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Manuel de Irujo (2): Libertad de comercio y arbitraje internacional

Ion Gaztañaga

Siguiendo con las descripciones de las Instituciones vascas de ámbito internacional que Manuel de Irujo consideraba como características de los vascos, en este capítulo daremos cuenta de dos de las cuestiones menos conocidas popularmente: la libertad de comercio que disfrutaban los vascos y su disposición a la negociación y al arbitraje internacional en casos de conflicto.

Lo cierto es que ambas instituciones permiten demostrar la inexactitud, por no decir falsedad de las afirmaciones en las que se nos dice que los vascos siempre han sido parte del unitarismo de España. El hecho de que los vascos, a través de sus Juntas y Cortes, hubieran llegado a multitud de acuerdos con potencias como Francia o Inglaterra, pactando de igual a igual, y sin intervención de la Corona Española, deja bastante a las claras las atribuciones que tenían y utilizaban en su mejor desarrollo los vascos de la época foral.

Sobre la primera institución, las leyes del comercio, libertad de los mares y presas marítimas, da cuenta Irujo de manera clara y concisa:

El primer esbozo de ley mercantil en nuestro país es el Fuero de San Sebastián, otorgado por Sancho VI el Sabio el año 1150, primero de su reinado, con mo­tivo de la fundación de Donostia, el puerto de Navarra. Creado para fines de comercio y navegación, aquel texto regula con criterio las transacciones mer­cantiles y sus incidencias. En el Fuero de Donostia (San Sebastián) se da de alta, en la historia el hierro vasco, como mercancía de exportación.

Las actividades marítimas de los vascos, tanto en el comercio como en la pesca dieron lugar a roza­mientos con los ingleses, los que desembocaron en dura batalla, relatada por los historiadores británi­cos, únicas fuentes de información de que dispone­mos, los cuales presentan a los vascos como terribles piratas, y para abatir su soberbia elevaba emociona­das preces a Dios, el Arzobispo de Canterbury. La ba­talla mantenida en los mares de Winchelsea, a decir de Walsingham, dio el triunfo a los ingleses, dirigidos por el rey Eduardo III en persona. Se señala como fe­cha de la misma el año 1350.

No debió ser demasiado decisiva la victoria, por­que al año siguiente, 1351, se reunieron en Londres ingleses y vascos, y sin hacer alusión a la batalla ante­rior, ni deducir consecuencias de su resultado, otor­garon un pacto, al que concurrieron, del Condado de Vizcaya los representantes de Bermeo, Guetaria y Castrourdiales. Algo debió quedar pendiente en aquella estipulación, o no tuvo demasiada eficacia lo tratado, a pesar de haberse establecido su validez por un plazo de veinte años, pues que, el 2 de no­viembre de 1353 volvían a reunirse en Seyne, y el 21 de diciembre siguiente en la iglesia de Fuenterrabía, otorgándose nuevo pacto en el cual, el Condado de Vizcaya actuó a través de los representantes de Bil­bao, Bermeo, Plencia, Lequeitio y Ondarroa.

El 9 de mayo de 1482 fue suscrito en Londres otro tratado entre el rey de Inglaterra y las Juntas Generales de Guipúzcoa, en los términos previamente con­venidos por ingleses y guipuzcoanos, reunidos estos para ello en Usarraga (Vidania).

En estos pactos se establece la libertad de los mares, el derecho a la pesca en los litorales británi­cos por los vascos, el uso de los puertos ingleses sin tarifas diferenciales, las buenas presas y la neutrali­dad de los vascos en las luchas previstas entre Casti­lla e Inglaterra.

La Euzkadi Occidental y Marítima fue librecam­bista, por lo cual, nada fuera de lugar entraña que los vascos mantuvieran la doctrina de la libertad de los mares, que ya practicaban en sus puertos y en su pro­pio suelo, en el cual no existían aduanas ni otros en­torpecimientos opuestos al comercio internacional. La institución que mejor recoge la tradición mercan­til vasca es el Consulado del Mar de Bilbao fundado en 1511, cuyas Ordenanzas fueron puestas en vigor en 1737, constituyendo un código mercantil, aplicado no tan sólo entre los vascos, sino en los puertos espa­ñoles del Atlántico y en todas las Repúblicas Iberoa­mericanas, en las cuales, aun posteriormente a la declaración de independencia estuvieron vigentes, hasta que fueron aprobados sus códigos nacionales respectivos.

Las actividades mercantiles, como las gremiales, de los vascos, debieron alcanzar alto nivel, que el Consulado Vasco de Brujas acredita. Pero, como ob­serva Uzelay los flamencos y holandeses tenían la preocupación gráfica y hacían reproducir sus efigies y las escenas de sus gremios, mientras que a nuestros antepasados, hasta muy entrado el siglo XVIII, les daba un ardite por cuanto significara ostentación, y el contagio de esa manía sólo comenzó a dejarse sentir con la Enciclopedia y el retorno de América de los primeros indianos. Hago excepción del arte acopiado por la realeza y los monasterios en Navarra; mas, por desdicha nuestra, lo poco que dejó en pie la tala brutal de Cisneros, se encargó de destruirlo en gran par­te la desamortización de Mendizábal.

Estos tratados internacionales, de los que ya dimos cuenta en la serie del Lehendakari Agirre, demuestran que los vascos, lejos de las etiquetas establecidas, siempre han vivido mirando al mundo. Para muestra quedarán las increíbles hazañas de los marinos vascos, su leyenda en Terranova, reflejado en la petición en 1612 de Juan I, Rey de Inglaterra, al rey de España pidiendo marinos vascos capaces de iniciar a sus súbditos en la caza de la ballena. No menos sorprendente es conocer, según cuenta Antonio Arnaiz Villena, catedrático de la Universidad Complutense que:

La lengua vasca era hablada en las costas de la desembocadura del río San Lorenzo al océano Atlántico en Canadá y en la cercana gran isla de Terranova en el siglo XVI. Cuando llegaron los exploradores franceses, los autóctonos indios beothuk se dirigieron a ellos en un vasco modificado. Muchos de los nombres actuales de ciudades y otros lugares de Terranova son de indudable origen vasco. La ciudad Port-aux-Basques se encuentra ya en mapas de 1612; Port-au-Choix es una desfiguración de Portuchoa, “puertecito”; Ingonachoix (Aingura Charra, o “mal anclaje”. Y por supuesto la primera capital de la isla, Placentia, lugar espectacular de belleza incomparable, con homónimos diseminados por Euskal Herria e Iberia. Los vascos tuvieron intercambios comerciales de pesca, culturales y posiblemente genéticos desde al menos 1540 con los amerindios de Terranova. Está documentado que hubo intercambio de personas con fines didácticos y finalmente comerciales.

Los diferentes Estados Vascos, sin embargo, no impidieron que vascos de Iparralde y de Hegoalde, mantuvieran una unión afectiva fuerte en su proyección internacional como intrépidos marinos. Así, como recuerda Jo Garat (“La grande aventure des pêcheurs basques”), “los vascos, franceses o españoles, estuvieron mezclados en sus empresas marítimas. Hablaban la misma lengua y no existía una frontera entre ellos, tal como la entendemos ahora. Así que es difícil distinguir de donde procedían aquellos que se dedicaban a la caza de la ballena en la alta Edad Media”. Así se reflejó en 1650, cuando el corsario Nicolás Cargot intentó capturar dos pesqueros de hegoalde y se encontró con que todos los vascos, de iparralde y hegoalde, salieron en su auxilio.

En este contexto, la capacidad en política internacional que tenían los Estados Vascos se ve reflejada documentalmente  a lo largo de la historia y concretamente en los acuerdos con las principales potencias europeas firmados por Bizkaia y Gipuzkoa en 1294, 1306, 1399, 1351, 1353, 1361, 1478, 1719, 1795, 1808 y concertados por las Juntas Generales, sin que fueran parte los reyes o señores y cuando intervienen lo hacen como Reyes o señores de Gipuzkoa o de Bizkaia y sólo así.

Con estos precedentes, Irujo se adentra también en otra práctica importante de la política internacional vasca: el arbitraje internacional, que no podemos decir que fuera siempre favorecedora de la causa vasca. Así lo contaba el propio Irujo:

El arbitraje, como medio de zanjar las colisiones surgidas entre las naciones, aparece ensayado entre castellanos y vascos, para resolver el pleito plantea­do sobre Rioja y Bureba.

El 25 de agosto de 1176, Alfonso VIII el de las Na­vas de Castilla y Sancho VI el Sabio de Navarra, sus­cribieron un tratado designando como árbitro para zanjar sus diferencias a Enrique II de Inglaterra. Las embajadas de ambos países se reunieron en Londres el primer domingo de Cuaresma del año 1177, formu­lando sus alegaciones ante el rey y su corte. Cuatro días después fue dictado el laudo, al que se dio eje­cución por el pacto celebrado entre Castilla y Navarra a mediados de abril de 1179, por el cual, Rioja y Bure­ba quedaron incorporadas a Castilla.

Recuerda este laudo del siglo XII, otro, también dictado por Inglaterra, entre Castilla y Francia, en el siglo XVI, por el cual, se consumó la conquista de Na­varra realizada en 1512 por Fernando el Católico, cu­bierto por las tropas inglesas desembarcadas en Pasajes a las órdenes del Marqués de Orset. Desen­cadenada en Castilla en 1521 la Guerra de las Comu­nidades contra el cesarismo de Carlos V, Navarra se preparó a recobrar su independencia. Por primera vez en la historia, las libertades públicas castellanas y vascas encontraban expresión paralela y coincidente. Ambas fueron vencidas. El cardenal Wosley, privado de Enrique VIII, sugirió a los monarcas de Francia -Francisco I- y de Castilla -Carlos I (V de Alemania)-, que actuara de mediador en sus diferencias el sobe­rano inglés, el cual aceptó lo alegado por el último y con invocación del Pacto de Londres de 1518, se incli­nó en su favor, determinando la asfixia de Navarra, cuya causa estaba a la sazón estrechamente enlazada con la de Francia; en la segunda parte de mi obra “Inglaterra y los vascos”aparecen con amplitud de detalle estas fases históricas.

De todas estas consideraciones, como decía el lehendakari Agirre, cabe sacar consecuencias de los resultados catastróficos que trajo la infausta ley de 1839, en orden a otra de las grandes pérdidas de nuestra libertad, la libertad en el orden internacional, consecuencia necesaria de nuestra incorporación violenta a la vida constitucional de España, desde que la soberanía se instaló sola y exclusivamente en las Cortes de Madrid y desapareció nuestra personalidad en el orden internacional y la imposición de unas aduanas unitaristas en la costa. Este cambio de aduanas no hizo sino perjudicar la apertura de los vascos al mundo, unas aduanas que, recordemos, no las pusieron los vascos para aislarse de los castellanos, sino los castellano-aragoneses que no querían participar del sistema librecambista practicado por los vascos junto con otras potencias como Inglaterra. ¿Quiénes son los que se querían abrir al mundo y quiénes son los que querían aislarse en su autarquía?

Tal y como era la intención de Irujo en las líneas de sus Instituciones Jurídicas Vascas, cabe sacar hoy también la conclusión de que como se ve reflejado en nuestras historia, el futuro y la libertad de los vascos vendrá reflejada por la apuesta, tanto económica, como cultural que se haga en el ámbito internacional. Siguiendo las palabras de Chillida, evocadora de mítico roble vasco: “Como un árbol, con las raíces en un país y las ramas abiertas al mundo”

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