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La contradicción de Mario Vargas Llosa

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Jon Inchaurraga

El autor Mario Vargas Llosa no es un desconocido para la política vasca. El flamante premio Nobel de Literatura ha sido un crítico feroz del nacionalismo vasco y de los nacionalismos, en general. En artículo panegírico escrito el domingo pasado por Iñaki Ezkerra en el El Correo Español, el columnista recordaba el compromiso del autor con los constitucionalistas. En el artículo titulado “Vargas Llosa y el País Vasco”, Ezkerra afirma que Llosa ha sido “incapaz de mirar para otro lado ante la opresión y la humillación del otro”, ya fuera en su Lima natal o en Bilbao.

En 2003, junto con otros intelectuales europeos y latinoamericanos, Vargas Llosa firmó un manifiesto ante las elecciones municipales vascas de aquel año. Era un escrito que, en lugar de denunciar a ETA, se dedicaba a criminalizar el nacionalismo vasco con afirmaciones como “los candidatos de los ciudadanos libres […] están condenados a muerte por […] ETA y condenados a la humillación por sus cómplices nacionalistas” o “los atentados se realizan y celebran en una penosa atmósfera de impunidad moral propiciada por las instituciones nacionalistas y por la jerarquía católica vasca”. Una difamación constante que hubo que aguantar en la época de Aznar por parte de quienes habían defendido desde la izquierda (PCE, ETA o GRAPO) o la derecha (el Franquismo) la violencia como medio para conseguir sus objetivos políticos. Y Vargas Llosa, que simpatizaba con José María Aznar, les hizo juego.

La declaración de amor por el nacionalismo es una constante en las entrevistas de Vargas Llosa. No escatima en elogios hacia esta ideología cada vez que tiene un periodista delante. Así, el escritor peruano afirmó en El País (29- VIII-2010) que “el nacionalismo es la peor construcción del hombre”. En la entrevista que ofrece a este medio, el autor reconoce su pánico a este “fanatismo” y advierte de que el peligro de éste es cuando “se convierte en ideología”. Para él, el nacionalismo representa “violencia, prejuicios, distorsión de valores”, aunque matiza que también hay un parte idealista que es la lucha contra el opresor. Quizás sea por esta opresión que el escritor peruano apoyase en 2007 la creación de Unión Progreso y Democracia. Debía ser el “ocaso de España” para que quien es tan hostil al nacionalismo apoyase la creación de este partido claramente nacionalista. Unión Progreso y Democracia, nacido de las cenizas de estos “movimientos cívicos” es un partido que, tras en el mensaje antinacionalista (periférico), esconde un perfil nítidamente nacionalista español, “puro desvalor” que diría Vargas Llosa.

Nacido de otros movimientos nacionalistas españolistas (“movimientos cívicos”) como Basta Ya o el Foro de Ermua, el partido de Rosa Díez quiso convertirse en el estilete contra “los nacionalismos” (el de los demás), lo que ha situado a UPyD en el nacionalismo español más esencialista y centralista que confunde la igualdad lingüística con el monolingüismo y que ve “nacionalistas excluyentes” hasta en la sopa. UPyD tiene su frente más visible en el trato que, según el partido, debería darse a la lengua vasca, catalana o gallega. UPyD, al igual que Vargas Llosa, no están en contra del desarrollo de estas, mientras no vayan contra la lengua castellana. Eso es que sean lenguas folclóricas o de museo como ocurre en Francia. Esta singular visión se plasmó en el “Manifiesto por la lengua común”, firmado también por Vargas Llosa, que es un insulto a la realidad lingüística vasca. Afirmar que el castellano está condenado en Euzkadi, cuando es la lengua vehicular de la mayoría de los vascos, es mentir descaradamente, más aún hablar de imposición lingüística cuando en la Comunidad Autónoma Navarra, por ejemplo, estudiar en euskera es una utopía en ciertos lugares o cuando el Lehendakari o la Presidenta del Parlamento vasco desconocen el euskera. Lo más grave es que, encima, se crean con la razón y que quien defiende con tanto ardor la unidad de España no se considere nacionalista español y acuse y veje a los demás, mucho menos extremistas, de ser nacionalista en un sentido peyorativo. Vargas Llosa, por ejemplo, afirmó, sin dar datos, en La Razón que “el nacionalismo no ha enriquecido a Cataluña, todo lo contrario”.

La actitud de Vargas Llosa, Ezkerra o Rosa Díez es una auténtica falta de respeto. El desprecio que tienen por los nacionalismos como el vasco, a los que cargan las culpas de las barbaridades que han hecho los nacionalismos estatales como el español que representan, es la muestra perfecta de que no tienen nada que ofrecer políticamente. Es su contradicción: atacar a una ideología que no es mala por sí, cuando representan lo peor de ella. Es esto lo que nos debe enseñar a los nacionalistas vascos a no ser como ellos. De hecho, lo somos ya que no vivimos del insulto, de actitudes apocalípticas o de la arrogancia; sino de nuestro trabajo histórico a favor de Euzkadi (la última parada: las políticas activas de empleo). Por eso, su extremismo nacionalista debería servirnos de lección para no actuar jamás de la misma manera. De nada sirve denunciar la actitud cínica y prepotente de los nacionalistas españoles si luego nosotros hacemos lo mismo. Es clave entender esto, porque ha sido, es y será la llave de nuestro éxito: “Euzkotarron aberrija, Euzkadi da”.

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