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Auzogintza, Lógica tradicional y convivenia moderna (1)

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Joxan Rekondo

VÍNCULOS DE ASISTENCIA MUTUA EN EL AUZO

La Casa (el hogar) es el inicio, la base desde la que se edifica la arquitectura político-institucional y se teje la trama social de los territorios vascos. La Casa (Etxea y/o Sua) es taller o lugar de trabajo, refugio (morada) y templo (fuente de sentido). La integridad del sistema se sostiene desde abajo, desde las personas y el hogar, en la tensión entre la búsqueda y la inviabilidad de una total autosuficiencia que se resuelve hacia arriba, con la creación de vecindades y hermandades que las complementan de acuerdo con el principio de subsidiariedad.

De este modo, la vida social se desarrolla en un marco que parte de la espontaneidad social, reconocida por la costumbre y filtrada por la experiencia. La lógica de todo el sistema es doméstica, sin la que no se pueden entender los procesos sociales que, enraizados en ella, contribuyen a articular las diferentes esferas de convivencia. Las articulaciones convivenciales se extienden voluntariamente, de manera horizontal, pero también se van desplegando hacia arriba. De la Casa al auzo o a la cofradía, a las repúblicas o universidades, dando para recibir o recibiendo para dar (harreman: hartu eta eman), en un marco de reciprocidad e interdependencia. Finalmente, la Casa es la llave de acceso a los bienes, domésticos o comunales, de los que se protege su indivisibilidad porque se quiere mantener su naturaleza común.

La fortaleza de la vida vecinal, de sus formas diversas de cooperación, constituye una de las manifestaciones vivas del legado de la tradición histórica vasca. “La vecindad produce vínculos de asistencia mutua en beneficio particular de los asociados o de prestación a todas las familias enlazadas por aquel nexo en provecho común”, según concluye Bonifacio de Echegaray. Esta tradición se sostiene a partir de una filosofía participativa, encuadrada en un ethos centrado en la vida cotidiana, en la que lo primordial es la acción concreta desde la base, la protección recíproca, en una acción mutual o común cuya principal finalidad es responder juntos a necesidades concretas sin esperar a la implantación de un modelo que se puede presentar como perfecto, pero que, como perversa contrapartida, puede venir cerrado y tutelado por manos ajenas.

De esta manera, la dinámica de vecindad (auzokidetza) proveyó a lo largo de la historia de instituciones de gran valor social, de las que todos se responsabilizaban para que todos y cada uno se beneficiaran. La conceptualización del principio de subsidiariedad es muy posterior a la puesta en marcha de estas prácticas de cooperación mutualista y vecinal. Pero, expresa con claridad la cultura moral predominante. La vecindad cargaba consigo misma, y desplegando una energía social extraordinaria no necesitaba esperar a que un sujeto externo ejerciese sobre ella una función subsidiaria.

Tal y como hemos dicho, la Casa se proyecta hacia la vecindad. Subrayamos la preponderancia de una lógica social de carácter vecinal-territorial, que se impone a las relaciones de linaje o parentesco. El carácter predominante de la lógica vecinal ha hecho que, sobre cualquier otra circunstancia, prevaleciera el arraigo de las personas en su comunidad. “Urrutiko parientia baiño leenago da auzua”, es un aforismo que recoge Manuel Lekuona en Oiartzun. El ‘lehenago da auzoa’ hace referencia a la institución del ‘primer vecino’. Ya se ha dicho antes que la función del lehen auzo, a quien corresponde atender a las obligaciones más inmediatas con los miembros de la casa más próxima, es fundamental en el marco de este modelo convivencial. Este lazo es tan fuerte que permanece por encima de otras circunstancias que pueden afectar a la relación corriente entre vecinos. Es decir que es socialmente vinculante “a pesar de las disensiones, pleitos y riñas que puedan separar a quienes estén ligados por aquel vínculo”.

La vecindad (auzo) implicaba una vida social muy capaz y dinámica, en la que se recela de la solución individual o institucional-pública, y se buscaba resolver los problemas a través del compromiso comunitario. Por eso, el plebiscito cotidiano de la vida en común fue afianzando instituciones de integración social. Para no alargarnos, solo citaremos algunas de estas instituciones que se manifestaban como: prácticas de reciprocidad (las llamadas ordeak) entre vecinos, auxilio a casas necesitadas, préstamos materiales (lorrak), mutualidades para cubrir riesgos (incendios, enfermedades del ganado), cofradías profesionales o vecinales, … Incluso, en el ámbito penal, existía un mecanismo de policía comunal. Según Jesús de Galíndez, esta se formaba puntualmente, ante la detección de un delito in fraganti, y se organizaba a través de la institución del apellido.

Todas estas modalidades de acción social tienen un sustrato cooperativo común, en el que se manifiesta el carácter de libertad responsable o buru-jabetza. Es una libertad sin tutelas, pero también una libertad autoexigente que lleva a asumir compromisos voluntarios y conlleva una responsabilidad para cumplirlos plenamente. La mayoría de estas formas de cooperación serían, según Echegaray, “nacidas y prestadas libre de toda traba legal; esto es, sin sujeción a ordenamiento alguno escrito, ni a ningún molde impuesto por un régimen orgánico preestablecido; algo que se muestra como fruto de la propia voluntad de los que se comprometen a prestarse ayuda mutua en un círculo minúsculo, de un ámbito que no coincide con el que el municipio fija para marcar las fronteras de su actividad”.

Aunque forma parte de este elenco de actividades vecinales, merece la pena destacar la relevancia del Auzolan. Es una faena de naturaleza colectiva desplegada por todos los territorios vascos, conocida como auzolan, auzalan, aizalan, aizolan o aizelan.

El Auzolan significa vecindad solidaria, que comporta una obligación social de realizar prestaciones de las que se derivan un beneficio común. Es la herramienta colectiva más potente para la práctica del principio de subsidiariedad. Está claro que esta ‘hermandad sin par’, como la denomina Juan Inazio Iztueta, únicamente puede funcionar vinculada a una comunidad vigorosa, consciente de sí y de sus obligaciones para sí, que se auto-organiza en clave de vecindad solidaria sin esperar a una solución desde fuera, impuesta o paternalista. Este carácter social del Auzolan no ahoga a las personas. Es una institución de carácter comunitarista, pero de finalidad personalista. A ella contribuyen las personas y con ella se busca asistir a las personas.

Es imposible afianzar una comunidad sin comunicación entre los que la componen, de ahí que una de las tareas que aparece singularmente asociada al Auzolan sea precisamente la construcción y mantenimiento de las vías de transporte y comunicación, a la que se añaden elementos dotacionales (escuelas, ermitas, caleros, …) propios de la comunidad.

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