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El proyecto social de Agirre, de la trinchera al exilio

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Miguel Ángel Aramburu

Mañana se cumplen 75 años de la investidura de José Antonio Agirre como lehendakari. El pasado año se celebró el cincuentenario de la muerte y, con motivo de este acontecimiento, Aberriberri glosó sus textos más relevantes en 28 entradas que son de obligada lectura si se quiere acceder, de manera resumida, a un digno conocimiento de su figura, de su pensamiento y de sus hechos.

[LA: “De la fábrica a la trinchera, de la trinchera al exilio, mis convicciones han sido siempre las mismas”].  Cuando se rememora al lehendakari Agirre -y de su ejemplo se pretenden extraer enseñanzas válidas para recrear el nacionalismo del siglo XXI- se habla mucho de municipalismo, de su liderazgo incluyente y de europeísmo, y poco o menos de su proyecto social.

Pero, todos ellos son aspectos que forman parte de una reflexión y conducta que, aunque se exprese en circunstancias diversas, mantiene siempre su dimensión integral. Una dimensión que se centra en la persona y su desempeño en la sociedad. Lo político en Agirre (ya sea local, nacional o europeo) es siempre social e incluyente. Y desde lo político, para el lehendakari, cabría abordar las tres grandes cuestiones que, entonces y todavía hoy, tiene planteadas la humanidad, referentes a la persona, a lo social y a la libertad de los pueblos.

El sistema político, para él, debe buscar la libertad y la prosperidad de las personas, debe actuar de acuerdo con la voluntad popular y maximizar la justicia social distributiva para que todos puedan participar de los bienes producidos. La sociedad política (el pueblo vasco), por su parte, no debe apartar a nadie. El sueño más acariciado del lehendakari es extender la idea vasca, que es patrimonio de todos, a las masas sociales.

[LA: Quienes lo desconozcan, sobre todo en Euzkadi, o entorpezcan la necesaria armonía y compenetración entre lo nacional y lo social que el futuro imperiosamente exige en el pueblo vasco, trabajan por su propio exterminio]. Agirre creía en la reforma social porque a ello le animaba su espíritu cristiano. Pero, su extraordinaria visión le llevaba a advertir la gran oportunidad para un proyecto reformista y de avance social ante las grandes transformaciones que, en su época, sobrevenían en el ámbito de lo social y económico. De ahí que su nacionalismo implique lo social y su gobierno priorice el avance social.

Este hombre percibía una lucha gigantesca entre la concepción capitalista aferrada al abuso y al privilegio y un ampliamente extendido sentido de justicia social. Muchos, aferrados al interés de mantener una situación injusta, identificaban a este clamor por un orden más justo con el comunismo, con la única intención de deslegitimar todo cambio social. Frente a esa aviesa pretensión, que se usó para impedir el avance social, Agirre reconoce que este avance sólo se produce cuando se lucha por una mayor justicia distributiva. En todo caso, el lehendakari cree que el marxismo es incompatible –debido a su materialismo histórico y la dictadura que impone- con la concepción social y cristiana que defiende y prevé que esta doctrina acabará fracasando.

[LA: La democracia no encontró soluciones, en el aspecto social, porque no quiso, o porque el egoísmo, acaparando la dirección política, lo impidió]. José Antonio Agirre refuta la idea de que las democracias hayan de estar asociadas a aquella concepción de abuso y privilegio. Para él, que los regímenes democráticos reconozcan la libertad es una ventaja. Y, además la democracia no presupone un obstáculo económico para el desarrollo de una economía justa. Postula que habría que manejar el sobrante –“superfluo”- de las fortunas privadas en la actual sociedad capitalista para afrontar la indigencia.

El régimen social que concibe se funda en el reconocimiento de la libertad y la dignidad de las personas. Éstas aportan trabajo, capital y conocimiento. En reciprocidad, todas las personas tendrían derecho a participar en los bienes sociales. Agirre y su equipo del PNV pensaban que la autonomía política podría suponer la mejor ocasión para construir un sistema social original y práctico para los vascos. Original, porque veían que, para implantarlo, había buenas bases en nuestra rica tradición histórica y el viejo espíritu de nuestras leyes. Práctico, porque, en un mundo que se atraviesa en horas, llevar a efecto experiencias positivas que hubieran tenido éxito en otros lugares sólo es un problema de organización.

[LA: El Pueblo Vasco ha creado un nuevo tipo humano que tendrá repercusión]. Aparte de las consecuencias concretas que tuvo esta iniciativa reformadora en la sociedad vasca de entonces, la aportación a la filosofía política contemporánea es excelente. A partir de la tradición vasca de igualdad social, se habría realizado un ensayo ejemplar en el que habían participado, de común acuerdo, un cristianismo democrático, un socialismo humanista y un liberalismo fundado en principios democráticos. De hecho, Agirre atestigua que en las reuniones del Gobierno Vasco nunca discreparon en lo referente a cuestiones prácticas sociales.

Todo lo que hace un gobierno corresponde al ámbito de lo social. Pero, el primer Gobierno Vasco quiso, especialmente, garantizar el trabajo, atender a las necesidades populares con la implantación de un salario progresivo en relación con el tamaño de la familia y establecer la participación efectiva de los trabajadores en los beneficios productivos, mediante su acceso al capital, a los beneficios y a la coadministración de las empresas.

Para tener éxito, el impulso reformista de este gobierno plural había de ser cooperativo, y no estatista ni corporativo; es decir, debía intentar una reforma desde abajo, con la participación directa de los afectados, desde el máximo respeto a su libertad y dignidad como personas. La guerra impidió, sin embargo, consumar este ambicioso programa de cambio social.

[LA: La guerra que se desenvuelve en la República española, sépalo el mundo entero, no es una guerra religiosa, como ha querido hacerse ver; es una guerra de tipo económico, y de tipo económico arcaico y de un contenido social]. Durante sus pocos meses de gestión territorial, en pleno desarrollo de la guerra el Gobierno Vasco realizó muchas cosas en diferentes sectores como orden público, administración de justicia, universidad, industria, pesca, agricultura y hacienda.

Cabe resaltar que organizó una red sobresaliente –un auténtico movimiento popular- de asistencia social (para ayudar a madres, niños, ancianos, refugiados,…). Y en los peores momentos del conflicto, tanto en territorio vasco como extraño, los servicios del Gobierno Vasco organizaron hospitales, colonias escolares, servicios sanitarios,… que causaron admiración.

[LA: “Un ideal, una gran fe, mueve nuestras empresas que no son empresas “políticas”, en el mezquino sentido de esta palabra, sino empresas de pueblo”]. En el 75 aniversario de la constitución de este Gobierno Vasco, me llama la atención el relativo olvido del proyecto social de Agirre, que quería que fuera una empresa popular más que no empresa política. Hoy, que la política vasca se despeña por la empinada pendiente de lo partitocrático (que viene a ser el fruto de la mezquindad de la burocracia política) alejada de lo popular y de lo social, el ejemplo de Agirre es tan válido como necesario.

Del resto de partidos, que se preocupen ellos. A mí, me interesa el devenir del movimiento nacionalista y su fuerza principal, el PNV. Cuando Urkullu dice que el partido debe abrirse, que debe ser transparente y participativo, recuperando los valores que le hicieron ser líder reconocido de un pueblo en marcha, creo que debemos confiar en que sabrá retomar la trayectoria de los grandes hombres que encabezaron la primera modernización del nacionalismo vasco.

Lo que pasa es que para reencontrar el rumbo es imprescindible hacerse con una ‘hoja de ruta’ de reforma social. Hoja de ruta reformista que actualmente, con el derrumbe de la artificiosa comodidad en la que hemos vivido, es más imprescindible que nunca.

Es cierto que se debaten y aprueban programas para trabajar los desafíos del mañana. Pero, en primer lugar, son informes con lenguaje de consultoría, tan inanimados que carecen de potencial estimulatorio y fuerza transformadora. Lo social, además, se presenta como sectorial, como troceado. Ya no hay discurso político que tome a la sociedad como un conjunto a reformar. En segundo lugar, estos documentos se remiten a un mañana inmediato. A un trabajar el mañana que sea consumible para una opinión pública que no sabe esperar y vive al día bajo el dominio de lo efímero.
[LA: “Hay que pensar que el futuro nos pertenece, pero que debemos prepararlo desde ahora”]. Pese a todo, la fuente de inspiración del nacionalismo clásico, del lehendakari y su fecunda generación, es inagotable. Y la más importante enseñanza del profeta pragmático podría ser que la política debe iluminar la respuesta a los desafíos de hoy con la capacidad de concebir la esperanza como una potente arma espiritual y un deber histórico hacia las generaciones futuras, tal y como decía su amigo Maritain.

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