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Nafarroa, hoy, Navarra

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Koldo San Sebastián

Desde hace dieciocho años, paso mis vacaciones en Navarra. En la villa de Urdax-Urdazubi, en plena “muga” con Lapurdi. Constituye un reencuentro permanente con una realidad que se parece poco a la que vivo. Aunque parezca increíble. Es cierto que, a día de hoy, tenemos en común la acción-presión de los más intolerantes que se siente tanto en Mendexa, donde vivo, y, aquí,  sobre todo, en el Valle de Baztán, limítrofe con mi lugar de descanso. Viví años universitarios en Iruñea en la primera mitad de los 1970. Fueron días intensos con  una dictadura dispuesta a mostrar su crueldad hasta el último segundo. Hay pasado ¡38 años! desde entonces.

Unas de las primeras llamadas a mi padre desde Pamplona (era el año 1973) fue para contarle que había visto una manifestación de carlistas (todos tocados con su txapela roja) encabezada por una ikurriña. “¡Lagarto, lagarto!”, debió pensar mi padre. Los “requetés” de la IV Bandera de Navarra habían conquistado Lekeitio y dos de aquellos guerreros cargados de escapularios (y el imprescindible “detente bala”) habían detenido a su tío, coadjutor-organista de la parroquia de Ermua, y se lo había llevado preso a Bilbao para ser juzgado. Es cierto que un sector del carlismo que frecuentaba el “Muthiko alaiak” (una peña sanferminera), organizaba todo tipo de actividades relacionadas con el euskera y la cultura vasca. Contaban con un extraordinario cuerpo de baile con dantzaris magníficos como Pedro Mari Tirapu.

Junto a los carlistas, muchos que no lo eran, ¡claro!, y que también realizaban actividades vasquistas en la Juventud de San Antonio, los Amigos del País (no confundir con la “Bascongada”), la Academia Arturo Campión,… Para adobar todo esto, un sinfín de grupos, grupúsculos, partidos, sindicatos,… Recuerdo que, en las reuniones antifranquistas, que se celebran en centro religiosos (por ejemplo, en las Reparadoras) podía estar representados hasta 30 grupos  diferentes. Había partidos a la izquierda de cualquier izquierda imaginable que estoy convencido que tenían tres militantes: el secretario general, el de la multicopista y el que venía a las reuniones. Eran días en los que, por ejemplo, la ORT (maoísta) tenía bastante fuerza en Navarra. Aquello, por cierto, dibujaba un mapa político que, muy pronto, se demostrará que estaba distorsionado.

Confieso que mis conocimientos de la historia de Navarra eran (en 1973) tan escasos como hoy (2010). Había leído los trabajos de Lacarra, Jimeno Jurio, Campión, Estornés… En casa, además, teníamos (ahora la tengo yo) la obra de Ortueta “Nabarra y la unidad política vasca” publicada en Barcelona en 1931,… Desde hace unos años, soy socio de Nabarralde, una sociedad compuesta por un aguerrido (y prolífico) colectivo que, siguiendo las tesis de Ortueta, insisten que “los vascos no necesitaban inventarse ningún país, que ni siquiera necesitaban un nombre con el que llamar a su territorio (se refieren a Euzkadi”. Ya estaba Nabarra estado político de Vasconia. A partir de ahí, como decía, una enorme producción literaria para difundir la idea nabarraldista, aunque se reconozca, de nuevo a través de Ortueta, que “el proceso de desmembración del estado vasco terminó en 1200 y en adelante”.

Disfruto mucho con los trabajos de este grupo, pero, en ocasiones, “hacer historia” ad demostrando tiene sus peligros y se convierte en presa fácil de historiadores de contrastado nivel científico. Aún así, resulta sorprendente que, en pleno siglo XXI, se puedan establecer debates sobre Sancho el Mayor: el rey “europeísta”, como lo define Gonzalo Martínez, frente a un rey “localista” de Ortueta y Nabarralde. La base doctrinal de Nabarralde se recoge en un compendio de algunas obras de Ortueta Azkuenaga editadas por Gaizka Aranguren bajo el título “Nabarra Estado político de Basconia”. En el prólogo de Tomás Urzainki se dice que Ortueta

”descubre que la nación política de los vascos doliéndose del error de Arana por haberse inventado el nombre de Euzkadi, que resulta confuso e innecesario. Constatando que, ni había que crear un pasado, ni había que mantener las imposturas y los mitos. Lo importante, según Ortueta, era reconstruir la nacionalidad, recuperando la historia nacional propia de Navarra. El entendió que pensar como vasco era igual que pensar como navarro”.

Podría ser, pero hay tantos matices… Xabier Zabalza introduce muchos de estos e infinidad de cuestiones en un ensayo inquietante, “Nosotros los navarros”: “No  ha sido siempre así y no tiene porque serlo en el futuro, pero hoy en día existen dos identidades navarras, ambas parciales y no integradoras. Esas dos identidades, además, no se distinguen de modo homogéneo a lo largo de la geografía de Navarra, y suelen variar según la edad, la ideología, la clase social y la lengua materna de sus ciudadanos”.

El nacionalismo vasco ha cometido infinidad de errores con respecto a Navarra desde sus momentos fundacionales hasta hoy. En el periodo republicano (1931-1936), estos fueron evidentes, algunos provocan hoy más regocijo que otra cosa, pero… En vista que la cosa no avanzaba, en 1932, se planificó desde Bilbao una campaña que bajo el lema “La Ribera por JEL” (“Jaungoikoa eta Lege Zarrak”). Con apoyo de algunos patriotas locales, llegaron a Navarra un grupo de militantes del PNV de Bilbao (sobre todo). Eso sí, tenían en común su origen navarro. Este era el caso de José Luis Irisarri (miembro del Secretariado Vasco), de Julio Jauregui (abogado que fue más tarde diputado a Cortes),… Aquello acabó mal, o, mejor dicho, muchos de los intrépidos misioneros jeltzales acabaron chapoteando en el Ebro (o casi).

Enumerar los errores del nacionalismo vasco, especialmente desde 1976 (y, sobre todo, desde la Marcha de la Libertad de 1977) hasta hoy sería prolijo. El PNV, por ejemplo, llegó a renunciar a sus siglas en 1977 y, solo seis años más tarde, disolvió su organización… La violencia, el terrorismo de ETA, es el principal error de “lo vasco” hacia Navarra (“error”, eso sí que corresponde en exclusiva a ETA y su base social). Y muchísimas cosas más.

Quizá el futuro esté en la decisión de los navarros. Es una equivocqación (como lo fue aquella campaña “La Ribera por JEL”) estar cuestionando siempre el marco institucional de la Comunidad Foral de Navarra. Y, en este punto, comparto la tesis de Xabier Zabalza. Quizá el trabajo esté en ensanchar ese porcentaje de navarros que no tiene problemas en identificarse como vascos (que, además, es una cuestión que tiene más que ver con la voluntad que con la historia). Por otro lado, cuando apelamos tantas veces a la solución irlandesa esta viene a través la decisión de los ciudadanos de los condados de lo que conocemos como “Irlanda del Norte”, no del conjunto de Irlanda (precisamente, para que esto pudiese ser así, se modificó la Constitución de la república). Sintetizando: la “solución” a la cuestión navarra llegará desde Navarra, o no habrá solución. Eso, como pasos previos, ETA militar debe disolverse con todos los pronunciamientos y aquellos navarros que se sienten vascos deben olvidarse de esa pugna estéril por ver quién la tiene más larga.

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