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Ciudadanías (y 4): Nacionalismo de la ciudadanía o neojacobinismo

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Iñigo Lizari

Si en anteriores números hemos criticado a quienes postulan una ciudadanía sin vínculos identitarios. Ya etimológicamente no hay ciudadanía sin pertenencia a una ciudad determinada y el ser de una ciudad determinada constituye su identidad y la identificación de sus ciudadanos con esta identidad de la ciudad. Este vínculo es lo que determina la ciudadanía y precisamente hemos alabado el fenómeno creciente que representan la emergencia de una nueva ciudadanía no vinculada a la nacionalidad correspondiente al estado al que esta escrito la ciudad. En este artículo nos adentraremos en un fenómeno que discursivamente resulta de reciente redición por estos lugares pero que es tan viejo como la revolución francesa: me refiero al fenómeno de los nacionalistas de la ciudadanía, de la religión de la ciudadanía, que constituyen el neonacionalismo español.

Estos defienden la ciudadanía como valor supremo siempre que sea ciudadanía española y que al castellano como lengua vehicular. Son los que exaltan la Constitución Española, porque según ello cada uno es libre gracias a la constitución española. Incluso nos conceden gracionamente el derecho a sentirse como cada uno como quiera, claro que siempre y cuando ese sentimiento se maneje en la intimidad. Para lo público ya se encargan ellos de dictar lo que se debe sentir.

De las infinitas ciudadanías, que nos permiten ser libres e iguales y sentirnos como queramos, solo se nos quiere impoer una ciudadanía: la española. Una constitución: la española. Una patria indivisible: la española. Un único pueblo soberano: el español. Una sola soberanía: la nacional española. Un solo idioma obligatorio: el español. Pero sin que lo podamos entender, según estos defensores de la ciudadanía resgringida, esto “en el fondo nos hace libres”, nos  permite “ser personas sujetos de derechos y obligaciones”. ¿Acaso no es este el modelo francés que produjo tanto exterminio?.

En una de tantas revistas que hay en la red me ha parecido apropiado citar el siguiente artículo de la revista “ESTUDIOS. Filosofía-historia-letras Otoño 1994” titulado “1793: AÑO II DE LA IGUALDAD” y escrito por Carlos Escoba, donde he encontrado algunos comentarios respecto a unos autores como Tayllerand o el mismo Barére que fueron determinantes en la confección y configuración de esa ciudadanía francesa que los neojacobinos españoles quieren emular:

“La lengua francesa se volvió símbolo patriótico nacional, sencillamente porque sirvió de vehículo a una revolución que la burguesía pugnaba por centralizar en sus manos, alejándola del federalismo. Se ha hecho célebre aquella proclama de los años de guerra que afirma:

“El federalismo y la superstición hablan bajo bretón; la emigración y el odio a la república, hablan alemán; la contrarrevolución habla italiano y el fanatismo habla vasco. Destruyamos estos instrumentos de fanatismo y error. Es mejor instruir que hacer traducir…. Debemos a los ciudadanos el instrumento del pensamiento público, el agente más seguro de la revolución, el mismo lenguaje.”

Si bien es cierto que la reacción contrarrevolucionaria asumió un definido tinte regionalista con las sublevaciones de Bretaña y la de Vendee, en realidad, la burguesía introdujo una carga de violencia e intolerancia contra todo lo que percibió como diferente a sus voluntades por someter a la revolución a una unidad burocrática, proclamada desde arriba. Fue entonces natural que esas ideas de homogeneidad centralista se trasladaran al terreno de lo social. El espíritu corporativo, que dividía a los hombres de manera artificial, era el del antiguo régimen; con su caída acabaron el fanatismo y el error, siendo sustituidas por el culto a la razón divinizada.

La igualdad civil parió al ciudadano, ente abstracto al que las leyes de la naturaleza – por fuera del texto legal otorgaron un nuevo derecho ala desigualdad de acuerdo al frío cálculo de fortunas. La burguesía encontró que estas diferencias estaban en el orden natural, y las asumió explícitamente. Pero jamás aceptaría que esas diferencias fuesen reivindicadas en términos sociales para agruparse en defensa de intereses legítimos, como asalariados o pequeños productores. El Tercer Estado, por su formación ideológica, tenía que ver en ello un intento por reafirmar el abolido mundo de las corporaciones. La doctrina liberal, ferozmente individualista, sólo reconoce al ciudadano abstracto, no a sus expresiones sociales, étnicas o culturales.

Nada resume mejor estas concepciones totalitarias de la burguesía, que unos párrafos de la ley Le Chapelier, la primera ley antisindical francesa votada por la asamblea nacional enjunio del 91.

“Muchas personas han buscado crear de nuevo las corporaciones exterminadas, formando asambleas de artes, oficios en los que se nombraron presidentes, secretarios, síndicos y otros cargos… Sin duda debe permitirse a todos los ciudadanos reunirse; pero no debe permitirse a los ciudadanos de ciertas profesiones reunirse por sus pretendidos intereses comunes. No hay más corporaciones en el estado; no hay más que el interés particular de cada individuo y el interés general.”

En adelante, reivindicar intereses comunes, sería como hablar vasco o bretón: error y fanatismo, enemigos de la sagrada unidad de la nación y los ciudadanos.

Ojo con estos defensores de la igualdad y la libertad que se amparan en esta ciudadanía, pues no es solo un problema de nacionalismo feroz lo que esconde, sino de racismo y un sentido de supremacía cultural y étnica atroz.

Para estos, sólo el pueblo español es soberano y sólo el pueblo español es nación, y sólo desde esta nacionalidad es posible compartir el sentimiento de la ciudadanía, El pueblo vasco, al que incluso se le niega la existencia, no es ni soberano, ni constituye una nación. El pueblo vasco es solo capaz de generar un sentimiento “étnico” y es “incompatible con la ciudadanía”. La defensa de la ciudadanía solo es posible desde una adscripción española y aquél que reinvindique para sí y para los suyos una adscripción vasca se le acusara y juzgara por estar “renegando de la ciudadanía”, y por tanto “de la igualdad de las personas”.

Para ver un ejemplo práctico, observemos una fundación como la “Fundación para la libertad – Askatasun Bidean”, con fundadores como Edurne Uriarte o José Ignacio Martínez Churiaque, cuyos fines fundacionales son los siguientes:

“Contribuir al análisis, la reflexión y la difusión de los valores de la democracia y de la libertad. La Fundación pretende fortalecer: Los valores de la libertad, la democracia y la tolerancia; el pluralismo y la lucha contra los valores que sustentan el terrorismo; los valores constitucionales; la defensa de un País Vasco plenamente integrado en la nación española y una cultura vasca entendida e integrada en la pluralidad que configura la cultura española”.

Es decir, que solo se puede ser libre y defender la libertad si se defiende “un País Vasco “plenamente integrado en la nación española” y “una cultura vasca entendida e integrada en la pluralidad que configura la cultura española”. Esta es “su” libertad. Es el nacionalismo (excluyente) de la ciudadanía. Por este nacionalismo basado en una única ciudadanía posible, basada en una ciudadanía concedida por la idea de nación jacobina, solo podemos sentir desprecio y debemos desde la serenidad intelectual combatirlo en todos los frentes con nuestros medios aunque hoy sean muy escasos.

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