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Pedagogía sobre la transferencia del INEM

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Imanol Lizarralde

Grande es el cabreo que ha generado el tema de la transferencia del INEM entre los pedagogos ciudadanos. Dos de sus representantes más preclaros, Emilio Guevara desde las páginas de El País (El Estado, en almoneda, 5-9) y José María Ruiz Soroa desde el DV (El discurso clausurado, 4-9) tratan de conjurar la situación con sus propias reflexiones. Emilio Guevara es el más dramático de los dos. Y es el que con más vigor denuncia la política autonómica del presidente Rodríguez Zapatero. Según Guevara:

“más de 30 años después de promulgarse la Constitución y de aprobarse el Estatuto vasco, las transferencias siguen siendo una moneda de cambio para lograr apoyos políticos puntuales (…). Y esta anomalía está siendo llevada al paroxismo por Rodríguez Zapatero”.

El propio Guevara, pese a su actual evolución política, no tiene más remedio que reconocer que “cualquier estadista que merezca tal calificativo debe saber que el transferir las competencias es algo obligado si las mismas se integran en lo previsto en el Estatuto”. ¿Quién es responsable de que “30 años después” las competencias de ese Estatuto no sean transferidas? Teniendo en cuenta que la actual composición del Gobierno Español y la del Gobierno Vasco es detentada por el mismo partido, el PSOE, se puede afirmar inequívocamente que sólo son los propios estatalistas, empezando por el PSOE, los responsables de esa anomalía. Si algo tiene de positivo la polémica del INEM es que ese factor queda nítidamente claro.

La verdad no por repetida es menor verdad ya que tiene influencia en los hechos actuales. El incumplimiento del Estatuto por parte de los estatutistas y la constante exigencia de su cumplimiento, por parte de los nacionalistas, es un hecho que hay que resaltar. Así como el que la única forma de traer las transferencias pendientes constituye la existencia de este tipo de coyunturas, en la cual un Gobierno central para conseguir mayoría tiene que reconocer esa cuestión, el del incumplimiento estatutario, por la vía de los acontecimientos.

Esas observaciones sólo marcan un preliminar para el enfado de Emilio Guevara, el cual  alcanza la cumbre en esta cita:

“Ya el pasado año Rodríguez Zapatero hizo algo insólito e inadmisible: para obtener sus votos otorgó al PNV un derecho de veto, por un año, de las transferencias sobre política de empleo que el Gobierno vasco había negociado. Nunca se había dado una violación estatutaria y un desaire a un Gobierno autonómico de tal calibre. Si ahora el buen fin de la negociación con el PNV dependiera de la transferencia de determinadas competencias, con un determinado contenido o valoración, no sólo estaríamos ante un uso torticero del poder, sino que además se enviaría un mensaje desolador a quienes creen en el cambio político en Euskadi: el Gobierno vasco no pinta nada; ni siquiera sabe valorar las competencias a recibir; la normalización democrática y el cambio político en Euskadi ceden ante la necesidad de Rodríguez Zapatero de agotar su legislatura; y quien manda de verdad aquí es el PNV, el único que defiende los intereses de los vascos y obtiene resultados tangibles”.

Es comprensible la angustia que destila este extenso párrafo. Y hay que añadir que el tal párrafo demuestra a la perfección lo paradójico de la situación: el PP y el PSOE desalojan al PNV del Gobierno Vasco. Pero la correlación de fuerzas habida en el Congreso de los diputados españoles hace que los representantes del PNV tengan un papel decisivo. La negociación del actual Lehendakari Patxi López respecto a las transferencias pendientes del Estatuto quede en evidencia, ya que, según Guevara, el mensaje dado por el Gobierno socialista español sería que “ni siquiera sabe valorar las competencias a recibir”. La conclusión de que “el Gobierno vasco no pinta nada” cae, así, por su propio peso. No pinta nada, por que su actual máxima representación es parte de una política de Estado cuyo representante verdadero es Rodríguez Zapatero. Desde el punto de vista abertzale, podemos afirmar que hay justicia poética en todo esto. Hay justicia en las palabras amargas de Guevara cuando dice “el único que defiende los intereses de los vascos y obtiene resultados tangibles” es el PNV.

El artículo de Guevara es más bien un aye dolorido en el cual conmina a Zapatero a que convoque elecciones anticipadas antes de ceder a las exigencias del PNV: “Si para lograr el apoyo del PNV hubiera que poner en almoneda al Estado, y de paso lanzar un torpedo letal al proceso de cambio en Euskadi, más valdría que Rodríguez Zapatero convocara elecciones generales”. Así, con esta cuestión, constatamos las primeras grietas dentro del frente españolista. Guevara señala que la salvaguarda del “proceso de cambio en Euskadi” es una razón de Estado suficiente como para que Zapatero se plantee de forma afirmativa el suicidio electoral.

José María Ruiz Soroa, por su lado, se toma más en serio su papel de pedagogo ciudadano y nos trae una serie de afirmaciones desde las páginas de Vocento dirigidas al conjunto de la sociedad vasca. Su punto de partida es muy parecido al de Guevara: el señalar el ridículo de que el socialista Patxi López negocie la transferencia del INEM por más o menos 300 millones mientras el PNV consigue subir en 160 millones más el importe de la transferencia. La conclusión de Ruiz Soroa es que corremos el peligro de ver que “ la postura del Gobierno es de cesión vergonzosa en los intereses del país, puesto que estaría dispuesto a aceptar una competencia “devaluada” o “desvirgada” (mientras que el nacionalista la quiere “inmaculada”)”.

Frente a este “peligro” Ruiz Soroa reivindica la “la posibilidad de formular un discurso alternativo al nacionalista, un discurso que explique y justifique la postura adoptada por el Gobierno vasco”. Nuestro articulista se da cuenta que esta es una tarea ardua ya que apostilla: “no cabe duda de que resulta en principio extraño que el Gobierno vasco esté dispuesto a aceptar un trato que es malo para el territorio que gobierna, o por lo menos es peor de lo que podría y debería ser según proclama el nacionalismo”. Esta percepción de las cosas, es debida a que existe,

“a una especie de clausura argumental insuperable en todo cuanto se refiera al autogobierno vasco: la de que cuanto más autogobierno, mejor, la de que cuanto más consigamos para Euskadi, mejor, la de que el único objetivo de la autonomía es traer el máximo de recursos al País Vasco y por ello que no hay más objetivo en la actividad del gobernante vasco que el de arramblar con todo lo que se ponga a tiro”.

Es evidente que Ruiz Soroa apela aquí al estereotipo periodístico de la autonomía pedigüeña e insolidaria creado dentro de la opinión pública española y que con tanta injusticia se suele atribuir a catalanes y vascos. En este caso, se trata de que seamos los propios vascos los que estemos convencidos de que la autonomía no tiene por que ser mayor autogobierno. Y plantea: “El político vasco (…) no puede pensar España como una “finca de competencias” de la que hay que arrancar el máximo posible”. Con muchas más palabras, Ruiz Soroa se empeña en reivindicar la “solidaridad” con el Estado como contrapeso a las tendencias transferenciales que pueden generar “una carrera de emulación destructiva” por parte de otras autonomías.

Es algo lamentable comprobar la profunda confusión de prioridades que empapa el discurso de Ruiz Soroa. Al incumplimiento de 30 años de Estatuto opone el deber de la solidaridad como si fueran cualidades o elementos contrapuestos. La solidaridad con el Estado y el cumplimiento del Estatuto son dos cuestiones que no están reñidas. Lo que pasa es que nos encontramos en una coyuntura en la cual el nacionalismo vasco deja en evidencia la falta de estatutismo de los supuestos estatutistas. En esta tesitura, Ruiz Soroa no teme insultar al conjunto de la sociedad vasca, a la que acusa de estar condicionada por una ideología de cientos de años:

“Naturalmente que es difícil de sostener el discurso de la ciudadanía en una sociedad acostumbrada durante siglos al privilegio derivado del fuero o del Concierto. Choca con asunciones arraigadas y choca con el discurso que los mismos socialistas (y populares) han sostenido una y otra vez”.

Según Ruíz Soroa, los reflejos de la insolidaridad, el espíritu del Concierto y del Fuero, pudre a la ciudadanía vasca e incluso impregna el discurso (que no la práctica) del PP y del PSOE. Esta es el “problema” ante el que el pedagogo se rebela, pidiendo al actual Gobierno Vasco que explique a los vascos las nociones de “ciudadanía y solidaridad”. ¿Todavía más?

La trampa lógica o la clausura argumental que detecta Ruiz Soroa es simplemente el que se ha topado con esta verdad y no puede digerirla: es el nacionalismo vasco el que, a trancas y barrancas, con intervalos de casi décadas, está consiguiendo que el Estatuto de Gernika recupere las funciones que le prometieron hace 30 años. Y visto el fiasco en el caso del Estatut, podemos comprobar que el espíritu que animó el Estatuto de 1979 tiene más fuerza que todas las reformas estatutarias. Y más fuerza, sin duda alguna, que la “construcción nacional” abogada por el MLNV, que no supone ningún logro para el conjunto de nuestros ciudadanos, como si lo supone la transferencia del INEM.

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