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Mediación internacional y paz vasca

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Joxan Rekondo

Bajo el apremio de los problemas económicos, la cuestión de ETA ha pasado a segundo plano. Que el cese de la violencia haya sido metabolizado tan rápidamente por el cuerpo social vasco supone una seria contrariedad para el diseño estratégico de la izquierda abertzale.  Sin activación social peligraría su ruta de resolución del conflicto. No únicamente porque está en juego el futuro de los presos, factor humano al que un importante sector de ese movimiento político es muy sensible. Sobre todo, porque el MLNV espera beneficiarse de su apropiación de la resolución del conflicto, concebida como palanca para acceder a una posición fáctica de dominio de su proyecto político frente a los demás.

La izquierda abertzale se plantea, en los documentos constitutivos de su nueva estrategia (Zutik Euskal Herria y Bateragune), que “podemos sacar provecho a la sensibilidad internacional para resolver el problema político”. De ahí que se proponga, con el mismo valor que otorga a la búsqueda de un vuelco en la relación vasca de fuerzas, instrumentar a su favor ese apoyo internacional. Es decir, la participación internacional en la paz vasca no tendría un valor por sí misma, sino en la medida en que estos participantes se situaran en los parámetros de un proceso que pueda ser conducido por el MLNV.

Tras las elecciones vascas, visto que el vuelco en la correlación de fuerzas no se ha producido, cabe pensar que la izquierda abertzale confía, para reactivar su proceso,  en la gente más implicada de aquella nómina de personalidades internacionales que se reunieron en Aiete o que se desenvuelven en el GIC y en el CIV. Powell, Currin y Manikkalingam coinciden estos días en Euskadi. No es casual. Su presencia buscaba una gestión a concretarse en la reunión de hoy en Aiete.

Pero, a medida que los partidos convocados han ido descolgándose o subestimando el sentido de volver a reunirse en el palacio donostiarra, se ha ido también atenuando el carácter y el objetivo perseguido por los organizadores. Lo cierto es que nadie rechaza la ayuda internacional. A los movimientos de Powell, Currin y compañía se le reprochan, sin embargo, dos cosas. Una, que sus movimientos sean manejados para el interés partidista del MLNV. Dos, que se anticipen a la constitución de las nuevas instituciones vascas, que son las titulares de la iniciativa para la resolución de los conflictos políticos de su jurisdicción, por delegación directa del pueblo vasco.

Además, hay más cosas. De la declaración de Aiete, a la izquierda abertzale le interesa sobre todo que le sirva de podio para su propio protagonismo y menos que sea una propuesta abierta a otras, con las que necesitaría complementarse para poder rematar una sana convivencia democrática. Por mucho que se repita que es esta declaración, cerrada en sí misma, la única vía hacia la paz, la realidad es que Aiete es incumplible a partir de una interpretación rígida de la literalidad del texto. Puede valer, eso sí, como coartada y palanca de más conflicto, que no deja de ser peligroso aunque se desenvuelva en términos de enfrentamiento civil.

Conviene, por eso, entender la declaración de Aiete como un texto dúctil, como una propuesta sujeta a nuevas aportaciones, ampliaciones o correcciones, con vocación incluso de ser suplida por otra referencia que pueda cobijar a cuantos están dentro y todos los que hoy están fuera. De ahí que lo sensato sea transferir ese debate al Parlamento Vasco, tal y como pretenden la mayoría de los partidos vascos. Porque, frente al déficit democrático de Aiete, ahí (en el Parlamento) están (y estamos) todos, cada cual con su peso específico en votos ciudadanos. Esto, por añadidura, podría facilitar la integración de aquella conferencia internacional con las distintas iniciativas (Ponencias de Paz y de Víctimas, Instituto de la Memoria,…) que se han puesto en marcha en los últimos años en una sola ruta, que dependería de una institución popular, democráticamente avalada por las urnas.

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