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El sujeto revolucionario de nuestros días

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Igor Goitia, Imanol Lizarralde

Unai Apaolaza en un reciente artículo de Gara (Abertzaletasunetik independentismora”) nos da una muestra más que nítida de cómo el MLNV se trata la cuestión del sujeto del proceso revolucionario y la foto que del mismo el MLNV está haciendo a día de hoy. Refresquemos el aspecto teórico con una cita de nuestro artículo Nork BILDU egiten du nor:

“El pueblo se constituye en nominación del sujeto en cuanto se configura como la expresión viva del proceso de liberación nacional en su doble sentido histórico: Liberación del estado opresor y liberación de su propia configuración (presente o futura) como estado-nación. En el caso de Euskal Herria, del Estado español y del propio estado nacional futuro. Esta segunda idea lleva implícito como componente fundamental de lo nacional a la lucha anticapitalista (Política y Nacionalismo. J. Agirre)”.

Estas afirmaciones manifiestan que nunca va a ser la nación el sujeto beneficiario de la liberación del MLNV. La ruptura propugnada bajo engañosas términos como “independencia” o “soberanismo” partiría de la destrucción de la actual forma que el Pueblo Vasco adquiere (bajo el Estado Español y Francés), para posteriormente obturar cualquier futura posibilidad de que éste se constituyera en forma de Estado Vasco. En esa doble liberación es en la primera la que realmente crea confusión en el seno del nacionalismo vaso, la que en definitiva genera un efectivo ensanchamiento del sujeto, cuando, realmente, dicho proceso liberador no está apuntando a lo mismo que el ideario nacionalista: “El objetivo de la Izquierda Abertzale no es el mismo, sin embargo, que el resto de colectivos nacionalistas ya que su proyecto se dirige a la construcción de una sociedad socialista que haga posible la superación de las clases y del estado, del propio estado nacional vasco del futuro” (Política y Nacionalismo. J. Agirre). El sujeto por tanto adquiere unas dimensiones que per se no le corresponderían y, por otro, lado en dicho sujeto tácticamente ensanchado es la del MLNV siempre la cabeza rectora. Rescatada de una manera sumaria la idea que en dicho artículo recogíamos, volvamos al artículo y mostremos cómo a día de hoy el MLNV gestiona dicho sujeto. El propio resumen que el subtítulo recoge nos sumerge de lleno en la cuestión: “El antagonismo tendría que darse entre aquellos que quieren un estado vasco o aquellos que son partidarios de seguir perteneciendo a los estados francés y español; no entre quieres tienen tal o cual cultura o idioma”.

Esta frase resumen de artículo nos da cuenta de la denuncia o crítica que dicho artículo quiere recoger; aboga por un desplazamiento del antagonismo que en lo lingüístico/cultural se da al antagonismo que en torno al deseo de independencia respecto al Estado español y francés surja. Es evidente que Unai Apaolaza está aplicando la teoría de las contradicciones al escenario vasco, en función de contradicciones potencialmente explotables desde la perspectiva de lucha contra el “Estado”. El planteamiento de este antagonismo bipolar constituye el intento de construir un nuevo “sujeto” más amplio no circunscrito a las empalizadas del MLNV y de intentar dejar invisible cualquier espacio en que se manifieste la ideología. La izquierda o la derecha serían subsumidos por el antagonismo entre independentistas y constitucionalistas.

Construir una teoría política con la idea del antagonismo es ya tomar partido por una forma ideológica diferente al propio nacionalismo, pues la existencia de independentistas y de constitucionalistas no tiene por que suponer una confrontación antagónica entre ellos. Digamos que en el lenguaje revolucionario, “antagonismo” significa una negación radical del enemigo y de su proyecto político y es en esa voluntad de echar leña al fuego donde se manifiesta el carácter revolucionario de la perspectiva de Apaolaza. Desde el comienzo del artículo intenta hacer ver que una postura pro-soberanista recoge de lleno y plenamente un fin último compartido y por tanto es por él por el que se participa de un barco común y por el que pudiera no parecer pertinente hablar de ideología ninguna. Es más, se parte de una deformación de la naturaleza histórica y política del nacionalismo:

“El discurso abertzale, como cualquier otro discurso nacionalista, limita la nación, es decir, el discurso abertzale manifiesta cuales son las características para ser parte de la nación. Esas condiciones, como es conocido, han cambiado desde que Sabino Arana creó el nacionalismo. Antes, era la raza la condición para pertenecer a la nación, luego ser de cultura vasca y luego la lengua. Trabajar y vivir en Euskal Herria era la condición que había que cumplir”.

El discurso nacionalista era y es un discurso político para el cual el concepto de pertenencia se encuentra inextricablemente unido a un proyecto político, que el PNV concreta con la creación del Gobierno Vasco en 1936 en plena lucha antifascista y que es restaurada el año 1979. La raza o la lengua como criterios excluyentes o incluyentes eran cuestiones subordinadas a ese proyecto político. Cabe apuntar, porque no es inocente la omisión, que Apaolaza no funda su análisis en la situación real y actual del nacionalismo, en sus tendencias y realizaciones. El antagonismo planteado en esos términos presupone la elusión voluntaria de una historia cuyos frutos vivimos y cuya caracterización es necesaria para plantear cualquier proyecto nacionalista de futuro.

Aquí vemos, también, que Unai Apaolaza, sin vergüenza ni reparo ninguno, se lanza a manejar los manidos topicazos del intransigente nacionalismo español, de un nacionalismo que también sin vértigo ninguno nos mueve a Sabino un siglo para explicar de una manera de todo punto descontextualizada que lo de Sabino (y por tanto lo del PNV también) era nacionalismo esencialista, etnicista y racista, a diferencia de su España abierta y no nacionalista. Al igual que un sector importante de los españoles, intenta traer a nuestros días atributos decimonónicos de los que participó todo nacionalismo incipiente, y así, desde esta flagrante manipulación, desfigurando de raíz el nacionalismo, no hace sino despistar la cuestión de la construcción del sujeto que quieren conformar los dirigentes del MLNV en su línea de una acumulación de fuerzas. Muy relacionado con lo arriba mencionado, un poco más adelante de su artículo nos afirma:

“¿Para que delimita el discurso abertzale la nación? Para dar una respuesta adecuada a esta pregunta, primero tenemos que aclarar que tipo de identidad supone la nacionalidad. La nacionalidad o la identidad nacional es una identidad política. ¿Por qué? Por que nombra al sujeto que debe de influir en la gente por medio de planteamientos políticos. Esta delimitación se suele hacer con factores objetivos (la raza, la cultura, la historia…), es decir, con factores diferentes a los de la voluntad. De esta forma, aceptando que la nacionalidad es una identidad política, además de ser absurdo de limitarla con el idioma y la cultura, no nos daría una identidad política, sino una identidad lingüística o cultural”.

Apaolaza intenta describir un nacionalismo, totalmente imaginario, que estuviera obstinado por limitar y cercenar contumazmente la pertenencia al pueblo que representa. Equipara el nacionalismo explicitado (afirmado) con un esencialismo etnicista de tal manera, que tras tal desprestigio y desprecio, el mismo nacionalismo (no siendo eso) enmudezca, no afirmando su realidad, para dirigirlo a esa acumulación de fuerzas con fines muy diferentes como puede ser el del soberanismo. Sin tener que definir explícitamente al MLNV, busca preparar un sujeto ancho en el que un acomplejado nacionalismo no se atreviera a decir que lo es, un escenario de acumulación de fuerzas donde pasara una vez más desapercibida el “no nacionalismo” del MLNV que bajo la equívoca utilización de la palabra soberanía se esconde. Por otro lado, qué duda cabe que cualquier proyecto nacionalista nace de una realidad objetiva (historia común, idioma, folklore, tradición, cosmovisión común…), sin que signifique esté siendo tratada esencialistamente ni nadie pretenda hacer ingeniería social, pero que constituye una realidad de hecho per se, a lo sumo vivida con un grado de conciencia tal que se traduce en una voluntad de designio común.

Al respecto de esta voluntad común compartida, nos afirma: “Limitar la nacionalidad con factores más allá de la voluntad le quita carácter político a esa voluntad y por consiguiente la nacionalidad dejaría de ser una identidad política. Esto es, dejaría de ser nacionalidad…”. Vemos, por tanto clara y nítida la jugada: una voluntad que pende del aire, de un deseo de soberanía en el que no hubiera ni la más mínima mención del “desde que planteamiento” y “para qué”, un sujeto cuyo único nexo fuera la “voluntad” haciendo una auténtica tabula rasa de la situación real de Euskadi como nación, (que existe pese a todo, de la forma en la que se encuentra actualmente conformada, con sus marcos institucionales diversos, partidos, etc) y de los propios planteamientos políticos del nacionalismo ajeno al MLNV: “Definir al sujeto político con unos datos objetivos es perder el tiempo. Es perder el tiempo por que le pone barreras a la expansión del sujeto político. Por tanto, no vale de cara a la consecución de objetivos políticos”.

Vemos cómo a lo largo de todo el artículo repite hasta la saciedad sin empacho ninguno un supuesto nacionalismo que se obstina por congelar y definir lo que somos, que no quisiera lograr nada y que estuviera en todo momento custodiando la esencia de su pueblo. Un nacionalismo que no conocemos, y conviene al MLNV, omitiendo sus logros políticos reales y sus planteamientos políticos actuales. Un nacionalismo desvirtuado al cual no quiere sino intentar cerrar cualquier intento para que este se manifieste como tal en una futura convergencia con el MLNV y que permite evitar explicitar la auténtica naturaleza del MLNV.

Nos encontramos una vez más con cuestiones similares de las ya tratadas en el artículo de Aberriberri Krutwig-en Vasconia. Euskal esentziaren erabateko perbertsio erabatekoa (2) artículo en el que veíamos que ya en los año 60 el mismo Krutwig acusaba al nacionalismo de no aspirar al cambio, de tan solo pretender mantener su esencia congelada: “La nacionalidad es dinámica, algo que vive, y querer definirla como algo estático es matarla o tratarla como una momia”. Sabemos, sin embargo, que bajo ese supuesto inmovilismo del que se acusa al nacionalismo, no se hace sino intentar despistar para, no solo tener que definir al MLNV, sino que encima en dicho despiste ciertos nacionalistas un tanto desorientados vean en el propio MLNV más autenticidad por su supuesta defensa férrea del soberanismo. Para concluir, citemos el último párrafo del artículo:

“De esta forma, si queremos ser eficaces de cara al logro de la independencia, mirando el objetivo político del sujeto político llamado nación, este tiene que definirse con la independencia, no con factores objetivos. Eso posibilitaría liberar la potencialidad del independentismo; pues para ser independentista esa sería la única precondición, el querer la independencia, nada más que eso”.

¿Con qué objetivo? El de prescindir de las diversas formas de adhesión a nuestro pueblo con todas sus gradaciones y marcar nítidamente la línea del antagonismo entre independentistas y constitucionalistas. De un plumazo, quedaría así borrado el PNV, que no hace de la independencia un tótem y pretende lograr una nación compartida y una sociedad vasca cohesionada. El MLNV y su nuevo sujeto Bildu quedarían ensalzados como la punta de lanza de ese sujeto “independentista”. Se muestra aquí un desmedido esfuerzo por no definir al MLNV, por intentar hacer pasar al nacionalismo por el aro del silencio ideológico, en definitiva, ensanchar coyunturalmente el cuerpo efectivo del sujeto (llevando al nacionalismo a las aguas del MLNV) formando un polo de antagonismo en beneficio exclusivo de los intereses propios del MLNV. ¿Qué frente común cabe para fines tan dispares?

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