía del Pensamiento; el Ministerio del Amor, que se ocupa del dolor, la desesperación y aniquila a todo disidente; el Ministerio de la Paz que desata la guerra; las máquinas dedicadas a escribir novelas que producen pornografía con la que sobornar a las masas.Como resalta Mrs. Seaton, “Orwell nos abrió los ojos a cómo funcionan los regímenes totalitarios”.

Insistiendo sobre este asunto, Beigbeder se pregunta: “¿… acaso vivimos en el mundo vivimos en un mundo totalitario cuyos habitantes son vigilados por una pantalla de video-world? La respuesta es sí, estamos en eso. Big Brother existe en cualquier calle hay cámaras que filman a los transeúntes que circulan por ellas; en la red, las webcams retransmiten al mundo entero la vida de las personas; estamos fichados, pueden rastrear nuestros movimientos, localizarnos a través de nuestras tarjetas de crédito, de los teléfonos móviles, los satélites de espionaje y de tráfico. La lengua se ha visto reducida a un volapük con un mínimo de palabras (del francés, mejor no hablar: desaparecerá en los próximos decenios). La publicidad manipula nuestros deseos. Los revisionistas borran millones de muertos. Incluso existe un juego televisado holandés (distribuido a todo el mundo) que se titula Gran Hermano (Big Brother) y permite vigilar  durante las veinticuatro horas del día de diez candidatos recluidos en un apartamento trufado de cámaras”. Ni que decir tiene que los medios de controle actuales han superado ampliamente a los que esboza Beigbeder (su libro sobre el Inventario es de 2001) cuando, en 2020, estamos en la tecnología IMT 2020 (5 G).

Ficha policial de Orwell

El protagonista, Winston Smith trabaja como censor en el Ministerio de la Verdad, en una constante revisión de la historia para adecuarla a las circunstancias y alianzas del presente. Él y sus compañeros son controlados como parte de la masa por el omnisciente Gran Hermano. En 1984 la pantalla de la televisión te observa y todo el mundo espía a todo el mundo.

Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje,
el lenguaje también puede corromper el pensamiento.

Los miembros “externos” constituyen la burocracia del aparato estatal (de ahí la necesidad de la estricta vigilancia), viven sometidos a un control asfixiante y a una propaganda alienante que los desmoraliza y les impide pensar críticamente. El estado suprime todo derecho y condena a una existencia poco más que miserable, con riesgo de perder la vida o sufrir vejámenes espantosos, a aquellos que no demostrasen suficiente fidelidad y adhesión a la causa nacional. Para ello se organizan numerosas manifestaciones, donde se requiere la participación activa de los miembros, gritando las consignas favorables al partido, vociferando contra los supuestos traidores y dando rienda suelta al más desaforado fanatismo. Solo con fervor fanático se puede escapar a la omnipresente vigilancia de la policía del pensamiento.

“El sistema sale victorioso cuando consigue que amemos nuestra prisión”.
Frédéric Beigbeder

 

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