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Gizabidea (y 5): Avanzar mirando hacia atrás

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Imanol Arrizabalaga/Pello Costa Orixe taldearen izenean

Con este artículo cerramos la serie dedicada a la reflexión que nos ha producido la lectura de la tesis de Pedro Uriarte, Psicosociología de los vizcaínos a través de la historia. A lo largo de la misma, hemos tratado de dar respuesta a las preguntas que nos ha abierto el análisis de la obra. Los cinco artículos del ciclo llevan el título común de Gizabidea, bajo el que hemos intentado aproximarnos al contenido de la idiosincrasia tradicional vasca. Además, hemos pretendido rastrear en ellos la huella de la cultura histórica vasca que hoy está más o menos visible, con el objeto de ponderar su utilidad para el presente y el futuro.

CULTURA E IDENTIDAD. En este conjunto de artículos hemos hablado de cultura. Y hemos dejado claro que nos interesa la cultura entendida como un proceso social dotado de sentido que ha surgido a partir de la interacción entre personas, y de éstas con el entorno en el que se desenvuelven. Un proceso social interpretado por seres humanos, consistente en la conjugación dialéctica de preguntas y respuestas (Pako Garmendia), de la que pueden devenir continuidades y cambios. En el quinto tomo de la colección Euskaldunak de la editorial ETOR, Garmendia resume esa tesis de la siguiente manera: “el sujeto humano (paciente activo de la historia) adquiere conciencia refleja de tal con el ejercicio consciente de preguntar… y responder”.

Indudablemente, hay interrogantes comunes que han estado y están presentes a lo largo de la historia humana. El mismo Garmendia decía que podrían reducirse a tres las cuestiones que conformarían la estructura básica de nuestro sentido de vida: de qué vamos a vivir, para qué vamos a vivir y cómo queremos convivir. Son éstas las que nos han interesado. Puesto que con las respuestas que a lo largo de la historia hemos dado a esas tres cuestiones (y a sus múltiples derivadas) hemos ido configurando nuestro gizabidea como identidad individual-grupal, y lo hemos ido adaptando dinámicamente a las cambiantes circunstancias históricas.

Aunque esas tres demandas siguen siendo determinantes para el desarrollo de la vida humana en las sociedades modernas, el conocimiento de la experiencia histórica no nos lleva a querer reproducirla miméticamente. Sin embargo, renunciar a trasmitirla supondría negar a las nuevas generaciones perspectivas que pueden ser perfectamente válidas para que diseñen un futuro que sea más valioso que el presente. En este sentido, es muy ilustrativa la analogía que propuso Jorge Oteiza: “El que avanza creando algo nuevo lo hace como un remero mirando hacia atrás, hacia el pasado, hacia lo existente para poder reinventar sus claves“.

CONVERGENCIAS VIABLES. En esta última parte de la serie Gizabidea, procuraremos sintetizar los contenidos más relevantes de las cuatro anteriores. En aquellos nos acercábamos a los ámbitos estructurantes de la vida social moderna (el institucional-público, el cívico-social y el socioeconómico), que son en los que se desarrolla la dialéctica de preguntas/demandas y respuestas/satisfacciones que, siguiendo la propuesta de Garmendia, configuran la dinámica cultural.

En la sociedad vasca moderna se reconoce, sin duda, una heterogeneidad interna, con corrientes y tradiciones que se mueven en distintas direcciones, lo que no debería ser obstáculo para lograr ‘convergencias viables’ que podrían convertirse en valores comunales. Tal y como postularía Arizmendiarrieta, el despliegue de una rivalidad sana entre ellas, lejos de ser explosivo, podría ser “caudal aprovechable [para] servir intereses comunes universales en el tiempo y en el espacio”.

Que Arizmendiarrieta y su legado sean, precisamente, una de las imágenes más visibles de la cultura tradicional que ha triunfado en la actualidad, otorga plena credibilidad a nuestro planteamiento. Por lo tanto, se puede concluir que el estudio de la experiencia histórica vasca merece la pena.  Y que de la recuperación de su sustancia más destacable podría derivarse la mejor contribución a la materialización actual de aquellas ‘convergencias viables’.

LA BUENA GOBERNANZA EN EL ÁMBITO INSTITUCIONAL-PÚBLICO. En el artículo dedicado a este tema señalábamos el alejamiento progresivo entre instituciones públicas y sociedad. En lo que a Euskadi se refiere, aludíamos a la demanda de un nuevo estatus político y al esfuerzo por la implantación de fórmulas de buen gobierno.

En este apartado, en cuanto alcanza hacia fuera a la relación administración-sociedad, subrayábamos la referencialidad del Eskubide historikoa, que implica una concepción más dúctil que la del rígido, jerárquico y uniformizador derecho indoeuropeo-latino-jacobino. Esa referencia explícita en los ordenamientos vascos, legitima la vigencia de los instrumentos que contiene, que buscan poner freno al poder central. Estos instrumentos son el pacto y el pase forales, para cuyo ejercicio se requiere una sociedad activa altamente motivada, y unas instituciones resilientes.

Y hacia dentro, el sistema institucional asociado al Eskubide historikoa está organizado para impedir el abuso del poder público, con un reparto de poder de signo federativo. Creemos que las nuevas fórmulas de buena gobernanza que se están queriendo implantar siguen en esa línea de poner coto a la inclinación de poder hacia la verticalidad, buscando recuperar la idea tradicional del agintaritza.

Hay numerosos estudios que parangonan estas técnicas modernas de governance con las que regían en las comunidades tradicionales, en las que se buscaba proteger a las personas y su modo de vida frente a la administración. Por ejemplo, podemos citar a Juan Cruz Allí, para el que “estos logros recientes [de la gobernanza] estaban ya vigentes, en la dimensión de una pequeña comunidad, en el régimen de la vecindad del Valle de Roncal”. Debiéramos significar de nuevo que la buena gobernanza exige una sociedad activa que valore sus instituciones públicas como instancias que pertenecen a su patrimonio comunal.

REDES DE COMPROMISO CÍVICO-SOCIAL. Hemos destacado la trabazón del tejido tradicional vasco, cuyos nodos conceptuales principales son: la idea de libertad asociada al cumplimiento de deberes (buru-jabetza), la igualdad civil (aiton-semetza), la fraternidad comunitaria (vecindad), y la responsabilidad ante el futuro (etxaguntza).

Hemos constatado además que la fortaleza de la vida vecinal, con sus formas de cooperación articuladas en torno a la idea dominante del trabajo (auzolan, …), constituye uno de los exponentes principales del legado tradicional vasco. La casa y la vecindad son los reguladores principales de esta cultura. La antropología muestra que esta lógica no es parental, sino territorial. Las relaciones sociales, basadas en compromisos recíprocos, se establecen a partir del primer vecino (lehen auzo). Desde ahí se establecen redes de gran densidad participativa, cuya vitalidad procede de la fidelidad a los vínculos de proximidad.

Estos sedimentos de tradición que seguimos conservando son cada vez más apreciados por la sociología moderna. Para el vasco Imanol Zubero, son “prácticas ancestrales al servicio del futuro”. Y para el catalán Joan Subirats, el auzolan es una tradición organizativa que no puede perderse porque una sociedad que cuida sus estructuras de reciprocidad y de solidaridad, es una sociedad mejor preparada para el futuro. El norteamericano Robert Putnam llama ‘redes de compromiso cívico’ a estas costumbres de carácter comunitario, y resalta que crean un clima de confianza social recíproca, y salvaguardan el orden normativo.

LA EMPRESA COMO BIEN COMUNAL. Por lo que hemos visto hasta ahora, las preocupaciones tradicionales de los vascos no eran muy diferentes de las que son en la actualidad. Se quería tener confianza en la política pública, a la que se exigía que estuviese dirigida hacia las personas (“Erria jendearentzat, eta ez jendea erriarentzat”, Mokoroa –55.233). Pero, se confiaba más en las capacidades de la vecindad organizada, y se fomentaba lo social común en el ámbito que hoy llamaríamos cívico, de modo que sirviera a la vez para impedir la tentación de abusar del poder público y del dominio privado.

Hemos hablado también del predominio de lo social común sobre la idea de propiedad, en el disfrute de los bienes necesarios para vivir. Recordemos que los comunales vasco-navarros eran recursos definidos y regidos por su finalidad al servicio de la comunidad y de sus integrantes presentes y futuros, finalidad a la que estaba subordinado el régimen de propiedad. “Propietate pribatuaren ordez, besteekiko dagoen erantzukizuna eta zuzeneko lana agertzen dira ondasunekiko eskubideen oinarrian”, según Patxi Juaristi.

Ahora bien, puede parecer increíble que esta costumbre pueda transponerse a la realidad actual. En el mundo en el que vivimos parece imposible sobreponerse a la trampa de la propiedad y de su abuso. Además, ¿en qué medida es posible mantener hoy una filosofía que en realidad corresponde a una cultura rural?

En este ámbito, tenemos la gran ventaja de contar con la realidad cooperativa, en la que se respira “la huella de la ancestral cultura milenaria de los vascos” (Joseba Azkarraga Etxagibel). “Euskal Herrian mugimendu kooperatibista hain indartsua izatea mundo ikuskera horren adierazle eta ondorio dela uste dut”, abunda Jon Sarasua en el epílogo al excelente libro de Patxi Juaristi Euskaldunak eta Ondasunak.  La imagen más representativa de esta experiencia ha sido José María Arizmendiarrieta, que ha abierto el camino a la transposición de esta filosofía rural relacionada con los bienes económicos a la realidad cooperativista moderna.

La experiencia cooperativa nos muestra a una empresa inserta en su ecosistema humano, al modo en que la Etxea integraba su Lantegia.  La cultura del comunal ancestral no tiene por qué encerrarse en el espacio cooperativo. Es una cultura que ya se manifiesta en otras modalidades de empresa vasca, que no pertenecen al ámbito de Mondragón. Hay empresas participadas, abiertas a comprometerse con su territorio y con sus personas, sean éstas del presente o estén aún por nacer. De generalizarse esta filosofía que algunos menosprecian como rural, nuestro patrimonio comunal empresarial sería la mejor garantía de nuestra propia continuidad como pueblo.

ANTIGUOS Y MODERNOS. “Si nos quedamos con lo antiguo, ¿no acabaremos siendo anticuados?”, se preguntaba Pedro Uriarte al inicio de su obra. Apelaba al desafío al que nos llaman nuestros antepasados: cómo lograr que, sin dejar de ser un pueblo antiguo, consigamos ser “siempre un pueblo moderno”.

Si así ocurriera, se haría efectivo el buen augurio que el lingüista Hugo Schuchardt nos dirigió a los vascos en el Congreso de Estudios Vascos de Gernika de 1922: “Los vascos sois antiguos, pero no sois viejos… Os saludo como se saluda a la aurora”.

 

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