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Manuel de Irujo (3): El Ducado de Vasconia

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Ion Gaztañaga

Ducado de Vasconia en los tiempos de Eudón “El Grande” (710-740)

Seguimos esta serie sobre las Instituciones Jurídicas Vascas identificadas por Manuel de Irujo, entrando en el grupo de las Instituciones Vascas Políticas. La primera de ellas, la que da comienzo a la frase de continuidad política vasca de Irujo (“Vasconiatik Naparrura, Naparrutik Euzkadira”), es el Ducado de Vasconia. Decía Irujo en su obra que las páginas de la historia vasca, las hemos aprendido en general en las crónicas de nuestros enemi­gos, y no pocas de esas crónicas se han demostrado falsas, mientras aún perduran los mitos como “La Chanson De Roland”. Decía Irujo que esta lamentable realidad, dificultaba extraordinariamente el conocimien­to de nuestro pasado: “La frase que con tanta frecuen­cia se repite entre compatriotas nuestros, de que los vascos, como las mujeres honradas, no tenemos his­toria, la encuentro de un mal gusto lamentable y de inelegancia infinita.”

Sería Bernardo Estornés Lasa el que daría posteriormente épica literaria al primer acto del lema irujiano en su libro “El Ducado de Vasconia” en el número cuarto de la ya mítica colección Auñamendi:

“Somos desterrados en el tiempo, estamos aislados de ellos por el olvido. Pero no obstante los mil y tantos años que nos separan de la época del Ducado de Vasconia, han llegado a nosotros noticias sueltas que han conservado  los enemigos y sus sucesores y tradiciones perpetuadas en nuestros propios hogares, como eco mensajero de nuestros antepasados. Vasconia en un breve rincón del Pirineo cerrado por las foces (…), hermanadas en una misma lucha contra el godo, primero y el moro, después. El espacio histórico (…) es todo él un solo acto guerrero.”

Las fuentes de las que Irujo bebería serían, cómo corresponde a su reafirmación del tracto histórico y sucesorio, textos como “Orígenes de la Monarquía Pi­renaica” de Arturo Campion, al que rinde un ferviente homenaje por su contribución a negar que los vascos no tuvieran historia:

“Rindo ferviente homenaje a (…) Arturo Campión, el gran polígrafo, al que tanto deben las letras vascas, y cuyos pasos sigo al tratar del tema que motiva estas expansiones. Espero que Euzkadi, libre de las trabas que hoy la sujetan, dedi­cará al precursor de nuestro movimiento nacional el testimonio de gratitud que merece. Recuerdo a estos afectos con propia satisfacción, que uno de los pri­meros actos del ejército vasco, al constituirse Euzko-Gudarostea en Donostia en los iniciales momentos de la lucha que comenzó en julio de 1936, fue poner guardia de honor en la mansión que habitaba don Ar­turo, el cual lloraba de emoción cuando fui a presen­tarle al jefe de la primera guardia. Aquello era un símbolo de lo que, cuando nos sea dado, haremos para perpetuar su memoria, honrando su obra.”

Decía Irujo que el propio Campion calificaba de embrollada la historia del Ducado, “cuyas vicisitudes afirma hallarse envueltas en sombras tar­táreas”. Irujo, siguiendo esta senda, hace en su obra un resumen de la accidentada vida del Ducado del que daremos aquí unas breves pinceladas:

Aparte nuestro derecho y nuestro deber de conocernos, los vascos, como todos los pueblos, venimos obligados a aportar al humano saber todo el acopio que nos sea posible reunir de nuestro pasado histórico, de modo singular en cuanto revele la existencia de instituciones que de tal manera honran a nuestra raza, por la alcurnia y elevado nivel de sus concepciones, y por la lealtad con que, por lo general, fueron llevadas a la práctica. (…)

Lo mismo que al Sur de los Pirineos los vascos ocuparon una parte muy importante de la península, si es que no fueron primeros pobladores de toda ella, como afirman algunos autores clásicos y modernos, al Norte se extendieron, no tan sólo por las vegas del Adour que hoy retienen, sino también a lo largo del Pirineo y por las riberas del Garona, región ocupada por los (…) vascos prehistóricos. (…). Los galos debieron reducir su territorio sensiblemente al actual país vascofrancés (…), y los romanos (…) lo ocuparon (…). La pax romana permitió a los vascos, a partir de la era cristiana (…) mantener en el seno de sus montañas el espíritu, la cultura y la lengua de su raza. Pasaron de tal manera como amigos de los romanos, sin ser romanizados. La invasión de los bárbaros en el siglo V conmovió al país, llevándolo a luchar contra las diversas tribus de vándalos, suevos y alanos, que sucesivamente cruzaron su territorio, devastándolo.

Instalados permanentemente los francos al Norte y los visigodos al Sur de los Pirineos, ambos pueblos fueron los constantes enemigos de los vascos durante los primeros siglos de la Edad Media. La política inicial aplicada por francos y visigodos para dominar a los vascos fue bastante similar. Los francos fundaron el Ducado de Vasconia y los visigodos el de Cantabria (…). Una diferencia esencial se aprecia desde los primeros momentos en la conducta de los vascos norteños y los del Sur. Los primeros aceptaron la institución ducal y se valieron de la misma para luchar contra los francos que la habían erigido; mas, las propias incidencias de esta contienda secular, el interés de los duques y la mayor fortaleza política de los francos (…), terminaron a la postre haciendo del ducado el objetivo que sus iniciadores se habían propuesto. De Vasconia, Gascuña y Guyena, se pasó a Aquitania, y de Aquitania a Francia. La Euzkadi Continental apenas trae causa del Ducado de Vasconia (…). Los vascos peninsulares obraron de otra manera. En lugar de aceptar instituciones de los godos (…), rechazaron su tutela y fueron sus enemigos. (…)

La diversa política vasca, continental y peninsular, se destaca en las instituciones representativas de ambas regiones. Mientras al Norte del Pirineo, se erigía el Ducado de Vasconia por los reyes francos, al Sur de la gran columna vertebral de nuestra raza y en lucha abierta contra los invasores, francos y árabes, nacía el Reino de Navarra como Estado independiente, ciñendo su corona Iñigo Aritza, un vástago de la Casa Jimena, ducal de Vasconia, depuesta de su cargo por los francos y huída de los territorios del Norte, que tomó refugio entre los vascos del Sur, según relacionan los Anales de Eguihardo, el Cronicón de San Andrés de Burdeos y la Crónica Moissiacense, sobre cuyos textos espigaron Oihenart y Campión para tirar un hilo de nuestra historia.

Del Ducado de Vasconia al Reino de Navarra existe pues una cierta sucesión de continuidad; y la concurrencia solidaria entre los vascos del Norte y del Sur de los Pirineos nos ofrece muestras destacadas y expresivas. Unos y otros, fundidos en el mismo afán, excitados por su odio implacable contra los germanos en frase de Campión que parece escrita para hoy, participaron en las batallas de Roncesvalles por las que fueron derrotados, el año 778 Carlo Magno y el 824 Ludovico Pío su hijo. Esta solidaridad ha llevado a algunos autores a afirmar que, en aquel entonces, núcleos importantes de vascos peninsulares, singularmente alaveses, batidos por Leovigildo y los restantes reyes visigodos, se instalaron al Norte del Pirineo. (…)

El primer Duque de Vasconia fue Genial, impuesto a los vascos (…). Unos años después, aparecen sublevados los vascos contra Aighinane, sucesor de Genial (…) pero, el año 635, dirigidos por el mismo Aighinane, los vascos exterminaron en Zuberoa (…) al generalísimo duque Aremberto y a lo más principal de su ejército (…). Al año siguiente, los vascos con su duque a la cabeza, firmaban en Vichy la paz con Dagoberto, consolidándose así la situación jurídica del Ducado, feudatario de los reyes francos.

En su atormentado desenvolvimiento, Vasconia pasó por situaciones siempre inseguras y transitorias de independencia, incorporación a Aquitania, soberanía francesa e inglesa. Pero, esa historia no es vasca, ni nos dice nada. Concebido el Ducado de Vasconia desde fuera del país y de arriba a abajo, el pueblo vasco desarrolló su vida interna al margen de aquella institución. Así aparecen constituidas en el curso de los siglos medios como libres democracias Zuberoa y Laburdi, a derecha e izquierda de Navarra continental o norteña, unida ésta al resto de la Vasconia clásica como parte integrante del Reino Pirenaico, sin que sus Fueros respectivos traigan casa, reflejen continuidad ni hagan relación alguna al Ducado de Vasconia.

Destacase como figura cumbre en la historia del Ducado la de Eudon, que reinó en el primer tercio del siglo VIII. Una centuria después, Sihiminum o Jimeno imperaba sobre los vascones entre el Pirineo y el Garona, según dice Eguihardo. Depuesto por los francos el año 816 y domeñada la sublevación de los vascos dos años después, la familia Jimeno se refugió al Sur de los Pirineos para reinar en Navarra. Probablemente, quien mejor ha concretado la razón de ser del Ducado de Vasconia y sus luchas con los reyes francos, es Michelet, en su Historia de Francia. Después de calificar al pueblo vasco de primogénito del mundo antiguo en el occidente de Europa, afirma que los vascos, al derrumbarse el Imperio Romano fueron a reconquistar su propio territorio, valiéndose para ello de la institución que primero se llamó Vasconia, después Gascuña y más tarde Aquitania, llegando al Adour, al Garona y hasta el Loira, dando lugar a que los dos movimientos, el franco de Norte a Sur, y el vasco de Sur a Norte, se encontraran en lucha. La institución, para Michelet, fue tan sólo el medio empleado para dar cauce al choque de dos razas, la aria germana y la vasca.

Los límites reales del Ducado de Vasconia son tan inseguros como el resto de su historia. Para Adriano de Valois y para Giraldo, Vasconia era la Euzkadi Continental, situada entre los Pirineos y el Adour, y Gascuña se extendía al Norte de este río. El Anónimo de Rávena, autor del siglo IX, afirma que Vasconia llegaba hasta el Garona, y Gascuña corría entre este río y el Loira.

Ninguna institución peculiar nos ha legado el Ducado de Vasconia, fuera de su existencia y de la Casa Real de Navarra. Menos conocido que lo que debiera serlo entre los vascos peninsulares, el Ducado de Vasconia constituye una gran lección histórica, que nunca debemos olvidar. En ella se nos pone de manifiesto cuán inseguro es valerse de concesiones que de fuera vinieron, y la poca consistencia que los esfuerzos rendidos para mantener aquél, dejaron para la vida de nuestra raza.

Esta importancia del Ducado como savia que regaría las instituciones del nuevo solar político vasco, fue confirmado por Bernardo Estornés en su obra con las siguientes palabras:

Es una gran tormenta histórica en la que brillan las espadas de los duques, de caudillos legendarios (…) o de otros encastastillados en sus diminutos estados semi-feudales (…). Los guerreros son un pueblo de pastores y campesinos. Frente a ellos el Emperador Carlomagno y el Emir de Córdoba (…) poderosos e implacables. Es en esta gesta heroica del Ducado donde se fragúa al rojo vivo, el futuro reino de Pamplona.

Del Ducado al Reino, del Reino a los Estados Forales Vascos, de ellos a la obra en progreso Euskadi, un relato, mito, tracto, camino, y épica que ni podemos ni debemos olvidar como parte de nuestra forma de ser y sentirnos vascos.

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