Eztabaida/Debate: Trevijano, Teoría Pura de la República, y el 15-M

Euskadirentzat Trevijanok Espainiarentzat planteatzen duen hauteskunde-sistema edo gobernu sistema gogoko zenukete? Egia al litzateke Ibarretxek bere plana ez lukeela aurkeztuko Espainiako Estata gogor agertu izan balitz? Hasi dadila eztabaida.

[vimeo http://vimeo.com/24955523] [youtube http://www.youtube.com/watch?v=6iF6b0wSjHc&NR=1]

7 thoughts on “0

  1. Interesante entrevista. Interesante para reformar y democratizar mas los partidos y el sistema electoral y el funcionamiento de España. De todas formas creo que hay mucho de populismo en su discurso y que esconde o puede esconder un discurso dictatorial incluso fascistoide en manos de gente sin escrúpulos (no digo que sea ese el caso de Trevijano, pero no conozco democracia en el mundo sin partidos y obviamente sin corrupción).

  2. Lo k dice del plan Ibarretxe me parece una txorrada komo un piano. La verdad es k la entrevista iba muy bien hasta k dice semejante chorrada. Me parece muy bien k kuestione el sistema de partidos, listas cerradas, cirkunkripciones, etc. xo luego desbarra y le sale el españolazo k lleva dentro.

  3. El profesor D. Antonio Garcia Trevijano, ante el cual me quito el sombrero…..es una de las mentes mas privilegiadas del siglo xxI…..cuando el pueblo español…repito…español…cuando este pueblo despierte….España sera republicana…para este evento…le doy tres años a lo mas tardar y si esta gran mente el Sr. Trevijano ….se considera en forma para asumir la presidencia…de el sera sin duda alguna….un abrazo profesor…siempre con usted..P.V.O.

  4. Las teoría democrática de Trevijano está bastante bien (aunque “pura”), puede tener más recorrido en el seno de la IA, que al fin y al cabo no es un partido “del sistema”.
    Otra cosa es su españolismo, pobre hombre, tiene esperanzas en la gente que gritaba “viva las cadenas” y cree que puede hacer un “pueblo” con ese madera.
    Recordad que sólo en las provincias traidoras Bizkaia y Gipuzkoa no les daban los números en el último referendum del franquismo (e hicieron las trampas oportunas)

  5. Según Francisco Sevillano Calero (universidad de Alicante) refiriéndose al primer “referendum” del franquismo

    “el Decreto de la Presidencia de Gobierno de 1 de
    mayo de 194616 disponía la elaboración del censo electoral de residentes
    mayores de edad, que habría de incluir a las personas mayores de
    21 años o que cumplieran tal edad antes del 1 de julio de ese año. Pero
    en un contexto de condena internacional. de momentáneo renacer de la
    oposición interior y en el exilio y de movilizaciones obreras puntuales,
    no obstante la mayoritaria actitud de apatía política e indiferencia en la
    población. la elaboración del censo de residentes sirvió para realizar
    una «auscultación» de las actitudes políticas en el país ante la posibilidad
    de la convocatoria de un referéndum…..

    ….Según los resultados que arrojó esta auscultación, se llegó a la conclusión de que, en caso de celebrarse una consulta electoral, el gobierno obtendría el apoyo del 63,33 por ciento de los votantes. Solamente
    en Vizcaya y Guipúzcoa los resultados podrían ser adversos, mientras
    que en Alava, Navarra, Lérida, Temel, Málaga y Sevilla, además de
    Ceuta, los posibles resultados eran calificados como dudosos, tratándose
    en general de provincias de tradición izquierdista junto a zonas históricas
    del nacionalismo catalán y vasco, además de arraigada tradición
    carlista en el caso de Navarra”.

    Hay mimbres para la libertad política que teoríza Trevijano con el pueblo de Euskal Herria.
    Teoria “pura” + Pueblo sin cadenas

  6. He encontrado esto en mundo libre digital y en filosfía digital, la cita inicial de Tocqueville no tiene desperdicio:

    « »CONTRA LA TEORÍA PURA EN POLÍTICA, por Alexis de Tocqueville
    Archivado en: ABECÉ DE LA DEMOCRACIA — 11 August, 2010 @ 18:18
    “Cada pasión pública se disfrazó así de filosofía; los escritores, arrogándose la dirección de la opinión pública, se vieron por un momento ocupando el lugar que de ordinario ocupan los jefes de partido en los países libres. Cuando se estudia la historia de nuestra revolución, se ve que fue llevada precisamente con el mismo espíritu que inspiró tantos libros abstractos sobre el gobierno. Destaca en ella la misma afición a las teorías generales, a los sistemas completos de legislación y a la exacta simetría en las leyes; el mismo desprecio por los hechos existentes; la misma confianza en la teoría; el mismo afán de originalidad, ingenio y novedad en las instituciones; el mismo deseo de rehacer de una vez toda la organización estatal conforme a las reglas de la lógica y según un plan único, en lugar de tratar de corregirla por partes. ¡Terrible espectáculo!”

    * * * * * *

    Hacía tiempo que Francia era, de todas las naciones de Europa, la más literaria; no obstante, los hombres de letras no habían mostrado nunca las tendencias que revelaron mediado el siglo XVIII, ni ocupado el lugar que entonces alcanzaron. Semejante hecho jamás se había visto entre nosotros, ni creo que en parte alguna.

    LA POLÍTICA ABSTRACTA Y LITERARIA, PRESENTE HASTA EN LAS CANCIONES

    No intervenían diariamente en los asuntos públicos, como ocurría en Inglaterra; por el contrario, nunca habían vivido tan apartados de ellos. No estaban revestidos de ninguna clase de autoridad, ni desempeñaban función pública alguna en aquella sociedad ya tan repleta de funcionarios.

    Pero tampoco permanecían, como la mayor parte de sus colegas de Alemania, enteramente ajenos a la política y retirados al terreno de la filosofía pura y de las letras. Continuamente se ocupaban de materias relacionadas con el gobierno, siendo ésta realmente su verdadera ocupación. A diario se les oía discurrir acerca del origen de las sociedades y de sus formas primitivas, de los derechos primordiales de los ciudadanos y de los de la autoridad, de las relaciones naturales y artificiales de los hombres entre sí, del error o la legitimidad de la costumbre, y de los principios mismos de las leyes. Penetrando de este modo hasta las bases de la organización general de su época, examinaban minuciosamente su estructura y criticaban su plan general.

    Cierto que no todos hacían de estos grandes problemas un objeto de estudio particular y profundo; la mayoría incluso no los trataban sino de paso y a la ligera; pero todos se ocupaban de ellos. Esta especie de política abstracta y literaria estaba repartida en dosis desiguales por todas las obras de dicha época, y no hay una, desde el tratado pesado hasta la canción, que no contenga algo de ella.
    En cuanto a los sistemas políticos de estos escritores, variaban tanto de unos a otros que, si alguien se propusiera conciliarlos y formar con ellos una única teoría de gobierno, jamás lo lograría.

    Sin embargo, todos coinciden en que conviene sustituir las costumbres complicadas y tradicionales que rigen la sociedad de su tiempo, por reglas sencillas y elementales basadas en la razón y en la ley natural.

    Tal idea no era nueva; desde hacía tres mil años pasaba y volvía a pasar sin cesar por la imaginación de los hombres sin poder arraigar en ellos. ¿Cómo logró esta vez imponerse en el espíritu de todos los escritores? ¿Cómo hombres de letras, sin posición, sin honores, sin riquezas, sin responsabilidad, sin poder, se convirtieron prácticamente en los principales políticos de la época, e incluso los únicos, puesto que si otros ejercían el gobierno sólo ellos tenían autoridad?

    Ante tantas instituciones irregulares y extrañas, hijas de otros tiempos, que nadie había intentado conciliar entre sí ni adaptar a las nuevas necesidades y que parecían destinadas a eternizarse pese a haber perdido su virtud, sentían aversión por todo lo antiguo y tradicional, y el deseo de querer reedificar la sociedad de su tiempo con arreglo a un plan enteramente nuevo que cada uno de ellos trazaba guiándose únicamente por su razón.

    La misma condición de estos escritores les predisponía a favor de las teorías generales y abstractas en materia de gobierno y les hacía confiar en ellas ciegamente. Viviendo como vivían tan alejados de la práctica, ninguna experiencia podía entibiar su ardor natural; nada les hacía ver los obstáculos que los hechos ya existentes podían significar, incluso para las reformas más deseables; no tenían ninguna idea de los peligros que siempre acompañan hasta a las revoluciones más necesarias.

    Tampoco los presentían; pues la total ausencia de libertad política hacía que el mundo de los negocios públicos no sólo les fuera desconocido, sino también invisible. Ni intervenían en él, ni podían ver siquiera lo que otros hacían. Carecían, pues, de esa instrucción superficial que la contemplación de una sociedad libre y el ruido de lo que en ella se dice dan incluso a los más ajenos a los asuntos de gobierno. Ello les dio una mayor osadía en sus innovaciones, más amor por las ideas generales y más confianza en su razón individual de la que se encuentra por lo común en los autores de libros especulativos sobre la política.

    LA EXPERIENCIA POLÍTICA INMUNIZA CONTRA LAS TEORÍAS PURAS

    Esa misma ignorancia les permitió ser escuchados por la multitud y conquistar su corazón. Si los franceses hubieran seguido interviniendo en el gobierno a través de los estados generales, como en otro tiempo; incluso si hubieran continuado ocupándose diariamente de la administración del país en las asambleas de sus provincias, se puede asegurar que nunca se habrían dejado inflamar, como entonces lo hicieron, por las ideas de los escritores, porque habrían conservado cierta práctica en los asuntos públicos que les habría prevenido contra la teoría pura.

    Si, como los ingleses, hubieran podido cambiar gradualmente el espíritu de sus antiguas instituciones, sin destruirlas, tal vez no habrían ideado caprichosamente otras totalmente nuevas. Pero todos se sentían diariamente perjudicados en su fortuna, en su persona, en su bienestar o en su orgullo, sin percibir ningún remedio a su alcance, por una ley anticuada, por un arcaico uso político, por ciertos restos de antiguos poderes. Era como si hubiera que soportarlo todo o destruir todo lo que constituía el país.

    No obstante, conservábamos una libertad en medio de la ruina de todas las demás: podíamos filosofar casi sin temor sobre el origen de las sociedades, sobre la naturaleza esencial de los gobiernos y sobre los derechos primordiales del género humano.

    Todos aquellos a quienes perjudicaba la práctica diaria de la legislación pronto se apasionaron por esa política literaria. Esta afición se adueñó incluso de aquellos que por naturaleza o condición social estaban más alejados de las especulaciones abstractas. No hubo contribuyente, lesionado por el desigual reparto de impuestos, que no se enardeciese ante la idea de que todos los hombres debían ser iguales; ni pequeño propietario, cuyos campos devastaran los conejos de los nobles de su distrito, que no se complaciese en oír que todos los privilegios estaban indistintamente condenados por la razón.

    Cada pasión pública se disfrazó así de filosofía; la vida política refluyó violentamente hacia la literatura; y los escritores, arrogándose la dirección de la opinión pública, se vieron por un momento ocupando el lugar que de ordinario ocupan los jefes de partido en los países libres.

    Tampoco estaba ya nadie en situación de disputarles ese papel. Cuando una aristocracia está en su apogeo, no sólo dirige los asuntos públicos, sino la opinión; da la pauta a los escritores, y autoridad a las ideas. En el siglo XVIII la nobleza francesa había perdido por entero esa parte de su imperio, y su crédito había seguido la suerte de su poder; pues el lugar que ocupaba en el gobierno de los espíritus estaba vacío, y los escritores podían ocuparlo a sus anchas y llenarlo ellos solos.

    Es más, a esa misma aristocracia, hasta las doctrinas más opuestas a sus derechos particulares, e incluso a su existencia, le parecían juegos ingeniosos del espíritu; se mezclaba en ellos para distraer sus ocios; y gozaba tranquilamente de sus inmunidades y privilegios, disertando con serenidad sobre lo absurdo de todas las costumbres establecidas.

    A menudo se queda uno asombrado al ver la extraña ceguera con que las clases elevadas del antiguo régimen contribuyeron a su propia ruina. Pero ¿cómo habrían podido advertir lo que les amenazaba? Las instituciones libres son tan necesarias a los principales ciudadanos para hacerles conocer los peligros que les amenazan, como a los pequeños para garantizar sus derechos. Pero lo que nos parece más raro a los que tenemos ante los ojos los restos de tantas revoluciones, es que la noción misma de una revolución violenta estuviese totalmente ausente del espíritu de nuestros padres. No se discutía ni siquiera se había concebido.

    ¡DESGRACIADOS!: CREEN POSIBLE LA TRANSFORMACIÓN TOTAL DE LA SOCIEDAD, SIN CONMOCIONES

    Los que mañana serán sus víctimas no saben nada; creen que la transformación total y súbita de una sociedad tan complicada y vieja se puede operar sin conmociones, con ayuda de la razón y por su sola virtud. ¡Desgraciados!, han olvidado hasta aquella máxima expresada por sus padres cuatrocientos años antes en el francés ingenuo y enérgico de la época: “Por pedir muchas franquicias y libertades se cae en gran servidumbre”.

    No es de extrañar que la nobleza y la burguesía, excluidas por tanto tiempo de toda vida pública, dieran muestras de tal inexperiencia; lo que sí debe sorprender es que no mostrasen más previsión los que dirigían los asuntos públicos, los ministros, los magistrados, los intendentes.

    Y, sin embargo, muchos de ellos eran expertísimos en su oficio; conocían a fondo todos los pormenores de la administración política de su tiempo; pero, en relación con esa gran ciencia de gobierno que enseña a comprender el movimiento general de la sociedad, a juzgar lo que pasa en el espíritu de las masas y a prever sus resultados, eran tan ignorantes como el pueblo mismo. Y es que el juego de las instituciones libres es el único capaz de enseñar completamente a los hombres de Estado esa parte principalísima de su arte.

    Es cierto que frecuentemente han podido concederse al final de las revoluciones libertades aparentes más que reales. Augusto tuvo éxito en tal intento. Una nación cansada de largos debates consiente de buen grado que se la engañe con tal de descansar, y la historia nos enseña que en tal caso basta para contentarla con reunir cierto número de hombres oscuros o dependientes y hacerles representar ante ella el papel de una asamblea política, mediante un salario. De ello existen varios ejemplos.

    Y si pensamos que esa misma nación francesa, tan ajena a sus propios intereses y tan desprovista de experiencia, tan perjudicada por sus instituciones y tan impotente para modificarlas, era a la vez en dicha época la más ilustrada y la más enamorada de la cultura, fácilmente se comprenderá cómo se convirtieron los escritores en una potencia política y acabaron por ser la primera de todas. En Francia el mundo político quedó como dividido en dos provincias separadas y sin trato entre sí. En la primera, se adoptaban medidas particulares indicadas por la rutina; en la otra se proclamaban leyes generales, sin pensar en los medios de aplicarlas. Unos tenían la dirección de los negocios; otros, la de las inteligencias.

    Por encima de la sociedad real cuya organización era aún tradicional, confusa e irregular, donde las leyes eran diversas y contradictorias, los rangos estaban separados y las condiciones eran fijas y desiguales las cargas, se iba edificando poco a poco una sociedad imaginaria en la que todo parecía sencillo y coordinado, uniforme, equitativo y razonable. La imaginación de la muchedumbre fue desertando gradualmente de la primera y pasándose a la segunda. Se desinteresó de lo que era, para no pensar sino en lo que podría ser, y se vivió, en fin, espiritualmente en aquella ciudad ideal construida por los escritores.

    Cuando se estudia la historia de nuestra revolución, se ve que fue llevada precisamente con el mismo espíritu que inspiró tantos libros abstractos sobre el gobierno. Destaca en ella la misma afición a las teorías generales, a los sistemas completos de legislación y a la exacta simetría en las leyes; el mismo desprecio por los hechos existentes; la misma confianza en la teoría; el mismo afán de originalidad, ingenio y novedad en las instituciones; el mismo deseo de rehacer de una vez toda la organización estatal conforme a las reglas de la lógica y según un plan único, en lugar de tratar de corregirla por partes.

    ¡Terrible espectáculo!, pues lo que es cualidad en el escritor puede ser vicio en el hombre de Estado, y las mismas cosas que han dado origen a excelentes libros pueden conducir a grandes revoluciones.

    Hasta el lenguaje político adquirió algo del que hablaban los escritores; se llenó de expresiones generales, de términos abstractos, de palabras ambiciosas, de giros literarios. Fomentado por las pasiones políticas de quienes las empleaban, este estilo penetró en todas las clases y llegó con singular facilidad hasta las más bajas.

    Mucho antes de la Revolución, los adictos del rey Luis XVI hablan a menudo de la ley natural y los derechos del hombre. Los campesinos llaman en sus solicitudes conciudadanos a sus vecinos; al intendente, respetable magistrado; al cura de la parroquia, ministro del altar; y a Dios, el Ser Supremo; para que se convirtieran en unos escritorzuelos no les faltaba más que saber ortografía.

    Lo raro es que hayamos conservado los hábitos inspirados en la literatura y perdido casi por completo nuestro viejo amor a las letras. A menudo me ha sorprendido, en el curso de mi vida pública, ver que personas que apenas leían los libros del siglo XVIII, ni los de ningún otro, y que mostraban menosprecio por sus autores, conservaban fielmente algunos de los principales defectos que habían caracterizado al espíritu literario mucho antes de que ellas nacieran.

    * * *

    ALEXIS DE TOCQUEVILLE, El Antiguo Régimen y la Revolución, Libro tercero, capítulo I. Alianza Editorial, 2004. Filosofía Digital, 17/11/2007.

    :

  7. Asegurar la separación de poderes, estableder mecanismos ejecutables por iniciativa civil para revocar jueces, gobernantes o legisladores son elementos de “teoría pura” que bien merecen ser tenidos en cuenta. No es cuestión de negar los partidos, pero los “tamayazos” siguen siendo posible, y el principal sostén en espainia son esas esas grandes cirunscripciones que tanto defienden IU y UPyD (estos últimos ya están pensando en las próximas generales donde piensan ser “bisagra”, lo que pedian los madrazistas de EB va a Agirre va a ser broma en comparación a lo que van a pedirle a Raxoi)

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