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De la filosofía a la realidad electoral

Gabriel M. Otalora

Al ningunear la filosofía del currículo escolar a causa de las carencias educativas del ministro Wert, el PP se ha cargado también la filosofía política, es decir, la que se ocupa de cuestiones tales como la justicia, los derechos y deberes de los ciudadanos, las leyes y cómo se promulgan las mismas. Y por supuesto, los objetivos de protección social y derechos subjetivos que se deben cumplir, entre otras cosas. Son todas cuestiones a la postre prácticas que pretenden establecer cómo debería ser la sociedad de acuerdo al mejor modelo posible. Del mismo modo que la ética se ocupa de justificar qué conductas son correctas y cuáles no lo son, la filosofía política se ocupa de valorar las diferentes formas políticas, estableciendo cuales son justas y cuáles no: filosofía práctica, que se ocupa no de cómo es la realidad sino de cómo debería ser, esto es, se ocupa de los valores.

Y los valores están ligados a la libertad. Si arrinconamos los valores como conductas aceptadas socialmente  para la convivencia, estamos hiriendo de muerte a la libertad verdadera, la que está indisociablemente unida a la responsabilidad. Les ocurrió a los judíos que salieron alborozados de la esclavitud de Egipto hacia la Tierra prometida, que pronto añoraron lo bien que se vivía sin responsabilidades en el antiguo Egipto. José Antonio Marina señala algo parecido en uno de sus libros cuando relata que los esclavos de Nepomuceno Cárdenas no querían la manumisión, precisamente para no tener que enfrentarse a su libertad. Pero quizá el mejor relato es uno de Fedor Dostoievsky, El gran inquisidor, insertado en su novela Los hermanos Karamazov. Allí plasma con maestría la defensa de la felicidad de borrego que hace el gran inquisidor, es decir, la de una sociedad justa por la fuerza, domesticada a base de comida, tranquilidad y techo, que, a la postre, fue la idea-chispa que provocó los totalitarismos del siglo XX. Como si la existencia del mal fuese debida al exceso de libertad.

Ya estamos en campaña electoral y todos venden lo que pueden. Otra cosa es el mercado de la realidad, revuelto entre mentiras pilladas, corrupciones, decepciones o proyectos novedosos bajo sospecha. Se vende trabajo, viviendas sociales, derechos, panaceas… Pero también es la hora de rendir cuentas de lo realizado. Y en esto, algunos como Rajoy solo pueden echar mano de la estolidez y el cinismo. No es el suyo un problema de filosofía política práctica sino de imprudencia temeraria que le hace seguir diciendo eso de que su partido, el Partido Popular, es el paladín de la verdadera libertad. Rajoy y sus conmilitones se parecen cada vez más a aquél fracasado que para mitigar su desgracia comentaba entre los suyos: la suerte me persigue pero yo soy más rápido.

Resulta que arrinconan a la filosofía como asignatura y reducen la ética a una “maría” para potenciar las materias técnicas, y mira por donde, España se encuentra a la cola de la innovación tecnológica, acumulando recortes, lejos del objetivo del 3% en I+D fijado por la Unión Europea para el 2020. De entre los países de capacidad de innovación media, España, junto con Hungría, es el país con menor Inversión en I+D como porcentaje del PIB. La CAV -sobre todo- y Navarra se situarían en el grupo de cabeza a nivel del Estado y en la zona media internacional. La diferencia es que en Euskadi, la CAV es líder en la estrategia de desarrollo social evidenciando la influencia de la filosofía política sobre la realidad, a base de gestión con “solidaridad moral e intelectual”, como establece la UNESCO. Mientras que en Navarra, la gestión ha sido desastrosa en temas clave como la pérdida de la CAN, Osasuna, Navarra Arena, el servicio sanitario o el ninguneo al euskera. Y todo esto es algo que debe recordarse antes de votar dada la repercusión directa que tiene sobre nuestra libertad y la solidaridad del bienestar en el futuro inmediato.

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