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El NeoAbsolutismo y sus apologistas (I)

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Iñigo Lizari, Ion Gaztañaga

Las paradojas políticas que asolan nuestro tiempo tienen hondas raíces, y el legado de los mitos europeos son parte del problema con el que muchas veces nos enfrentamos en el ámbito del nacionalismo. En este sentido, pocos reconocerán que la estructura política y mental surgida tras la revolución francesa nos dejó un legado: se dotó por igual a los individuos de una autonomía privada, pero se les privó por igual a los individuos de toda autonomía pública o política. Y con ella no se produjo el fin del absolutismo, sino su modernización y perfeccionamiento.

Este absolutismo de nuevo cuño, ha moldeado nuestros esquemas mentales de tal forma que se nos hace dificil observar que estos esquemas mentales fueron el germen de las ideologías totalitarias que justificaban del uso del terror para la consecución de objetivos supuestamente loables. El absolutismo moderno despersonalizó el poder que encarnaba el “soberano” y sustituyó su figura por un concepto abstracto, el de la “Soberanía Nacional”, un concepto alienante de la soberanía que al predeterminar la extensión geográfica de la “nación soberana” arbitrariamente, priva al individuo de su capacidad de decisión subordinándolo dogmáticamente al “cuerpo nacional”, olvidando que la autodeterminación, la libertad solidaria, comienza por la propia persona.

Así, la soberanía nacional se concebirá como “una, indivisible e inalienable”, esquema que reconocemos en los actuales esquemas mentales franco-españoles y también en los movimientos revolucionarios “de liberación nacionales”. A la hora de sustituir a los reyes, quedaban pues, absolutizadas la Nación y su Demos preconstituido, precisamente por los territorios unidos por las espadas, casamientos y experimentos genéticos de los sustituídos. El Estado francés, el Estado español, productos de los avatares e intrigas reales, son elegidos como marco para la creación de “naciones soberanas”.

Ya nunca se podría refutar su legitimidad, ya no se someterá a la verificación ni su propia existencia ni la libre voluntad de la generación de esa Demos, habían heredado también la sacralidad de los monarcas. En adelante, los delitos antiguos de “lesa majestad”, pasaban a ser “delitos de lesa patria” cuando se cuestiona esta “soberanía nacional”. Con buena razón señalaba Jacques Maritain que “Los dos conceptos, soberanía y absolutismo, fueron forjados juntos sobre el mismo yunque. Los dos deben ser pulverizados juntos.”

Es importante saber conceptualizar el absolutismo. Si se preguntase por lo opuesto al socialismo y a un régimen comunista, más de uno contestaría diciendo que es el capitalismo. Sin embargo China es el vivo ejemplo de la no oposición de un concepto al otro, sino del desarrollo de las fuerzas productivas mediante el capitalismo con la firme dirección del PCCH. De la misma forma, si preguntasemos por lo contrario al absolutismo, más de uno contestaría diciendo que es la democracia, y una vez nos volveríamos a equivocar. Francia es el vivo ejemplo de un Estado que aún conserva el vestigio del absolutismo siendo al mismo tiempo un estado republicano moderno y democrático.

En los Estados en donde no se ha perdido el vestigio del absolutismo moderno se dan auténticos ejemplos de democracia formal, siendo elegidos por la regla de la mayoría muchos de los miembros que va a ejercitar el poder. En estas democracias formales la “Soberanía Nacional” se residencia en un Centro, como por ejemplo una “Asamblea Nacional”. Sólo esta asamblea dispone de la “Soberanía” y el resto de la Asambleas, sean locales o sean regionales, solo se les reconoce “Autonomía“. Se habla por lo tanto, de “Autonomía local” y de “Autonomía regional”, nunca de “Soberanía local” y de “Soberanía regional”. El poder de los entes locales y regionales es un poder derivado del poder central absoluto y sagrado, y el flujo de este poder solo se produce en sentido descendente (top-down).

Los NeoAbsolutistas, que en este País se les podría calificar de “neoafrancesados”, se nos han prodigado los últimos años en la defensa y apología de unos conceptos a los que confieren un valor absoluto, como “Ciudadanía” y “Constitucionalismo”, cuando, lejos de ello, si algo tiene esos conceptos es carácter relativo. Puesto que no existen “una” ciudadanía, existen “múltiples” ciudadanías, pues no es lo mismo una ciudadanía estadounidense que una cubana en libertades políticas y económicas, de igual manera ni es lo mismo una ciudadanía noruega de una ciudadanía española en derechos sociales. Otro tanto cabe decir del “Constitucionalismo”. Constitucionalista podría ser quien defiende la democracia en Canada, la teocracia en Irán, y el Comunismo en China, y los inmensos poderes del Rey en Marruecos, ¿o es que Marruecos, Irán y China no tienen Constitución?. Pasa lo mismo con la “Ilustración”. No es lo mismo la ilustración escocesa que la ilustración francesa, y existe además el “despotismo ilustrado”. Sin olvidar la existencia de una ilustración vasca que no es de salón sino que está comprometida con el país desde la praxis política y académica democrática.

Estos apologistas del NeoAbsolutismo dicen defender una sociedad de individuos “libres e iguales”. Hay que negarles la mayor. Un Estado que crea comunidades hegemónicas sobre otras comunidades a las que se impone leyes, lengua, costumbres y hasta el imaginario (España, una grande y libre, Euskal Herria reunificada, socialista y euskaldun), no es un Estado que haga a los individuos más iguales. Lejos de ello, genera entre sus individuos una terrible desigualdad, ya que a los individuos de las comunidades hegemónicas se les permite reconocerse en su identidad tanto en el ámbito privado como en el público (incluso más allá de las fronteras naturales de su comunidad), mientras que a los dominados o no hegemónicos se les condena a poder reconocerse sólo en lo privado (dentro incluso de las fronteras de su comunidad natural) y teniendo cada vez más dificultades como consecuencia de la carencia de unos medios públicos.

Frente a la situación en la que han dejado a sus individuos los Estados que en su imaginario se consideran herederos de la Revolución Francesa, el hito de la Revolución Norteamérica fue la afirmación del derecho de los individuos a disponer de esa soberanía en lo público y político para asociarse libremente. El poder aquí fluyó siempre de abajo a arriba (bottom up), siendo el poder de cada Commonwealth el constituyente del Confederal primero y del Federal después. Produce sonrojo leer declaraciones que califican la arquitectura autonómica del Estado español de “cuasi-federal”, cuando observando las bases de la misma no podemos sino calificar de absolutismo descentralizado una estructura a la cual le aterra el mero hecho de que existan atisbos que pudieran poner en cuestión la “soberanía nacional” del ámbito geográfico forjado por los Austrias primero y los Borbones después.

Frente a los imitadores neoabsolutistas vascos que también tenemos, es evidente que el legado tradicional vasco está mucho más cerca de la CommonWealth que de la soberanía nacional. Por eso es importante liberar de neoabsolutismo la construcción de la patria vasca, la aberrigintza, y oponer a esta vía la línea del de un patriotismo foral como nuestro patriotismo constitucional. Retomar la línea de confederalismo de raíz local, esa línea que los absolutistas del siglo XVIII no dejaron que se modernizara a la era industrial, cuando su potencial democrático era sin duda muy superior. Entonces nos dijeron que nuestra forma de autoorganización política secular era un “privilegio” que había que abolir, que no era posible la existencia de un Estado con varias constituciones (¡crimen de lesa patria!), y ahora nos lo repiten cuando se habla de los Derechos Históricos, olvidando que estos en realidad no son otra cosa que el derecho a autogobernarse conforme corresponde a nuestras Constituciones Históricas. ¿No será que los neoabsolutistas en el fondo creen que la libertad para autogobernarse es un privilegio y no un derecho básico?

Estos mismos Neoabsolutistas para los que la revolución norteamericana no resulta más una variedad exótica y paralela de la revolución francesa, olvidan que la revolución norteaméricana nace con los 150 años de ventaja que les otorga la revolución inglesa que con Cronwell a la cabeza dio lugar la Commonwealth of England allá por 1650 y que transformarían Inglaterra de tal forma que nunca más volvería a sucumbir a las tentaciones del absolutismo. Así las cosas, cuando John Adams y los suyos constituyeron en 1780 la Commonwealth de Massachusetts, estos habían podido escoger ser más libres como ciudadanos americanos porque ya conocían la libertad como súbditos ingleses. Con la libertad se puede soñar, pero sólo se la conoce cuando se ha vivido en ella, sólo entonces cabe desarrollarla y delimitarla con acierto. Esta fue seguramente la convicción que inspiró a Adams en sus discusiones sobre las formas de gobierno que mantuvo con el fránces Turgot, cuyos reparos a un estado compuesto no unitario los atribuía Adams a que Turgot nunca había vivido un verdadero estado de libertad. De lo cabe deducir que para este importante observador, al calificar a Bizkaia como república democrática en un entorno asfixiado del absolutismo, los vascos conocían la libertad porque llevaba siglos viviendo en ella.

Mientras la Constitución Massachusetts y la de los Estados Unidos de América llevan más de dos siglos de vigencia ininterrumpida, no hay más que recordar que Francia desde aquella revolución, ha tenido a tres Napoleones y a cinco Repúblicas, además de la Comuna de París, demostrando el grado de inmadurez política popular que ha tenido. Aquellos que se pasan el día acusando a otros que consideran nacionalistas de inventarse no se qué relato, habría que recordarles que ellos han construido un mito sobre algo tan monstruoso como los sueños de la razón, el mito de la Revolución Francesa con el que nos quieren convecer que explica todo lo bueno que tenemos en Europa. Son los apologistas de las teorías puras en la política, aquellos a los que Alexis de Tocqueville les dedicó su particular desenmascaramiento. Es hora de que nosotros sigamos su ejemplo.

“Cada pasión pública se disfrazó así de filosofía; los escritores, arrogándose la dirección de la opinión pública, se vieron por un momento ocupando el lugar que de ordinario ocupan los jefes de partido en los países libres. Cuando se estudia la historia de nuestra revolución, se ve que fue llevada precisamente con el mismo espíritu que inspiró tantos libros abstractos sobre el gobierno. Destaca en ella la misma afición a las teorías generales, a los sistemas completos de legislación y a la exacta simetría en las leyes; el mismo desprecio por los hechos existentes; la misma confianza en la teoría; el mismo afán de originalidad, ingenio y novedad en las instituciones; el mismo deseo de rehacer de una vez toda la organización estatal conforme a las reglas de la lógica y según un plan único, en lugar de tratar de corregirla por partes. ¡Terrible espectáculo!”

Alexis de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución, Libro tercero, capítulo I

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