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El juego de Joseba Arregi

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Imanol Lizarralde

Dar carpetazo a la cuestión vasca y a la cuestión de la violencia en Euskadi en escasas tres páginas (que son las que la impresora me devuelve del escrito de Joseba Arregi, “Se acabó el juego”, El Correo, 10-2-2008) puede parecer un objetivo excesivamente ambicioso. Joseba Arregi, persona cuya trayectoria política e intelectual es conocida por todos, es protagonista de ese intento.

Hay que reconocer que si bien su ambición (condensar en ese espacio todo ese tema) es inalcanzable para muchos, la tarea de leerle resulta más sencilla. Y no es que sea sencillo adentrarse en la mezcla de oscuridad explicativa y contundencia valorativa de su artículo. Reconozco que hay veces que no se si Arregi habla de ETA, del PNV o de ambos a la vez. El suyo, en este tema, es un caso de casi total colapso de distinciones. Lo que en una persona de su supuesta valía intelectual resulta grave. Por poner un ejemplo, cuando dice:

“Se ha acabado el juego de denigrar la democracia a partir de la ilusión imposible de la democracia perfecta. Se ha acabado el juego de vender la utopía gozando hasta los límites insospechados de los poderes que permite el “topos” del poder real, el lugar del poder real, el presupuesto y su gestión partidista. Se ha acabado el juego de creerse revolucionario, rompedor, superador de límites y condiciones históricas desde el cómodo y muy real, nada utópico ni idealista ejercicio del poder”.

A mí me resulta dificultoso identificar al PNV con esta descripción que es más bien una descalificación. Sabemos que Arregi tiene la opinión de que el PNV ha sido abducido ideológicamente por el MLNV. Pero pensar que el PNV ha actuado así durante los últimos 30 años parece un poco excesivo. Habida cuenta de que la mayor parte de ese tiempo Arregi ha sido miembro de ese partido. ¿En qué medida era Arregi “revolucionario, rompedor, superador de límites” cuando llevaba la Consejería de Cultura del Gobierno Vasco? ¿O cuando actuaba como portavoz del mismo, allá a principios de los 90? ¿Vendía utopía mientras gozaba “hasta los límites insospechados de (…) el presupuesto y su gestión partidista?”.

Estas preguntas son nada retóricas pues su respuesta podría arrojarnos mayor luz acerca de este periodo de la historia de Euskadi en el cual Joseba Arregi ha actuado de forma pública en cargos de responsabilidad política del PNV, el partido que crítica. ¿Está Arregi retratándose a sí mismo, como ex político nacionalista? ¿Desde que “topos” o “lugar” critica el autor del libro político y autobiográfico “Ser nacionalista”? ¿Es ahora nacionalista Arregi? ¿Lo dejo de ser en el momento que arrojó el carnet del PNV?

Y es que en esta confluencia de biografía personal e historia de Euskadi de los últimos treinta años donde Arregi tendría que dejar de hablar de los nacionalistas y los nacionalismos en tercera persona para relatarnos, en primera, sus experiencias en el poder institucional. Pues no hay lugar al más leve matiz en la descalificación que hace el intelectual vasco del nacionalismo en el cual ha militado durante la mayor parte de su vida política. Luego su propia trayectoria está contaminada e infestada de esos gérmenes ideológicos que combate con tanto vigor. Por tanto ¿Dónde está la culpa de Arregi en todo esto? ¿Quién es sino Arregi el que tiene que relatárnoslo?

Arregi es de los que hacen una asimilación entre democracia, valores universales y legalidad constitucional española. Como cuando afirma: “Se va acabando el juego de creer que en democracia los sentimientos no están sujetos a la regulación de las normas y de las leyes, a la regulación del Derecho -algo que se entiende perfectamente si en lugar de sentimientos de pertenencia nacional ponemos sentimientos de pertenencia religiosa”. Pensar que “el Derecho” pueda regular sentimientos de cualquier tipo -o identificar el nacionalismo o la propia religión con los sentimientos que hay que regular- representa una afirmación con graves tintes totalitarios, que atacan la misma raíz de la democracia, que es la de la autonomía de las personas y de las comunidades que las constituyen.

La perspectiva de Arregi responde a un determinado modelo de democracia, el que impera en los estados francés y español. Hay muchos otros países occidentales (Gran Bretaña, Canada, incluso Alemania) que no observan los preceptos absolutistas del soberanismo estatalista de Arregi.

Las personas y las sociedades son entes previos a las cartas constitucionales y a los derechos. Pensar que de una norma derivan no se qué beneficios políticos y democráticos es hacer abstracción del contexto donde las normas son creadas y aplicadas. Y no se crean ni aplican a si mismas: son sujetos políticos, partidos y personas, quienes lo hacen. No hay una objetividad constitucional, ni siquiera española. Lo cual no quiere decir que no exista democracia. Pero la democracia es, precisamente un ejercicio práctico, aquello que excede a la norma, es decir, la relación fluida y conflictiva entre sujetos y entidades, de cuya interacción se crean las realidades duraderas. Incluidas las jurídicas. Incluidas las políticas.

La realidad práctica y su continuidad histórica son lo que vale. A eso se refiere ETA cuando denuncia la colaboración institucional entre el Gobierno Vasco y el Gobierno Español en materia policial y en otras cuestiones de presupuestos e infraestructuras. Eso es la normalidad democrática. Por eso la combate por todos los medios. La interpretación, constitucionalista o nacionalista, de esa realidad democrática en función de sus respectivos objetivos e intereses (a la que Arregi, en lo que se refiere a los nacionalistas, da una importancia desmesurada), es cuestión secundaria. La democracia no la traen la Constitución y el Estatuto, sino el hecho de que existe un elenco variado de fuerzas políticas de diverso signo que en medio de discrepancias permiten que nuestro país funcione a nivel institucional y de servicios públicos.

El estado español ha tenido que vestir tantas veces con diferentes constituciones por querer meter con calzador una realidad previa variada e inasible en los términos regulatorios de Arregi, que obedecen, por otra parte, tan poco a las nociones del liberalismo político. Por que, no olvidemos, el estado uniforme, regulado y jacobino perfecto, es el estado fascista.

También dice Arregi: “Se ha acabado el juego de interpretar la violencia y el terror de ETA según las necesidades instrumentales del momento: como fruto del espíritu revolucionario y marxista; o como manifestaciones del conflicto, es decir, de raíz básicamente nacionalista”. Aquí nos topamos con los problemas de la ambición sintética de un artículo tan breve. Pues antes de entrar en si los nacionalistas realmente juegan al juego de decir que los de ETA son marxistas cuando les conviene, habría que saber si en verdad ETA “es fruto del espíritu revolucionario y marxista”. Cosa que no aclara. Aunque, el año 2000, parecía aclararlo, cuando Arregi decía en un artículo de El País: “El problema radica en que los nacionalistas democráticos no hemos manifestado con suficiente claridad que lo que nos separa de ETA y de quienes siguen ligados a ella no son sólo los medios sino también los fines”. ¿Quién juega aquí al juego de decir una cosa u otra “según las necesidades instrumentales del momento”?

La política y la historia vasca constituyen el reino del matiz. Pues más allá de las responsabilidades de ETA y de su entorno político y social, el territorio de las responsabilidades añadidas -las que afectan a otros partidos vascos, como el PNV, el PSOE, el PP o EA…- es un lugar enmarañado. La mayoría de los partidos se han beneficiado o han querido beneficiarse, en un momento u otro, de la acción combinada de ETA y de sus valedores políticos. No ha sido el PNV el partido que durante cinco años ha hablado con ETA y con Batasuna mientras hacía un pacto antiterrorista a nivel estatal y señalaba al PNV como cómplice de ETA. Por eso, a pocos meses de la ruptura de una tregua de ETA pactada con otro partido, en términos muy similares a los de Lizarra-Garazi (con previsión de acuerdo político y demás) resulta un poco sangrante seguir escuchando esa copla. Los tiempos de la guapeza moral constitucionalista ya han pasado, incluso para los conversos de penúltima hora.

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