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Auzogintza, lógica tradicional y convivencia moderna (2)

Joxan Rekondo

LA VECINDAD, COMUNIDAD DE DEBERES. En un ambiente social bajo el que se propende al individualismo, vemos que las integraciones vecinales se deterioran cada día. El proceso cultural que estamos viviendo lleva a una erosión de las relaciones sociales directas y a una renuncia a las responsabilidades ante lo común que compartimos. La tendencia a la privatización de la vida humana es inquietante.

Es una realidad de la que dan cuenta muchos analistas sociales, pertenecientes a un amplio espectro ideológico. Lipovetsky resalta el crepúsculo del deber, Barcellona achaca el debilitamiento de las relaciones comunitarias a las estrategias de derechos y Byung-Chul Han cree que necesitamos una forma de vida que sea capaz de producir dimensiones obligatorias y vinculantes. A partir de la etimología del término communitas, Roberto Esposito plantea que la comunidad es el “conjunto de personas a las que les une un deber o una deuda”.  De esta manera, cuando el lazo de la deuda pierde fuerza, la comunidad se va desvaneciendo.

No es muy conocido que Nikolas Ormaetxea, Orixe, realizó una traducción no literal de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la ONU en diciembre de 1948, a la lengua vasca. Orixe vertebró el Gizonaren Eskubidegaien Aitorkizuna a partir de la proclamación de deberes hacia las personas. Si bien las Naciones Unidas afirman, en el artículo tercero de la Declaración, que toda persona tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad, Orixe tradujo que a la persona “se le deben la vida, la libertad y la seguridad”.

La fórmula que Ormatexea utilizó en euskera es ‘zor zaio’ (“Zor zaio edozein gizoni, bizia, bere esku izatea eta segurantzia”; “Edozein gizoni, gizarteko atal danez, gizartetik datorren segurantzia zor zaio”). Manuel Irujo elogió esta transposición que “no es traducción del original, sino adaptación al espíritu, al genio civil, a la filosofía de la lengua vasca”. Sus críticos, curiosamente, le acusaron precisamente de operar de acuerdo con la mentalidad vasca, y no atenerse a un lenguaje universal que no admitiría someterse a una concepción rústica particularista (baserrikeria). Sin embargo, 48 años más tarde que Orixe (1998), la UNESCO creyó que, para hacer respetar de una forma efectiva los derechos humanos proclamados, era necesario promulgar una Declaración Universal de Responsabilidades y Deberes Humanos.

De acuerdo con la lógica tradicional vasca, el resurgimiento del deber (zorra) no estaría únicamente orientado hacia la persona individual. Forma parte de la relación (harremanhartu eta eman– recibir y dar) entre persona y comunidad, que se habría de practicar en las dos direcciones. A partir de la novedosa experiencia del ZerainLab, Ion Muñoa piensa que el sujeto individual también busca una inserción comunitaria, de la que se deducen unos compromisos hacia el grupo. La lógica que vertebraría esa inserción comunitaria es la de obligarse voluntariamente al servicio de la comunidad: “Herriari, auzoari, komunitateari norbanakoak zor dion logika”.

Es cierto que hay muchos que temen que no haya nada que hacer ante una deriva individualizante, y que la cooperación en torno al trabajo o la reciprocidad y cohesión vecinal no son posibles ante la tipología de demandas que surgen en torno a la ciudad moderna.

El movimiento cooperativista de Trabajo y Unión que tomó cuerpo alrededor de Arizmendiarrieta refutó lo primero, y significó un eslabón moderno que dio continuidad a la cadena que enlazaba con la cultura tradicional vasca. La norteamericana Jane Jacobs y otros mostraron, por su parte, que el meollo del problema, de cómo se favorece también en las grandes metrópolis la articulación de las relaciones vecinales y su vinculación con el barrio y la ciudad, puede ser resuelto con la ayuda de diversos factores, entre los que un planeamiento urbano que no contribuya a deshacer redes vecinales sanas no es el menos importante.

Volvamos de nuevo a plantear la contradicción cultural de nuestro tiempo. ¿Cómo se resuelve la contraposición entre persona individual y la comunidad para que pueda establecerse esa integración vinculante entre ambos y lograr el resurgir de la vecindad solidaria? La regla de oro es entender lo social en todos sus ámbitos como comunidades vertebradas en torno a la asunción libre y responsable de deberes que nos vinculan con los demás.

FRATERNIDAD SIN TUTELAS. Evocar la lógica tradicional no es pretender volver al pasado. Pero, las experiencias asociadas a esa lógica sí pueden inspirar preguntas y respuestas ante los problemas del presente y del futuro. En el primer artículo de esta serie hemos hablado de los vínculos de convivencia que dieron vida al Auzo, que supusieron una buena barrera ante la extensión tanto del poder público como del dominio privado, de cuyos abusos y arbitrariedades se querían proteger los pobladores de aquellos pequeños enclaves territoriales, desarrollando una auténtica fraternidad vecinal.

La solución de las necesidades sociales no dependía de hacer más grande la Administración. “El auzotasun, que es fruto espontáneo del deseo de quienes lo constituyen, se desenvuelve al margen, de la tutela de los organismos administrativos; pero es; sin duda, reflejo de la más antigua estructura social y política de Euskal-Erria”, subrayó Bonifacio de Echegaray. Dejemos claro, sin embargo, que nuestros antepasados tampoco querían tutelas dominicales. Se prefería una sociedad con densas y fraternales redes sociales que cargara consigo misma y con sus necesidades.

¿Es imposible resignificar las antiguas instituciones de ayuda mutua y cooperación para adaptarlas a las condiciones de la convivencia moderna? Las siguientes palabras de Arizmendiarrieta pueden ayudar a comprender el sentido proactivo que se exigiría para desarrollar hoy un auténtico proceso desarrollo humano: “Iñork emotekoari edo egindakoari begira dagona iñoren mende dago, naiz erri edo gizon soil”.

Como indica su etimología, la fraternidad se comienza a vivir desde la cercanía y la comunicación del hogar. Así, si no se practican las responsabilidades para con los demás desde la familia y la vecindad, es completamente imposible llegar al ideal de la fraternidad universal. Lo que sí puede pasar es lo contrario, incluso “que caiga la cosmovisión, pero cabe continuar experimentando la proximidad, la relación con los demás y el día a día”, como dice Josep Esquirol.

Aunque el repertorio tradicional de las redes tradicionales de cooperación es muy variado, podemos incluir a todas bajo la común denominación de instituciones de burujabetza (en la línea de Irala y los Bultzagileak), cultura del Auzolan (como la ha denominado Jasone Mitxeltorena) o también como cultura del comunal. Es cierto que la mayoría de las que hemos citado son instituciones sociales residuales y muy difíciles de rescatar en el formato que tuvieron en el pasado. No obstante, creemos que ninguna es desechable, que en todas hay elementos de sentido que permanecen vigentes y podrían inspirar procesos de innovación social, que pueden ser útiles para reforzar las relaciones sociales y el mutualismo en la vida cotidiana, y así poder zafarnos de las sinuosas formas que, en los tiempos modernos, están adquiriendo la dominación privada y pública.

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