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A la memoria de Joseba Latiegi

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Imanol Lizarralde

El 5 de mayo pasado murió nuestro buen amigo Joseba Latiegi. Llevaba meses atacado por una grave enfermedad. Cuando la semana anterior un grupo de amigos le hicimos una visita, lo pudimos ver encima de la cama del hospital, sentado en la postura del loto y con una sonrisa en la boca. Se entregaba a la muerte como se había entregado a la vida: como un luchador al que la última batalla no le podía quitar el buen humor.

Traigo aquí el recuerdo de Joseba porque su padre, el empresario José María Latiegi, fue asesinado el 14 de abril de 1981, por un miembro de los Comandos Autónomos Anticapitalistas, José Antonio Zurutuza, alias Capullo, en Usurbil, a la puerta de la fábrica.

Recordemos que aquellos eran los “años de plomo”. Era cuando más mataba ETA y los grupos afines, justo un poco antes de la creación del GAL y en los terribles momentos en los que en los cuarteles se oían rumores del golpe fallido que luego ocurrió. Eran los peores momentos de la reconversión industrial y los últimos coletazos de la Guerra Fría. En Euskadi el MLNV y otros grupos revolucionarios españoles se dedicaban a prender el fuego de “la lucha de clases interna vasca” (en término utilizado por Mario Onaindia) en las empresas de Euskadi. Los sindicatos, incluyendo los ahora mayoritarios, participaban en ese juego de desplumar y desprestigiar a los empresarios de nuestro país, cobrando sus abogados indemnizaciones millonarias a costa del cierre de las empresas. Y las organizaciones armadas no permanecían inactivas, sino que añadían un nuevo frente armado al frente laboral.

Eran habituales prácticas como el tiro en la rodilla, el secuestro, el encierro de industriales en sus propios despachos, el insulto y el jaleamiento en sus propias fábricas, los carteles con sus nombres acompañados de aquel temible grito de guerra “obrero despedido, patrón colgado”, las negociaciones laborales a punta de pistola (mi propio tío, fue testigo de cómo le ponían una pistola sobre la mesa y el abogado le decía: “yo soy el abogado de ETA”), las bombas en las fábricas, las calumnias, de las que fue objeto el propio José María Latiegi. Muchos empresarios tomaron el camino del destierro forzado. Muchos fueron víctimas de la locura, la ruina y la muerte.

José María Latiegi era un gerente más que tuvo que enfrentarse a una disputa laboral dentro de la empresa donde era directivo, Moulinex. Como relata su viuda y madre de Joseba Latiegi, Ramona Garrido, “sé que no quiso pagar pero nada más. Era un trabajador nato. Entró en Pamplona con siete obreros y dejó 350. Lo contrataron para levantar Moulinex porque se estaba hundiendo”. José María Latiegi también había sido uno de los fundadores de la ikastola San Fermín en Pamplona. Y se había preocupado por que sus hijos fueran euskaldunes. Su condición de vasquista no le eximía de estar en la lista de objetivos de las organizaciones armadas. El no obedecer los mandatos de estas era el crimen que había cometido y por el que fue asesinado por Zurutuza.

Este tema ha vuelto a la actualidad con la extradición desde Francia y el procesamiento de José Antonio Zurutuza, el asesino de Latiegi y de otras dos personas más (el delegado de la Compañía Telefónica de Guipúzcoa, Enrique Cuesta Jímenez –padre de Cristina Cuesta- y su escolta, el agente de la Policía Nacional Antonio Gómez García, asesinados en 1982). Ramona Garrido había luchado de forma denodada para que el asesino, procesado el 25 de octubre de 1982, fuera extraditado de Francia. Pero los numerosos errores judiciales impidieron la extradición, que no fue hecha efectiva hasta el 2005. La judicatura decidió, en contra de la decisión de los tribunales franceses, de que el delito de asesinato de Latiegi había prescrito y no había que juzgarle por ello.

Por esa razón Ramona Garrido y su hija Amai entraron el febrero pasado en el juicio de Zurutuza por los asesinatos de Cuesta y Gómez. Ante sus peticiones de justicia para que fuera procesado también por el asesinato de José María Latiegi, fueron expulsadas de la sala, mientras los familiares y admiradores del asesino aplaudían al juez.

La tragedia que cae sobre una familia cuando ETA asesina a alguno de sus miembros consiste en que este acto irreversible afecta de forma permanente. El dolor de una familia no prescribe legalmente sino que se prolonga a lo largo de la vida de todos sus miembros. José María Latiegi fue asesinado hace más de veinte años. Pero dentro de su familia la herida sigue sangrando. Y la petición de justicia sigue tan vigente como el primer día después del asesinato. Pues más allá de posibles indultos o rescisiones, la no impunidad ante el crimen es necesaria. Es necesario que la ley diga que José María Latiegi fue asesinado por alguien. Dando identidad al asesino, damos dignidad al asesinado, independientemente de las penas.

Mientras esto ocurría, Joseba Latiegi luchaba contra los diversos males que le causaron la muerte. Pocas veces se refirió entre nosotros sobre la muerte de su padre. Nos contaba la gélida soledad de las primeras navidades sin su padre. Asistíamos a la misma ikastola, siendo el mejor amigo de mi hermano Joseba. Cuando mataron a Latiegi vimos allí de todo: la solidaridad de algunos y el cinismo de otros que justificaban con buenas maneras el asesinato de un gerente o simplemente lo trivializaban. Las justificaciones ideológicas del MLNV para el asesinato de empresarios euskaldunes y nacionalistas es una constante desde el secuestro y asesinato de Juan Berazadi en los años 70. El asesinato hace pocos años de Inaxio Uria y las últimas cartas de extorsión de ETA es un recordatorio de que ese frente sigue abierto.

Joseba Latiegi renunció voluntariamente a la venganza y al odio. Como tantas otras personas víctimas de ETA, prefirió sufrir el mal antes que cometerlo. Pero la experiencia traumática del mal deja sus secuelas. El silencioso y punzante dolor que le acompañó durante la mayor parte de su vida se manifestó finalmente en toda su crudeza.

¿Cuál es el premio del hombre en esta tierra? El asesino del padre de Joseba Latiegi, el asesino de otras dos personas más, puede vivir e incluso concitar el reconocimiento de su facción política y ser considerado como un héroe. Pero todos los días de su vida, haga lo que haga, llevara grabados sus crímenes en su carne y en su espíritu. Cuando contemple una puesta de sol o la cara de un niño, el asesinato de tres personas seguirá pendiendo de el, por encima de todas las justificaciones ideológicas y los abrazos de los camaradas.

Joseba era euskaltzale, como su padre. Era profundamente jeltzale y estaba imbuido por el glorioso ejemplo del nacionalismo sin mácula y sin crimen que supo levantar José Antonio Agirre a lo largo de la guerra civil y del largo exilio. “Maldito sea aquel  que tenga en su corazón un deseo de venganza”. Esa fue la frase que dijo nuestro glorioso Lehendakari cuando los ejércitos vascos abandonaban Vizcaya. Joseba admiraba el talante noble, íntegro, fuerte, sencillo y humano que se atribuía a los vascos. Virtudes todas ellas que él poseía y representaba en su mayor grado.

Su vida fue buena, no estuvo manchada por deseos ni actos degradados, no cayó en el resentimiento ni en el odio. Fue, como su padre, un trabajador nato, creó una maravillosa familia. El Dios que venció a la agonía y a la muerte lo acogerá como a un hermano y le dará la justicia que los hombres en la tierra le robaron. Y brillará en la gloria junto con su padre.

Agur Lati, Egun Haundirarte.

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