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El relato de ETA: Génesis (1)

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Joxan Rekondo

1. El último combate de ETA. Durante años, ETA respondía a una épica que consideraba posible el fracaso, pero no la cesión o el abandono. Se podía fracasar, nunca ceder. Ceder era desaparecer, y desaparecer implicaría ceder. Ahora, en el escenario más adverso que podría imaginar, ETA se ha disuelto. Y lo ha hecho a golpe de exigencia social e institucional, siendo obligada a asumir un tipo de final sin contrapartidas que jamás hubiera creído que fuera a producirse.

Tras la anunciada desaparición orgánica de ETA escenificada en Kanbo, parece que se quiere mantener viva e imborrable la marca que ha dejado en la historia reciente del país. En una entrevista publicada hace poco más de un mes, la última dirección de ETA asegura que “como referencia histórica, las siglas [de ETA] seguirán estando ahí. Seguirán como testigo de una larga fase del movimiento y el proceso de liberación” (GARA). ETA es más que una organización, añaden los entrevistados por GARA. Puede concluirse que el legado de ETA a la izquierda abertzale pretende evitar la cesión más dolorosa, la desaparición de sus atributos más emblemáticos, por cuanto puede significar la destrucción de su trayectoria histórica, depósito principal de la experiencia revolucionaria vasca.

Disuelta ETA, su último combate se prepara en el escenario del relato. Ciertamente, cada vez es más difícil encontrar, fuera del núcleo duro de la izquierda abertzale, a quienes defiendan a la organización en su ejecutoria completa, desde el inicio de su recorrido criminal (1968) hasta su reciente final. Pero, no faltan quienes sostienen que ETA sí representó en algún momento las aspiraciones de los vascos más consecuentes. La deslegitimación del terrorismo hará necesario que esas opiniones sean públicamente contrastadas. Pero, también habrá que analizar en qué medida la ETA criminal llegó como consecuencia de los marcos subjetivos y objetivos bajo los que se organizaron y movieron los impulsores de la ETA original.

2. Lecturas tendenciosas. Hay autores que identifican a la primera ETA con el espíritu activista con el que surgió el Organismo Nacional de Eusko Gaztedi (1956-1958), que también integró a los componentes del grupo Ekin, futuros promotores de la organización violenta. Es inevitable pensar que, cuando se hace referencia a ese antecedente, se pretenden dos cosas. Una, se quiere situar el comienzo de ETA en una línea de relevo generacional, fruto del mayor dinamismo y mejor preparación que una hornada de jóvenes creía tener y que no plantearía tensiones relevantes que fueran más allá de cuestionar los modos de liderazgo del PNV. Dos, se quiere presentar a ETA como una organización investida en su inicio de cierta legitimidad política, al destacar la buena conexión entre el Gobierno y los ‘jóvenes rebeldes’, lo que se manifestaría en el apoyo que los Servicios adscritos a la lehendakaritza prestaron al grupo Eusko Gaztedi del que después saldría el colectivo que creó la organización violenta.

Sin embargo, esta lectura de los hechos es tendenciosa. Por encima de todo, Agirre se volcó en mantener la Unión vasca en torno al Gobierno, objetivo que consideró imprescindible para la estrategia de resistencia y reconstrucción que sostenía en el interior, evitando siempre la violencia. Sobre esa base, que el Gobierno no hubiera respaldado la reorganización del Eusko Gaztedi de aquellos años sería completamente inconsecuente.

3. Neutralizar la violencia. En aquellos años, la juventud nacionalista vivía en un estado de inquietud y efervescencia. Preponderaba un ambiente de activismo. Pero, había sectores organizados que plantean perspectivas de cambio radical, chocando con la autoridad que, por experiencia y por su posición en las estructuras, reclamaban para sí los veteranos. Entre algunos jóvenes, ya se comenzaba a mentar la violencia como ‘factor decisivo’ para la lucha (Ekin, 1955).

En este contexto, el Organismo Nacional de Eusko Gaztedi fue la materialización de la idea de Unión vasca proclamada por Agirre en un ámbito juvenil nacionalista que amenazaba con dispersarse. La participación en la nueva estructura ofrecía a los que se integraran un cauce autónomo para la acción, aunque sus militantes se vinculaban al partido través de la aceptación de sus “normas fundamentales”.

El programa de trabajo de Eusko Gaztedi encajaba con las prioridades estratégicas que el Gobierno en el exilio había definido para el frente interior: formar al mayor número de jóvenes en la acción patriótica, y activarlos en la resistencia pacífica y en la reconstrucción del país a través de la movilización de la sociedad civil, neutralizando a la vez toda tentación de acudir a medios violentos. Durante un tiempo muy breve, las cosas funcionaron relativamente bien. Según el testimonio de Jon de Rekondo, representante de aquel organismo en el exterior, la nueva estructura operativa de Eusko Gaztedi pareció canalizar los movimientos de los más inquietos. Pero, la experiencia no tardó en frustrarse. Acaso, fue la última oportunidad que tuvimos para evitar la génesis de ETA (1959) y, unos años más tarde, la escalada violenta de la que fue coprotagonista.

4. Ekin. Cuando se trata de determinar las razones y la responsabilidad de aquel fracaso, se tiende a endosárselo a la torpeza de una dirigencia nacionalista recelosa y conservadora o al solapamiento de los Servicios del Gobierno vasco con la actividad que correspondería al Partido, y a las tensiones que enfrentaban a ambos desde tiempo atrás. Sin embargo, pocos conceden importancia al comportamiento desleal y conjurativo de los miembros de Ekin, factor que fue decisivo en el rápido deterioro de las relaciones de confianza de los representantes juveniles con los dirigentes del PNV en el interior.

En la siguiente entrega, podremos abundar en esta cuestión y en otras relacionadas con la evolución que sigue Ekin a partir de la ruptura de Eusko Gaztedi (1958).

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