Pello Sasiain
Hablar hoy de José Antonio Agirre no debería consistir únicamente en recordar al primer lehendakari, su Gobierno, la guerra o el exilio. La pregunta más interesante es otra: ¿existe una vía Agirre que siga teniendo sentido para la Euskadi del siglo XXI?
Creo que sí. No como una fórmula política que pueda trasladarse sin más desde los años treinta, sino como una manera de entender la construcción nacional: una determinada relación entre persona, comunidad, historia, democracia, autogobierno y libertad.
La vía Agirre parte de una convicción: un pueblo libre solo puede construirse sobre personas libres. Pero esa libertad no significa individualismo. Es burujabetza: libertad solidaria y responsable, capacidad de gobernarse a uno mismo unida a la responsabilidad hacia los demás. La persona libre se asocia, coopera y crea comunidad. De ahí la importancia del auzolan, la cultura, la educación, la economía, la iniciativa social y las instituciones.
Una comunidad que viene de lejos
Pero las comunidades humanas no se construyen a capricho ni nacen de una decisión política tomada en un momento determinado. Son el resultado de procesos históricos largos, en los que generaciones sucesivas han ido tejiendo relaciones, creando instituciones, compartiendo experiencias y desarrollando formas propias de entender la convivencia.
La comunidad vasca es fruto de uno de esos procesos. No es una invención arbitraria ni una realidad disponible para ser redefinida según las conveniencias políticas de cada momento. Tiene una trayectoria, una memoria, una lengua, una cultura y unas formas de organización social e institucional que han ido configurando una identidad colectiva.
Una comunidad histórica no se inventa cada día, pero sí se recrea y fortalece cada día.
Reconocer esa continuidad no significa concebir la comunidad como una realidad cerrada, homogénea o inmutable. Las comunidades evolucionan, incorporan nuevas personas, transforman sus instituciones y reinterpretan su identidad. Su vitalidad depende precisamente de esa capacidad de renovación.
Pero renovarse no significa comenzar de cero. La comunidad no pertenece exclusivamente a ninguna generación, partido o corriente ideológica. Es una realidad recibida, compartida y transmitida, sobre la que cada generación tiene la responsabilidad de actuar.
Esta distinción resulta fundamental para entender la vía Agirre. No se trata de inventar una nación desde el poder, sino de reconocer una comunidad histórica, fortalecer sus capacidades y dotarla de instrumentos democráticos para gobernarse y proyectarse hacia el futuro.
La comunidad vasca no es el resultado de un único proyecto político. Es una realidad histórica desde la que han surgido distintos proyectos políticos, ninguno de los cuales puede atribuirse su propiedad ni pretender representarla en exclusiva.
Construir nación desde las instituciones
Por eso Euskadi no tiene que esperar a alcanzar una hipotética libertad definitiva para empezar a construirse. El país se construye todos los días: fortaleciendo su lengua y su cultura, creando empresas y cooperativas, generando cohesión social, desarrollando instituciones propias y aprovechando cada espacio de autogobierno para aumentar nuestra capacidad colectiva.
La experiencia de Agirre contiene, en este sentido, una enseñanza particularmente importante. Su aportación no consistió únicamente en ejercer las facultades que le reconocía el Estatuto de 1936, sino en dotar a aquellas instituciones de una perspectiva nacional que iba más allá de su estricta configuración jurídica.
En una coyuntura histórica extraordinariamente difícil, Agirre supo convertir las instituciones que tenía a su alcance en instrumentos de construcción nacional. El Gobierno Vasco no fue solamente una administración encargada de gestionar determinadas competencias. Se convirtió en una referencia política e institucional de Euskadi como comunidad nacional, capaz de organizar, representar y proyectar una voluntad colectiva.
Naturalmente, las circunstancias excepcionales de la guerra no pueden trasladarse mecánicamente al presente. Pero sí podemos recuperar una enseñanza de aquella experiencia: la capacidad de dar orientación nacional a las instituciones y convertirlas en instrumentos al servicio de una comunidad política.
Con demasiada frecuencia, el debate sobre nuestro futuro se concentra en la reivindicación de nuevos marcos políticos, nuevas competencias o nuevas formulaciones del reconocimiento nacional. Son cuestiones legítimas e importantes, pero la construcción nacional no puede quedar permanentemente subordinada a la consecución de un marco jurídico futuro.
Agirre mostró que también es posible recorrer el camino inverso: partir de las instituciones existentes, ejercer plenamente sus posibilidades, dotarlas de sentido nacional y convertirlas en instrumentos para desarrollar nuevas capacidades colectivas.
No se trata de renunciar a mayores cotas de autogobierno, sino de comprender que el reconocimiento jurídico y la construcción efectiva de la nación son procesos relacionados, pero no idénticos. Un marco institucional puede abrir posibilidades, pero corresponde a la sociedad y a sus representantes convertirlas en realidad.
Aquí aparece el gradualismo de Agirre, pero no como resignación. Hay una diferencia fundamental entre conformarse con lo posible y partir de lo posible para hacer posible algo nuevo.
La cuestión no es solamente qué competencias tenemos o cuáles reivindicamos, sino qué proyecto nacional somos capaces de impulsar con las capacidades de que disponemos.
Cada conquista institucional puede convertirse así en fundamento de la siguiente, siempre que exista una voluntad política y social capaz de proyectarla hacia el futuro.
Los medios forman parte del fin
La vía Agirre contiene también una exigencia moral. Si queremos construir una sociedad libre, los medios empleados deben ser compatibles con esa libertad.
La historia posterior de Euskadi dio a esta cuestión una dimensión dramática. Frente a quienes entendieron que una vanguardia podía sustituir a la sociedad y acelerar la historia mediante la violencia, la tradición democrática vasca sostuvo otro principio: es la propia sociedad la que debe protagonizar su transformación.
De ahí una frontera que debemos mantener nítida: todos pueden participar en democracia, defender sus proyectos y aspirar a transformaciones profundas, pero ninguna violencia puede proporcionar legitimidad, ventaja política ni derecho de tutela sobre la sociedad.
Eso no significa levantar una frontera política permanente entre vascos. Nuestra convivencia necesita algo más difícil: recordar sin excluir, integrar sin confundir y acordar sin renunciar a los principios democráticos.
La comunidad histórica es más amplia que cualquiera de sus expresiones políticas. Precisamente por eso, nadie puede pretender imponerle su proyecto ni apropiarse de su representación mediante la fuerza o cualquier otra forma de tutela.
La democracia no es solamente un procedimiento para decidir entre diferentes alternativas. Es también una manera de reconocer la libertad y la dignidad de quienes forman parte de una misma comunidad, incluidos aquellos que no comparten nuestras aspiraciones políticas.
Construcción nacional y social
Tampoco pueden separarse libertad nacional y justicia social. Una sociedad fragmentada, desigual o incapaz de generar expectativas compartidas difícilmente puede constituir una comunidad política sólida.
Por eso la pregunta no es solamente cuánto puede decidir Euskadi, sino para qué queremos decidir, qué estamos haciendo con las capacidades que ya tenemos y cómo podemos convertirlas en nuevos instrumentos de construcción nacional y social.
El autogobierno tiene sentido si aumenta nuestra capacidad para construir una sociedad más libre, próspera, justa y cohesionada. La libertad nacional no consiste únicamente en alcanzar un determinado estatus político; consiste también en que una sociedad sea cada vez más capaz de gobernarse, cuidarse y responsabilizarse de su futuro.
Y aquí sociedad e instituciones se necesitan mutuamente. Personas libres que se asocian; asociaciones que crean comunidad; una comunidad histórica que se organiza y genera instituciones; instituciones que desarrollan autogobierno; y un autogobierno que proporciona nuevas capacidades a la comunidad.
Ese movimiento continuo constituye probablemente una de las claves de la vía Agirre: construir poder democrático desde la sociedad y devolverlo a la sociedad convertido en capacidad colectiva.
Pero hay otra cuestión que no deberíamos olvidar. Las instituciones no crean por sí solas una comunidad nacional, aunque pueden contribuir decisivamente a fortalecerla o debilitarla. La nación necesita una sociedad viva, con iniciativa propia, capaz de generar proyectos culturales, económicos, educativos y sociales que no dependan exclusivamente de los poderes públicos.
La construcción nacional no puede reducirse, por tanto, a una tarea de gobiernos y partidos. Requiere una sociedad organizada, consciente de su trayectoria histórica y dispuesta a asumir responsabilidades sobre su futuro.
Unión, no frente
Esta concepción tiene una consecuencia política especialmente actual.
Con demasiada frecuencia definimos nuestra posición por aquello a lo que nos oponemos: contra Madrid, contra el nacionalismo, contra Bildu, contra el PNV, contra la izquierda o contra la derecha. Cuando eso ocurre, es el adversario quien termina determinando nuestro proyecto.
La vía Agirre propone la lógica contraria: definir primero qué queremos construir y buscar después las mayorías capaces de hacerlo posible.
Aquí aparece una distinción fundamental entre frente y unión.
Un frente necesita un enemigo que lo cohesione. Una unión necesita un proyecto que compartir.
La experiencia de Agirre muestra precisamente la capacidad de colaborar con personas procedentes de tradiciones políticas y sociales diferentes cuando existían una causa democrática y una responsabilidad común. No era necesario borrar las diferencias, sino encontrar un terreno compartido suficientemente sólido para actuar juntos.
Esta idea puede ayudarnos a reinterpretar hoy lo que hemos llamado cauce central vasco.
No se trataría de un centro ideológico equidistante entre izquierda y derecha, ni de una operación destinada a aislar permanentemente a una parte de la sociedad. Sería un espacio de construcción democrática, asentado sobre unos principios claros —derechos humanos, pluralismo, instituciones, autogobierno, responsabilidad social y rechazo de cualquier tutela violenta— y, precisamente por ello, abierto al acuerdo entre diferentes.
El cauce central no debería convertirse en otro frente. Su función sería la contraria: ensanchar el espacio compartido de la sociedad vasca.
Y aquí vuelve a adquirir importancia el carácter histórico de nuestra comunidad. Si Euskadi es una realidad construida a lo largo de generaciones, anterior y más amplia que cualquiera de sus proyectos políticos actuales, ninguna fuerza puede pretender identificarla exclusivamente con sus propias aspiraciones.
Una comunidad plural no puede construirse contra una parte significativa de sí misma. Necesita reconocer su diversidad y encontrar formas de cooperación que permitan compartir responsabilidades sin exigir uniformidad ideológica.
Eso exige también aprender de nuestra propia historia. Conocer qué fue el MLNV, qué significó la violencia y qué consecuencias produjo resulta imprescindible. Pero conocer ese mundo no significa aceptar su interpretación de la historia ni quedar atrapados en su marco. Del mismo modo, rechazar aquel marco no puede conducirnos a organizar permanentemente la política vasca en función de él.
Si nuestro proyecto depende siempre de aquello contra lo que luchamos, seguimos concediendo al adversario la capacidad de fijar nuestra agenda.
La cuestión vuelve entonces a ser muy aguirrista: ¿qué queremos construir nosotros?
Una vía propia
Quizá ahí resida la mayor actualidad de la vía Agirre.
Euskadi necesita una vía propia que no se defina por la simple conservación de lo existente, pero tampoco por la ruptura como valor en sí mismo; que no confunda pragmatismo con renuncia ni radicalidad con impaciencia; que sea capaz de combinar identidad y apertura, memoria y convivencia, ambición nacional y cohesión social.
Una vía que permita avanzar sin dividir permanentemente a la sociedad en dos bloques.
Pero recuperar esa vía exige también cambiar algunas de nuestras preguntas. No basta con discutir qué nuevo marco político necesita Euskadi. Debemos preguntarnos qué proyecto nacional estamos desarrollando con las instituciones actuales, qué capacidades sociales y económicas estamos generando y hasta qué punto nuestro autogobierno contribuye a fortalecer una comunidad política vasca cada vez más consciente, cohesionada y capaz de decidir su futuro.
Agirre no esperó a disponer de un marco institucional ideal para imprimir una orientación nacional a su acción política. Supo transformar las posibilidades de su tiempo en instrumentos de construcción nacional. Esa capacidad de iniciativa es precisamente la que necesitamos recuperar.
Y debemos hacerlo sabiendo que no partimos de cero. La comunidad vasca tiene una historia que no podemos inventar ni modificar a conveniencia, pero también un futuro que no está escrito de antemano.
La continuidad histórica y la renovación democrática no son exigencias contrapuestas. Son las dos dimensiones de una comunidad que quiere seguir siendo ella misma sin dejar de transformarse.
Eso exige acuerdos transversales. No como una táctica circunstancial, sino como una concepción estratégica de país. Porque el objetivo no es que una parte de la sociedad se imponga definitivamente sobre otra, sino ampliar las capacidades compartidas de una comunidad que reconoce su pluralidad y asume conjuntamente su futuro.
La vía Agirre podría resumirse así: reconocer una comunidad histórica, partir de la libertad y responsabilidad de las personas, fortalecer la sociedad organizada, dotar de perspectiva nacional a las instituciones, ejercer el autogobierno, ampliar democráticamente los espacios de libertad y volver a construir desde el nuevo punto alcanzado.
No esperar a disponer de las instituciones de una nación plenamente libre, sino ejercer las que tenemos con la ambición, la responsabilidad y la perspectiva de una nación que quiere ser cada vez más libre.
No esperar a que llegue el país que deseamos para empezar a comportarnos como una comunidad libre.
Construir desde hoy, sobre nuestra propia trayectoria histórica, una sociedad cada vez más libre, más cohesionada y más capaz de gobernarse para hacer posible un país cada vez más libre.
Ese podría ser, también hoy, el sentido de una vía Agirre.